Y SIN EMBARGO… TODO CAMBIA.

¿Podemos deshacernos del poder y la jerarquía?

En otras ocasiones he compartido con ustedes colaboraciones que llevan en el título la palabra «poder», o que al menos la mencionan en el contenido. “El poder del chisme” y “El poder de la creencia” son dos de ellas pero, aunque a menudo en la cotidianidad de la vida solemos hablar de poder sin mucho empacho, vale la pena aclararse y/o preguntarse qué es esa cosa.

Aunque hay muchos autores cuyo objeto de trabajo es el poder, para mi gusto el francés Michel Foucault aborda esta temática con una mayor amplitud y claridad. Para Foucault, el poder está en todas partes; no solo en la política o en las estructuras clara y evidentemente jerárquicas como escuelas, empresas, milicia o gobierno, sino también en las relaciones de pareja, los grupos de amigos y las familias.

Desde la visión de este filósofo, en toda relación social hay dinámicas de poder porque el poder no es otra cosa que «influencia». En términos simples y concretos, aquel que influye en los demás tiene poder. Si un jefe de línea en una fábrica le ordena a un empleado que haga algo, está ejerciendo un tipo de poder sobre aquel, pero lo mismo sucede cuando un padre le prohíbe hacerse un tatuaje a su hijo o cuando un artista o un «influencer» nos induce, a través de las redes sociales, a comprar cierta marca de calzoncillos. Entonces, si alguien influye en nosotros, tiene poder y si nosotros influimos en alguien, también lo tenemos.

Ahora bien, no debemos confundir poder y autoridad; no son lo mismo. Aunque tienen semejanzas y a veces coinciden en una sola persona, no son de la misma naturaleza. La autoridad es una atribución institucional que se deriva de una relación jerárquica establecida formalmente, por ejemplo, mediante un documento, nombramiento, ley, organigrama o estructura empresarial. Y el poder, a diferencia de la autoridad, no se puede ceder formalmente, atribuir o traspasar; solo se puede conseguir, reconocer y generar.

El poder pues no es en todo caso autoridad y la autoridad no siempre detenta poder. ¿Quién no ha sido testigo de secretarias o auxiliares con bajos rangos de autoridad que detentan un gran poder (influencia) en una organización y de jefes que por más autoridad formal que tengan no consiguen influir (sin mandar) en sus colaboradores?

El poder es pues parte inherente de nosotros; de nuestras vidas cotidianas. No podemos negarlo, ni aniquilarlo de un plumazo. La naturaleza nos ha modelado como animales jerárquicos y por ello sintonizamos y respiramos jerarquías, incluso de forma inconsciente. Aunque en las mega ciudades que hemos formado a menudo existen jerarquías y desigualdades terribles, las primeras no en todo caso son malas. De hecho, cuando estamos conformes con ellas, nos tranquilizan y nos permiten cooperar de forma extraordinaria. Este es uno de los muchos aspectos que compartimos con otros animales como gallinas, elefantes, chimpancés y ranas; pero, a diferencia de estos, nosotros hemos diversificado y llevado nuestras jerarquías a otros niveles de complejidad.

Los humanos, al mismo tiempo que pertenecemos a una familia, con frecuencia formamos parte de un ambiente laboral, una sociedad, una nación, un equipo de futbol, un club de lectura, un grupo de excompañeros y hasta de varios grupos de Facebook. Y en todos estos conjuntos podemos ocupar posiciones distintas. Podemos ser alfas en unos y sotaneros en otros. Podría darse el caso de que ocupemos el número uno en la familia, el cinco en el club de lectura, el siete en el trabajo, el diez con los excompañeros y el número treinta millones en la sociedad, por ejemplo.

Lo anterior tiene varias aristas de interés, pero una particularmente llamativa se deriva del hecho de que los humanos tendemos a valorar más aquellos grupos o relaciones en las que nuestras posiciones son mejores (a veces inconscientemente) y eso puede llegar a influir directamente en las prioridades de vida que tenemos y ponerlas de cabeza.

Entonces, dos cosas. La primera: si usted se siente incómodo con alguna persona o en algún grupo en particular, es probable que se deba a que la jerarquía no esté muy bien definida en esa esfera. La segunda: si usted está pasando más tiempo en Facebook, en el trabajo o con los amigos del futbol, en comparación con la familia, los amigos cercanos o su pareja, a lo mejor valdría la pena preguntarse si esto no tiene que ver con el rango particular que se encuentra ocupando en estas dinámicas.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología,

licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

FOUCAULT, M. (2013). (orig. 1994). El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida. Trad. Horacio Pons. México: Siglo XXI.

SOUL, la nueva película de Pixar y Disney

Soul, la nueva película de Pixar y Disney, es una verdadera maravilla. Aunque desde luego entretiene y gusta a los niños, es más bien una obra para todo tipo de público. Me atrevería a decir que es más para grandes que para pequeños, por la profundidad de su trama. Los protagonistas son un músico frustrado de jazz y una alma no nacida, apática, que no le encuentra sentido a vivir. Es una obra maestra que todos deberían ver, entre otras cosas, porque es una prueba fehaciente y evidente de que el paradigma narrativo ha cambiado y lo ha hecho para bien, aunque les incomode a los tradicionalistas y a los que piensan que todo lo que ya pasó siempre es mejor. No…, no es así.

Los héroes y protagonistas acá ya no son siempre blancos, ni siempre hombres, y las mujeres ya no son siempre princesas en busca de marido; ya no existen como tal un destino y un propósito escritos en letras de oro o hierro y tampoco un yo esencial. La esencia del yo ha caído en la narrativa y ahora el nuevo paradigma señala que corresponde a cada quien forjar su destino, crecer y construir su propósito en la vida; ese es el argumento más revolucionario de Soul. El propósito ya no viene dado por las instituciones, ni por algo por el estilo; y tampoco hay que descubrirlo, sino construirlo, crearlo. La relatividad e independencia del propósito ha llegado. Si en estos tiempos se hubiera escrito Cenicienta, bajo estos cánones, lo más seguro es que esta niña habría salido de la pobreza y de la opresión sola, y no por medio de un casamiento. Se habría emancipado o habría creado una empresa, escrito un libro o hecho influencer al compartir su historia con las Naciones Unidas.

Después de ver Soul me di a la tarea de investigar quién había escrito semejante grandiosidad y encontré que los escritores del trabajo fueron Pete Docter, Mike Jones y Kemp Powers; y bueno, los tres son unos genios, pero al ver los trabajos particularmente de Docter entendí a cabalidad por qué Soul es tan buena. Docter fue también guionista de Intensa-mente, Up, Wall-E, Monsters Inc. y Toy Story. Películas que han trascendido las fronteras de la infancia y han conquistado a los adultos también, por la pertinencia de sus tramas. Piense usted en la visión que otorga Wall-E, acerca de un futuro distópico en el que los humanos tenemos que abandonar la Tierra porque ya está completamente deteriorada, pertinente sí o sí; o en Intensa-mente (Inside out) en la que se cuenta la historia de los verdaderos mecanismos electroquímicos que gobiernan nuestra conducta y en la que no hay alma dentro de Riley, sino simples algoritmos, revolucionaria sí o sí. Ambas son joyas y por supuesto, son parte del nuevo paradigma narrativo.

A título personal, quedé encantado con la historia de Soul por las metáforas utilizadas, el simbolismo, el argumento de fondo, el uso de conceptos como el del flujo en la inspiración, “The zone”, por la importancia atinada que le brinda a las pequeñas cosas de la vida, porque acá importa más el camino que el destino y por las referencias filosóficas y existenciales que inundan desde el principio hasta el final la película. Piense usted: vaya que se necesita talento, habilidad y osadía para integrar en una serie de dibujos animados referencias a George Orwell (el famoso escritor de 1984 y de la Rebelión en la granja) la Madre Teresa, Copérnico y hasta de Carl Jung (el famoso psicólogo, discípulo de Freud y autor de El hombre y sus símbolos); para hablar de realidades cuánticas, de la muerte (el gran después) y de planos que se ubican, como ahí se señala: «hipotéticamente», entre lo físico y lo espiritual. Y para, al mismo tiempo, criticar la educación del estado, mencionar a la clase dominante y preguntarse por el sentido de la existencia una y otra vez. Un agasajo impresionante para los que somos introspectivos.

El trabajo NO todo lo vence

El descuido y desparpajo con el que, en recientes fechas, un diputado de Nuevo León trató de construir una historia de lucha, esfuerzo y mérito alrededor de su experiencia de vida rodeada de facilidades, permitió que se arrojara luz directa sobre uno de los temas que desde hace algunas semanas he venido señalando en esta columna: que no vivimos, ni de cerca, en sociedades meritocráticas, y que nuestras realidades todavía dependen en gran medida de nuestros contextos e historias particulares.

Con sus salvedades, en nuestro querido México, lo más probable es que si nuestro progenitor es o fue albañil, nosotros también lo seamos; si fue maestro, que nos convirtamos en maestros y si fue un empresario que manejaba millones de dólares en la Bolsa de Valores, que también sigamos los mismos pasos (o algunos medianamente equivalentes). Así lo han sugerido sociólogos como Pierre Bourdieu y J.C. Passeron (2018), así como una importante cantidad de datos duros como aquellos que se derivan del Índice de Movilidad Social, que soporta, entre otras cosas, que en nuestro país, uno de cada dos mexicanos que nace en la pobreza, se queda en la pobreza toda su vida, y que por lo tanto el nivel socioeconómico del hogar donde se nace determina en buena medida el nivel futuro de la vida, independientemente del esfuerzo (Delajara et.al., 2018). 

¿Usted podría creer que alguien como el citado diputado de Nuevo León, con esa cultura y con esa reducida sensibilidad social, podría haber llegado adonde lo ha hecho solo por sus capacidades propias? Por lo burdo y superficial de su tentativa, que ocasionó justo el efecto contrario de lo que pretendía, lo dudo. Pero, es necesario matizar esta visión para ampliarla y que resulte útil más allá de alimentar memes e inspirar reflexiones parcas como esta. La realidad es que con frecuencia estos actos sí funcionan y los aceptamos casi automáticamente. Abundan en nuestras sociedades aquellos que se manejan bajo la bandera del esfuerzo (mucho más en campañas políticas), y en realidad deben su éxito o posición casi por entero al entorno del cual provienen.

Prácticamente todos deseamos que nuestros logros se valoren más en función de nuestras capacidades y esfuerzos, y menos en función de nuestras facilidades y contextos, y lamentablemente eso nos hace susceptibles de aceptar sin mucho empacho dicha perspectiva en otros individuos; pero ni los ricos son ricos solo por sus capacidades, ni los pobres son pobres porque no trabajen o no deseen ser ricos.

El caso del citado diputado es relevante pues, no solo porque deja en ridículo a este personaje que aspira a la candidatura a gobernador de su estado, lo que resulta positivo a sabiendas de la poca sensibilidad y percepción que tiene sobre la realidad del país, sino también, y principalmente, porque refleja y pone en la mira de muchos una idea que se debe combatir, ahora más que nunca.

Un pensamiento que lastimosamente se encuentra encallado en la mente de una gran cantidad de personas; no solo de aquellos, como el diputado, que pertenecen a las clases altas, sino también de individuos de clases medias y bajas que, a menudo sin quererlo, legitiman y aceptan las extremas diferencias sociales como precio pagado por la necesidad de sentir que sus logros personales son también solo propios. Este pensamiento se encuentra paradójica y sorpresivamente implícito en una frase que es bastante importante y simbólica para los zacatecanos: Labor Vincit Omnia (el trabajo todo lo vence).

Y bueno, aunque se entiende completamente el sentido y la utilidad de pensar y fomentar esta idea, a fin de alentar la esperanza, construir una necesaria cultura de trabajo y combatir la apatía y depresión asociadas a los niveles de existencia más penosos, la verdad es que si nos atenemos a la realidad y deseamos ser más objetivos y menos románticos, habrá que aceptar que, al menos en estos momentos (y para la mayoría de los mexicanos), el trabajo NO todo lo vence. Reconocerlo bien puede ser el inicio de cambios que tiendan hacia el sentido opuesto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología, licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Referencias de apoyo

BOURDIEU, P. y Passeron, J.C. (2018). La reproducción. Argentina: Siglo Veintiuno Editores

DELAJARA, M.; De la Torre, R.; Díaz-Infante, E. y Vélez, R. (2018). El México del 2018. Movilidad social para el bienestar. México: Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY)

Religión, ¿un engaño caduco y medieval?

En esta ocasión tenía planeado compartir con ustedes un tema completamente diferente. Sin embargo, a última hora me percaté de que justo hoy se celebra a San Judas Tadeo y me pareció una ocasión apropiada para abordar algunas particularidades de la religión y de las opiniones encontradas que esta suele provocar.

Sin lugar a dudas, hablar de religión es un tema complicado y espinoso, porque las opiniones normalmente se construyen a partir de visiones un tanto parciales y emocionales, que tienden a polarizarse. Por una parte, se ubican aquellos que viven la devoción y encuentran en la religión (y en el peregrinaje con frecuencia) una forma legítima y útil de fortalecer sus sentimientos de gratitud y esperanza, y por la otra se encuentran aquellos que degradan esta actividad, como si se tratara de algún tipo de engaño caduco y medieval, un residuo de una práctica ancestral sin sentido o utilidad.

Por lo general, cuando coinciden, los primeros no pueden transmitir a los segundos de una manera clara y alejada del misticismo el sentido funcional o utilitario de sus creencias. Muchas veces no lo saben. Esto no es particularmente extraño, ya que es típico de las sociedades que los individuos hagamos cosas sin saber muy bien por qué. Hacemos algunas cosas simplemente porque así lo hacen (o hacían) nuestros padres y nuestros abuelos. Pero esto no implica necesariamente que esas acciones no tengan sentido y/o función; con frecuencia los tienen.

Del mismo modo en que la selección natural selecciona caracteres biológicos en función de su utilidad para la supervivencia y reproducción, parece que algún tipo de «selección cultural» va seleccionando aquello que es útil y contribuye a la adaptación de los individuos al medio social. Nada es por completo arbitrario en las sociedades, ni siquiera las prácticas que así parecen a simple vista, como las peregrinaciones. En términos simples, si suceden es porque todavía desempeñan un papel importante en la vida de las personas.

Es ciertamente indiscutible que a casi todas las religiones se les pueden increpar horrores de muchos tipos, desde asesinatos hasta guerras y genocidios; y desde abusos al individuo hasta abusos sociales. Pero, si queremos ser objetivos, debemos reconocer a la vez que estas han sido también fuerzas fundamentales para el desarrollo y crecimiento de la humanidad.

¿Cómo? En la medida en que las religiones fueron permitiendo, a lo largo de la historia, que cientos y luego miles y luego millones y millones de personas, compartieran ciertas creencias base, fueron contribuyendo a aumentar los niveles de cooperación humana. Y, de la cooperación humana han surgido prácticamente todos los avances de la humanidad.

Resulta lógico pues (y necesario) considerar que, al menos en parte, las religiones han contribuido a todo aquello que ha surgido de nuestros ingentes niveles de cooperación: desde la ciencia y la tecnología contemporánea, hasta los derechos humanos.

Independientemente de las formas, y punto y aparte de los dilemas éticos implicados, las religiones han sido una de las fuerzas unificadoras de la humanidad y, al menos en parte, por ello han sido «seleccionadas culturalmente» y siguen vigentes en muchos lugares.

Las religiones han sobrevivido a los tremendos cambios históricos también porque (independientemente de si sus ideas son consideradas como reales o falsas), resultan bastante útiles para lidiar con las vicisitudes de la vida, particularmente con la ansiedad y el estrés. Las religiones, al brindar a las personas una explicación de las cosas, una convicción de que hay un propósito y una sensación de que hay un creador que está interesado en nosotros, reducen de manera notable las incertidumbres propias de la existencia, como lo sugieren muchos estudios.

Ahora bien, con mucha frecuencia los no creyentes tienden a tildar a los religiosos de ingenuos e infantiles, pero bien harían en considerar las contribuciones de las religiones al desarrollo de la humanidad y las ventajas psicológicas del pensamiento religioso. Por otra parte, con igual frecuencia los creyentes suelen tildar a los no creyentes de incrédulos y pretenciosos, pero bien harían en considerar también que hay muchas formas de lidiar con las vicisitudes de la vida, no solo la propia, y no tratar de imponerla.

Si algo me funciona a mí, no tiene por qué necesariamente funcionarle al vecino. Ya sea usted de los primeros o de los segundos, en ambos casos, la clave es el respeto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Bibliografía

HARARI, Y.  (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

HARRIS, M. (2011). Nuestra especie. Madrid: Alianza editorial.

Algún día las ratas conquistarán la Tierra

Como saben los que amablemente siguen esta columna, la entrega pasada trató acerca del experimento de las ratas ricas y pobres; de cómo el contexto juega un papel fundamental en el desarrollo físico y de capacidades. En esa colaboración, los resultados derivados de un experimento realizado con ratas sirvieron para poner el acento en un tema sensible en nuestras sociedades, resumido en la idea de que la diferencia social (la desigualdad) se construye en buena medida sobre la base de las distintas experiencias y capitales de los individuos; y, no depende tanto como quisiéramos del mérito y esfuerzo.

Esta entrega también trata sobre ratas, pero ahora desde una perspectiva distinta y con un objetivo también diferente. En resumen, quiero invitar al lector a imaginar un mundo bizarro, un mundo que acaso nunca tenga lugar pero que, de acuerdo a algunos investigadores, es posible. Así considérelo, por favor.

Con certeza algunos hemos escuchado historias acerca de indómitas ratas de alcantarilla que alcanzan el tamaño de un gato adulto pero, ¿se imaginan ratas del tamaño de un dóberman, un toro o un elefante? De acuerdo al profesor Jan Zalasiewicz, de la Universidad de Leicester, esto no solo es posible sino probable, aunque ciertamente no a corto plazo.

La opinión profesional de Zalasiewicz es que un día las ratas (Rattus norvegicus) conquistarán la tierra.  Sustenta su interesante teoría en varios hechos, pero principalmente en que estos animales han seguido a los humanos a cada rincón del mundo. Por ello, se encuentran en una posición ventajosa que les permitiría dominar el mundo si nuestra especie desapareciera de un momento a otro.

Cierto, es probable que también otras especies se vieran favorecidas ante tal escenario y que algunas más perecieran junto a nosotros, como aquellas vinculadas de manera más cercana a nuestra existencia (las domesticadas), pero, en opinión de Zalasiewicz, quien sacaría mayor ventaja de nuestra extinción serían las ratas.

Esta visión sin duda puede parecer descabellada, pero ya han ocurrido situaciones similares a lo largo de la historia evolutiva, en donde la extinción de una o múltiples especies resulta una oportunidad de lujo para otras. En cierto modo nosotros somos ejemplo de esto.

Los mamíferos (de los que somos parte) comenzaron a diversificarse con mayor rapidez y a «tomar el control» del planeta hace 65 millones de años aproximadamente, cuando se extinguieron los dinosaurios. La muerte de los dinosaurios, un evento sin duda funesto desde la perspectiva de la vida, abrió pues un nicho de oportunidad que en buena medida ocuparon (ocupamos…) los mamíferos.

Considere también estimado lector, para el caso, que uno de los primeros mamíferos placentarios conocidos (de hace 160 millones de años) era muy parecido a una rata; no medía más de 11 centímetros y pesaba solo unos cuantos gramos (Juramaia sinensis). Y que este pequeño animal derivó en múltiples especies (obviamente a lo largo de millones de años y a través de complejos y progresivos procesos de selección natural), entre ellas ratones, humanos, chimpancés y elefantes de cinco o seis toneladas.

Zalasiewicz imagina entonces algo surreal pero nada alocado. Vislumbra, con base en la deriva de las fuerzas de la evolución y la selección natural, que si desapareciéramos los humanos algunas ratas se quedarían del mismo tamaño y forma, pero otras podrían encogerse como musarañas o agrandarse como elefantes, dependiendo del eco-espacio en que se encuentren. Y conjetura, además, que incluso podrían surgir entre estas hipotéticas especies futuras, «por curiosidad y para mantener nuestras opciones abiertas, una o dos variedades de roedores grandes y desnudos que vivan en cuevas, adapten rocas como herramientas y vistan las pieles de otros mamíferos». ¿Les suena familiar?

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Referencias de apoyo:

KOLBERT, E. (2015). The sixth extinction: an unnatural history. New York: Picador.

ZALASIEWICZ, J. (2008). The Earth After Us: What Legacy Will Humans Leave in the Rocks? Oxford: Oxford University Press.)

ZHE-XI, L., Chong-Xi, Y., Qing-Jin, M. y Qiang J., A Jurassic eutherian mammal and divergence of marsupials and placentals, Nature 476: 442 – 445. doi:10.1038/nature10291

Ratas ricas y pobres ¿por qué el éxito no solo depende del esfuerzo y la capacidad?

Humanos y ratas compartimos el 90% de material genético. Esto no quiere decir, como se suele señalar ante este tipo de datos, que los humanos provengamos de las ratas. No. Quiere decir que humanos y ratas tenemos un antepasado en común. Según algunas estimaciones, de hace aproximadamente 75 millones de años.

Las similitudes genéticas que los humanos tenemos con las ratas (Rattus norvegicus) son tan importantes que este animal aún se utiliza con frecuencia en laboratorios, para probar y desarrollar nuevos fármacos y para descifrar algunas particularidades biológicas humanas, como los genes que se asocian a ciertas enfermedades o trastornos del comportamiento.

Asentado lo anterior, quiero compartir con ustedes un experimento realizado hace algún tiempo con estos estigmatizados animales. Uno que me parece impresionante y relevante por las implicaciones que tiene para los sistemas sociales humanos porque va en contra de la falsa creencia, publicitada a menudo por «influencers», libros de autoayuda y «coaches» improvisados, de que el éxito depende únicamente de la actitud ante la vida y del trabajo arduo (no es que estos no sean importantes, por supuesto que lo son, pero no son el único factor).

El experimento se conoce comúnmente como el estudio de las ratas «ricas» y «pobres» y fue liderado, a mediados del siglo pasado, por Marian Diamond, una científica estadounidense pionera en el campo de la neurociencia. El estudio demuestra el sensible e indiscutible impacto que tiene la experiencia sobre el desarrollo del cerebro y sobre las capacidades de los individuos.

En resumen, Diamond y su equipo aislaron a dos grupos de ratas en espacios diferenciados. A uno lo colocaron en jaulas provistas de entretenimiento, aparentemente sin carencia alguna (ratas ricas), y a otro, lo aislaron en un espacio con notables privaciones, sin estímulos como escaleras y norias (ratas pobres). De acuerdo a los investigadores, al cabo de unos meses, las ratas del primer grupo desarrollaron conexiones cerebrales más complejas e incluso cerebros más grandes y pesados.

En las pruebas de desempeño, las «ratas ricas» sobrepasaron con un amplio margen a las «ratas pobres» (por ejemplo, en la resolución de laberintos), por lo que se estimó que las diferencias no estaban relacionadas únicamente con el tamaño, sino también con la capacidad. Vale señalar, antes de continuar, que los resultados de este experimento son estadísticos y en ese sentido deben interpretarse, es decir, como tendencias, con sus excepciones y bemoles.

Obviamente, como intuirá el lector, este tipo de experimentos no se pueden realizar o replicar en humanos (por cuestiones éticas), pero no sería descabellado esperar los mismos resultados en nuestra especie, si consideramos que se han desarrollado también estudios similares con primates, que muestran el desarrollo de las mismas diferencias cuando se les somete a experiencias «pobres» y «ricas».

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que si usted tuvo una infancia complicada esté destinado a ser en todo caso menos inteligente que los más afortunados. No. Por supuesto que no. Aunque sí coloca el acento en un tema trascendental: que no todos comenzamos la carrera desde el mismo lugar; y destaca además algo significativo: que los espacios, las vivencias y el ambiente en su dimensión más amplia (todo aquello que nos rodea), pueden derivar en diferencias incluso a nivel biológico e intelectual.

Es importante que estemos más conscientes de esta realidad a fin de ir acortando estas brechas en nuestras sociedades por medios políticos. Y también porque, aunque a todos nos encanta pensar que nuestros logros tienen causa única en el esfuerzo y las capacidades propias, bien haríamos en considerar que en buena medida responden a nuestras circunstancias y no juzgar las realidades de los demás sin entender a profundidad sus contextos.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo, abogado y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Referencias de apoyo:

Diamond, M; Law, F; Rhodes, H; Lindner, B; Rosenzweig, M; Krech, D y Bennett, E. (1966). Increases in cortical depth and glia numbers in rats subjected to enriched environment. J Comp Neurol 128:117-126

Diamond, M. (1988). Enriching heredity. The impact of the environment on the anatomy of the brain. New York: The Free Press.

Aguirre, M. (2004, 1 abril). La rata de alcantarilla sólo se diferencia del ser humano en un 10% de sus genes. ABC SANIDAD. https://www.abc.es/salud/sanidad/abci-rata-alcantarilla-solo-diferencia-humano-10por-ciento-genes-200404010300-962743608250_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

El poder de la creencia; para bien y para mal

Casi al final del intrincado y extraordinario filme de Inception (El Origen, en español), del director de cine Christopher Nolan, el personaje principal, interpretado por Leonardo Di Caprio, dice: «Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La semilla más pequeña de una idea puede crecer. Puede crecer hasta definirte o destruirte…».

Este magnífico trabajo cuenta con unos efectos especiales impresionantes y su trama, aunque resulta algo confusa al principio, es muy entretenida (si el lector no ha tenido la oportunidad de verla, obviamente se la recomiendo; es un filme de 2010). Pero lo que quiero destacar en esta ocasión, no son las cuestiones técnicas o visuales de esta obra, sino su argumento principal, que está construido sobre la frase ya citada. En dicha oración, de una manera sutil y elegante, casi imperceptible, el director nos hace una advertencia: cuidado con lo que piensas.

Lo que piensas puede edificarte, puede contribuir a tu crecimiento personal o profesional, pero también puede estancarte o incluso matarte: es un arma de dos filos. Este es un tema que por supuesto no es nuevo; es filosofía milenaria. Ya decía Marco Aurelio, hace casi dos mil años en tiempos del Imperio Romano: «tu alma o sea tu mente, será del mismo modo que las cosas en que pienses frecuentemente, ni más ni menos, puesto que el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos».

Ahora bien, antes de continuar, una advertencia necesaria. Este tipo de consideraciones suelen malentenderse y sobredimensionarse. Suelen llevarse a los extremos y desde ahí desvirtuarse. Trataré de explicar esto con brevedad: aunque los pensamientos son muy importantes para construir realidades, no son el único factor. No debemos confundirnos. Existen varios factores más, en lo general políticos, sociales, biológicos y culturales. Es importante tener esto en cuenta, entre otras cosas para prevenir grandes decepciones y evitar caer en ingenuidades.

Por supuesto que si deseamos un coche, una casa, ganar más dinero o aprender a hacer algo nuevo, en principio tendremos que pensar en ello y tenerlo en cuenta una y otra vez, con ánimo positivo, pero eso no será suficiente para que el universo… mmm, ¿cómo se dice?, confabule a nuestro favor. No; no nos engañemos. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que no importe. Ojo. La actitud siempre importa. Hay una frase que puede ayudarnos a entender esto de una forma menos fantasiosa y también menos cerrada: el pensamiento es, a menudo, una condición necesaria pero no suficiente.

Dicho esto, quiero compartir con ustedes un ejemplo de cómo es que los pensamientos pueden tener gran poder en nosotros y en nuestras vidas, como sugiere Nolan en Inception y Marco Aurelio en sus Meditaciones. Hace algún tiempo, Wade Davis (etnobotánico) y Regis DeSilva (cardiólogo), investigadores de la Universidad de Harvard, revisaron numerosos casos de muerte y enfermedad por vudúy brujería, que fueron documentados por antropólogos en diversas culturas tradicionales. Encontraron, entre otras cosas, que con frecuencia las “maldiciones” o “embrujos” funcionaban básicamente por una cuestión psicológica, que a última cuenta derivaba en padecimientos reales y a veces en la muerte.

Aparentemente, la mayoría de las veces la preocupación de haber sido “embrujado” (porque se procura que el sujeto esté enterado), se vuelve tan crónica que el sistema simpático nervioso del individuo se descontrola y ocasiona una grave vasoconstricción sanguínea que puede causar una fatal caída de la presión sanguínea. En resumen, Davis y DeSilva sugieren que la mayoría de los casos de muerte por brujería o vudú no son otra cosa sino versiones extremas de infartos ocasionados, más que por el chamán o la bruja, por el mismo sujeto. Por su creencia.

A partir del estudio mencionado, se puede concluir que si la creencia puede curar (hay muchos casos documentados en este sentido), entonces…, también puede matar. Evidentemente pues, la fe (la creencia) tiene un polo positivo y otro negativo; un lado blanco y un lado oscuro. Y por ello, aunque debe reconocerse que no es fácil, parece que nos conviene de vez en cuando analizar nuestros pensamientos más frecuentes y nuestras creencias. Lo bueno es que podemos decidir lo que creemos estimado lector… ¿o no?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

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Referencias de apoyo:

AURELIO, M. (2016). Meditaciones. México: Editores Mexicanos Unidos S.A.

DAVIS, W., y DeSilva, R. (s/f). Psychophysiological death: a cross-cultural and medical appraisal of voodoo death, en Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Third Edition: New York.

¿Por qué las cebras no tienen úlceras? (Reseña del libro de Robert Sapolsky)


«Why Zebras Don’t Get Ulcers» (Por qué las cebras no tienen úlceras), del neurobiólogo americano Robert M. Sapolsky, es una obra que aborda desde una perspectiva científica e integral, y con una prosa bastante accesible y agradable, una de las condiciones que más nos aquejan a los humanos en estos tiempos post-industriales: el estrés.

El autor comienza asentando que el estrés es un proceso natural que responde a la necesidad de enfrentar circunstancias de peligro, en términos de supervivencia. Tiene todo el sentido evolutivo y su utilidad es, y ha sido, indiscutible.

Compartimos este mecanismo con otros animales, pero nosotros lo activamos en formas mucho más complejas y sutiles, y por ello puede efectivamente llegar a descontrolar nuestra vida.

Cuando una cebra activa una respuesta de estrés, lo hace siempre a causa de un estímulo directo y tangible, por ejemplo, al ver a un león a la distancia acechando. El estrés es pues, en buena medida, la liberación de esas hormonas que preparan o predisponen a la cebra a pelear o correr por su vida (y al león también, derivado del hambre; que también es una amenaza muy real para él).

A causa de lo anterior, en ambos escenarios, se tensan los músculos, la respiración se acelera, el flujo sanguíneo se eleva y se suspenden actividades de largo plazo, como la digestión y el crecimiento. Para el cuerpo tiene sentido posponer esto porque ante este escenario no se sabe en realidad si existe un mañana, por lo que es preciso poner todas las energías disponibles en la situación que apremia.

A diferencia de cebras y leones, los humanos no solo activamos respuestas de estrés ante estos escenarios, sino también (y sobretodo) ante estímulos psicológicos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir impresionantemente que con solo pensar en algo podemos disparar los mismos mecanismos de estrés de leones y cebras.

Esta singularidad nos hace especialmente vulnerables a que el estrés se vuelva crónico y nocivo en nuestra vida, al punto de derivar en el desarrollo de algunas enfermedades, especialmente cardiovasculares y digestivas.

Sapolsky es en todo momento equilibrado y enfatiza que, a diferencia de lo que muchos #coaches de manejo de estrés parecen proponer, no todas las enfermedades se deben al estrés; y, su eficaz gestión tampoco es milagrosa al punto de curar enfermedades como el cáncer. Sin embargo, sostiene que efectivamente un manejo eficaz de este puede contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas.

Como herramientas para el manejo del estrés Sapolsky analiza y sugiere el ejercicio aeróbico y la meditación continua, de las que señala que funcionan, pero hasta cierto punto; porque la duración de sus efectos es solo de algunas pocas horas. También sugiere el apoyo social y las relaciones sanas, así como cultivar una perspectiva flexible de la vida: en pocas palabras mantenernos conscientes de las cosas que podemos controlar y cambiar, y aceptar aquellas que no; cambiando el énfasis entre una y otra idea de acuerdo a las circunstancias.

Finalmente apunta que la efectividad de las técnicas de manejo de estrés depende de la personalidad y las circunstancias de cada quién, por lo que vale la pena probar una y otra, y observar qué es lo que se adapta mejor a nosotros.

¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

No son pocas las formas en las que el pasado puede equipararse al presente de manera útil. Tampoco aquellas en las que se toma como referencia al mundo animal para explicar situaciones humanas cotidianas. Varios investigadores afirman, con atino, que pese a los cambios vertiginosos en nuestras formas de vida, los humanos seguimos haciendo lo mismo que nuestros antepasados hacían hace miles y miles de años. Seguimos, en esencia, luchando por mejorar nuestro rango y papel en los grupos en los que participamos (desde los familiares, los laborales, hasta los de entretenimiento) y buscando maximizar nuestra representatividad genética en las siguientes generaciones (entre otras cosas más).

Cuando un chimpancé de bajo rango pretende mejorar su estatus en su tropa, o incluso convertirse en el macho alfa, empieza por conformar alianzas, utiliza la fuerza con inteligencia, realiza algunos regalos aquí y allá, disimula sus intereses, juega con uno que otro infante y eventualmente desafía a los individuos indicados. Y si nos atenemos a autores como Maquiavelo, Sun Tzu y otros más recientes, como Robert Greene y Frans de Waal, básicamente eso también es lo que hay que hacer para ascender en comunidades humanas complejas como empresas, equipos de futbol, partidos políticos u oficinas de burócratas.

Ahora bien, esta vez quiero compartir con ustedes una de las equiparaciones que he mencionado de inicio. Una que bien puede otorgarnos pistas valiosas acerca de las mejores formas de solucionar o enfrentar algunos de nuestros problemas humanos; y que además refiere a dos elementos muy importantes para nuestra especie: la justicia y la reciprocidad.

Se ha documentado con frecuencia que los individuos de especies que suelen hacer caza cooperativa, como los monos capuchinos, los chimpancés, los humanos y otros, se resisten a enrolarse en las actividades de caza grupal si no se les asegura que la recompensa será proporcional a sus esfuerzos. No es que las jerarquías propias de estos animales se suspendan cuando van a cazar, pero ciertamente conviene a todos que cada uno de los participantes reciban una recompensa que vaya más o menos acorde a su colaboración.

Por ejemplo, imagínese que usted y su tropa de humanos primitivos acaban de cazar a un mamut en las grandes planicies norteñas de lo que hoy es el continente americano (hace 12,000 años aproximadamente). Usted ha arriesgado la vida, atinado varios lanzamientos de flecha e incluso recibido un fuerte golpe de ese lento pero impresionante animal de seis toneladas y más de cinco metros de alto; ha invertido varias horas de su tiempo y perdido algunos dientes en el camino, solo para ser excluido del botín a última cuenta. Con toda certeza, la próxima vez que le inviten a cazar los mismos compañeros se negará rotundamente (a menos que sea masoquista o algo tonto…, por no decir otra cosa).

Si esto después le sucede a otro y a otro individuo, podría llegar el momento en que sea imposible la cacería cooperativa en su tropa, porque dos o tres individuos no podrán cazar un mamut solos. Por eso, incluso al individuo más dominante le conviene que hasta el de más bajo rango obtenga su parte; de otro modo luego ni él podrá comer carne.

Obviamente ninguno de nosotros saldrá el día de mañana a cazar mamuts. No obstante, aunque no parezca tan evidente en principio, en la actualidad a diario tenemos que lidiar con situaciones similares en nuestra vida. Piénselo bien. Cuando colaboramos en el trabajo, en la familia, en el deporte, con los amigos o con la pareja, y hacemos nuestro máximo esfuerzo en una tarea que requiere labor de equipo, siempre esperamos nuestro «pedazo de mamut»; es algo inevitable. Ese pedazo de mamut hoy en día bien puede ser un simple gracias, un reconocimiento o incluso una cantidad monetaria. Puede ser muchas cosas, pero el tema principal es que no recibirlo es el meollo de muchos problemas y serias inconformidades en nuestras sociedades y grupos.

Está en nuestra naturaleza esperar SIEMPRE nuestro pedazo de mamut, básicamente porque así lo hicieron una y otra vez nuestros antepasados y eso contribuyó de manera decisiva a su supervivencia. Somos animales cooperativos, pero inevitablemente esperamos alguna retribución de nuestras participaciones. Por ello, si a usted le toca liderar «la cacería» y repartir «el mamut» (sea cual sea su naturaleza), asegúrese de dividirlo con la mayor justicia posible, porque si no lo hace, lo más seguro es que encuentre resistencia en la próxima «expedición». Por el contrario, si usted se encuentra de repente con la odiosa situación de no haber recibido su parte (lo que lamentablemente es muy frecuente en nuestros días), no se sienta culpable de sus sentimientos; sépase en todo su derecho de negarse a colaborar la próxima vez o incluso de increpar al líder y decirle: ¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

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Bibliografía

DE WAAL, F. (1998). Chimpanzee Politics. Power and sex among Apes. New York: The Johns Hopkins University Press.

COHEN, A. (2003). What the Monkeys Can Teach Humans About Making America Fairer. The New York Times.

El «timing» importa, pero ¿por qué?

Uno de los varios e interesantes experimentos que realizó el psicólogo Daniel Kahneman, ganador del premio nobel de economía, fue el «experimento del agua fría», que permitió poner en evidencia que los seres humanos no tenemos una voz interior…, sino dos; muchas veces contradictorias. Esto resulta relevante por diferentes y complejos motivos, pero antes de abordar brevemente algunos de ellos, conviene referir el experimento en sí.

Se le pidió a un grupo de personas que participaran en un experimento que constaba de tres partes. En la primera, la más corta, se les pidió a los voluntarios que sumergieran una mano en un recipiente de agua fría y la mantuvieran ahí. Al paso de sesenta segundos, se les solicitaba a estos que sacaran la mano del agua. Luego, en la segunda parte, se les pedía a los mismos voluntarios que sumergieran nuevamente la mano en el agua fría, pero ahora – y sin avisarles –, pasados los mismos sesenta segundos, se añadía un poco de agua caliente por debajo del recipiente y se los dejaba con la mano sumergida más tiempo. Esta última acción pues elevaba la temperatura del agua solo un poco (un grado, aproximadamente) y agregaba otros treinta segundos de mano sumergida. Desde luego, esto seguía siendo molesto, aunque un poco menos. Lo que cambiaba en sí era el final.

En la tercera y última parte del experimento, se les pidió a los voluntarios que eligieran entre repetir el primer ejercicio (60 segundos) o el segundo (90 segundos), y resultó que la gran mayoría (el 80%), contra la lógica, prefirió repetir la parte larga (que recordaban menos dolorosa, por el cambio al final de temperatura); aunque de hecho esta parte incluía completamente la primera y además alargaba la molestia e incomodidad.

De acuerdo al investigador, este experimento permite revelar la existencia de al menos dos «yo» en cada uno de nosotros, a los que se bautizó como el experimentador y el narrador. El experimentador es el que vive el presente y las situaciones justo como son en el momento, es nuestra consciencia constante, y el narrador es el que construye una historia de las experiencias con posterioridad a que hayan sucedido, es decir, es el intérprete de lo vivido. Ahora bien, todos nos hemos sentido contradictorios en algunos momentos, pero lo verdaderamente interesante en este descubrimiento es que la precisión del narrador (el que toma la mayoría de las decisiones importantes en la vida) no es muy buena y con frecuencia no corresponde a la realidad.

Kahneman descubrió que nuestro narrador construye sus historias considerando solo algunos momentos culminantes y el final, y promediando estos. En otras palabras, no considera todo acerca de la experiencia que vivimos, sino que toma atajos, filtra datos, y con base en ello, construye un relato final que se toma por verdad en nuestra mente. Evidentemente, si el final de cualquier experiencia es más agradable, es más probable que nuestro yo narrador considere aquello como algo más positivo (aunque puede ser que no haya sido así). Piense usted, por ejemplo, en el recuerdo que tiene de sus últimas vacaciones. Muy probablemente haya olvidado, no considerado o infradimensionado el incómodo calor, los mosquitos, el malestar estomacal, el retraso del vuelo, los gritos de los niños u otros factores negativos que suelen tener lugar en estas experiencias.

Los pediatras saben muy bien el truco del final placentero para cambiar un tanto la percepción de una experiencia, aunque probablemente no estén conscientes de que es algo derivado de nuestra condición (y cognición) humana. Este descubrimiento permite, entre otras cosas, percatarse de que nuestros sentidos no son perfectos y pone en la mesa la posibilidad (y necesidad) de ejercer cada tanto dudas legítimas con respecto a nuestras propias percepciones y recuerdos. Pone en el radar, además, uno de los elementos que bien pueden ser aprovechados para el ejercicio de cierta manipulación social o de opinión.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo, el famoso y multi citado escritor, en su obra El Príncipe, decía: «El vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas», y recomendaba realizar las acciones impopulares al principio de cualquier gestión (y al mismo tiempo de ser posible), a fin de tener tiempo de cubrir aquellas con acciones positivas posteriores y de finalmente disolverlas en la opinión pública con un final magnífico o estruendoso.

Entonces, en la política y en la vida, el timing (el momento) importa, porque puede modificar la percepción de la realidad y llegar a confundir a nuestros narradores. En vista de esto, habría que estar más atentos a estas circunstancias, que no podemos simplemente evitar porque sencillamente son parte de nosotros, y sospechar tanto de esos cierres grandiosos en la política, como de nuestros recuerdos más vistosos. Lo dejo a su consideración.