Sapiens: el contador de historias

Es impresionante la claridad y precisión que tienen muchos niños para hacer preguntas importantes y disruptivas. La semana pasada uno de diez u once años me hizo una muy interesante. Directamente y sin rodeos me arrojó: ¿qué es lo que nos hace a los humanos únicos y especiales?

Aquellos que se dedican a la difusión y al marketing saben que es un reto y todo un proceso encontrar las palabras idóneas para comunicar de manera efectiva la información que se requiere entregar, sin rodeos ni rimbombancias, sin reducirla demasiado y teniendo en cuenta al público objetivo.

Con frecuencia la comunicación es más difícil de lo que se piensa, mucho más si consideramos que a diferencia de los clientes que pagan a los mercadólogos para diseñar campañas publicitarias, los niños no dan mucho tiempo para pensar en una respuesta, la requieren casi de inmediato.

Ya se imaginará usted que resulta harto complicado explicarle a un niño el debate de la unicidad humana que, dicho sea de paso, no ha terminado y es por demás espinoso en las esferas académicas, filosóficas y religiosas. Incluso, pensándolo ahora bien, resulta también peliagudo tomar la decisión de responderle al niño con apego a lo que sostiene la ciencia, si tomamos en consideración que la acción pudiera considerarse como una intromisión no solicitada en la educación particular y familiar de ese pequeño.

En fin. Después de pensarlo brevemente (recordando y quizá justificándome en las ideas de los filósofos que sostienen que cuando el alumno pregunta es porque está preparado para recibir la respuesta), decidí responderle. En esta entrega les comparto la respuesta (palabras más, palabras menos):

Los humanos hemos pensado que somos especiales por muchas cosas: porque caminamos en dos pies, hacemos herramientas, tenemos un cerebro grande y porque podemos hablar; porque hacemos arte, tenemos culturas, mentimos, sentimos amor, cuidamos a nuestros semejantes y más…

Pero poco a poco hemos ido descubriendo que muchas de estas cosas, que pensábamos que solo teníamos o podíamos hacer nosotros, están presentes también en otros animales (aunque a veces en formas básicas). Por ejemplo, los chimpancés hacen herramientas, los canguros se trasladan en dos patas, las musarañas tienen un cerebro más grande que el humano (proporcionalmente a su cuerpo), algunas aves componen verdaderas sinfonías, las abejas se comunican entre ellas, ciertos monos desarrollan tradiciones, otros tienen sonidos específicos para advertirse sobre distintos peligros y todos los mamíferos, así como se lee: todos, tienen emociones y por lo tanto pueden sentir amor, tristeza y más.

Entonces, hoy en día parece que lo único que los humanos hacemos realmente diferente a todas las demás especies animales es que podemos hablar de cosas que no existen (como lo señala Harari (2020) en Sapiens. El nacimiento de la humanidad). Casi todo apunta a que nuestra capacidad para inventar historias y hablar de cosas que no existen en el mundo real, comunicarlas y compartirlas, nos ha permitido cooperar en grandes números, formar ciudades, estados y civilizaciones, y llegar a donde hemos llegado. Somos, por lo tanto, los contadores de historias… para bien y para mal.