Y SIN EMBARGO… TODO CAMBIA.

¿Por qué los mejores maratonistas son de Kenia y los mejores velocistas de Jamaica?

(Una explicación genética, ambiental y cultural, según Francis Holway)

En un mundo cada vez más obsesionado con minimizar la importancia —a veces brutal— de la biología y del entorno en el desarrollo de los individuos y de las sociedades, Francis Holway ofrece una bocanada de aire fresco. Explica cómo convergen la biología, las presiones selectivas concretas y la historia para dar forma al rendimiento deportivo de individuos y poblaciones. Especialista en ciencias y fisiología del ejercicio, Holway sostiene que el rendimiento extraordinario de ciertos grupos humanos en disciplinas atléticas específicas no es una casualidad, sino el resultado de largos procesos de selección genética, adaptación ambiental e influencias culturales acumuladas a lo largo del tiempo.

Jamaica: genética, clima y selección histórica

Jamaica, al ser una isla, presenta condiciones particulares que favorecieron procesos específicos de selección genética. En África, por ejemplo, la presencia histórica del mosquito transmisor de la malaria generó una presión evolutiva muy fuerte. Algunas poblaciones desarrollaron una mutación genética en los eritrocitos, que pasaron de tener una forma redonda a una forma de hoz (anemia falciforme). Esta mutación impedía que el parásito de la malaria se reprodujera, lo que daba una ventaja de supervivencia.

Sin embargo, esta adaptación tenía un costo: los glóbulos rojos deformados transportan peor el oxígeno. Como consecuencia, el organismo se adaptó favoreciendo fibras musculares rápidas y explosivas, más eficientes en esfuerzos cortos e intensos que en trabajos prolongados de resistencia.

A esto se suma el entorno tropical. En climas calurosos, resulta ventajoso tener un cuerpo con mayor superficie para disipar el calor: piernas y brazos largos, caderas estrechas y tronco corto. Este biotipo es ideal para la velocidad, el salto y los movimientos explosivos. En términos biomecánicos, es el cuerpo perfecto para el sprint.

La esclavitud y una segunda selección

Con la trata de esclavos hacia América se produjo un cambio drástico de ambiente. El viaje transatlántico duraba cerca de dos meses, bajo condiciones extremas de hacinamiento y deshidratación. Se estima que murió entre el 50 y el 60 % de las personas esclavizadas durante el trayecto. Sobrevivieron, en mayor proporción, quienes tenían una mayor capacidad renal para retener sodio y agua, una ventaja fisiológica clave en condiciones de deshidratación.

Jamaica era uno de los destinos donde los esclavos se pagaban mejor, por lo que allí se realizaba una selección temprana. Posteriormente, dentro de la isla, se produjo una nueva presión selectiva: los individuos más fuertes y con mayor espíritu combativo escapaban de las plantaciones y se refugiaban en zonas montañosas y boscosas de difícil acceso. Estas comunidades, conocidas como maroons, reforzaron ciertos rasgos físicos y conductuales. De acuerdo con esta hipótesis, Usain Bolt y otros grandes velocistas jamaicanos descienden de estas poblaciones.

Kenia y Etiopía: la ventaja de la altitud

En contraste, Kenia y Etiopía se encuentran a altitudes cercanas a los 2,500 metros sobre el nivel del mar. En estas zonas no hay mosquitos transmisores de malaria, por lo que no existió la presión evolutiva que favoreciera la mutación de los eritrocitos. Al contrario, la vida en altura estimula la producción de más glóbulos rojos y una mayor capacidad para transportar oxígeno, lo que representa una ventaja enorme para los deportes de resistencia.

No es casual que cerca del 90 % de las medallas kenianas provengan de una región muy específica: el Valle del Rift, una zona montañosa donde estas adaptaciones se concentran de manera excepcional.

Los pueblos actuales de Kenia y Etiopía han vivido en estas altitudes durante 400 a 500 años, tras desplazarse desde zonas costeras hacia las montañas para escapar de conflictos y persecuciones. A esto se suman factores culturales: una alimentación sencilla, rica en carbohidratos complejos y adecuada para el rendimiento aeróbico, así como una vida cotidiana que implica caminar y correr largas distancias desde edades tempranas.


Conclusión

Desde esta perspectiva, el dominio jamaicano en la velocidad y el de Kenia y Etiopía en las pruebas de fondo no es casual ni misterioso. Es el resultado directo de la convergencia entre genética, entorno, historia y cultura actuando durante generaciones. En ciertos contextos, algunas poblaciones humanas están objetivamente mejor adaptadas para tareas físicas muy específicas. No es una opinión: es biología aplicada.

Lo relevante de este enfoque es que vincula sin tapujos el desarrollo humano con el cambio evolutivo, las presiones selectivas reales que operan sobre distintas poblaciones y el concepto de fitness, entendido como eficacia funcional y no como valor moral. La evolución no produce igualdad de capacidades; produce ajustes diferenciales frente a problemas concretos.

Esta mirada multifactorial tiene sentido porque asume que la realidad biológica y social es desigual por naturaleza. La biología importa. El entorno importa. La historia importa. Y la cultura no compensa esas diferencias: las amplifica, las refina o las desperdicia.

Negar esto es antiempírico. La especie humana no se construyó bajo el principio de equidad, sino bajo el de supervivencia. Y en ese proceso —una verdadera danse macabre— algunas adaptaciones resultan extraordinariamente eficaces en escenarios específicos, mientras otras quedan relegadas. Entenderlo no justifica jerarquías morales, pero sí obliga a aceptar que la adaptación, por definición, no es neutral ni democrática.

La borrachera de la igualdad

La diferencia es parte de la vida y del universo. No hay que luchar por ser diferente, la diferencia viene sin pedirla. Incluso los gemelos, que tienen el mismo ADN, nacen casi a la misma hora y viven prácticamente las mismas experiencias durante la infancia acaban derivando en personalidades e identidades muy distintas. La diferencia es, de hecho, incontrolable.

Natural y evidentemente, en nuestra especie, los machos y hembras somos distintos. Y no solo nos diferenciamos desde bases comparativas individuales, sino sobre todo generales. No solo nos diferenciamos física y anatómicamente, sino también, y sobre todo, psicológicamente.

Hombres y mujeres actuamos, pensamos y vemos el mundo de formas profundamente distintas, lo cual además de innegable es lógico dado que a lo largo de nuestro devenir histórico y evolutivo hemos enfrentado diferentes retos para nuestra supervivencia. Estos desafíos desiguales, como las micro-diferencias de crianza que viven los gemelos, han derivado en tendencias de constitución distintas. Estas diferencias son nuestro presente, queramos o no.

Tal pareciera que en la actualidad, como medida desesperada ante diversas situaciones penosas y trágicas, hemos decidido fingir que somos iguales. Pero no lo somos. Y en el camino bien puede que el remedio, la alucinación, acabe siendo más dañina que la enfermedad.

En la naturaleza, la diferencia es una especie de seguro contra el futuro, una suerte de diversificación financiera en las apuestas e inversiones de la vida. La igualdad, al contrario, es poner todos los huevos en la misma canasta. Es muy riesgoso. A la natura no le agrada la igualdad porque con un cambio brusco todo puede irse por la borda. Así, la igualdad constitutiva no es un ideal que valga la pena perseguir.

Por ello, reconocer nuestras diferencias en el presente no es tanto una conveniencia como una necesidad. Si no logramos trascender la borrachera de la igualdad y nos reconocemos diferentes, no mejores ni peores, pero sí más aptos y menos aptos, así como más dispuestos y menos dispuestos para ciertas tareas, no podremos construir mejores sociedades ni mejores relaciones.

Negar nuestras diferencias ha sido una salida fácil a problemas complejos, una simpleza, y, al mismo tiempo, una negación del gran potencial que tenemos como especie. La diferencia es parte de la vida, del universo y, por lo tanto, de la condición humana. No hay nada de malo en ello, al contrario.

La posibilidad más segura de las posibilidades

Hoy, como casi todos los días, por la mañana fui a comprar un café. Llegué a la cafetería y me formé a esperar mi turno. No pasaron dos minutos cuando alguien de más o menos mi edad se formó detrás de mí. Luego llegó alguien más, de mi edad o más joven, quien tomó su lugar en la fila.

Estos dos individuos, hombres ambos, que llegaron por separado, se conocían. Se saludaron y empezaron a tener una conversación que inevitablemente escuché, y que derivó en uno de los eventos más reflexivos de mi día. Si estamos atentos a veces la cotidianidad te da regalos como estos. La conversación fue más o menos así:

– ¡Hola!, qué gusto verte, ¿cómo estás? – el primero le dijo al segundo.

– No muy bien, pero aquí andamos – respondió el segundo.

– ¿Por qué amigo? – continuó el primero.

– Estoy un poco enfermo – siguió el segundo.

– ¿Qué tienes? – prosiguió la conversación, esperando quizás una respuesta menos penetrante.

– Tengo cáncer; cáncer de pulmón – remató el segundo, en un tono un tanto despreocupado, como si se tratara de gripe.

Hubo un momento de silencio. No solo entre ellos, sino en la cafetería entera.

La facilidad con la que el hombre comunicó su enfermedad, además de la entereza y calma con que lo hizo me impresionó. Me hizo pensar que a menudo andamos tan hipnotizados por la rutina y la cotidianidad que difícilmente nos pasa por la mente que la enfermedad y la muerte caminan junto a nosotros todos los días; que siempre hay personas a nuestro alrededor que están pasando por épocas aciagas; que la muerte no solo es una posibilidad lejana, sino la posibilidad más segura de las posibilidades, como decía Heidegger.

Me provocó además una espontánea y honesta admiración. El hecho de que alguien pueda ver a la muerte a los ojos, sin miedo, como algo natural, resulta admirable y abrumador, pero también pedagógico. Es un éxito. Una suerte de logro. No es fácil.

Al salir, un poco aturdido, recordé algo que leí en algún libro. No recuerdo cuál. El autor o autora decía que como individuos, el último aprendizaje, y quizás el más importante, que podemos brindar a nuestros seres queridos es precisamente la muestra del bien morir.

Los que somos padres sabemos que cuando los niños alcanzan cierta edad empiezan a preguntar por qué existe la muerte, a dónde van los que han muerto, qué se siente morir y más. Y para responder estos cuestionamientos hacemos uso de distintas ideas, algunas religiosas y otras no tanto, pero todas enfocadas en amortiguar la ansiedad que la conciencia de mortalidad provoca naturalmente no solo en los chiquillos, sino en todos los humanos.

A última cuenta esas palabras son como una aspirina que alivia los síntomas temporal y deficientemente. Dado que los humanos aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que escuchamos, en realidad no podremos mostrar y demostrar a nuestros seres queridos que la muerte no debe ser temida hasta que lo hagamos con el ejemplo, si acaso podemos. La oportunidad llegará. Eso es seguro.

El credencialismo y la tiranía del mérito

Un tema que me llamó mucho la atención de La tiranía del mérito (2020), una obra de Michael J. Sandel que recién terminé de leer y de la que no hace mucho hice una síntesis/reseña (que por cierto pueden encontrar en mi feed de Instagram), es que menciona tajante y claramente que no existe una relación sólida y evidente entre la educación académica, es decir, entre la capacidad de los individuos para sacar buenas calificaciones (hacer tesis y todo ese tipo de cosas que hacemos los que estudiamos carreras y posgrados), y la capacidad para desempeñarse en un puesto de responsabilidad en una democracia; piense en cualquier representante o servidor público: presidentes, diputados, senadores, secretarios, directores, etc.

Sorprende mucho más de lo normal esta idea por su origen, porque el argumento no lo expone alguien sin estudios, como podría pensarse, sino que lo hace precisamente un académico de Harvard; algo ciertamente paradójico…

Sandel defiende la idea de que una mayor representatividad de clases en los gobiernos democráticos mejoraría las dinámicas de los Estados y aminoraría las respuestas sociales extremas que hoy crecen cual espuma en el mundo, como el populismo y el nacionalismo, y que se explican al menos en parte, de acuerdo al autor, por el desempoderamiento progresivo del que las clases trabajadoras sin estudios profesionales han sido objeto durante las últimas décadas.

¿Cómo han sido desplazadas las clases trabajadoras de la participación democrática? A través de la reciente y exagerada importancia que se le ha asignado a las credenciales educativas (licenciaturas, especialidades, maestrías y doctorados) para gobernar o ser parte del gobierno. Un mito que, estima Sandel, no solamente ha sido y está siendo propagado por aquellos que han invertido una importante cantidad de tiempo y dinero en la adquisición de credenciales profesionales, sino también por la misma gente sin estudios, que de alguna forma ha cedido casi completamente a la idea.

Por ejemplo, hace tan solo seis décadas en Estados Unidos una cuarta parte de los senadores y de los representantes de la Cámara habían sido elegidos pese a no tener carrera universitaria, pero a comienzos del nuevo milenio un 95 por ciento de los miembros de la Cámara de Representantes y el cien por ciento de los senadores eran graduados universitarios.

Para Sandel (y otros como Thomas Frank) la idea de que la educación es la solución a todos los males, tan recurrida en México por los actores políticos y por servidores públicos de todos los partidos, es por una parte irresponsable y por la otra estúpida, porque le dice a la gente que problemas tan complejos como la desigualdad son fallos enteramente suyos; y no del sistema. Evade responsabilidades, culpa al individuo y nubla las acciones que podrían contribuir a mejorar el panorama, como la disgregación de las grandes concentraciones de poder económico o el fomento en las sociedades de un sentido más agudo del bien común.

Para respaldar su postura, Sandel compara los gobiernos americanos de John F. Kennedy y Obama, integrados en mayor medida por funcionarios procedentes de las universidades más importantes del mundo (Harvard, Oxford, Yale, etc.), que resultaron ser un desastre (el primero de ellos condujo a Estados Unidos hacia el sinsentido de la guerra de Vietnam y el segundo rescató a los banqueros de Wall Street), con aquellos que se integraron en formas más representativas y menos tecnocráticas, como los gobiernos de Harry Truman y Franklin D. Roosevelt, que lograron avances importantes en términos sociales.

Señala por ejemplo que en el Reino Unido menos del uno por ciento de la población estudia o ha estudiado en Oxford o Cambridge y pese a ello una parte desproporcionada de esa élite ocupa los puestos de gobierno. Dos tercios de los ministros del gabinete de Boris Johnson (en 2019) estudió en institutos privados y la mitad de ellos eran graduados de Oxford o Cambridge. En resumen: los pocos gobiernan a los muchos; los ricos gobiernan a los pobres; los que tienen credenciales gobiernan a los que no tienen credenciales.

Destaca y argumenta que, en vista de los resultados, es evidente que convertir los parlamentos y los congresos en ámbitos casi exclusivos de las clases “acreditadas” no ha servido, como a menudo se piensa y quiere creer, para volver a los países más eficaces, sino solo para volverlos menos representativos y con ello más problemáticos y polarizados.

Pregunta: si queremos que sean ingenieros cualificados los que diseñen puentes y carreteras y que sea un médico especialista el que nos opere de una apendicitis, ¿no nos conviene que nuestros representantes democráticos hayan ido a las mejores universidades o tengan los más altos títulos y honores? Y responde: no necesariamente, porque gobernar requiere de sabiduría práctica y virtud cívica, de las aptitudes necesarias para deliberar sobre el bien común y tratar de hacerlo realidad; y de hecho ninguna de esas capacidades se fomenta particularmente bien en la mayoría de las universidades actuales, ni siquiera en las de mayor renombre.

En una época en la que el sexismo y el racismo están por supuesto mal vistos, el credencialismo se erige como el último de los prejuicios aceptables, nos dice Sandel. El credencialismo resulta al menos igual de nocivo para la democracia que el sexismo y el racismo porque desplaza y desempodera en la misma forma a la mayoría de las personas (a las que no tienen títulos). Por ello, ahora que estamos en campañas políticas, quizás sería bueno dejarse llevar menos por las credenciales educativas y más por el origen y la identificación de clase de los candidatos, a fin de que los espacios de poder sean cada vez más representativos. Puede ser un paso adelante. A su consideración, por supuesto.

Referencia:

SANDEL, M. (2020). La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? Ciudad de México: Debate

Experimentos de conformidad. Los humanos pensamos colectivamente

En un famoso experimento, el psicólogo estadounidense Solomon Asch demostró que los humanos nos vemos influidos en una medida alucinante por la opinión de los que nos rodean; incluso al punto enfermizo en que podemos llegar a no tomar en cuenta los hechos y la realidad. Asch mostró a un grupo considerable de individuos tres líneas en una tarjeta y les preguntó cuál era más larga. En la sala de investigación, todos eran colaboradores del psicólogo, menos uno: el sujeto estudiado. Este, lógicamente, no tenía conocimiento de esta circunstancia.

La respuesta correcta de la disyuntiva era evidente, no obstante, se les había pedido a los colaboradores que respondieran uno a uno erróneamente, a fin de observar cuál era la reacción del sujeto de prueba. En todas las ocasiones, el sujeto daba la misma respuesta equivocada del grupo. Se dejaba llevar por la corriente e incluso en ocasiones aseguraba haber percibido las cosas tal como las decían los demás.

A estos estudios se los conoce como los experimentos de conformidad. Se han replicado varias veces y han arrojado una y otra vez los mismos resultados. En función de estos se ha estimado que en términos generales esta conducta se debe a nuestra condición biológica de animales sociales, que conlleva una ansia de pertenencia de grupo.

Como lo sugiere el experimento, esta ansia nos resulta de manera natural más intensa que la búsqueda de la verdad o la percepción de la realidad. Es parte de un mecanismo con un gran valor de supervivencia relacionado con el aprendizaje social. En las especies sociales, por ejemplo, las crías que siguen la conducta de sus madres y pares en cuanto a qué comer y qué evitar tienen más probabilidades de sobrevivir, en comparación con las que se aventuran a descubrirlo todo por sí mismas.

Ahora bien, ciertamente esta inclinación hacia el pensamiento de grupo sigue ahorrándonos en estos momentos problemas y energías, pero también es un hecho que resultará prudente considerar que no siempre los modelos y los grupos en los que nos desenvolvemos tendrán la razón. Es imposible. La sabiduría cultural, tradicional o familiar puede, eventualmente, estar equivocada o incluso ser superada por nuevas formas de conocimiento, y por ello debemos estar atentos a cuando las fuerzas de la conformidad entren en juego en nuestros cerebros y nublen nuestros juicios.

Para nuestra suerte no todas son malas noticias, Solomon Asch también descubrió que una sola voz discordante puede cambiar todo el panorama. Cuando una sola persona se ciñe a la verdad, abre la puerta entera al cambio. En este escenario, los sujetos de prueba confían mucho más en la información que les brindan sus sentidos y se muestran más dispuestos a defender su punto de vista.

En términos bastante reales y objetivos, los humanos somos, más que individuos, sujetos colectivos. Para bien y para mal.

La cultura solo cambia desde abajo

Los eventos relacionados con la ya tradicional marcha femenina del 8 de marzo, como cada año, han desatado opiniones diversas y espinosas. La mayoría de ellas tienden a ser bastante apasionadas y a ubicarse en uno u otro extremo de la disyuntiva. Hay quienes se manifiestan de cualquier modo en contra, reciclando los argumentos de siempre, y hay quienes se inclinan por justificar todo en favor de la causa (a veces de manera entendible sin duda…).

Pero a estas alturas ni la negación absoluta ni la aceptación dogmática, y tampoco los nimios daños materiales, deberían dominar el debate, sino el análisis continuo, el reconocimiento del problema y la urgente puesta en práctica de estrategias diversas para hacerle frente al meollo del asunto: los feminicidios y la violencia de género.

Ciertamente, hacer esto no es fácil porque todos los humanos, incluidos los políticos y las feministas, tenemos un cerebro al que se le dificulta mediar y equilibrar; un cerebro más emocional que lógico, que entendemos muy poco y que una vez que ha tomado una postura con dificultad la echa por la borda. (En cuestión de opiniones todos somos de gatillo fácil y también de defensa férrea.) Pero, tampoco es imposible.

En principio debemos reconocer de una vez por todas que el problema no es una falacia, un engaño o un invento. En México y en todo el mundo la violencia contra las mujeres existe y se manifiesta de diversas formas. Aunque hay países que han dado pasos firmes en el tema, incluso en los más avanzados todavía se observan considerables brechas. Por esta razón uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU es precisamente alcanzar la igualdad entre los géneros. No se lo sacó de la manga la Organización de las Naciones Unidas.

Aunque de hecho, como se señala con frecuencia, los hombres estamos también expuestos a formas particulares de violencia, de las que sabemos muy poco y habrá que ir visualizando, eso no justifica de ninguna manera la violencia que gira en torno a las mujeres y que se encuentra muy bien documentada y respaldada por datos duros.

Sin duda el tema es complejo políticamente, pero sobre todo socialmente. Es complejo políticamente porque aunque sea terrible visualizarlo, no debemos ser ingenuos, no hay ni ha habido gobierno en el planeta con la capacidad para acabar con toda la violencia humana (ni siquiera aquellos que han sobre erosionado las libertades civiles han podido). En cierto grado, y lamentablemente, esta nos acompañará por todo el devenir de nuestra especie (con mayor razón si seguimos creciendo demográficamente y ensanchando los niveles de desigualdad).

El tema es complejo socialmente porque, aunque la considerable incapacidad política no exime a los gobiernos de toda responsabilidad, debido a que corresponde a estos, por definición, la elaboración de diagnósticos precisos con bases científicas, el diseño de políticas públicas y la conducción de acciones para prevenir y castigar estas conductas, debemos llegar a reconocer que la cultura juega un papel fundamental en la dinámica… y la cultura, solo cambia desde abajo. Para bien y para mal.

*Fotografía: Nelly Salas

Sapiens: el contador de historias

Es impresionante la claridad y precisión que tienen muchos niños para hacer preguntas importantes y disruptivas. La semana pasada uno de diez u once años me hizo una muy interesante. Directamente y sin rodeos me arrojó: ¿qué es lo que nos hace a los humanos únicos y especiales?

Aquellos que se dedican a la difusión y al marketing saben que es un reto y todo un proceso encontrar las palabras idóneas para comunicar de manera efectiva la información que se requiere entregar, sin rodeos ni rimbombancias, sin reducirla demasiado y teniendo en cuenta al público objetivo.

Con frecuencia la comunicación es más difícil de lo que se piensa, mucho más si consideramos que a diferencia de los clientes que pagan a los mercadólogos para diseñar campañas publicitarias, los niños no dan mucho tiempo para pensar en una respuesta, la requieren casi de inmediato.

Ya se imaginará usted que resulta harto complicado explicarle a un niño el debate de la unicidad humana que, dicho sea de paso, no ha terminado y es por demás espinoso en las esferas académicas, filosóficas y religiosas. Incluso, pensándolo ahora bien, resulta también peliagudo tomar la decisión de responderle al niño con apego a lo que sostiene la ciencia, si tomamos en consideración que la acción pudiera considerarse como una intromisión no solicitada en la educación particular y familiar de ese pequeño.

En fin. Después de pensarlo brevemente (recordando y quizá justificándome en las ideas de los filósofos que sostienen que cuando el alumno pregunta es porque está preparado para recibir la respuesta), decidí responderle. En esta entrega les comparto la respuesta (palabras más, palabras menos):

Los humanos hemos pensado que somos especiales por muchas cosas: porque caminamos en dos pies, hacemos herramientas, tenemos un cerebro grande y porque podemos hablar; porque hacemos arte, tenemos culturas, mentimos, sentimos amor, cuidamos a nuestros semejantes y más…

Pero poco a poco hemos ido descubriendo que muchas de estas cosas, que pensábamos que solo teníamos o podíamos hacer nosotros, están presentes también en otros animales (aunque a veces en formas básicas). Por ejemplo, los chimpancés hacen herramientas, los canguros se trasladan en dos patas, las musarañas tienen un cerebro más grande que el humano (proporcionalmente a su cuerpo), algunas aves componen verdaderas sinfonías, las abejas se comunican entre ellas, ciertos monos desarrollan tradiciones, otros tienen sonidos específicos para advertirse sobre distintos peligros y todos los mamíferos, así como se lee: todos, tienen emociones y por lo tanto pueden sentir amor, tristeza y más.

Entonces, hoy en día parece que lo único que los humanos hacemos realmente diferente a todas las demás especies animales es que podemos hablar de cosas que no existen (como lo señala Harari (2020) en Sapiens. El nacimiento de la humanidad). Casi todo apunta a que nuestra capacidad para inventar historias y hablar de cosas que no existen en el mundo real, comunicarlas y compartirlas, nos ha permitido cooperar en grandes números, formar ciudades, estados y civilizaciones, y llegar a donde hemos llegado. Somos, por lo tanto, los contadores de historias… para bien y para mal.

Poco Ortodoxa: ¿por qué vale la pena ver la serie de Netflix que versa sobre judaísmo extremo?

Unorthodox es un trabajo recomendable. La mini serie original de Netflix muestra cómo las culturas, aunque son útiles en términos adaptativos, pueden desvincularse demasiado de las realidades, que son siempre cambiantes. En este caso, tal problemática se expresa tomando como punto de partida las tradiciones de la rama más cerrada y extrema del judaísmo, que en pleno siglo XXI sigue reduciendo y controlando abruptamente los roles de las mujeres.

El trabajo refleja la lucha que emerge de la diferencia y la disensión a lo interno de una comunidad. Un tipo de lucha que, vale decir, no es exclusiva de esta cultura ni de este caso (inspirado en hechos reales), sino que aplica a todas las sociedades humanas porque entrama un hecho universal, omnipresente e irremediable, que se resume en una máxima estoica: todo cambia todo el tiempo.

Aunque los humanos nos afanamos en la permanencia y la continuidad, porque naturalmente tememos a lo desconocido, la verdad es que la única constante en la historia es el cambio, que acaba por trastocar todo; incluso a las culturas, que son de cierto modo una forma de resistir las transformaciones y el paso del tiempo.

Como podemos observar en Unorthodox, la lucha de la protagonista contra la tradición y el status quo no es solo externa, sino también, y particularmente, interna. Aquel que resulta diferente en cualquier esfera comunal (o eventualmente decide serlo), tiene que lidiar no solo con la trinchera social, con aquellos individuos que resisten el cambio y defienden lo establecido, sino también con los demonios internos que provoca tal circunstancia… que a menudo son más temibles.

Para mi sorpresa, esta serie no fue una narrativa simple y superficial basada en un feminismo ligero, como, debo confesar, me daba la impresión. Todo lo contrario: me pareció un trabajo bien logrado que desde una perspectiva equilibrada y directa toca tanto la verdadera opresión femenina como la desigualdad que esta ocasiona en el mundo. Esas son conversaciones que vale la pena traer a la mesa.

Antropología de las redes sociales. ¿Cuántos «likes» recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Desde hace algunos días he invertido algunos momentos de reflexión para equiparar y comparar las dinámicas de las redes sociales con las del mundo real, acaso porque estas últimas son parte de mi formación. Y bueno, el caso es que me he percatado de que, aunque a menudo se diga lo contrario, la verdad es que son muy similares. En las estructuras de ambos mundos se reflejan los mismos procesos: tanto hay estructuras de poder y jerarquías en la vida real como en Facebook, y tanto hay tendencias a la reciprocidad en la familia y en la sociedad como en Instagram y Twitter.

En cierto modo, las redes sociales funcionan como el programa virtual de Saint Junipero, en la famosa serie Black Mirror. Se desarrollan, a pesar de las pretensiones, como llanas extensiones de la vida física y material. Es verdad que las dos esferas tienen sus diferencias, porque evidentemente no andamos por la calle con un letrero que comunique nuestro puntaje, popularidad y jerarquía social o que señale cuántos amigos tenemos (como en otro episodio de Black Mirror: Nosedive), pero tales divergencias son superficiales. En lo general, lo que aplica a la vida real, aplica también en la esfera virtual porque tanto en una como en la otra los actores son los mismos: humanos.

Como saben, nuestra conducta no es del todo extraordinaria; tiene su fundamento en el comportamiento animal, sobre todo mamífero y primate. La gran mayoría de las cosas que hacemos en nuestras sociedades las hacen también otros animales, y casi todas ellas encuentran sentido en las necesidades básicas que compartimos con ellos.

Aunque estamos acostumbrados a vernos a nosotros mismos como el pináculo de la creación, lo cierto es que no somos tan especiales. Tan solo considere, como ejemplos, que los chimpancés hacen herramientas, las gallinas son jerárquicas, las ratas son empáticas, los topillos de la pradera son monógamos, las hormigas cooperan con cientos de individuos y las abejas se comunican eficazmente entre ellas. Considere también que incluso las bacterias y los tardígrados se alimentan y reproducen.

Las jerarquías, el rango, la reciprocidad, la cooperación y las luchas de poder, propias de muchos animales, no son otra cosa sino estrategias que la selección natural ha favorecido y mantenido por su capacidad para organizar efectivamente a los grupos en torno al acceso a la reproducción y alimentación; con efecto en la mejora de las oportunidades de supervivencia colectiva. Dichas dinámicas, queramos o no, se encuentran en nuestras disposiciones porque son parte de nuestra historia evolutiva.

Aunque nuestra plasticidad cultural, nuestra adaptabilidad biológica y nuestra capacidad inmensa para cooperar con extraños, han permitido solapar hasta cierto punto las fuerzas de supervivencia y reproducción, y las dinámicas de poder, rango y jerarquía, la realidad es que sería ingenuo argumentar que estas ya no nos condicionan en absoluto. No nos pueden abandonar sencillamente porque son premisas fundamentales de nuestro tipo de vida y condición.

Es cierto que ahora, al amparo del poder que tienen las culturas para modelar nuestro comportamiento, podemos decidir conscientemente, por ejemplo, no tener hijos (como lo hacen los sacerdotes católicos, los monjes budistas y muchas personas más). Pero no hemos llegado al punto en que podamos reprimir por completo nuestro impulso y medio primario de reproducción: el sexo, cuyas fuerzas encuentran expresión y salida de innumerables maneras; incluso simbólicas e involuntarias.

Entonces, como en la vida real, en las comunidades virtuales se pueden observar relaciones jerárquicas, machos y hembras alfas, negociaciones de rango, comunidades cooperativas y ansiosas luchas de poder. Si estamos atentos, en las redes sociales podemos observar al poder puro en acción, como neta influencia, y a la reciprocidad, como un proceso social de intercambio de acciones, tanto positivas como negativas.

Si así lo deseara, estimado lector, usted mismo podría dilucidar sus dinámicas virtuales o las de alguien más, porque los indicadores en estas esferas son más evidentes que en la realidad. Por ejemplo, desde esta óptica, si quisiéramos darnos una idea de qué tanto poder (influencia) ostenta alguien en alguna red social o comunidad virtual, bastaría con distinguir sus interacciones derivadas de la reciprocidad, de aquellas derivadas de la influencia.

Aunque la reciprocidad conlleva también relaciones de poder, en este rubro tiene sus límites. En primates como nosotros, chimpancés y bonóbos, las relaciones que se fundan en la reciprocidad no pueden sobrepasar más o menos los ciento cincuenta individuos, básicamente porque somos incapaces biológicamente de conocer en forma íntima a una mayor cantidad de sujetos. Pasado ese límite, prácticamente todo lo recibido en forma de interacción virtual, likes y followers por ejemplo, se derivará exclusivamente de una relación unidireccional de poder, de influencia, que ciertamente puede deberse a múltiples factores: admiración, capacitación, entretenimiento, interés o cualquier otro relacionado con la utilidad y relevancia de la imagen, el servicio o el contenido que se proporcione.

Ahora bien, es cierto que no todo mundo está interesado en fomentar relaciones de poder o influencia en las redes sociales. De hecho, hay muchas personas que limitan sus interacciones de manera voluntaria y consciente a su esfera de reciprocidad, pero también es verdad que cada día son más y más los individuos que abren sus redes al mundo entero. Si ese es su caso particular, entonces déjeme preguntarle: ¿cuántos likes recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Humanos, gorilas y coronavirus

Nuestra especie tiene apenas unos 200,000 años de andar por el mundo. Somos, en términos evolutivos, una especie bastante joven. En comparación con nuestro devenir, existen y han existido especies con presencias mucho más largas. Por poner dos ejemplos, Homo erectus,una de las especies que nos antecedió, prosperó durante casi 2 millones de años y se estima que algunos anfibios han medrado en el planeta al menos desde la era de los dinosaurios, que finalizó hace unos 65 millones de años.

Durante la primera y mayor parte de nuestra existencia, los Homo sapiens la pasamos en África como animales relativamente insignificantes. Sin embargo, hace unos 100,000 o 70,000 años abandonamos ese continente, nuestra matriz y cuna, y comenzamos a poblar el planeta entero.

La evidencia sugiere que esta odisea ocasionó (y sigue ocasionando, como veremos) un impacto tremendo en los ecosistemas. En términos generales, se ha estimado que a lo largo de nuestra corta existencia, los sapiens hemos llevado a la extinción, de manera directa, a cerca de la mitad de las grandes bestias y de manera indirecta a muchas más; incluidos nuestros hermanos biológicos. Los ecosistemas de Oriente Medio, Europa y Asia fueron los primeros trastocados; luego siguieron los de Indonesia, Australia y finalmente América.

Aunque no hay consenso entre los investigadores en cuanto a la causa exacta de la extinción de nuestros hermanos biológicos: neandertales, hobbits, denisovanos y luzonensis, una buena parte de la evidencia apunta a que nosotros tuvimos mucho que ver en sus destinos finales. Nuestro éxodo africano y nuestro patrón de dispersión coinciden sospechosamente con los espacios y tiempos en los que se extinguieron estas especies, hace entre 30,000 y 50,000 años.

En un reciente trabajo, titulado “The Sixth Extinction: An Unnatural History”, Elizabeth Kolbert señala que, de acuerdo a las circunstancias, parece que habiendo acabado en el pasado reciente con nuestras especies hermanas (por los motivos que hayan sido: directos o indirectos; violentos o colaterales), estamos ahora terminando con nuestros primos primeros y segundos: chimpancés, bonóbos, gorilas y orangutanes.

Actualmente, todos los grandes simios (con excepción de nosotros), se encuentran en peligro de extinción a causa de la caza furtiva, la pérdida de hábitats y algunas enfermedades que el ser humano puede contagiarles, como el ébola, el rinovirus humano C y el metapneumovirus, que es mucho más grave en chimpancés que en humanos. Por ejemplo, el número de chimpancés en estado salvaje ha decaído a la mitad desde hace cincuenta años y los gorilas se han reducido en un sesenta por ciento desde hace veinte años.

Si a lo anterior le añadimos que en fechas recientes se documentaron los primeros casos del virus SARS-CoV-2 en gorilas, el panorama se vuelve todavía más crítico. El pasado 11 de enero, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos confirmó que tres de los especímenes que viven en el Zoológico de San Diego, California, contrajeron la enfermedad COVID-19; probablemente de uno de sus cuidadores, que resultó ser un portador asintomático.

Con este descubrimiento, los gorilas (con los que compartimos el 98.4% de material genético), se convirtieron en la séptima especie animal (además de Homo sapiens) en haber adquirido naturalmente este virus (después de tigres, leones, visones americanos, leopardos, perros y gatos domésticos), y en la primera especie de primates no humanos en enfermarse de COVID-19. Afortunadamente, de acuerdo a los reportes, parece que los gorilas infectados se están recuperando.

Si a usted todavía le quedaban algunas dudas acerca de la cercanía biológica que tenemos con estas especies, del poder que hemos acumulado y en consecuencia del impacto que generamos en el gran ecosistema global o, incluso, de la existencia del virus SARS-CoV-2, el padecimiento de los gorilas y de los demás animales mencionados sin duda son una prueba de todas estas disyuntivas. Para bien y para mal.

Referencias de apoyo:

CHILDS, C. (2018). Atlas of a Lost World. Travels in Ice Age America. New York: Vintage Books

DALY, N. (publicado el 11 de enero de 2021). Several gorillas test positive for covid-19 at California zoo-first in the world. National Geographic. Consultado el 26 de enero de 2021. https://www.nationalgeographic.com/animals/2021/01/gorillas-san-diego-zoo-positive-coronavirus/

GÓMEZ-LUCIA, E. (publicado el 27 de abril de 2020). Coronavirus y primates, una conexión preocupante. National Geographic. Consultado el 27 de enero de 2021. https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/coronavirus-y-primates-conexion-preocupante_15466

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

KOLBERT, E. (2015). The sixth extinction: an unnatural history. New York: Picador.

¿Qué es la vida?

Hoy 25 de enero de 2021, día del biólogo, recordé una de las ideas que me parecen más interesantes de Richard Dawkins, el famoso autor de «El gen egoísta» y «El relojero ciego». Dawkins afirma que una de las particularidades más esenciales de los organismos vivos es que estos se encuentran inexorable e inevitablemente en lucha con el entorno. Esta lucha tiene por objeto evitar entrar en equilibrio con el medio circundante; evitar fusionarse con lo inanimado.

Explica que si medimos por ejemplo factores como la temperatura, la acidez o el potencial eléctrico en cualquier organismo vivo, desde las bacterias hasta los elefantes y desde los tardígrados a las ballenas, encontraremos que estos son más elevados en comparación con aquellos del medio en que se encuentran. En función de esto, el biólogo sugiere que vivir no es otra cosa sino esa resistencia, corporal y molecular, a entrar en equilibrio con lo inanimado.

Estar vivo es pues esencialmente resistirse a morir. Es una resistencia a equilibrarse con el entorno.

Y, ¿quién no ha sido testigo o ha escuchado de personas que dejan de luchar, de tener expectativas, y en poco tiempo mueren?

Desde este punto de vista la vida es, entonces, lucha y resistencia, como también señalaba Carl G. Jung. Acaso por eso también Sigmund Freud decía que a la par del impulso vital, tenemos un impulso de muerte siempre latente, que con el tiempo se va haciendo más y más fuerte y a menudo termina dominándonos.

Es cierto que, de cualquier modo, todos volveremos a estar en equilibrio con el ambiente, pero parece que en alguna medida depende de nosotros que no sea tan pronto. Para proliferar como seres vivos el mayor tiempo posible, necesitamos movernos continuamente y mantener toda vez metas y objetivos en la vida, sin importar nuestra edad.

Entonces, tanto desde una perspectiva filosófica como biológica, no hay nada más nocivo para lo vivo que la sensación de inutilidad y la falta de expectativas; y por ello, las sanas resistencias físicas y mentales son de las mejores formas para luchar contra «el equilibrio»…, que, como saben, desde el inicio tiene la batalla ganada.

¿Qué tenemos en común con las gallinas?

A principios del siglo XX, un niño noruego de diez años al que le fascinaban las gallinas comenzó a tomar detalladas notas sobre la conducta de estas aves. Luego de varios años de observación y estudio, Thorleif Schjelderup-Ebbe descubrió que el comportamiento de las gallinas respondía a ciertos patrones. Con base en el análisis del orden mediante el que estos animales picoteaban su alimento, Thorleif cayó en la cuenta de que estaban organizados a partir de una estructura jerárquica en la que sin duda habían individuos dominantes e individuos dominados.

Cuando creció, Thorleif vertió sus observaciones en su tesis doctoral y se hizo relativamente famoso en el círculo de los estudios animales. Su descubrimiento se conoce comúnmente como el “orden de picoteo” y se utiliza a menudo para señalar, con cierta gracia (y para molestia de muchos egocéntricos y “especiocéntricos”), que pese a que los humanos somos seres muy sofisticados, compartimos algo incluso con las gallinas.

Los humanos, como las gallinas (y muchos animales más), somos seres jerárquicos y estamos modelados por la evolución y la selección natural para vivir y desenvolvernos en las sociedades al amparo del rango y la jerarquía. Lo hacemos no solo en forma consciente, por medio de nuestra ropa, joyas, relojes, teléfonos, autos, casas, etc., sino también inconsciente, a través de nuestro tono de voz y de nuestras posturas y gestos corporales. Con estas señales comunicamos nuestros rangos y percibimos los de los demás.

Por ejemplo, cuando hablamos por teléfono, tendemos a modular nuestra voz y a ajustarla en un tono más agudo si es que hablamos con alguien que ocupa una jerarquía más alta que la propia. ¿Se han escuchado a ustedes mismos hablar por teléfono con diferentes personas? Probablemente hacer esto les resultaría interesante porque con frecuencia no estamos conscientes de los rangos que ocupamos en los diferentes grupos y relaciones.

Los humanos no solo somos sensibles a las jerarquías, y a la comunicación de rango, sino que, para lamento de muchos idealistas y soñadores, sencillamente no podríamos vivir sin ellas porque la armonía de grupo requiere estabilidad y esta última depende toda vez, en nuestro caso, de un orden bien establecido y reconocido. La clarificación de las jerarquías es esencial para alcanzar colaboraciones efectivas en las sociedades y por ello es que las empresas humanas mejor organizadas, como los grandes consorcios (ej. Starbucks), la milicia y los gobiernos, tienen las estructuras jerárquicas mejor definidas.

Una paradoja respecto a lo anterior es que aunque las posiciones dentro de una jerarquía a menudo nacen de la lucha, la estructura jerárquica misma, una vez establecida, elimina la necesidad de más conflicto. Pero no para siempre, porque en la medida en que los individuos van envejeciendo y muriendo, las jerarquías se vuelven inestables, lo que propicia nuevos escenarios de lucha, oportunidades y cambios.

¿Esto quiere decir que no nos queda de otra más que aceptar las jerarquías y las desigualdades que estas conllevan, sencillamente porque son inherentes a nuestra naturaleza? No del todo. Es cierto que son parte indiscutible de nuestra naturaleza (y la de las gallinas), pero también es verdad que en nuestras sociedades las hemos llevado a niveles extremos e inéditos. Con nuestras mega sociedades, de millones y millones de individuos, y nuestras mega ciudades y sistemas económicos, hemos creado mega jerarquías y en consecuencia mega desigualdades. Pero no forzosamente tiene que ser así. El genio humano es tal que bien podríamos utilizarlo para crear y aplicar mejores mecanismos amortiguadores de estas tendencias. Ciertamente esa es la tarea en el siglo XXI.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2005). El mono que llevamos dentro. Barcelona, España: Tusquets editores S.A.

¿Podemos deshacernos del poder y la jerarquía?

En otras ocasiones he compartido con ustedes colaboraciones que llevan en el título la palabra «poder», o que al menos la mencionan en el contenido. “El poder del chisme” y “El poder de la creencia” son dos de ellas pero, aunque a menudo en la cotidianidad de la vida solemos hablar de poder sin mucho empacho, vale la pena aclararse y/o preguntarse qué es esa cosa.

Aunque hay muchos autores cuyo objeto de trabajo es el poder, para mi gusto el francés Michel Foucault aborda esta temática con una mayor amplitud y claridad. Para Foucault, el poder está en todas partes; no solo en la política o en las estructuras clara y evidentemente jerárquicas como escuelas, empresas, milicia o gobierno, sino también en las relaciones de pareja, los grupos de amigos y las familias.

Desde la visión de este filósofo, en toda relación social hay dinámicas de poder porque el poder no es otra cosa que «influencia». En términos simples y concretos, aquel que influye en los demás tiene poder. Si un jefe de línea en una fábrica le ordena a un empleado que haga algo, está ejerciendo un tipo de poder sobre aquel, pero lo mismo sucede cuando un padre le prohíbe hacerse un tatuaje a su hijo o cuando un artista o un «influencer» nos induce, a través de las redes sociales, a comprar cierta marca de calzoncillos. Entonces, si alguien influye en nosotros, tiene poder y si nosotros influimos en alguien, también lo tenemos.

Ahora bien, no debemos confundir poder y autoridad; no son lo mismo. Aunque tienen semejanzas y a veces coinciden en una sola persona, no son de la misma naturaleza. La autoridad es una atribución institucional que se deriva de una relación jerárquica establecida formalmente, por ejemplo, mediante un documento, nombramiento, ley, organigrama o estructura empresarial. Y el poder, a diferencia de la autoridad, no se puede ceder formalmente, atribuir o traspasar; solo se puede conseguir, reconocer y generar.

El poder pues no es en todo caso autoridad y la autoridad no siempre detenta poder. ¿Quién no ha sido testigo de secretarias o auxiliares con bajos rangos de autoridad que detentan un gran poder (influencia) en una organización y de jefes que por más autoridad formal que tengan no consiguen influir (sin mandar) en sus colaboradores?

El poder es pues parte inherente de nosotros; de nuestras vidas cotidianas. No podemos negarlo, ni aniquilarlo de un plumazo. La naturaleza nos ha modelado como animales jerárquicos y por ello sintonizamos y respiramos jerarquías, incluso de forma inconsciente. Aunque en las mega ciudades que hemos formado a menudo existen jerarquías y desigualdades terribles, las primeras no en todo caso son malas. De hecho, cuando estamos conformes con ellas, nos tranquilizan y nos permiten cooperar de forma extraordinaria. Este es uno de los muchos aspectos que compartimos con otros animales como gallinas, elefantes, chimpancés y ranas; pero, a diferencia de estos, nosotros hemos diversificado y llevado nuestras jerarquías a otros niveles de complejidad.

Los humanos, al mismo tiempo que pertenecemos a una familia, con frecuencia formamos parte de un ambiente laboral, una sociedad, una nación, un equipo de futbol, un club de lectura, un grupo de excompañeros y hasta de varios grupos de Facebook. Y en todos estos conjuntos podemos ocupar posiciones distintas. Podemos ser alfas en unos y sotaneros en otros. Podría darse el caso de que ocupemos el número uno en la familia, el cinco en el club de lectura, el siete en el trabajo, el diez con los excompañeros y el número treinta millones en la sociedad, por ejemplo.

Lo anterior tiene varias aristas de interés, pero una particularmente llamativa se deriva del hecho de que los humanos tendemos a valorar más aquellos grupos o relaciones en las que nuestras posiciones son mejores (a veces inconscientemente) y eso puede llegar a influir directamente en las prioridades de vida que tenemos y ponerlas de cabeza.

Entonces, dos cosas. La primera: si usted se siente incómodo con alguna persona o en algún grupo en particular, es probable que se deba a que la jerarquía no esté muy bien definida en esa esfera. La segunda: si usted está pasando más tiempo en Facebook, en el trabajo o con los amigos del futbol, en comparación con la familia, los amigos cercanos o su pareja, a lo mejor valdría la pena preguntarse si esto no tiene que ver con el rango particular que se encuentra ocupando en estas dinámicas.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología,

licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

FOUCAULT, M. (2013). (orig. 1994). El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida. Trad. Horacio Pons. México: Siglo XXI.

SOUL, la nueva película de Pixar y Disney

Soul, la nueva película de Pixar y Disney, es una verdadera maravilla. Aunque desde luego entretiene y gusta a los niños, es más bien una obra para todo tipo de público. Me atrevería a decir que es más para grandes que para pequeños, por la profundidad de su trama. Los protagonistas son un músico frustrado de jazz y una alma no nacida, apática, que no le encuentra sentido a vivir. Es una obra maestra que todos deberían ver, entre otras cosas, porque es una prueba fehaciente y evidente de que el paradigma narrativo ha cambiado y lo ha hecho para bien, aunque les incomode a los tradicionalistas y a los que piensan que todo lo que ya pasó siempre es mejor. No…, no es así.

Los héroes y protagonistas acá ya no son siempre blancos, ni siempre hombres, y las mujeres ya no son siempre princesas en busca de marido; ya no existen como tal un destino y un propósito escritos en letras de oro o hierro y tampoco un yo esencial. La esencia del yo ha caído en la narrativa y ahora el nuevo paradigma señala que corresponde a cada quien forjar su destino, crecer y construir su propósito en la vida; ese es el argumento más revolucionario de Soul. El propósito ya no viene dado por las instituciones, ni por algo por el estilo; y tampoco hay que descubrirlo, sino construirlo, crearlo. La relatividad e independencia del propósito ha llegado. Si en estos tiempos se hubiera escrito Cenicienta, bajo estos cánones, lo más seguro es que esta niña habría salido de la pobreza y de la opresión sola, y no por medio de un casamiento. Se habría emancipado o habría creado una empresa, escrito un libro o hecho influencer al compartir su historia con las Naciones Unidas.

Después de ver Soul me di a la tarea de investigar quién había escrito semejante grandiosidad y encontré que los escritores del trabajo fueron Pete Docter, Mike Jones y Kemp Powers; y bueno, los tres son unos genios, pero al ver los trabajos particularmente de Docter entendí a cabalidad por qué Soul es tan buena. Docter fue también guionista de Intensa-mente, Up, Wall-E, Monsters Inc. y Toy Story. Películas que han trascendido las fronteras de la infancia y han conquistado a los adultos también, por la pertinencia de sus tramas. Piense usted en la visión que otorga Wall-E, acerca de un futuro distópico en el que los humanos tenemos que abandonar la Tierra porque ya está completamente deteriorada, pertinente sí o sí; o en Intensa-mente (Inside out) en la que se cuenta la historia de los verdaderos mecanismos electroquímicos que gobiernan nuestra conducta y en la que no hay alma dentro de Riley, sino simples algoritmos, revolucionaria sí o sí. Ambas son joyas y por supuesto, son parte del nuevo paradigma narrativo.

A título personal, quedé encantado con la historia de Soul por las metáforas utilizadas, el simbolismo, el argumento de fondo, el uso de conceptos como el del flujo en la inspiración, “The zone”, por la importancia atinada que le brinda a las pequeñas cosas de la vida, porque acá importa más el camino que el destino y por las referencias filosóficas y existenciales que inundan desde el principio hasta el final la película. Piense usted: vaya que se necesita talento, habilidad y osadía para integrar en una serie de dibujos animados referencias a George Orwell (el famoso escritor de 1984 y de la Rebelión en la granja) la Madre Teresa, Copérnico y hasta de Carl Jung (el famoso psicólogo, discípulo de Freud y autor de El hombre y sus símbolos); para hablar de realidades cuánticas, de la muerte (el gran después) y de planos que se ubican, como ahí se señala: «hipotéticamente», entre lo físico y lo espiritual. Y para, al mismo tiempo, criticar la educación del estado, mencionar a la clase dominante y preguntarse por el sentido de la existencia una y otra vez. Un agasajo impresionante para los que somos introspectivos.

El trabajo NO todo lo vence

El descuido y desparpajo con el que, en recientes fechas, un diputado de Nuevo León trató de construir una historia de lucha, esfuerzo y mérito alrededor de su experiencia de vida rodeada de facilidades, permitió que se arrojara luz directa sobre uno de los temas que desde hace algunas semanas he venido señalando en esta columna: que no vivimos, ni de cerca, en sociedades meritocráticas, y que nuestras realidades todavía dependen en gran medida de nuestros contextos e historias particulares.

Con sus salvedades, en nuestro querido México, lo más probable es que si nuestro progenitor es o fue albañil, nosotros también lo seamos; si fue maestro, que nos convirtamos en maestros y si fue un empresario que manejaba millones de dólares en la Bolsa de Valores, que también sigamos los mismos pasos (o algunos medianamente equivalentes). Así lo han sugerido sociólogos como Pierre Bourdieu y J.C. Passeron (2018), así como una importante cantidad de datos duros como aquellos que se derivan del Índice de Movilidad Social, que soporta, entre otras cosas, que en nuestro país, uno de cada dos mexicanos que nace en la pobreza, se queda en la pobreza toda su vida, y que por lo tanto el nivel socioeconómico del hogar donde se nace determina en buena medida el nivel futuro de la vida, independientemente del esfuerzo (Delajara et.al., 2018). 

¿Usted podría creer que alguien como el citado diputado de Nuevo León, con esa cultura y con esa reducida sensibilidad social, podría haber llegado adonde lo ha hecho solo por sus capacidades propias? Por lo burdo y superficial de su tentativa, que ocasionó justo el efecto contrario de lo que pretendía, lo dudo. Pero, es necesario matizar esta visión para ampliarla y que resulte útil más allá de alimentar memes e inspirar reflexiones parcas como esta. La realidad es que con frecuencia estos actos sí funcionan y los aceptamos casi automáticamente. Abundan en nuestras sociedades aquellos que se manejan bajo la bandera del esfuerzo (mucho más en campañas políticas), y en realidad deben su éxito o posición casi por entero al entorno del cual provienen.

Prácticamente todos deseamos que nuestros logros se valoren más en función de nuestras capacidades y esfuerzos, y menos en función de nuestras facilidades y contextos, y lamentablemente eso nos hace susceptibles de aceptar sin mucho empacho dicha perspectiva en otros individuos; pero ni los ricos son ricos solo por sus capacidades, ni los pobres son pobres porque no trabajen o no deseen ser ricos.

El caso del citado diputado es relevante pues, no solo porque deja en ridículo a este personaje que aspira a la candidatura a gobernador de su estado, lo que resulta positivo a sabiendas de la poca sensibilidad y percepción que tiene sobre la realidad del país, sino también, y principalmente, porque refleja y pone en la mira de muchos una idea que se debe combatir, ahora más que nunca.

Un pensamiento que lastimosamente se encuentra encallado en la mente de una gran cantidad de personas; no solo de aquellos, como el diputado, que pertenecen a las clases altas, sino también de individuos de clases medias y bajas que, a menudo sin quererlo, legitiman y aceptan las extremas diferencias sociales como precio pagado por la necesidad de sentir que sus logros personales son también solo propios. Este pensamiento se encuentra paradójica y sorpresivamente implícito en una frase que es bastante importante y simbólica para los zacatecanos: Labor Vincit Omnia (el trabajo todo lo vence).

Y bueno, aunque se entiende completamente el sentido y la utilidad de pensar y fomentar esta idea, a fin de alentar la esperanza, construir una necesaria cultura de trabajo y combatir la apatía y depresión asociadas a los niveles de existencia más penosos, la verdad es que si nos atenemos a la realidad y deseamos ser más objetivos y menos románticos, habrá que aceptar que, al menos en estos momentos (y para la mayoría de los mexicanos), el trabajo NO todo lo vence. Reconocerlo bien puede ser el inicio de cambios que tiendan hacia el sentido opuesto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología, licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Referencias de apoyo

BOURDIEU, P. y Passeron, J.C. (2018). La reproducción. Argentina: Siglo Veintiuno Editores

DELAJARA, M.; De la Torre, R.; Díaz-Infante, E. y Vélez, R. (2018). El México del 2018. Movilidad social para el bienestar. México: Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY)

Algún día las ratas conquistarán la Tierra

Como saben los que amablemente siguen esta columna, la entrega pasada trató acerca del experimento de las ratas ricas y pobres; de cómo el contexto juega un papel fundamental en el desarrollo físico y de capacidades. En esa colaboración, los resultados derivados de un experimento realizado con ratas sirvieron para poner el acento en un tema sensible en nuestras sociedades, resumido en la idea de que la diferencia social (la desigualdad) se construye en buena medida sobre la base de las distintas experiencias y capitales de los individuos; y, no depende tanto como quisiéramos del mérito y esfuerzo.

Esta entrega también trata sobre ratas, pero ahora desde una perspectiva distinta y con un objetivo también diferente. En resumen, quiero invitar al lector a imaginar un mundo bizarro, un mundo que acaso nunca tenga lugar pero que, de acuerdo a algunos investigadores, es posible. Así considérelo, por favor.

Con certeza algunos hemos escuchado historias acerca de indómitas ratas de alcantarilla que alcanzan el tamaño de un gato adulto pero, ¿se imaginan ratas del tamaño de un dóberman, un toro o un elefante? De acuerdo al profesor Jan Zalasiewicz, de la Universidad de Leicester, esto no solo es posible sino probable, aunque ciertamente no a corto plazo.

La opinión profesional de Zalasiewicz es que un día las ratas (Rattus norvegicus) conquistarán la tierra.  Sustenta su interesante teoría en varios hechos, pero principalmente en que estos animales han seguido a los humanos a cada rincón del mundo. Por ello, se encuentran en una posición ventajosa que les permitiría dominar el mundo si nuestra especie desapareciera de un momento a otro.

Cierto, es probable que también otras especies se vieran favorecidas ante tal escenario y que algunas más perecieran junto a nosotros, como aquellas vinculadas de manera más cercana a nuestra existencia (las domesticadas), pero, en opinión de Zalasiewicz, quien sacaría mayor ventaja de nuestra extinción serían las ratas.

Esta visión sin duda puede parecer descabellada, pero ya han ocurrido situaciones similares a lo largo de la historia evolutiva, en donde la extinción de una o múltiples especies resulta una oportunidad de lujo para otras. En cierto modo nosotros somos ejemplo de esto.

Los mamíferos (de los que somos parte) comenzaron a diversificarse con mayor rapidez y a «tomar el control» del planeta hace 65 millones de años aproximadamente, cuando se extinguieron los dinosaurios. La muerte de los dinosaurios, un evento sin duda funesto desde la perspectiva de la vida, abrió pues un nicho de oportunidad que en buena medida ocuparon (ocupamos…) los mamíferos.

Considere también estimado lector, para el caso, que uno de los primeros mamíferos placentarios conocidos (de hace 160 millones de años) era muy parecido a una rata; no medía más de 11 centímetros y pesaba solo unos cuantos gramos (Juramaia sinensis). Y que este pequeño animal derivó en múltiples especies (obviamente a lo largo de millones de años y a través de complejos y progresivos procesos de selección natural), entre ellas ratones, humanos, chimpancés y elefantes de cinco o seis toneladas.

Zalasiewicz imagina entonces algo surreal pero nada alocado. Vislumbra, con base en la deriva de las fuerzas de la evolución y la selección natural, que si desapareciéramos los humanos algunas ratas se quedarían del mismo tamaño y forma, pero otras podrían encogerse como musarañas o agrandarse como elefantes, dependiendo del eco-espacio en que se encuentren. Y conjetura, además, que incluso podrían surgir entre estas hipotéticas especies futuras, «por curiosidad y para mantener nuestras opciones abiertas, una o dos variedades de roedores grandes y desnudos que vivan en cuevas, adapten rocas como herramientas y vistan las pieles de otros mamíferos». ¿Les suena familiar?

Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

KOLBERT, E. (2015). The sixth extinction: an unnatural history. New York: Picador.

ZALASIEWICZ, J. (2008). The Earth After Us: What Legacy Will Humans Leave in the Rocks? Oxford: Oxford University Press.)

ZHE-XI, L., Chong-Xi, Y., Qing-Jin, M. y Qiang J., A Jurassic eutherian mammal and divergence of marsupials and placentals, Nature 476: 442 – 445. doi:10.1038/nature10291

¿Por qué las cebras no tienen úlceras? (Reseña del libro de Robert Sapolsky)


«Why Zebras Don’t Get Ulcers» (Por qué las cebras no tienen úlceras), del neurobiólogo americano Robert M. Sapolsky, es una obra que aborda desde una perspectiva científica e integral, y con una prosa bastante accesible y agradable, una de las condiciones que más nos aquejan a los humanos en estos tiempos post-industriales: el estrés.

El autor comienza asentando que el estrés es un proceso natural que responde a la necesidad de enfrentar circunstancias de peligro, en términos de supervivencia. Tiene todo el sentido evolutivo y su utilidad es, y ha sido, indiscutible.

Compartimos este mecanismo con otros animales, pero nosotros lo activamos en formas mucho más complejas y sutiles, y por ello puede efectivamente llegar a descontrolar nuestra vida.

Cuando una cebra activa una respuesta de estrés, lo hace siempre a causa de un estímulo directo y tangible, por ejemplo, al ver a un león a la distancia acechando. El estrés es pues, en buena medida, la liberación de esas hormonas que preparan o predisponen a la cebra a pelear o correr por su vida (y al león también, derivado del hambre; que también es una amenaza muy real para él).

A causa de lo anterior, en ambos escenarios, se tensan los músculos, la respiración se acelera, el flujo sanguíneo se eleva y se suspenden actividades de largo plazo, como la digestión y el crecimiento. Para el cuerpo tiene sentido posponer esto porque ante este escenario no se sabe en realidad si existe un mañana, por lo que es preciso poner todas las energías disponibles en la situación que apremia.

A diferencia de cebras y leones, los humanos no solo activamos respuestas de estrés ante estos escenarios, sino también (y sobretodo) ante estímulos psicológicos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir impresionantemente que con solo pensar en algo podemos disparar los mismos mecanismos de estrés de leones y cebras.

Esta singularidad nos hace especialmente vulnerables a que el estrés se vuelva crónico y nocivo en nuestra vida, al punto de derivar en el desarrollo de algunas enfermedades, especialmente cardiovasculares y digestivas.

Sapolsky es en todo momento equilibrado y enfatiza que, a diferencia de lo que muchos #coaches de manejo de estrés parecen proponer, no todas las enfermedades se deben al estrés; y, su eficaz gestión tampoco es milagrosa al punto de curar enfermedades como el cáncer. Sin embargo, sostiene que efectivamente un manejo eficaz de este puede contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas.

Como herramientas para el manejo del estrés Sapolsky analiza y sugiere el ejercicio aeróbico y la meditación continua, de las que señala que funcionan, pero hasta cierto punto; porque la duración de sus efectos es solo de algunas pocas horas. También sugiere el apoyo social y las relaciones sanas, así como cultivar una perspectiva flexible de la vida: en pocas palabras mantenernos conscientes de las cosas que podemos controlar y cambiar, y aceptar aquellas que no; cambiando el énfasis entre una y otra idea de acuerdo a las circunstancias.

Finalmente apunta que la efectividad de las técnicas de manejo de estrés depende de la personalidad y las circunstancias de cada quién, por lo que vale la pena probar una y otra, y observar qué es lo que se adapta mejor a nosotros.

¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

No son pocas las formas en las que el pasado puede equipararse al presente de manera útil. Tampoco aquellas en las que se toma como referencia al mundo animal para explicar situaciones humanas cotidianas. Varios investigadores afirman, con atino, que pese a los cambios vertiginosos en nuestras formas de vida, los humanos seguimos haciendo lo mismo que nuestros antepasados hacían hace miles y miles de años. Seguimos, en esencia, luchando por mejorar nuestro rango y papel en los grupos en los que participamos (desde los familiares, los laborales, hasta los de entretenimiento) y buscando maximizar nuestra representatividad genética en las siguientes generaciones (entre otras cosas más).

Cuando un chimpancé de bajo rango pretende mejorar su estatus en su tropa, o incluso convertirse en el macho alfa, empieza por conformar alianzas, utiliza la fuerza con inteligencia, realiza algunos regalos aquí y allá, disimula sus intereses, juega con uno que otro infante y eventualmente desafía a los individuos indicados. Y si nos atenemos a autores como Maquiavelo, Sun Tzu y otros más recientes, como Robert Greene y Frans de Waal, básicamente eso también es lo que hay que hacer para ascender en comunidades humanas complejas como empresas, equipos de futbol, partidos políticos u oficinas de burócratas.

Ahora bien, esta vez quiero compartir con ustedes una de las equiparaciones que he mencionado de inicio. Una que bien puede otorgarnos pistas valiosas acerca de las mejores formas de solucionar o enfrentar algunos de nuestros problemas humanos; y que además refiere a dos elementos muy importantes para nuestra especie: la justicia y la reciprocidad.

Se ha documentado con frecuencia que los individuos de especies que suelen hacer caza cooperativa, como los monos capuchinos, los chimpancés, los humanos y otros, se resisten a enrolarse en las actividades de caza grupal si no se les asegura que la recompensa será proporcional a sus esfuerzos. No es que las jerarquías propias de estos animales se suspendan cuando van a cazar, pero ciertamente conviene a todos que cada uno de los participantes reciban una recompensa que vaya más o menos acorde a su colaboración.

Por ejemplo, imagínese que usted y su tropa de humanos primitivos acaban de cazar a un mamut en las grandes planicies norteñas de lo que hoy es el continente americano (hace 12,000 años aproximadamente). Usted ha arriesgado la vida, atinado varios lanzamientos de flecha e incluso recibido un fuerte golpe de ese lento pero impresionante animal de seis toneladas y más de cinco metros de alto; ha invertido varias horas de su tiempo y perdido algunos dientes en el camino, solo para ser excluido del botín a última cuenta. Con toda certeza, la próxima vez que le inviten a cazar los mismos compañeros se negará rotundamente (a menos que sea masoquista o algo tonto…, por no decir otra cosa).

Si esto después le sucede a otro y a otro individuo, podría llegar el momento en que sea imposible la cacería cooperativa en su tropa, porque dos o tres individuos no podrán cazar un mamut solos. Por eso, incluso al individuo más dominante le conviene que hasta el de más bajo rango obtenga su parte; de otro modo luego ni él podrá comer carne.

Obviamente ninguno de nosotros saldrá el día de mañana a cazar mamuts. No obstante, aunque no parezca tan evidente en principio, en la actualidad a diario tenemos que lidiar con situaciones similares en nuestra vida. Piénselo bien. Cuando colaboramos en el trabajo, en la familia, en el deporte, con los amigos o con la pareja, y hacemos nuestro máximo esfuerzo en una tarea que requiere labor de equipo, siempre esperamos nuestro «pedazo de mamut»; es algo inevitable. Ese pedazo de mamut hoy en día bien puede ser un simple gracias, un reconocimiento o incluso una cantidad monetaria. Puede ser muchas cosas, pero el tema principal es que no recibirlo es el meollo de muchos problemas y serias inconformidades en nuestras sociedades y grupos.

Está en nuestra naturaleza esperar SIEMPRE nuestro pedazo de mamut, básicamente porque así lo hicieron una y otra vez nuestros antepasados y eso contribuyó de manera decisiva a su supervivencia. Somos animales cooperativos, pero inevitablemente esperamos alguna retribución de nuestras participaciones. Por ello, si a usted le toca liderar «la cacería» y repartir «el mamut» (sea cual sea su naturaleza), asegúrese de dividirlo con la mayor justicia posible, porque si no lo hace, lo más seguro es que encuentre resistencia en la próxima «expedición». Por el contrario, si usted se encuentra de repente con la odiosa situación de no haber recibido su parte (lo que lamentablemente es muy frecuente en nuestros días), no se sienta culpable de sus sentimientos; sépase en todo su derecho de negarse a colaborar la próxima vez o incluso de increpar al líder y decirle: ¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Bibliografía

DE WAAL, F. (1998). Chimpanzee Politics. Power and sex among Apes. New York: The Johns Hopkins University Press.

COHEN, A. (2003). What the Monkeys Can Teach Humans About Making America Fairer. The New York Times.

El «timing» importa, pero ¿por qué?

Uno de los varios e interesantes experimentos que realizó el psicólogo Daniel Kahneman, ganador del premio nobel de economía, fue el «experimento del agua fría», que permitió poner en evidencia que los seres humanos no tenemos una voz interior…, sino dos; muchas veces contradictorias. Esto resulta relevante por diferentes y complejos motivos, pero antes de abordar brevemente algunos de ellos, conviene referir el experimento en sí.

Se le pidió a un grupo de personas que participaran en un experimento que constaba de tres partes. En la primera, la más corta, se les pidió a los voluntarios que sumergieran una mano en un recipiente de agua fría y la mantuvieran ahí. Al paso de sesenta segundos, se les solicitaba a estos que sacaran la mano del agua. Luego, en la segunda parte, se les pedía a los mismos voluntarios que sumergieran nuevamente la mano en el agua fría, pero ahora – y sin avisarles –, pasados los mismos sesenta segundos, se añadía un poco de agua caliente por debajo del recipiente y se los dejaba con la mano sumergida más tiempo. Esta última acción pues elevaba la temperatura del agua solo un poco (un grado, aproximadamente) y agregaba otros treinta segundos de mano sumergida. Desde luego, esto seguía siendo molesto, aunque un poco menos. Lo que cambiaba en sí era el final.

En la tercera y última parte del experimento, se les pidió a los voluntarios que eligieran entre repetir el primer ejercicio (60 segundos) o el segundo (90 segundos), y resultó que la gran mayoría (el 80%), contra la lógica, prefirió repetir la parte larga (que recordaban menos dolorosa, por el cambio al final de temperatura); aunque de hecho esta parte incluía completamente la primera y además alargaba la molestia e incomodidad.

De acuerdo al investigador, este experimento permite revelar la existencia de al menos dos «yo» en cada uno de nosotros, a los que se bautizó como el experimentador y el narrador. El experimentador es el que vive el presente y las situaciones justo como son en el momento, es nuestra consciencia constante, y el narrador es el que construye una historia de las experiencias con posterioridad a que hayan sucedido, es decir, es el intérprete de lo vivido. Ahora bien, todos nos hemos sentido contradictorios en algunos momentos, pero lo verdaderamente interesante en este descubrimiento es que la precisión del narrador (el que toma la mayoría de las decisiones importantes en la vida) no es muy buena y con frecuencia no corresponde a la realidad.

Kahneman descubrió que nuestro narrador construye sus historias considerando solo algunos momentos culminantes y el final, y promediando estos. En otras palabras, no considera todo acerca de la experiencia que vivimos, sino que toma atajos, filtra datos, y con base en ello, construye un relato final que se toma por verdad en nuestra mente. Evidentemente, si el final de cualquier experiencia es más agradable, es más probable que nuestro yo narrador considere aquello como algo más positivo (aunque puede ser que no haya sido así). Piense usted, por ejemplo, en el recuerdo que tiene de sus últimas vacaciones. Muy probablemente haya olvidado, no considerado o infradimensionado el incómodo calor, los mosquitos, el malestar estomacal, el retraso del vuelo, los gritos de los niños u otros factores negativos que suelen tener lugar en estas experiencias.

Los pediatras saben muy bien el truco del final placentero para cambiar un tanto la percepción de una experiencia, aunque probablemente no estén conscientes de que es algo derivado de nuestra condición (y cognición) humana. Este descubrimiento permite, entre otras cosas, percatarse de que nuestros sentidos no son perfectos y pone en la mesa la posibilidad (y necesidad) de ejercer cada tanto dudas legítimas con respecto a nuestras propias percepciones y recuerdos. Pone en el radar, además, uno de los elementos que bien pueden ser aprovechados para el ejercicio de cierta manipulación social o de opinión.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo, el famoso y multi citado escritor, en su obra El Príncipe, decía: «El vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas», y recomendaba realizar las acciones impopulares al principio de cualquier gestión (y al mismo tiempo de ser posible), a fin de tener tiempo de cubrir aquellas con acciones positivas posteriores y de finalmente disolverlas en la opinión pública con un final magnífico o estruendoso.

Entonces, en la política y en la vida, el timing (el momento) importa, porque puede modificar la percepción de la realidad y llegar a confundir a nuestros narradores. En vista de esto, habría que estar más atentos a estas circunstancias, que no podemos simplemente evitar porque sencillamente son parte de nosotros, y sospechar tanto de esos cierres grandiosos en la política, como de nuestros recuerdos más vistosos. Lo dejo a su consideración.

Seguimos siendo cazadores–recolectores pero ahora en junglas de asfalto

Del tiempo que nuestra especie ha habitado la Tierra (alrededor de 200,000 años), más del 90% lo hemos hecho como animales relativamente insignificantes. Animales que no generaban mucho más impacto en su entorno del que producían otras especies como los leones o los chimpancés. Hace solo 12,000 años que descubrimos la agricultura (6% de nuestra historia), 8,000 años que establecimos las primeras ciudades (4%), 500 años que empezamos a utilizar combustibles fósiles ingentemente (0.25%), 100 años de utilizar la química para la elaboración de alimentos ultra procesados (0.05%) y 34 años de empezar a modificar genéticamente nuestros alimentos (0.017%). Sabemos más o menos los efectos que han tenido los primeros factores pero no sabemos casi nada de los últimos dos.

Durante aproximadamente el 94% de nuestra existencia, los sapiens fuimos cazadores recolectores, es decir, vivimos exclusivamente de lo que encontrábamos en nuestros entornos: plantas, raíces, nueces y animales. Pero ¿qué tiene esto de importancia?, si las cosas de todas formas siempre cambian. Si antes fuimos cazadores recolectores, hoy somos agricultores industriales, astronautas y oficinistas y ya está… ¿verdad? Pues no es tan fácil.

En el tiempo en el que los humanos hemos deambulado por el mundo, como cualquier otro animal, hemos estado sujetos a la evolución y a las fuerzas de la selección natural. Miles y miles de años de supervivencia y lucha, de caza y recolección, de vida y muerte, no han pasado en vano en nuestros cerebros y genes. Nuestros cuerpos se han ido moldeando y adaptando a las circunstancias que se nos han presentado. Conforme estas cambiaban, nosotros también cambiábamos, pero lentamente. Muy lentamente. ¿Cómo? Principalmente a través de una danse macabre (danza macabra) en la que mueren con mayor frecuencia (o antes de reproducirse) aquellos que resultan menos adaptados a las condiciones dominantes.

La evolución requiere tiempo y por lo general no poco sino mucho. Periodos de tiempo que nuestras mentes ni siquiera dimensionan muy bien. En circunstancias típicas se necesitan generaciones tras generaciones, milenios tras milenios, acaso millones y millones de años de danse macabre para que unos pocos caracteres prevalezcan sobre otros; para que se desarrollen o surjan nuevas adaptaciones o para que se generalicen mutaciones individuales.

Resulta ingenuo pensar que los 188,000 años que nuestros ancestros pasaron como cazadores recolectores, hayan desparecido en nosotros de un momento a otro. Harari, el famoso historiador israelí, precisa con claridad respecto a este asunto que nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora recolectora interactúa con nuestro ambiente post industrial y respalda así la idea de que no hemos dejado atrás por completo estas condiciones, básicamente porque no hemos tenido el tiempo suficiente para adaptarnos completamente a las circunstancias en las que ahora vivimos. En buena medida somos ahora cazadores en junglas de asfalto.

La existencia hoy en día de mega ciudades, del anonimato en la esfera de la comunidad, de estilos de vida más estáticos físicamente y de formas de alimentación menos variadas y más artificiales, contrastan seriamente con la vida de nuestros antepasados, que vivían en grupos pequeños, se conocían por completo unos a otros, recorrían alrededor de 15 kilómetros diarios y se alimentaban de una importante variedad de alimentos (frutas, plantas, tubérculos, insectos, huevos y presas cazadas o de carroña).

Ahora bien, esto no es una apología del pasado ni de los cazadores recolectores. De ninguna manera. Sabemos que nuestros antepasados con frecuencia morían a edades tempranas y en variadas ocasiones la pasaban muy mal. A pesar de lo que suele decirse en algunas esferas (de una manera romántica), los tiempos actuales son más ventajosos que los pasados, principalmente en cuestiones de salud, seguridad y acceso a la información, pero eso no quiere decir que sea inútil voltear a ver nuestra historia; particularmente nuestra historia evolutiva.

El meollo del asunto no es: ¡volvamos a ser cazadores recolectores!, sino reflexionar en torno a si algunos de nuestros problemas actuales, sociales e individuales, no se deben precisamente a que no estamos lo suficientemente conscientes de nuestro pasado y de lo que somos; de lo que son y necesitan nuestros cuerpo y mente: relaciones cercanas, movimiento constante y variedad alimentaria (entre otras cosas).

De cierto, ahora resulta inviable e ingenuo esperar que todas las personas que hay en el mundo (7.7 billones) se conozcan unas a otras. O pretender que cada individuo en la Tierra camine 15 kilómetros al día, buscando comida. No obstante, a partir de estas consideraciones bien podemos poner más atención en lo importante que resultan las relaciones interpersonales y cercanas para nuestra salud mental, lo relevante que resulta una dieta variada para nuestro cuerpo y lo trascendental de recorrer unos cuantos kilómetros a diario; no buscando comida por necesidad como hacían nuestros antepasados, sino a sabiendas de la relevancia técnica que tiene esto para el bienestar de nuestro cuerpo. De una forma o de otra, parece que nos conviene estar conscientes de que seguimos siendo cazadores recolectores y comenzar a satisfacer nuestras necesidades de cazador. ¿Usted lo hace?

Imagen de Nuria B. Tomada de Udare.es

Referencias de apoyo:

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

MORRIS, D. (2014). El zoo humano. México, D.F.: Penguin Random House.

MCCLUNG, E.; Acosta, G.; Terrazas, A. y Cid, A. (2015). La historia humana: del origen a nuestros días. México, D.F.: UNAM – SIGLO XXI.

SAPOLSKY, R. (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. New York: Penguin Press.

Cobra Kai y la relatividad de la vida

Con mucha frecuencia olvidamos que todo depende del cristal con que se mire. Cuando opinamos acerca de algo, inevitablemente lo impregnamos de nosotros: de lo que somos y hemos vivido. Nuestra opinión emerge de nuestro yo, de nuestras condiciones biológicas, culturales, educativas y económicas, y en función de ello, es relativa. No puede ser de otro modo porque cada uno de nosotros somos el producto de circunstancias distintas.

Los historiadores saben muy bien que la Historia, como la vida, es relativa. Casi siempre están conscientes de que la mayoría de los relatos históricos han sido contados exclusivamente por los vencedores. Por ello, a menudo tienen que hacer grandes esfuerzos para generar historias complementarias de los pueblos vencidos; de los oprimidos y de los que han sido borrados o malinterpretados por ser considerados malos o villanos. En otras palabras, los historiadores con frecuencia tratan de equilibrar el discurso histórico, sesgado de origen, otorgándole voz a todas las partes involucradas. Esta estrategia no es nueva en esta disciplina, pero vaya que es un tema que apenas está tomando impulso en el cine.

Hace algunos días recordé estas ideas, acerca de la relatividad de la vida y la Historia, cuando me encontraba viendo la nueva serie del universo cinematográfico del Karate Kid, Cobra Kai, en la plataforma de streaming Netflix. Quizás debido a que esta producción, de forma aventurada y provocadora, le apuesta a la relatividad de su historia; a volver a contar la misma narración pero ahora desde otro punto de vista, el de los vencidos, el del grupo del dojo de Karate Cobra Kai. Algo que ciertamente ya se ha visto, por ejemplo en la reciente película del Guasón (The Joker) que hace personaje principal al eterno villano de Batman, pero que no es muy común en la narrativa.

A diferencia de otros universos de ficción, como el de Star Wars o el de Matrix, en el que los malos siempre han sido los malos y los buenos los buenos, acá se le ha dado la vuelta por completo a la moneda y se ha propuesto de inicio que Daniel LaRusso, el protagonista del Karate Kid en 1984, fue un tramposo y que Johnny Lawrence, el antihéroe original, en realidad fue la víctima. Este punto de partida resulta bastante fértil porque permite entrever una historia mucho más compleja, más parecida a la vida real. Cobra Kai coloca al espectador de una manera bastante original en la perspectiva del villano y acentúa, con una base taoísta (yin y yang), que dentro de lo bueno siempre hay algo malo y dentro de lo malo, algo bueno. Niega pues que el mundo sea un lugar de opuestos perfectos, lo cual es enriquecedor.

A partir de este planteamiento, en Cobra Kai se nos arrojan enseñanzas y sugerencias para enfrentar el bullying y para superar las limitaciones de la vida, animándonos a enfrentar aquello que nos hace daño y a superar las adversidades por medio del coraje, un sentimiento infravalorado que bien puede convertirse en una fuerza positiva (sin lugar a dudas, el lado oscuro de la fuerza tiene sus ventajas). Si usted tuvo la oportunidad de ver y gustar de Karate Kid en su momento, permítame decirle que es muy probable que disfrute Cobra Kai. Y, no se extrañe si en el futuro vemos más planteamientos como este en la pantalla, en los que, como en la Historia, se les vaya otorgando a los villanos y vencidos, voz y derecho de réplica. Parece lo justo.

¿La cultura es eso que nos hace humanos?

Durante el último cuarto de siglo, la distancia (teórica) entre cultura y naturaleza se ha venido reduciendo considerablemente. Diversos estudios, realizados con base en la observación y el análisis de las conductas de nuestros parientes primates, han ido tambaleando desde los cimientos la idea de la exclusividad humana de la cultura (cuando se la define como mecanismo de transmisión de información por vías no genéticas y como medio de aprendizaje y adaptación a la vida social). Uno de estos estudios, quizá el más famoso, es el del “lavado de patatas” de los macacos de la isla de Koshima en Japón.

En los años cincuentas, investigadores japoneses observaron por casualidad el surgimiento de lo que se convertiría en una especie de “tradición cultural animal” o proto tradición. Se percataron de que una hembra de macaco, a la que bautizaron como Imo, descubrió la conveniencia de lavar patatas a la orilla del mar, antes de comerlas. Originalmente, los macacos solo las limpiaban o sacudían con las manos, lo que hacía inevitable que tragaran algunos pedazos de tierra y se maltrataran los dientes.

Pudiera parecernos a primera vista un tanto obvia la acción y transmisión del lavado de patatas, pero no lo es. Por una parte, la capacidad de imitación no es cualquier cosa en el mundo animal, es una de la proezas cognitivas más elevadas que existen. No todos los animales tienen la capacidad de imitar al prójimo, pero es un hecho que cuando la desarrollan cumple un papel fundamental para la supervivencia.

Por la otra, el aprendizaje social, particularmente de los primates, tiene su origen en la necesidad de amoldarse a la conducta de los que les rodean y eso mismo hace muy difícil que una eventualidad de este tipo, por conveniente que sea, se abra camino en el fuerte y casi inamovible entramado de hábitos enquistados. Es bien sabido, a raíz de variados estudios etológicos, que en los ambientes sociales las conductas de la mayoría se vuelven con el tiempo “casi leyes”, con poca consideración de la efectividad o conveniencia real de estas.

Volviendo al lavado de patatas, los investigadores observaron que al principio muy pocos individuos prestaron atención al descubrimiento de Imo, que era muy joven en aquel momento. Sin embargo, con el paso del tiempo y siguiendo líneas de parentesco, grupos de edad y amistad, la nueva costumbre se fue esparciendo al punto de que veinticinco años después, todos los individuos de la tropa lavaban sus patatas en el mar antes de comerlas.

La transmisión del lavado de patatas se propagó incluso a pesar de que Imo murió, y aunque los investigadores buscaron, no detectaron la misma actividad en otros grupos. Estas y otras circunstancias respaldaron la nominación de esta práctica como cultural o al menos precultural, porque de otra manera es más difícil explicar el hecho de que dos o más grupos de la misma especie se comporten de manera diferente y que estos cambios conductuales logren atravesar generaciones y trascender iniciadores (justo como en nosotros los humanos).

Ahora bien, aunque a muchos nos incomoda el tema estridente de la cultura animal, porque estamos acostumbrados a entender la cultura principalmente como arte y/o símbolo o porque resulta un rescoldo todavía vigente de nuestra anhelada y defendida unicidad humana, ciertamente si la cultura consiste en la transmisión de costumbres e información a través de medios sociales, como lo afirman el primatólogo holandés Frans De Waal y otros, entonces no cabe duda de que la cultura está muy extendida en la naturaleza. Tanto hay cultura en la naturaleza como hay naturaleza en la cultura.

Foto: Belén de Benito.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2002). El simio y el aprendiz de sushi. Reflexiones de un primatólogo sobre la cultura. México: Paidós.

El paraíso de Dark

La serie alemana Dark, exclusiva de la plataforma Netflix, ha generado mucho impacto durante las últimas semanas. Recién acabo de ver la temporada final y me ha parecido extraordinaria por varios motivos que quisiera compartir con ustedes. En lo personal, creo que el gran éxito de esta historia no se explica únicamente considerando la calidad de los actores, los magníficos efectos visuales o la genial utilización dramática de algunas de las teorías científicas de mayor actualidad. Se explica también en función de la diversidad y profundidad filosófica de su trama.

Además de los viajes en el tiempo, los agujeros negros y los universos paralelos, la narrativa de la serie integra dilemas e ideas que se pueden identificar claramente en figuras como Freud, Nietzsche y Heidegger; entre otros. Cuestiones como las pulsiones de vida y muerte, la libertad o la voluntad genuina, el eterno retorno y el reconocimiento de la muerte como ancla de la vida, impregnan la estructura de Dark.

En la tercera temporada de la serie, uno cae en la cuenta de que (alerta de spoilers) se han ido configurando básicamente dos equipos, cada uno de ellos con intereses contradictorios. Adán lidera el primero, que tiene el objetivo de “deshacer el nudo”, es decir, de terminar con el ciclo del eterno retorno en el que se encuentran atrapados los personajes (debido a un acto egoísta pero muy humano, cometido por “el relojero”, quien inventa los viajes en el tiempo para traer de vuelta a su familia muerta). Eva lidera el otro equipo, que tiene la intención de perpetuar el ciclo y de que la historia se repita una y otra vez ad infinitum. La batalla es del fin contra la eterna continuidad.

Ahora bien, desde mi punto de vista, independientemente de las connotaciones bíblicas, Adán y Eva, pueden ser interpretados fácilmente como representaciones simbólicas de los instintos de vida y muerte que, según Freud, conviven y luchan en cada uno de nosotros durante nuestra existencia (véase la Teoría de las pulsiones de este autor).

Adán, representa el instinto o pulsión de muerte, lo que se puede entrever en su objetivo pero también en su estado de hartazgo o cansancio que remite a diversas reflexiones que tienen que ver, entre otras cosas, con el sentido de la vida; como las del filósofo Martin Heidegger, quien planteaba que sin la perspectiva de muerte, la vida se volvía necesariamente “inauténtica”, con poco o nulo sentido. Y bien, aunque de hecho la muerte no falta en los universos de los Adanes y Evas, lo cierto es que en estos no es final porque los personajes siempre están vivos en una u otra versión. Esa existencia “inauténtica”, cíclica, sin muerte real, sin voluntad real y sin libertad, que Adán logra percibir y comprender en su propia experiencia, es justamente lo que lo empuja a intentar finalizar el ciclo y en consecuencia, a buscar la muerte final para todos. No obstante, esto no le resulta una tarea fácil porque Eva, que representa el instinto de vida y de permanencia, y también es su alma gemela (otra metáfora de que vida y muerte están entrelazadas), le hace frente y lucha constantemente contra él, contra el impulso de muerte, prefiriendo una y otra vez la existencia inauténtica en vez de la llana inexistencia; de la nada.

Finalmente, aunque Eva logra mantener el ciclo durante un tiempo a través de la resistencia y la lucha, es decir, logra mantener la vida mediante la batalla (Jung definía a la vida exactamente como un campo de batalla), la victoria irremediablemente es de Adán, es decir, de la muerte, como sucede una y otra vez en la vida y en la naturaleza. Como sucederá con todos y cada uno de nosotros.

Vivimos durante un tiempo e inevitablemente después de este, nos guste o no, morimos. Pero, ese desenlace ¿es malo? El argumento de la serie es que no lo es. En la escena final, Hanna, un personaje secundario, tiene un déjà vu y revela lo que sintió al morir en uno de los varios apocalipsis. Dice: de algún modo, el mundo se había terminado. Solo había oscuridad y nunca más volvió la luz. Tuve la extraña sensación de que eso era bueno. Que todo había terminado. Como si estuviera libre de toda carga. Sin deseos. Sin obligaciones. Una oscuridad infinita. Sin ayer. Sin hoy. Sin mañana. Nada… No es de extrañar que el título del capítulo final sea: Paraíso, porque precisamente esta visión de Hanna es la definición de este (en términos de los creadores). El paraíso de Dark es pues la muerte, la oscuridad infinita, la nada.

Por un mejor futuro alimentario

Por Jorge Williams y Raúl E. Rodríguez

Existen hoy en día, según algunos cálculos, entre uno y cuatro millones de productos en el sector de alimentos y bebidas, cuando hace apenas medio siglo el número era incomparablemente menor. Este ritmo es insostenible. Por un lado, está la amenaza medioambiental; por otro, el sistema de salud colapsa ante el aumento de enfermedades crónicas derivadas de una mala alimentación.

Nuestra cultura, en este sentido, se ha vuelto tóxica: aunque el sistema cumple con mantener vivos a la mayor cantidad posible de personas, lo que tenemos a la mano como alimento resulta cada vez menos confiable para satisfacer de manera adecuada nuestras demandas nutricionales. Por ello, es urgente crear una nueva cultura que recupere sentido y propósito en el acto de comer, que se base en información científica y confiable, vinculada a nuestras necesidades biológicas, y que promueva una mayor conciencia medioambiental y bioética. Esta nueva cultura debe cimentarse en cuatro pilares, que describimos a continuación.

Mejor producción

Un mejor porvenir en cuanto a nuestra alimentación requiere que abandonemos la obsesión por la eficiencia y el crecimiento, y empecemos a pensar en robustez y diversidad. Desde hace décadas, el sistema global de producción de alimentos ha priorizado el rendimiento sobre la variedad y la cantidad sobre la calidad. Por ejemplo, a pesar de que existen alrededor de 70 000 especies de plantas con partes comestibles, la agricultura moderna utiliza únicamente 20 para generar el 90 % de las calorías que consumimos los humanos. En México, el 50 % de nuestras calorías proviene solo del arroz, trigo y maíz. En países como Estados Unidos, una persona promedio obtiene más de la mitad de sus calorías de alimentos ultraprocesados. En nuestro país, ese número oscila entre 30 y 50 %, aproximadamente.

Tal homogeneidad crea una fragilidad sistémica. Necesitamos sistemas capaces de producir una mayor diversidad de alimentos integrales, locales y nutritivos, que emulen a los ecosistemas naturales y favorezcan la diversidad, la redundancia y la resiliencia. Hoy en día, aunque las personas quisieran cumplir con la cuota recomendada de frutas y vegetales, no podrían, porque el sistema no produce suficiente cantidad de estos alimentos. Producir alimentos integrales y proteína animal es muy costoso, tanto económica como medioambientalmente, así que es necesario desarrollar nuevas formas de producción. Alimentar a todos sin agotar los recursos del mañana ni colapsar el sistema de salud es el gran desafío de nuestro tiempo.

Para avanzar en este colosal propósito, primero hay que reconocer que no es algo fácil. La tendencia histórica —y la propia lógica del sistema— ofrecen pocos incentivos para cambiar de dirección. Desde la invención de la agricultura, el primer gran punto de inflexión que redujo la diversidad alimentaria, hemos caminado hacia la uniformidad. Y aunque la enorme variedad de productos disponibles sugiera lo contrario, hoy seguimos en esa ruta: nuestra “diversidad” actual es más aparente que real.

No obstante, en este panorama complejo y abrumador existen burbujas que muestran otros caminos. Uno de los ejemplos más notables son los sistemas agroforestales tradicionales de Indonesia, conocidos como pekarangan. En estos huertos familiares, presentes desde hace siglos en Java, Bali y Sumatra, conviven árboles frutales, especias, legumbres, hortalizas, tubérculos y plantas medicinales en una armonía estable. En uno solo de estos terrenos pueden coexistir más de sesenta especies comestibles, lo que garantiza una dieta variada, resiliencia frente al cambio climático y un uso más eficiente de los recursos. Hoy, este modelo se revitaliza con apoyo científico y tecnológico, aunque únicamente en sus regiones de origen.

Mejor nutrición

La alimentación no depende solo de decisiones individuales; está condicionada por el sistema que moldea estas decisiones: acceso, precio, información, mercadotecnia y cultura. Tres mil millones de personas en el mundo no pueden costear una dieta saludable, mientras los productos ultraprocesados dominan las estanterías de los supermercados y tiendas de conveniencia. Comer bien se ha vuelto un privilegio, cuando debería ser un derecho, razón por la cual resulta necesario rediseñar el entorno alimentario para que lo saludable sea más accesible y conveniente.

Varios estudios muestran que pequeños cambios, como colocar frutas y verduras a la altura de los ojos y alejar los ultraprocesados, aumentan significativamente su consumo. Pero evidentemente no basta con educar al consumidor o reorganizar la alacena en casa si el sistema empuja en sentido contrario. La solución requiere colaboración entre actores: reformular productos, regular la publicidad, mejorar la información y aumentar la inversión en salud preventiva. La nutrición empieza mucho antes del plato: la “zona cero”, como dicen los epidemiólogos, está en los supermercados y en lo que se produce en los campos y empresas.

Además, en este gran objetivo de mejorar la nutrición, es imprescindible tener claro lo que nuestro cuerpo realmente necesita: la nutrición tiene un fundamento biológico que no puede ignorarse. Puede parecer obvio, pero la confusión es frecuente y se hace evidente al observar la existencia de tantas dietas diferentes, todas ellas presentadas como “saludables”. Nuestro organismo requiere una base mínima de nutrientes para funcionar de manera óptima, y muchas prácticas culturales, aunque valiosas, pueden no ser las más adecuadas. La clave está en establecer y comunicar esta base científica para que sobre ella puedan construirse todas las variaciones culturales posibles, de modo que la diversidad alimentaria siga siendo enriquecedora, sin comprometer la salud ni el bienestar.

Mejor medio ambiente

La agricultura regenerativa ofrece una vía concreta para reparar lo que hemos deteriorado: regenera suelos, captura carbono y restaura biodiversidad. En diferentes regiones del mundo, los resultados son prometedores: mayor productividad a largo plazo, mayor capacidad de retención de agua y una reducción significativa en el uso de fertilizantes. No se trata solo de reducir daños, sino de sanar e incluso transformar ecosistemas. Hacer más con menos.

Los desafíos, sin embargo, no terminan en la producción. Un tercio de los alimentos que generamos se desperdicia, especialmente durante la distribución y el consumo. Los supermercados pueden convertirse en epicentros de cambio si priorizan productos frescos, locales y de temporada. Reestructurar las cadenas de suministro y el papel de los diversos actores para mejorar la distribución de alimentos integrales y reducir pérdidas es una de las acciones más urgentes y con mayor impacto.

Crear cadenas de valor sostenibles requiere alinear objetivos e incentivos entre actores y grupos de interés, mejorar las estructuras de producción y distribución, optimizar los flujos de información y fomentar una cultura de colaboración intersectorial. Tal como mencionamos antes, ya existen modelos exitosos que muestran cómo combinar sostenibilidad, diversidad y productividad: las terrazas gudeuljang de Corea del Sur y los sistemas agroforestales tradicionales de Indonesia (pekarangan) demuestran cómo podría potenciarse la producción respetando los ecosistemas y favoreciendo la diversidad alimentaria.

Una vida mejor

Pensar en una vida mejor desde esta perspectiva implica también ser más empáticos con los animales que se crían para nuestro consumo. El sistema actual, además de ilógico y poco diverso, es cruel. Más allá de los costos derivados de la producción de proteína de origen animal, está la cuestión bioética: los animales son parte fundamental del medio ambiente y de la biodiversidad, y merecen un trato justo y digno.

Por supuesto, no podemos negar la naturaleza de la vida: para alimentarnos necesitamos consumir organismos vivos —que estuvieron vivos o productos derivados de ellos—. Sin embargo, hay formas más o menos responsables de hacerlo. Es necesario, y además urgente, que transitemos hacia sistemas que satisfagan nuestras necesidades al mismo tiempo que reduzcan el sufrimiento y fomenten culturas alimentarias menos tóxicas, no solo desde la perspectiva de eficiencia o adaptación, sino también desde una conciencia que reconozca la dignidad de los animales, la salud de los ecosistemas y la interconexión de todas las formas de vida.

Conclusión

Avanzar hacia un futuro alimentario más justo y sostenible exige reaprender a pensar, producir y comer en red, reconociendo que la producción, la nutrición, el medio ambiente y la vida están profundamente interconectados. No se trata solo de generar más alimentos, sino de producirlos de manera diversa, nutritiva y respetuosa con los ecosistemas, garantizando que comer bien sea un derecho accesible y no un privilegio.

Transformar el sistema requiere coordinación entre actores, innovación basada tanto en la ciencia como en la tradición, y la construcción de culturas alimentarias menos tóxicas. Sin olvidar que comer —como señaló Marvin Harris— no es solo una necesidad fisiológica, sino una expresión de cultura, poder y pertenencia: un acto de relación con los demás y con el mundo que habitamos. Desde esta óptica, reaprender a comer con esa conciencia puede ser la palanca que nos conduzca a vivir en mayor equilibrio con el planeta, con los otros y con nosotros mismos.

Jorge Williams es Director fundador de Leadership: Consultoría y capacitación, instructor en el Departamento de Capacitación y Desarrollo de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz y especialista en temas de marketing, economía, comunicación, entre otros.

Wait, y una pareja en la lluvia

Volvía del trabajo, recorriendo el periférico que bordea la ciudad. La llovizna ligera caía, haciendo brillar el pavimento como un espejo difuso y empañando mi parabrisas por momentos. Los cerros que abrazan Zacatecas se perdían entre la neblina, y al fondo, el Centro Histórico se distinguía apenas, con sus torres coloniales apuntando al cielo gris. Todo parecía envuelto en una calma delicada, casi mágica.

En medio de ese paisaje apareció ante mí una pintura singular, una escena casi cinematográfica. En el estéreo sonaba casualmente Wait, de la banda francesa M83, y una pareja joven avanzaba en motocicleta. Ella llevaba casco, él no. Y en ese gesto pequeño y hasta imprudente se escondía algo profundo, que a menudo pasamos de largo: un impulso de protección, una inclinación natural por resguardar a quien se quiere, a quien te importa, incluso cuando ello implica un riesgo… y precisamente por ello. Esa irresponsabilidad medida, esa decisión silenciosa de exponerse para cuidar, para proteger, es algo que, desde tiempos inmemoriales, como un instinto, nos conecta con nuestra historia, con nuestra especie, con la noción misma de lo masculino.

Fue uno de esos momentos en que todo parece encajar, y el mundo recuerda —o nos hace recordar—, aunque sea por un segundo, que la bondad no siempre necesita palabras ni gestos grandiosos, y que la vida, con frecuencia, es como una película, y susurra verdades que pueden ser escuchadas si estamos atentos.

Mientras la pareja se alejaba por la carretera húmeda, comprendí —o recordé, más bien, porque hay cosas que deben recordarse con frecuencia— que la belleza no está en los grandes eventos ni en los monumentos, sino en lo pequeño, en estos instantes cotidianos que nos revelan la esencia de lo humano: la atención al otro, la protección entregada sin condiciones, la interconexión y la armonía que puede revelarse cuando los actos, la música, la lluvia, la velocidad y la ciudad parecen alinearse para recordarnos que algunas cosas, en su simpleza, siguen y siempre estarán bien.

Besos, bacterias y herencia: la ciencia de la química humana

Querido lector, ¿te has preguntado por qué un beso puede sentirse como fuego con una persona y apenas normal con otra? Lo común es pensar que se trata de “besar bien” o “besar mal”. Sin embargo, la ciencia sugiere algo más inquietante: que esa chispa que sentimos (o no) podría estar escrita en nuestros genes… y también en las bacterias que habitan en nosotros.

Hace casi tres décadas, el biólogo suizo Claus Wedekind realizó un experimento que hoy es célebre. Pidió a un grupo de mujeres que olieran camisetas usadas por hombres durante dos noches. El resultado fue sorprendente: la mayoría declaró que les resultaban más atractivos los olores de aquellos varones con genes del sistema inmune —conocidos como MHC o HLA— diferentes a los suyos. La explicación era simple y poderosa: más diversidad genética en la descendencia equivale a mejores defensas contra enfermedades.

Traslademos esta idea al beso. No solo se trata de labios que se encuentran; en esos segundos, nuestro olfato, nuestro gusto y hasta las moléculas presentes en la saliva parecen estar “leyendo” la compatibilidad genética de la otra persona. Investigaciones recientes muestran que en apenas diez segundos de beso se intercambian hasta 80 millones de bacterias. Si el microbioma de la otra persona armoniza con el tuyo, la sensación suele ser de comodidad y conexión. Si no, puede aparecer un rechazo sutil, casi imperceptible, pero real.

Hasta aquí todo parece claro: nos atraen quienes son genéticamente distintos a nosotros. Pero no es tan sencillo.

Otros estudios —y aquí comienza lo curioso— apuntan a lo contrario: que, en algunas especies e incluso en los humanos, la atracción surge cuando hay cierta similitud genética. En aves como los carboneros comunes o los gorriones domésticos, las parejas con un grado moderado de parentesco mostraron más éxito reproductivo que aquellas completamente disímiles. En los humanos, análisis poblacionales han revelado que las parejas suelen compartir más semejanza genética de la que esperaríamos al azar. Dicho de otro modo, no siempre buscamos la diferencia; también nos sentimos atraídos hacia quienes son, en cierto nivel, parecidos a nosotros.

¿Cómo resolver esta aparente contradicción? La hipótesis más aceptada es que el equilibrio se encuentra en un punto intermedio. Una pareja demasiado parecida genéticamente corre el riesgo de transmitir enfermedades hereditarias; una demasiado distinta, en cambio, puede no ser tan “funcional” desde el punto de vista biológico. Lo óptimo estaría, pues, en una similitud moderada, suficiente para garantizar compatibilidad, pero con la dosis de diversidad que mantiene fuerte al sistema inmune de la descendencia.

Así que, estimado lector, la próxima vez que un beso te parezca mágico, quizá no se deba a la técnica o a la práctica, sino a un equilibrio silencioso entre similitud y diferencia genética… y a millones de bacterias que trabajan en las sombras. Dicho en corto: lo que llamamos “química” bien podría ser, en realidad, biología pura.


Instagram: @raul_lbd
Referencias de apoyo:

  • WEDEKIND, C. et al. (1995). “MHC-dependent mate preferences in humans”. Proceedings of the Royal Society B.
  • KORT, R. et al. (2014). “Shaping the oral microbiome through intimate kissing”. Microbiome.
  • PUBMED ID: 28868784. “Mating patterns in great tits and heterozygosity.”
  • BMCECOL EVOL (2014). “House sparrow mate choice and genetic similarity.”

Los abusadores no prosperan

Tengo dos hijos varones: uno de diez años y otro de cinco. Naturalmente, compiten todo el tiempo. Compiten al comer, por llegar primero al carro, cuando hacen deporte. En todo momento. Puede que no sea una ley, pero es evidente que su dinámica es muy distinta a la de otros hogares, por ejemplo, aquellos con dos niñas o con un niño y una niña. Tener dos niños es, muchas veces, como vivir en un campo de batalla constante: más frontal, más físico, más intenso.

Hace unos meses empezaron a jugar juntos fútbol en la PlayStation —además de hacerlo en el mundo real—, y como era de esperarse, el mayor casi siempre derrota al menor. Después de quince o veinte minutos de juego, aparecen los llantos y las peleas. El más pequeño protesta: no quiere perder, al menos no siempre. Al mayor esto no le preocupa demasiado.

Es una situación difícil de manejar como padre. Las herramientas necesarias para regular estos momentos no son sencillas de enseñar ni de aprender, especialmente a edades tempranas. Pero son esenciales para sobrevivir —y prosperar— en la compleja red social en la que vivimos.

Hace un tiempo leí sobre los estudios del psicólogo estadounidense Jaak Panksepp, quien investigó el comportamiento de juego en ratones. Lo que descubrió me parece profundamente revelador, sobre todo al observar a mis hijos.

Panksepp notó que, incluso entre ratones, las interacciones de competencia no se tratan solo de fuerza o dominación. Si un ratón es apenas un diez por ciento más grande que otro, tiene casi asegurada la victoria en cualquier enfrentamiento. Sin embargo, como viven en grupos sociales, no pueden darse el lujo de abusar de su ventaja.

Un ratón dominante, si quiere seguir jugando y conviviendo con los demás, debe ceder de vez en cuando. Si gana todas las veces, el otro simplemente deja de jugar. Rechaza las invitaciones, se aleja. La relación se rompe. En cambio, los ratones más inteligentes socialmente se dejan ganar entre un 30 y 40 % de las veces. De ese modo, mantienen tanto la jerarquía como el vínculo, lo que les permite conservar un aliado valioso para el futuro.

Volviendo a casa: en los últimos días, he notado que mi hijo mayor empieza a moderarse un poco. A veces deja que su hermano le anote un gol. A veces simplemente evita golearlo. Puede parecer poco, pero no lo es. Tal vez, como vivió sus primeros años sin hermanos, le ha costado más aprender a compartir el juego. Pero algo está cambiando. Y esa es la clave.

Solo en relación con otros —en escenarios de competencia, de juego, de conflicto— se desarrollan y refinan esas habilidades sutiles y a menudo contradictorias que nos permiten construir relaciones duraderas y avanzar juntos.

Por eso, los abusadores no prosperan. Toda relación requiere ceder, al menos un poco. Aunque uno sea más fuerte. Aunque pueda ganar siempre.