Inquebrantables de Daniel Habif

Honestamente, acostumbro solo reseñar obras que me vuelan el cerebro. Aquellas que para mi juicio se quedan en la medianía o más abajo suelo ignorarlas. No obstante, he caído en la cuenta de que a veces también es necesario opinar sobre aquello que no encaja… o, al menos, no nos encaja en lo personal.

Inquebrantables de Daniel Habif, sinceramente y para mi gusto, es una de esas obras de media tabla para abajo.

Debo decir que aunque no me llamaba la atención decidí leerla debido a que a menudo pierdo referencia sobre lo que se escribe popularmente y creo que resulta necesario, de vez en cuando, evaluar con lupa ese tipo de contenido porque suele influir en muchísima gente…

¿Todo es negativo en Inquebrantables? No. Asegurarlo así evidenciaría debilidad lectora y analítica porque, aceptémoslo, nada es completamente malo ni completamente genial. Estoy convencido de que en todas partes podemos encontrar algo de valor si ponemos la atención suficiente. Sin embargo, también creo que hay veces que esto es más difícil…

Los que nos hemos topado con los videos del autor sabemos que están llenos de emoción, de ritmo, y que son estremecedores y motivantes. Es innegable que Daniel tiene un gran talento para la comunicación, aunque, desde mi óptica, su filosofía adolece de profundidad y contacto con la realidad. Claro, esto puede no ser importante para muchos, y está bien, pero para los que andamos buscando justamente eso, sí lo es.

De Inquebrantables me gustó que incentiva la disciplina, la acción y la constancia; que defiende el ejemplo como parte fundamental de ayudar a otros y que acepta que todo tiene un precio, el mismo que invita a pagar con trabajo, sacrificio y actitud «inquebrantable».

Por otro lado, me parecieron chocantes los acentos excesivos que pone en Dios y en la existencia natural de una esencia, un propósito inherente, que los humanos debemos sencillamente buscar en nuestro interior (no construir o decidir). Ambos elementos los utiliza de una forma muy superficial.

Algo que me parece importante señalar es que el autor promueve sentimientos de culpa y humillación (sin darse cuenta), sobre todo en los desfavorecidos, al señalar que cada uno de nosotros somos la única causa de nuestras realidades. ¿Lo somos? ¿Será que todos decidimos la clase social, la familia, los genes, el país, el sexo o el género que tenemos? ¿Será que el niño que ha nacido en una familia que tiene que pedir dinero en los semáforos para sobrevivir eligió esa vida?

Por supuesto, entiendo que es mejor tener una actitud positiva ante la vida que una negativa. Eso lo concedo sin problema. Sin embargo, creo que no por eso debemos olvidar que una buena actitud es solo una condición necesaria pero, muy a menudo, insuficiente para alcanzar el éxito.

Señalar esta disonancia es relevante porque si no vemos a la realidad directamente a los ojos, en este tema y en otros, con mayor dificultad podremos cambiarla. No se puede extirpar un cáncer sin verlo. No se puede cambiar un mal hábito si no estamos conscientes de su existencia. No se puede cambiar la realidad si pensamos que, en nuestra sociedad, solamente es necesario trabajo y voluntad para «pegarle al gordo»; para alcanzar nuestras metas y sueños.

En términos generales, como una herramienta de motivación la obra puede cumplir, tiene momentos y frases que ciertamente pueden ser motivadoras, pero como una fuente de realidad, de conocimiento sobre cómo funciona la sociedad, y de verdadera filosofía y cosmovisión, no cumple.

Cumplir con esto seguramente no fue la intención del autor. Sin embargo, es importante que los que decidan leerla estén conscientes claramente de esto para que no se confundan y no sobre dimensionen su valor.

Para bien y para mal.

El credencialismo y la tiranía del mérito

Un tema que me llamó mucho la atención de La tiranía del mérito (2020), una obra de Michael J. Sandel que recién terminé de leer y de la que no hace mucho hice una síntesis/reseña (que por cierto pueden encontrar en mi feed de Instagram), es que menciona tajante y claramente que no existe una relación sólida y evidente entre la educación académica, es decir, entre la capacidad de los individuos para sacar buenas calificaciones (hacer tesis y todo ese tipo de cosas que hacemos los que estudiamos carreras y posgrados), y la capacidad para desempeñarse en un puesto de responsabilidad en una democracia; piense en cualquier representante o servidor público: presidentes, diputados, senadores, secretarios, directores, etc.

Sorprende mucho más de lo normal esta idea por su origen, porque el argumento no lo expone alguien sin estudios, como podría pensarse, sino que lo hace precisamente un académico de Harvard; algo ciertamente paradójico…

Sandel defiende la idea de que una mayor representatividad de clases en los gobiernos democráticos mejoraría las dinámicas de los Estados y aminoraría las respuestas sociales extremas que hoy crecen cual espuma en el mundo, como el populismo y el nacionalismo, y que se explican al menos en parte, de acuerdo al autor, por el desempoderamiento progresivo del que las clases trabajadoras sin estudios profesionales han sido objeto durante las últimas décadas.

¿Cómo han sido desplazadas las clases trabajadoras de la participación democrática? A través de la reciente y exagerada importancia que se le ha asignado a las credenciales educativas (licenciaturas, especialidades, maestrías y doctorados) para gobernar o ser parte del gobierno. Un mito que, estima Sandel, no solamente ha sido y está siendo propagado por aquellos que han invertido una importante cantidad de tiempo y dinero en la adquisición de credenciales profesionales, sino también por la misma gente sin estudios, que de alguna forma ha cedido casi completamente a la idea.

Por ejemplo, hace tan solo seis décadas en Estados Unidos una cuarta parte de los senadores y de los representantes de la Cámara habían sido elegidos pese a no tener carrera universitaria, pero a comienzos del nuevo milenio un 95 por ciento de los miembros de la Cámara de Representantes y el cien por ciento de los senadores eran graduados universitarios.

Para Sandel (y otros como Thomas Frank) la idea de que la educación es la solución a todos los males, tan recurrida en México por los actores políticos y por servidores públicos de todos los partidos, es por una parte irresponsable y por la otra estúpida, porque le dice a la gente que problemas tan complejos como la desigualdad son fallos enteramente suyos; y no del sistema. Evade responsabilidades, culpa al individuo y nubla las acciones que podrían contribuir a mejorar el panorama, como la disgregación de las grandes concentraciones de poder económico o el fomento en las sociedades de un sentido más agudo del bien común.

Para respaldar su postura, Sandel compara los gobiernos americanos de John F. Kennedy y Obama, integrados en mayor medida por funcionarios procedentes de las universidades más importantes del mundo (Harvard, Oxford, Yale, etc.), que resultaron ser un desastre (el primero de ellos condujo a Estados Unidos hacia el sinsentido de la guerra de Vietnam y el segundo rescató a los banqueros de Wall Street), con aquellos que se integraron en formas más representativas y menos tecnocráticas, como los gobiernos de Harry Truman y Franklin D. Roosevelt, que lograron avances importantes en términos sociales.

Señala por ejemplo que en el Reino Unido menos del uno por ciento de la población estudia o ha estudiado en Oxford o Cambridge y pese a ello una parte desproporcionada de esa élite ocupa los puestos de gobierno. Dos tercios de los ministros del gabinete de Boris Johnson (en 2019) estudió en institutos privados y la mitad de ellos eran graduados de Oxford o Cambridge. En resumen: los pocos gobiernan a los muchos; los ricos gobiernan a los pobres; los que tienen credenciales gobiernan a los que no tienen credenciales.

Destaca y argumenta que, en vista de los resultados, es evidente que convertir los parlamentos y los congresos en ámbitos casi exclusivos de las clases “acreditadas” no ha servido, como a menudo se piensa y quiere creer, para volver a los países más eficaces, sino solo para volverlos menos representativos y con ello más problemáticos y polarizados.

Pregunta: si queremos que sean ingenieros cualificados los que diseñen puentes y carreteras y que sea un médico especialista el que nos opere de una apendicitis, ¿no nos conviene que nuestros representantes democráticos hayan ido a las mejores universidades o tengan los más altos títulos y honores? Y responde: no necesariamente, porque gobernar requiere de sabiduría práctica y virtud cívica, de las aptitudes necesarias para deliberar sobre el bien común y tratar de hacerlo realidad; y de hecho ninguna de esas capacidades se fomenta particularmente bien en la mayoría de las universidades actuales, ni siquiera en las de mayor renombre.

En una época en la que el sexismo y el racismo están por supuesto mal vistos, el credencialismo se erige como el último de los prejuicios aceptables, nos dice Sandel. El credencialismo resulta al menos igual de nocivo para la democracia que el sexismo y el racismo porque desplaza y desempodera en la misma forma a la mayoría de las personas (a las que no tienen títulos). Por ello, ahora que estamos en campañas políticas, quizás sería bueno dejarse llevar menos por las credenciales educativas y más por el origen y la identificación de clase de los candidatos, a fin de que los espacios de poder sean cada vez más representativos. Puede ser un paso adelante. A su consideración, por supuesto.

Referencia:

SANDEL, M. (2020). La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? Ciudad de México: Debate

Experimentos de conformidad. Los humanos pensamos colectivamente

En un famoso experimento, el psicólogo estadounidense Solomon Asch demostró que los humanos nos vemos influidos en una medida alucinante por la opinión de los que nos rodean; incluso al punto enfermizo en que podemos llegar a no tomar en cuenta los hechos y la realidad. Asch mostró a un grupo considerable de individuos tres líneas en una tarjeta y les preguntó cuál era más larga. En la sala de investigación, todos eran colaboradores del psicólogo, menos uno: el sujeto estudiado. Este, lógicamente, no tenía conocimiento de esta circunstancia.

La respuesta correcta de la disyuntiva era evidente, no obstante, se les había pedido a los colaboradores que respondieran uno a uno erróneamente, a fin de observar cuál era la reacción del sujeto de prueba. En todas las ocasiones, el sujeto daba la misma respuesta equivocada del grupo. Se dejaba llevar por la corriente e incluso en ocasiones aseguraba haber percibido las cosas tal como las decían los demás.

A estos estudios se los conoce como los experimentos de conformidad. Se han replicado varias veces y han arrojado una y otra vez los mismos resultados. En función de estos se ha estimado que en términos generales esta conducta se debe a nuestra condición biológica de animales sociales, que conlleva una ansia de pertenencia de grupo.

Como lo sugiere el experimento, esta ansia nos resulta de manera natural más intensa que la búsqueda de la verdad o la percepción de la realidad. Es parte de un mecanismo con un gran valor de supervivencia relacionado con el aprendizaje social. En las especies sociales, por ejemplo, las crías que siguen la conducta de sus madres y pares en cuanto a qué comer y qué evitar tienen más probabilidades de sobrevivir, en comparación con las que se aventuran a descubrirlo todo por sí mismas.

Ahora bien, ciertamente esta inclinación hacia el pensamiento de grupo sigue ahorrándonos en estos momentos problemas y energías, pero también es un hecho que resultará prudente considerar que no siempre los modelos y los grupos en los que nos desenvolvemos tendrán la razón. Es imposible. La sabiduría cultural, tradicional o familiar puede, eventualmente, estar equivocada o incluso ser superada por nuevas formas de conocimiento, y por ello debemos estar atentos a cuando las fuerzas de la conformidad entren en juego en nuestros cerebros y nublen nuestros juicios.

Para nuestra suerte no todas son malas noticias, Solomon Asch también descubrió que una sola voz discordante puede cambiar todo el panorama. Cuando una sola persona se ciñe a la verdad, abre la puerta entera al cambio. En este escenario, los sujetos de prueba confían mucho más en la información que les brindan sus sentidos y se muestran más dispuestos a defender su punto de vista.

En términos bastante reales y objetivos, los humanos somos, más que individuos, sujetos colectivos. Para bien y para mal.

La cultura solo cambia desde abajo

Los eventos relacionados con la ya tradicional marcha femenina del 8 de marzo, como cada año, han desatado opiniones diversas y espinosas. La mayoría de ellas tienden a ser bastante apasionadas y a ubicarse en uno u otro extremo de la disyuntiva. Hay quienes se manifiestan de cualquier modo en contra, reciclando los argumentos de siempre, y hay quienes se inclinan por justificar todo en favor de la causa (a veces de manera entendible sin duda…).

Pero a estas alturas ni la negación absoluta ni la aceptación dogmática, y tampoco los nimios daños materiales, deberían dominar el debate, sino el análisis continuo, el reconocimiento del problema y la urgente puesta en práctica de estrategias diversas para hacerle frente al meollo del asunto: los feminicidios y la violencia de género.

Ciertamente, hacer esto no es fácil porque todos los humanos, incluidos los políticos y las feministas, tenemos un cerebro al que se le dificulta mediar y equilibrar; un cerebro más emocional que lógico, que entendemos muy poco y que una vez que ha tomado una postura con dificultad la echa por la borda. (En cuestión de opiniones todos somos de gatillo fácil y también de defensa férrea.) Pero, tampoco es imposible.

En principio debemos reconocer de una vez por todas que el problema no es una falacia, un engaño o un invento. En México y en todo el mundo la violencia contra las mujeres existe y se manifiesta de diversas formas. Aunque hay países que han dado pasos firmes en el tema, incluso en los más avanzados todavía se observan considerables brechas. Por esta razón uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU es precisamente alcanzar la igualdad entre los géneros. No se lo sacó de la manga la Organización de las Naciones Unidas.

Aunque de hecho, como se señala con frecuencia, los hombres estamos también expuestos a formas particulares de violencia, de las que sabemos muy poco y habrá que ir visualizando, eso no justifica de ninguna manera la violencia que gira en torno a las mujeres y que se encuentra muy bien documentada y respaldada por datos duros.

Sin duda el tema es complejo políticamente, pero sobre todo socialmente. Es complejo políticamente porque aunque sea terrible visualizarlo, no debemos ser ingenuos, no hay ni ha habido gobierno en el planeta con la capacidad para acabar con toda la violencia humana (ni siquiera aquellos que han sobre erosionado las libertades civiles han podido). En cierto grado, y lamentablemente, esta nos acompañará por todo el devenir de nuestra especie (con mayor razón si seguimos creciendo demográficamente y ensanchando los niveles de desigualdad).

El tema es complejo socialmente porque, aunque la considerable incapacidad política no exime a los gobiernos de toda responsabilidad, debido a que corresponde a estos, por definición, la elaboración de diagnósticos precisos con bases científicas, el diseño de políticas públicas y la conducción de acciones para prevenir y castigar estas conductas, debemos llegar a reconocer que la cultura juega un papel fundamental en la dinámica… y la cultura, solo cambia desde abajo. Para bien y para mal.

*Fotografía: Nelly Salas

Sapiens: el contador de historias

Es impresionante la claridad y precisión que tienen muchos niños para hacer preguntas importantes y disruptivas. La semana pasada uno de diez u once años me hizo una muy interesante. Directamente y sin rodeos me arrojó: ¿qué es lo que nos hace a los humanos únicos y especiales?

Aquellos que se dedican a la difusión y al marketing saben que es un reto y todo un proceso encontrar las palabras idóneas para comunicar de manera efectiva la información que se requiere entregar, sin rodeos ni rimbombancias, sin reducirla demasiado y teniendo en cuenta al público objetivo.

Con frecuencia la comunicación es más difícil de lo que se piensa, mucho más si consideramos que a diferencia de los clientes que pagan a los mercadólogos para diseñar campañas publicitarias, los niños no dan mucho tiempo para pensar en una respuesta, la requieren casi de inmediato.

Ya se imaginará usted que resulta harto complicado explicarle a un niño el debate de la unicidad humana que, dicho sea de paso, no ha terminado y es por demás espinoso en las esferas académicas, filosóficas y religiosas. Incluso, pensándolo ahora bien, resulta también peliagudo tomar la decisión de responderle al niño con apego a lo que sostiene la ciencia, si tomamos en consideración que la acción pudiera considerarse como una intromisión no solicitada en la educación particular y familiar de ese pequeño.

En fin. Después de pensarlo brevemente (recordando y quizá justificándome en las ideas de los filósofos que sostienen que cuando el alumno pregunta es porque está preparado para recibir la respuesta), decidí responderle. En esta entrega les comparto la respuesta (palabras más, palabras menos):

Los humanos hemos pensado que somos especiales por muchas cosas: porque caminamos en dos pies, hacemos herramientas, tenemos un cerebro grande y porque podemos hablar; porque hacemos arte, tenemos culturas, mentimos, sentimos amor, cuidamos a nuestros semejantes y más…

Pero poco a poco hemos ido descubriendo que muchas de estas cosas, que pensábamos que solo teníamos o podíamos hacer nosotros, están presentes también en otros animales (aunque a veces en formas básicas). Por ejemplo, los chimpancés hacen herramientas, los canguros se trasladan en dos patas, las musarañas tienen un cerebro más grande que el humano (proporcionalmente a su cuerpo), algunas aves componen verdaderas sinfonías, las abejas se comunican entre ellas, ciertos monos desarrollan tradiciones, otros tienen sonidos específicos para advertirse sobre distintos peligros y todos los mamíferos, así como se lee: todos, tienen emociones y por lo tanto pueden sentir amor, tristeza y más.

Entonces, hoy en día parece que lo único que los humanos hacemos realmente diferente a todas las demás especies animales es que podemos hablar de cosas que no existen (como lo señala Harari (2020) en Sapiens. El nacimiento de la humanidad). Casi todo apunta a que nuestra capacidad para inventar historias y hablar de cosas que no existen en el mundo real, comunicarlas y compartirlas, nos ha permitido cooperar en grandes números, formar ciudades, estados y civilizaciones, y llegar a donde hemos llegado. Somos, por lo tanto, los contadores de historias… para bien y para mal.

Poco Ortodoxa: ¿por qué vale la pena ver la serie de Netflix que versa sobre judaísmo extremo?

Unorthodox es un trabajo recomendable. La mini serie original de Netflix muestra cómo las culturas, aunque son útiles en términos adaptativos, pueden desvincularse demasiado de las realidades, que son siempre cambiantes. En este caso, tal problemática se expresa tomando como punto de partida las tradiciones de la rama más cerrada y extrema del judaísmo, que en pleno siglo XXI sigue reduciendo y controlando abruptamente los roles de las mujeres.

El trabajo refleja la lucha que emerge de la diferencia y la disensión a lo interno de una comunidad. Un tipo de lucha que, vale decir, no es exclusiva de esta cultura ni de este caso (inspirado en hechos reales), sino que aplica a todas las sociedades humanas porque entrama un hecho universal, omnipresente e irremediable, que se resume en una máxima estoica: todo cambia todo el tiempo.

Aunque los humanos nos afanamos en la permanencia y la continuidad, porque naturalmente tememos a lo desconocido, la verdad es que la única constante en la historia es el cambio, que acaba por trastocar todo; incluso a las culturas, que son de cierto modo una forma de resistir las transformaciones y el paso del tiempo.

Como podemos observar en Unorthodox, la lucha de la protagonista contra la tradición y el status quo no es solo externa, sino también, y particularmente, interna. Aquel que resulta diferente en cualquier esfera comunal (o eventualmente decide serlo), tiene que lidiar no solo con la trinchera social, con aquellos individuos que resisten el cambio y defienden lo establecido, sino también con los demonios internos que provoca tal circunstancia… que a menudo son más temibles.

Para mi sorpresa, esta serie no fue una narrativa simple y superficial basada en un feminismo ligero, como, debo confesar, me daba la impresión. Todo lo contrario: me pareció un trabajo bien logrado que desde una perspectiva equilibrada y directa toca tanto la verdadera opresión femenina como la desigualdad que esta ocasiona en el mundo. Esas son conversaciones que vale la pena traer a la mesa.

Antropología de las redes sociales. ¿Cuántos «likes» recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Desde hace algunos días he invertido algunos momentos de reflexión para equiparar y comparar las dinámicas de las redes sociales con las del mundo real, acaso porque estas últimas son parte de mi formación. Y bueno, el caso es que me he percatado de que, aunque a menudo se diga lo contrario, la verdad es que son muy similares. En las estructuras de ambos mundos se reflejan los mismos procesos: tanto hay estructuras de poder y jerarquías en la vida real como en Facebook, y tanto hay tendencias a la reciprocidad en la familia y en la sociedad como en Instagram y Twitter.

En cierto modo, las redes sociales funcionan como el programa virtual de Saint Junipero, en la famosa serie Black Mirror. Se desarrollan, a pesar de las pretensiones, como llanas extensiones de la vida física y material. Es verdad que las dos esferas tienen sus diferencias, porque evidentemente no andamos por la calle con un letrero que comunique nuestro puntaje, popularidad y jerarquía social o que señale cuántos amigos tenemos (como en otro episodio de Black Mirror: Nosedive), pero tales divergencias son superficiales. En lo general, lo que aplica a la vida real, aplica también en la esfera virtual porque tanto en una como en la otra los actores son los mismos: humanos.

Como saben, nuestra conducta no es del todo extraordinaria; tiene su fundamento en el comportamiento animal, sobre todo mamífero y primate. La gran mayoría de las cosas que hacemos en nuestras sociedades las hacen también otros animales, y casi todas ellas encuentran sentido en las necesidades básicas que compartimos con ellos.

Aunque estamos acostumbrados a vernos a nosotros mismos como el pináculo de la creación, lo cierto es que no somos tan especiales. Tan solo considere, como ejemplos, que los chimpancés hacen herramientas, las gallinas son jerárquicas, las ratas son empáticas, los topillos de la pradera son monógamos, las hormigas cooperan con cientos de individuos y las abejas se comunican eficazmente entre ellas. Considere también que incluso las bacterias y los tardígrados se alimentan y reproducen.

Las jerarquías, el rango, la reciprocidad, la cooperación y las luchas de poder, propias de muchos animales, no son otra cosa sino estrategias que la selección natural ha favorecido y mantenido por su capacidad para organizar efectivamente a los grupos en torno al acceso a la reproducción y alimentación; con efecto en la mejora de las oportunidades de supervivencia colectiva. Dichas dinámicas, queramos o no, se encuentran en nuestras disposiciones porque son parte de nuestra historia evolutiva.

Aunque nuestra plasticidad cultural, nuestra adaptabilidad biológica y nuestra capacidad inmensa para cooperar con extraños, han permitido solapar hasta cierto punto las fuerzas de supervivencia y reproducción, y las dinámicas de poder, rango y jerarquía, la realidad es que sería ingenuo argumentar que estas ya no nos condicionan en absoluto. No nos pueden abandonar sencillamente porque son premisas fundamentales de nuestro tipo de vida y condición.

Es cierto que ahora, al amparo del poder que tienen las culturas para modelar nuestro comportamiento, podemos decidir conscientemente, por ejemplo, no tener hijos (como lo hacen los sacerdotes católicos, los monjes budistas y muchas personas más). Pero no hemos llegado al punto en que podamos reprimir por completo nuestro impulso y medio primario de reproducción: el sexo, cuyas fuerzas encuentran expresión y salida de innumerables maneras; incluso simbólicas e involuntarias.

Entonces, como en la vida real, en las comunidades virtuales se pueden observar relaciones jerárquicas, machos y hembras alfas, negociaciones de rango, comunidades cooperativas y ansiosas luchas de poder. Si estamos atentos, en las redes sociales podemos observar al poder puro en acción, como neta influencia, y a la reciprocidad, como un proceso social de intercambio de acciones, tanto positivas como negativas.

Si así lo deseara, estimado lector, usted mismo podría dilucidar sus dinámicas virtuales o las de alguien más, porque los indicadores en estas esferas son más evidentes que en la realidad. Por ejemplo, desde esta óptica, si quisiéramos darnos una idea de qué tanto poder (influencia) ostenta alguien en alguna red social o comunidad virtual, bastaría con distinguir sus interacciones derivadas de la reciprocidad, de aquellas derivadas de la influencia.

Aunque la reciprocidad conlleva también relaciones de poder, en este rubro tiene sus límites. En primates como nosotros, chimpancés y bonóbos, las relaciones que se fundan en la reciprocidad no pueden sobrepasar más o menos los ciento cincuenta individuos, básicamente porque somos incapaces biológicamente de conocer en forma íntima a una mayor cantidad de sujetos. Pasado ese límite, prácticamente todo lo recibido en forma de interacción virtual, likes y followers por ejemplo, se derivará exclusivamente de una relación unidireccional de poder, de influencia, que ciertamente puede deberse a múltiples factores: admiración, capacitación, entretenimiento, interés o cualquier otro relacionado con la utilidad y relevancia de la imagen, el servicio o el contenido que se proporcione.

Ahora bien, es cierto que no todo mundo está interesado en fomentar relaciones de poder o influencia en las redes sociales. De hecho, hay muchas personas que limitan sus interacciones de manera voluntaria y consciente a su esfera de reciprocidad, pero también es verdad que cada día son más y más los individuos que abren sus redes al mundo entero. Si ese es su caso particular, entonces déjeme preguntarle: ¿cuántos likes recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Humanos, gorilas y coronavirus

Nuestra especie tiene apenas unos 200,000 años de andar por el mundo. Somos, en términos evolutivos, una especie bastante joven. En comparación con nuestro devenir, existen y han existido especies con presencias mucho más largas. Por poner dos ejemplos, Homo erectus,una de las especies que nos antecedió, prosperó durante casi 2 millones de años y se estima que algunos anfibios han medrado en el planeta al menos desde la era de los dinosaurios, que finalizó hace unos 65 millones de años.

Durante la primera y mayor parte de nuestra existencia, los Homo sapiens la pasamos en África como animales relativamente insignificantes. Sin embargo, hace unos 100,000 o 70,000 años abandonamos ese continente, nuestra matriz y cuna, y comenzamos a poblar el planeta entero.

La evidencia sugiere que esta odisea ocasionó (y sigue ocasionando, como veremos) un impacto tremendo en los ecosistemas. En términos generales, se ha estimado que a lo largo de nuestra corta existencia, los sapiens hemos llevado a la extinción, de manera directa, a cerca de la mitad de las grandes bestias y de manera indirecta a muchas más; incluidos nuestros hermanos biológicos. Los ecosistemas de Oriente Medio, Europa y Asia fueron los primeros trastocados; luego siguieron los de Indonesia, Australia y finalmente América.

Aunque no hay consenso entre los investigadores en cuanto a la causa exacta de la extinción de nuestros hermanos biológicos: neandertales, hobbits, denisovanos y luzonensis, una buena parte de la evidencia apunta a que nosotros tuvimos mucho que ver en sus destinos finales. Nuestro éxodo africano y nuestro patrón de dispersión coinciden sospechosamente con los espacios y tiempos en los que se extinguieron estas especies, hace entre 30,000 y 50,000 años.

En un reciente trabajo, titulado “The Sixth Extinction: An Unnatural History”, Elizabeth Kolbert señala que, de acuerdo a las circunstancias, parece que habiendo acabado en el pasado reciente con nuestras especies hermanas (por los motivos que hayan sido: directos o indirectos; violentos o colaterales), estamos ahora terminando con nuestros primos primeros y segundos: chimpancés, bonóbos, gorilas y orangutanes.

Actualmente, todos los grandes simios (con excepción de nosotros), se encuentran en peligro de extinción a causa de la caza furtiva, la pérdida de hábitats y algunas enfermedades que el ser humano puede contagiarles, como el ébola, el rinovirus humano C y el metapneumovirus, que es mucho más grave en chimpancés que en humanos. Por ejemplo, el número de chimpancés en estado salvaje ha decaído a la mitad desde hace cincuenta años y los gorilas se han reducido en un sesenta por ciento desde hace veinte años.

Si a lo anterior le añadimos que en fechas recientes se documentaron los primeros casos del virus SARS-CoV-2 en gorilas, el panorama se vuelve todavía más crítico. El pasado 11 de enero, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos confirmó que tres de los especímenes que viven en el Zoológico de San Diego, California, contrajeron la enfermedad COVID-19; probablemente de uno de sus cuidadores, que resultó ser un portador asintomático.

Con este descubrimiento, los gorilas (con los que compartimos el 98.4% de material genético), se convirtieron en la séptima especie animal (además de Homo sapiens) en haber adquirido naturalmente este virus (después de tigres, leones, visones americanos, leopardos, perros y gatos domésticos), y en la primera especie de primates no humanos en enfermarse de COVID-19. Afortunadamente, de acuerdo a los reportes, parece que los gorilas infectados se están recuperando.

Si a usted todavía le quedaban algunas dudas acerca de la cercanía biológica que tenemos con estas especies, del poder que hemos acumulado y en consecuencia del impacto que generamos en el gran ecosistema global o, incluso, de la existencia del virus SARS-CoV-2, el padecimiento de los gorilas y de los demás animales mencionados sin duda son una prueba de todas estas disyuntivas. Para bien y para mal.

Referencias de apoyo:

CHILDS, C. (2018). Atlas of a Lost World. Travels in Ice Age America. New York: Vintage Books

DALY, N. (publicado el 11 de enero de 2021). Several gorillas test positive for covid-19 at California zoo-first in the world. National Geographic. Consultado el 26 de enero de 2021. https://www.nationalgeographic.com/animals/2021/01/gorillas-san-diego-zoo-positive-coronavirus/

GÓMEZ-LUCIA, E. (publicado el 27 de abril de 2020). Coronavirus y primates, una conexión preocupante. National Geographic. Consultado el 27 de enero de 2021. https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/coronavirus-y-primates-conexion-preocupante_15466

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

KOLBERT, E. (2015). The sixth extinction: an unnatural history. New York: Picador.

¿Qué es la vida?

Hoy 25 de enero de 2021, día del biólogo, recordé una de las ideas que me parecen más interesantes de Richard Dawkins, el famoso autor de «El gen egoísta» y «El relojero ciego». Dawkins afirma que una de las particularidades más esenciales de los organismos vivos es que estos se encuentran inexorable e inevitablemente en lucha con el entorno. Esta lucha tiene por objeto evitar entrar en equilibrio con el medio circundante; evitar fusionarse con lo inanimado.

Explica que si medimos por ejemplo factores como la temperatura, la acidez o el potencial eléctrico en cualquier organismo vivo, desde las bacterias hasta los elefantes y desde los tardígrados a las ballenas, encontraremos que estos son más elevados en comparación con aquellos del medio en que se encuentran. En función de esto, el biólogo sugiere que vivir no es otra cosa sino esa resistencia, corporal y molecular, a entrar en equilibrio con lo inanimado.

Estar vivo es pues esencialmente resistirse a morir. Es una resistencia a equilibrarse con el entorno.

Y, ¿quién no ha sido testigo o ha escuchado de personas que dejan de luchar, de tener expectativas, y en poco tiempo mueren?

Desde este punto de vista la vida es, entonces, lucha y resistencia, como también señalaba Carl G. Jung. Acaso por eso también Sigmund Freud decía que a la par del impulso vital, tenemos un impulso de muerte siempre latente, que con el tiempo se va haciendo más y más fuerte y a menudo termina dominándonos.

Es cierto que, de cualquier modo, todos volveremos a estar en equilibrio con el ambiente, pero parece que en alguna medida depende de nosotros que no sea tan pronto. Para proliferar como seres vivos el mayor tiempo posible, necesitamos movernos continuamente y mantener toda vez metas y objetivos en la vida, sin importar nuestra edad.

Entonces, tanto desde una perspectiva filosófica como biológica, no hay nada más nocivo para lo vivo que la sensación de inutilidad y la falta de expectativas; y por ello, las sanas resistencias físicas y mentales son de las mejores formas para luchar contra «el equilibrio»…, que, como saben, desde el inicio tiene la batalla ganada.

¿Qué tenemos en común con las gallinas?

A principios del siglo XX, un niño noruego de diez años al que le fascinaban las gallinas comenzó a tomar detalladas notas sobre la conducta de estas aves. Luego de varios años de observación y estudio, Thorleif Schjelderup-Ebbe descubrió que el comportamiento de las gallinas respondía a ciertos patrones. Con base en el análisis del orden mediante el que estos animales picoteaban su alimento, Thorleif cayó en la cuenta de que estaban organizados a partir de una estructura jerárquica en la que sin duda habían individuos dominantes e individuos dominados.

Cuando creció, Thorleif vertió sus observaciones en su tesis doctoral y se hizo relativamente famoso en el círculo de los estudios animales. Su descubrimiento se conoce comúnmente como el “orden de picoteo” y se utiliza a menudo para señalar, con cierta gracia (y para molestia de muchos egocéntricos y “especiocéntricos”), que pese a que los humanos somos seres muy sofisticados, compartimos algo incluso con las gallinas.

Los humanos, como las gallinas (y muchos animales más), somos seres jerárquicos y estamos modelados por la evolución y la selección natural para vivir y desenvolvernos en las sociedades al amparo del rango y la jerarquía. Lo hacemos no solo en forma consciente, por medio de nuestra ropa, joyas, relojes, teléfonos, autos, casas, etc., sino también inconsciente, a través de nuestro tono de voz y de nuestras posturas y gestos corporales. Con estas señales comunicamos nuestros rangos y percibimos los de los demás.

Por ejemplo, cuando hablamos por teléfono, tendemos a modular nuestra voz y a ajustarla en un tono más agudo si es que hablamos con alguien que ocupa una jerarquía más alta que la propia. ¿Se han escuchado a ustedes mismos hablar por teléfono con diferentes personas? Probablemente hacer esto les resultaría interesante porque con frecuencia no estamos conscientes de los rangos que ocupamos en los diferentes grupos y relaciones.

Los humanos no solo somos sensibles a las jerarquías, y a la comunicación de rango, sino que, para lamento de muchos idealistas y soñadores, sencillamente no podríamos vivir sin ellas porque la armonía de grupo requiere estabilidad y esta última depende toda vez, en nuestro caso, de un orden bien establecido y reconocido. La clarificación de las jerarquías es esencial para alcanzar colaboraciones efectivas en las sociedades y por ello es que las empresas humanas mejor organizadas, como los grandes consorcios (ej. Starbucks), la milicia y los gobiernos, tienen las estructuras jerárquicas mejor definidas.

Una paradoja respecto a lo anterior es que aunque las posiciones dentro de una jerarquía a menudo nacen de la lucha, la estructura jerárquica misma, una vez establecida, elimina la necesidad de más conflicto. Pero no para siempre, porque en la medida en que los individuos van envejeciendo y muriendo, las jerarquías se vuelven inestables, lo que propicia nuevos escenarios de lucha, oportunidades y cambios.

¿Esto quiere decir que no nos queda de otra más que aceptar las jerarquías y las desigualdades que estas conllevan, sencillamente porque son inherentes a nuestra naturaleza? No del todo. Es cierto que son parte indiscutible de nuestra naturaleza (y la de las gallinas), pero también es verdad que en nuestras sociedades las hemos llevado a niveles extremos e inéditos. Con nuestras mega sociedades, de millones y millones de individuos, y nuestras mega ciudades y sistemas económicos, hemos creado mega jerarquías y en consecuencia mega desigualdades. Pero no forzosamente tiene que ser así. El genio humano es tal que bien podríamos utilizarlo para crear y aplicar mejores mecanismos amortiguadores de estas tendencias. Ciertamente esa es la tarea en el siglo XXI.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2005). El mono que llevamos dentro. Barcelona, España: Tusquets editores S.A.