¿Por qué los mejores maratonistas son de Kenia y los mejores velocistas de Jamaica?

(Una explicación genética, ambiental y cultural, según Francis Holway)

En un mundo cada vez más obsesionado con minimizar la importancia —a veces brutal— de la biología y del entorno en el desarrollo de los individuos y de las sociedades, Francis Holway ofrece una bocanada de aire fresco. Explica cómo convergen la biología, las presiones selectivas concretas y la historia para dar forma al rendimiento deportivo de individuos y poblaciones. Especialista en ciencias y fisiología del ejercicio, Holway sostiene que el rendimiento extraordinario de ciertos grupos humanos en disciplinas atléticas específicas no es una casualidad, sino el resultado de largos procesos de selección genética, adaptación ambiental e influencias culturales acumuladas a lo largo del tiempo.

Jamaica: genética, clima y selección histórica

Jamaica, al ser una isla, presenta condiciones particulares que favorecieron procesos específicos de selección genética. En África, por ejemplo, la presencia histórica del mosquito transmisor de la malaria generó una presión evolutiva muy fuerte. Algunas poblaciones desarrollaron una mutación genética en los eritrocitos, que pasaron de tener una forma redonda a una forma de hoz (anemia falciforme). Esta mutación impedía que el parásito de la malaria se reprodujera, lo que daba una ventaja de supervivencia.

Sin embargo, esta adaptación tenía un costo: los glóbulos rojos deformados transportan peor el oxígeno. Como consecuencia, el organismo se adaptó favoreciendo fibras musculares rápidas y explosivas, más eficientes en esfuerzos cortos e intensos que en trabajos prolongados de resistencia.

A esto se suma el entorno tropical. En climas calurosos, resulta ventajoso tener un cuerpo con mayor superficie para disipar el calor: piernas y brazos largos, caderas estrechas y tronco corto. Este biotipo es ideal para la velocidad, el salto y los movimientos explosivos. En términos biomecánicos, es el cuerpo perfecto para el sprint.

La esclavitud y una segunda selección

Con la trata de esclavos hacia América se produjo un cambio drástico de ambiente. El viaje transatlántico duraba cerca de dos meses, bajo condiciones extremas de hacinamiento y deshidratación. Se estima que murió entre el 50 y el 60 % de las personas esclavizadas durante el trayecto. Sobrevivieron, en mayor proporción, quienes tenían una mayor capacidad renal para retener sodio y agua, una ventaja fisiológica clave en condiciones de deshidratación.

Jamaica era uno de los destinos donde los esclavos se pagaban mejor, por lo que allí se realizaba una selección temprana. Posteriormente, dentro de la isla, se produjo una nueva presión selectiva: los individuos más fuertes y con mayor espíritu combativo escapaban de las plantaciones y se refugiaban en zonas montañosas y boscosas de difícil acceso. Estas comunidades, conocidas como maroons, reforzaron ciertos rasgos físicos y conductuales. De acuerdo con esta hipótesis, Usain Bolt y otros grandes velocistas jamaicanos descienden de estas poblaciones.

Kenia y Etiopía: la ventaja de la altitud

En contraste, Kenia y Etiopía se encuentran a altitudes cercanas a los 2,500 metros sobre el nivel del mar. En estas zonas no hay mosquitos transmisores de malaria, por lo que no existió la presión evolutiva que favoreciera la mutación de los eritrocitos. Al contrario, la vida en altura estimula la producción de más glóbulos rojos y una mayor capacidad para transportar oxígeno, lo que representa una ventaja enorme para los deportes de resistencia.

No es casual que cerca del 90 % de las medallas kenianas provengan de una región muy específica: el Valle del Rift, una zona montañosa donde estas adaptaciones se concentran de manera excepcional.

Los pueblos actuales de Kenia y Etiopía han vivido en estas altitudes durante 400 a 500 años, tras desplazarse desde zonas costeras hacia las montañas para escapar de conflictos y persecuciones. A esto se suman factores culturales: una alimentación sencilla, rica en carbohidratos complejos y adecuada para el rendimiento aeróbico, así como una vida cotidiana que implica caminar y correr largas distancias desde edades tempranas.


Conclusión

Desde esta perspectiva, el dominio jamaicano en la velocidad y el de Kenia y Etiopía en las pruebas de fondo no es casual ni misterioso. Es el resultado directo de la convergencia entre genética, entorno, historia y cultura actuando durante generaciones. En ciertos contextos, algunas poblaciones humanas están objetivamente mejor adaptadas para tareas físicas muy específicas. No es una opinión: es biología aplicada.

Lo relevante de este enfoque es que vincula sin tapujos el desarrollo humano con el cambio evolutivo, las presiones selectivas reales que operan sobre distintas poblaciones y el concepto de fitness, entendido como eficacia funcional y no como valor moral. La evolución no produce igualdad de capacidades; produce ajustes diferenciales frente a problemas concretos.

Esta mirada multifactorial tiene sentido porque asume que la realidad biológica y social es desigual por naturaleza. La biología importa. El entorno importa. La historia importa. Y la cultura no compensa esas diferencias: las amplifica, las refina o las desperdicia.

Negar esto es antiempírico. La especie humana no se construyó bajo el principio de equidad, sino bajo el de supervivencia. Y en ese proceso —una verdadera danse macabre— algunas adaptaciones resultan extraordinariamente eficaces en escenarios específicos, mientras otras quedan relegadas. Entenderlo no justifica jerarquías morales, pero sí obliga a aceptar que la adaptación, por definición, no es neutral ni democrática.

Besos, bacterias y herencia: la ciencia de la química humana

Querido lector, ¿te has preguntado por qué un beso puede sentirse como fuego con una persona y apenas normal con otra? Lo común es pensar que se trata de “besar bien” o “besar mal”. Sin embargo, la ciencia sugiere algo más inquietante: que esa chispa que sentimos (o no) podría estar escrita en nuestros genes… y también en las bacterias que habitan en nosotros.

Hace casi tres décadas, el biólogo suizo Claus Wedekind realizó un experimento que hoy es célebre. Pidió a un grupo de mujeres que olieran camisetas usadas por hombres durante dos noches. El resultado fue sorprendente: la mayoría declaró que les resultaban más atractivos los olores de aquellos varones con genes del sistema inmune —conocidos como MHC o HLA— diferentes a los suyos. La explicación era simple y poderosa: más diversidad genética en la descendencia equivale a mejores defensas contra enfermedades.

Traslademos esta idea al beso. No solo se trata de labios que se encuentran; en esos segundos, nuestro olfato, nuestro gusto y hasta las moléculas presentes en la saliva parecen estar “leyendo” la compatibilidad genética de la otra persona. Investigaciones recientes muestran que en apenas diez segundos de beso se intercambian hasta 80 millones de bacterias. Si el microbioma de la otra persona armoniza con el tuyo, la sensación suele ser de comodidad y conexión. Si no, puede aparecer un rechazo sutil, casi imperceptible, pero real.

Hasta aquí todo parece claro: nos atraen quienes son genéticamente distintos a nosotros. Pero no es tan sencillo.

Otros estudios —y aquí comienza lo curioso— apuntan a lo contrario: que, en algunas especies e incluso en los humanos, la atracción surge cuando hay cierta similitud genética. En aves como los carboneros comunes o los gorriones domésticos, las parejas con un grado moderado de parentesco mostraron más éxito reproductivo que aquellas completamente disímiles. En los humanos, análisis poblacionales han revelado que las parejas suelen compartir más semejanza genética de la que esperaríamos al azar. Dicho de otro modo, no siempre buscamos la diferencia; también nos sentimos atraídos hacia quienes son, en cierto nivel, parecidos a nosotros.

¿Cómo resolver esta aparente contradicción? La hipótesis más aceptada es que el equilibrio se encuentra en un punto intermedio. Una pareja demasiado parecida genéticamente corre el riesgo de transmitir enfermedades hereditarias; una demasiado distinta, en cambio, puede no ser tan “funcional” desde el punto de vista biológico. Lo óptimo estaría, pues, en una similitud moderada, suficiente para garantizar compatibilidad, pero con la dosis de diversidad que mantiene fuerte al sistema inmune de la descendencia.

Así que, estimado lector, la próxima vez que un beso te parezca mágico, quizá no se deba a la técnica o a la práctica, sino a un equilibrio silencioso entre similitud y diferencia genética… y a millones de bacterias que trabajan en las sombras. Dicho en corto: lo que llamamos “química” bien podría ser, en realidad, biología pura.


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Referencias de apoyo:

  • WEDEKIND, C. et al. (1995). “MHC-dependent mate preferences in humans”. Proceedings of the Royal Society B.
  • KORT, R. et al. (2014). “Shaping the oral microbiome through intimate kissing”. Microbiome.
  • PUBMED ID: 28868784. “Mating patterns in great tits and heterozygosity.”
  • BMCECOL EVOL (2014). “House sparrow mate choice and genetic similarity.”

La cultura solo cambia desde abajo

Los eventos relacionados con la ya tradicional marcha femenina del 8 de marzo, como cada año, han desatado opiniones diversas y espinosas. La mayoría de ellas tienden a ser bastante apasionadas y a ubicarse en uno u otro extremo de la disyuntiva. Hay quienes se manifiestan de cualquier modo en contra, reciclando los argumentos de siempre, y hay quienes se inclinan por justificar todo en favor de la causa (a veces de manera entendible sin duda…).

Pero a estas alturas ni la negación absoluta ni la aceptación dogmática, y tampoco los nimios daños materiales, deberían dominar el debate, sino el análisis continuo, el reconocimiento del problema y la urgente puesta en práctica de estrategias diversas para hacerle frente al meollo del asunto: los feminicidios y la violencia de género.

Ciertamente, hacer esto no es fácil porque todos los humanos, incluidos los políticos y las feministas, tenemos un cerebro al que se le dificulta mediar y equilibrar; un cerebro más emocional que lógico, que entendemos muy poco y que una vez que ha tomado una postura con dificultad la echa por la borda. (En cuestión de opiniones todos somos de gatillo fácil y también de defensa férrea.) Pero, tampoco es imposible.

En principio debemos reconocer de una vez por todas que el problema no es una falacia, un engaño o un invento. En México y en todo el mundo la violencia contra las mujeres existe y se manifiesta de diversas formas. Aunque hay países que han dado pasos firmes en el tema, incluso en los más avanzados todavía se observan considerables brechas. Por esta razón uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU es precisamente alcanzar la igualdad entre los géneros. No se lo sacó de la manga la Organización de las Naciones Unidas.

Aunque de hecho, como se señala con frecuencia, los hombres estamos también expuestos a formas particulares de violencia, de las que sabemos muy poco y habrá que ir visualizando, eso no justifica de ninguna manera la violencia que gira en torno a las mujeres y que se encuentra muy bien documentada y respaldada por datos duros.

Sin duda el tema es complejo políticamente, pero sobre todo socialmente. Es complejo políticamente porque aunque sea terrible visualizarlo, no debemos ser ingenuos, no hay ni ha habido gobierno en el planeta con la capacidad para acabar con toda la violencia humana (ni siquiera aquellos que han sobre erosionado las libertades civiles han podido). En cierto grado, y lamentablemente, esta nos acompañará por todo el devenir de nuestra especie (con mayor razón si seguimos creciendo demográficamente y ensanchando los niveles de desigualdad).

El tema es complejo socialmente porque, aunque la considerable incapacidad política no exime a los gobiernos de toda responsabilidad, debido a que corresponde a estos, por definición, la elaboración de diagnósticos precisos con bases científicas, el diseño de políticas públicas y la conducción de acciones para prevenir y castigar estas conductas, debemos llegar a reconocer que la cultura juega un papel fundamental en la dinámica… y la cultura, solo cambia desde abajo. Para bien y para mal.

*Fotografía: Nelly Salas

Sapiens: el contador de historias

Es impresionante la claridad y precisión que tienen muchos niños para hacer preguntas importantes y disruptivas. La semana pasada uno de diez u once años me hizo una muy interesante. Directamente y sin rodeos me arrojó: ¿qué es lo que nos hace a los humanos únicos y especiales?

Aquellos que se dedican a la difusión y al marketing saben que es un reto y todo un proceso encontrar las palabras idóneas para comunicar de manera efectiva la información que se requiere entregar, sin rodeos ni rimbombancias, sin reducirla demasiado y teniendo en cuenta al público objetivo.

Con frecuencia la comunicación es más difícil de lo que se piensa, mucho más si consideramos que a diferencia de los clientes que pagan a los mercadólogos para diseñar campañas publicitarias, los niños no dan mucho tiempo para pensar en una respuesta, la requieren casi de inmediato.

Ya se imaginará usted que resulta harto complicado explicarle a un niño el debate de la unicidad humana que, dicho sea de paso, no ha terminado y es por demás espinoso en las esferas académicas, filosóficas y religiosas. Incluso, pensándolo ahora bien, resulta también peliagudo tomar la decisión de responderle al niño con apego a lo que sostiene la ciencia, si tomamos en consideración que la acción pudiera considerarse como una intromisión no solicitada en la educación particular y familiar de ese pequeño.

En fin. Después de pensarlo brevemente (recordando y quizá justificándome en las ideas de los filósofos que sostienen que cuando el alumno pregunta es porque está preparado para recibir la respuesta), decidí responderle. En esta entrega les comparto la respuesta (palabras más, palabras menos):

Los humanos hemos pensado que somos especiales por muchas cosas: porque caminamos en dos pies, hacemos herramientas, tenemos un cerebro grande y porque podemos hablar; porque hacemos arte, tenemos culturas, mentimos, sentimos amor, cuidamos a nuestros semejantes y más…

Pero poco a poco hemos ido descubriendo que muchas de estas cosas, que pensábamos que solo teníamos o podíamos hacer nosotros, están presentes también en otros animales (aunque a veces en formas básicas). Por ejemplo, los chimpancés hacen herramientas, los canguros se trasladan en dos patas, las musarañas tienen un cerebro más grande que el humano (proporcionalmente a su cuerpo), algunas aves componen verdaderas sinfonías, las abejas se comunican entre ellas, ciertos monos desarrollan tradiciones, otros tienen sonidos específicos para advertirse sobre distintos peligros y todos los mamíferos, así como se lee: todos, tienen emociones y por lo tanto pueden sentir amor, tristeza y más.

Entonces, hoy en día parece que lo único que los humanos hacemos realmente diferente a todas las demás especies animales es que podemos hablar de cosas que no existen (como lo señala Harari (2020) en Sapiens. El nacimiento de la humanidad). Casi todo apunta a que nuestra capacidad para inventar historias y hablar de cosas que no existen en el mundo real, comunicarlas y compartirlas, nos ha permitido cooperar en grandes números, formar ciudades, estados y civilizaciones, y llegar a donde hemos llegado. Somos, por lo tanto, los contadores de historias… para bien y para mal.

Antropología de las redes sociales. ¿Cuántos «likes» recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Desde hace algunos días he invertido algunos momentos de reflexión para equiparar y comparar las dinámicas de las redes sociales con las del mundo real, acaso porque estas últimas son parte de mi formación. Y bueno, el caso es que me he percatado de que, aunque a menudo se diga lo contrario, la verdad es que son muy similares. En las estructuras de ambos mundos se reflejan los mismos procesos: tanto hay estructuras de poder y jerarquías en la vida real como en Facebook, y tanto hay tendencias a la reciprocidad en la familia y en la sociedad como en Instagram y Twitter.

En cierto modo, las redes sociales funcionan como el programa virtual de Saint Junipero, en la famosa serie Black Mirror. Se desarrollan, a pesar de las pretensiones, como llanas extensiones de la vida física y material. Es verdad que las dos esferas tienen sus diferencias, porque evidentemente no andamos por la calle con un letrero que comunique nuestro puntaje, popularidad y jerarquía social o que señale cuántos amigos tenemos (como en otro episodio de Black Mirror: Nosedive), pero tales divergencias son superficiales. En lo general, lo que aplica a la vida real, aplica también en la esfera virtual porque tanto en una como en la otra los actores son los mismos: humanos.

Como saben, nuestra conducta no es del todo extraordinaria; tiene su fundamento en el comportamiento animal, sobre todo mamífero y primate. La gran mayoría de las cosas que hacemos en nuestras sociedades las hacen también otros animales, y casi todas ellas encuentran sentido en las necesidades básicas que compartimos con ellos.

Aunque estamos acostumbrados a vernos a nosotros mismos como el pináculo de la creación, lo cierto es que no somos tan especiales. Tan solo considere, como ejemplos, que los chimpancés hacen herramientas, las gallinas son jerárquicas, las ratas son empáticas, los topillos de la pradera son monógamos, las hormigas cooperan con cientos de individuos y las abejas se comunican eficazmente entre ellas. Considere también que incluso las bacterias y los tardígrados se alimentan y reproducen.

Las jerarquías, el rango, la reciprocidad, la cooperación y las luchas de poder, propias de muchos animales, no son otra cosa sino estrategias que la selección natural ha favorecido y mantenido por su capacidad para organizar efectivamente a los grupos en torno al acceso a la reproducción y alimentación; con efecto en la mejora de las oportunidades de supervivencia colectiva. Dichas dinámicas, queramos o no, se encuentran en nuestras disposiciones porque son parte de nuestra historia evolutiva.

Aunque nuestra plasticidad cultural, nuestra adaptabilidad biológica y nuestra capacidad inmensa para cooperar con extraños, han permitido solapar hasta cierto punto las fuerzas de supervivencia y reproducción, y las dinámicas de poder, rango y jerarquía, la realidad es que sería ingenuo argumentar que estas ya no nos condicionan en absoluto. No nos pueden abandonar sencillamente porque son premisas fundamentales de nuestro tipo de vida y condición.

Es cierto que ahora, al amparo del poder que tienen las culturas para modelar nuestro comportamiento, podemos decidir conscientemente, por ejemplo, no tener hijos (como lo hacen los sacerdotes católicos, los monjes budistas y muchas personas más). Pero no hemos llegado al punto en que podamos reprimir por completo nuestro impulso y medio primario de reproducción: el sexo, cuyas fuerzas encuentran expresión y salida de innumerables maneras; incluso simbólicas e involuntarias.

Entonces, como en la vida real, en las comunidades virtuales se pueden observar relaciones jerárquicas, machos y hembras alfas, negociaciones de rango, comunidades cooperativas y ansiosas luchas de poder. Si estamos atentos, en las redes sociales podemos observar al poder puro en acción, como neta influencia, y a la reciprocidad, como un proceso social de intercambio de acciones, tanto positivas como negativas.

Si así lo deseara, estimado lector, usted mismo podría dilucidar sus dinámicas virtuales o las de alguien más, porque los indicadores en estas esferas son más evidentes que en la realidad. Por ejemplo, desde esta óptica, si quisiéramos darnos una idea de qué tanto poder (influencia) ostenta alguien en alguna red social o comunidad virtual, bastaría con distinguir sus interacciones derivadas de la reciprocidad, de aquellas derivadas de la influencia.

Aunque la reciprocidad conlleva también relaciones de poder, en este rubro tiene sus límites. En primates como nosotros, chimpancés y bonóbos, las relaciones que se fundan en la reciprocidad no pueden sobrepasar más o menos los ciento cincuenta individuos, básicamente porque somos incapaces biológicamente de conocer en forma íntima a una mayor cantidad de sujetos. Pasado ese límite, prácticamente todo lo recibido en forma de interacción virtual, likes y followers por ejemplo, se derivará exclusivamente de una relación unidireccional de poder, de influencia, que ciertamente puede deberse a múltiples factores: admiración, capacitación, entretenimiento, interés o cualquier otro relacionado con la utilidad y relevancia de la imagen, el servicio o el contenido que se proporcione.

Ahora bien, es cierto que no todo mundo está interesado en fomentar relaciones de poder o influencia en las redes sociales. De hecho, hay muchas personas que limitan sus interacciones de manera voluntaria y consciente a su esfera de reciprocidad, pero también es verdad que cada día son más y más los individuos que abren sus redes al mundo entero. Si ese es su caso particular, entonces déjeme preguntarle: ¿cuántos likes recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Humanos, gorilas y coronavirus

Nuestra especie tiene apenas unos 200,000 años de andar por el mundo. Somos, en términos evolutivos, una especie bastante joven. En comparación con nuestro devenir, existen y han existido especies con presencias mucho más largas. Por poner dos ejemplos, Homo erectus,una de las especies que nos antecedió, prosperó durante casi 2 millones de años y se estima que algunos anfibios han medrado en el planeta al menos desde la era de los dinosaurios, que finalizó hace unos 65 millones de años.

Durante la primera y mayor parte de nuestra existencia, los Homo sapiens la pasamos en África como animales relativamente insignificantes. Sin embargo, hace unos 100,000 o 70,000 años abandonamos ese continente, nuestra matriz y cuna, y comenzamos a poblar el planeta entero.

La evidencia sugiere que esta odisea ocasionó (y sigue ocasionando, como veremos) un impacto tremendo en los ecosistemas. En términos generales, se ha estimado que a lo largo de nuestra corta existencia, los sapiens hemos llevado a la extinción, de manera directa, a cerca de la mitad de las grandes bestias y de manera indirecta a muchas más; incluidos nuestros hermanos biológicos. Los ecosistemas de Oriente Medio, Europa y Asia fueron los primeros trastocados; luego siguieron los de Indonesia, Australia y finalmente América.

Aunque no hay consenso entre los investigadores en cuanto a la causa exacta de la extinción de nuestros hermanos biológicos: neandertales, hobbits, denisovanos y luzonensis, una buena parte de la evidencia apunta a que nosotros tuvimos mucho que ver en sus destinos finales. Nuestro éxodo africano y nuestro patrón de dispersión coinciden sospechosamente con los espacios y tiempos en los que se extinguieron estas especies, hace entre 30,000 y 50,000 años.

En un reciente trabajo, titulado “The Sixth Extinction: An Unnatural History”, Elizabeth Kolbert señala que, de acuerdo a las circunstancias, parece que habiendo acabado en el pasado reciente con nuestras especies hermanas (por los motivos que hayan sido: directos o indirectos; violentos o colaterales), estamos ahora terminando con nuestros primos primeros y segundos: chimpancés, bonóbos, gorilas y orangutanes.

Actualmente, todos los grandes simios (con excepción de nosotros), se encuentran en peligro de extinción a causa de la caza furtiva, la pérdida de hábitats y algunas enfermedades que el ser humano puede contagiarles, como el ébola, el rinovirus humano C y el metapneumovirus, que es mucho más grave en chimpancés que en humanos. Por ejemplo, el número de chimpancés en estado salvaje ha decaído a la mitad desde hace cincuenta años y los gorilas se han reducido en un sesenta por ciento desde hace veinte años.

Si a lo anterior le añadimos que en fechas recientes se documentaron los primeros casos del virus SARS-CoV-2 en gorilas, el panorama se vuelve todavía más crítico. El pasado 11 de enero, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos confirmó que tres de los especímenes que viven en el Zoológico de San Diego, California, contrajeron la enfermedad COVID-19; probablemente de uno de sus cuidadores, que resultó ser un portador asintomático.

Con este descubrimiento, los gorilas (con los que compartimos el 98.4% de material genético), se convirtieron en la séptima especie animal (además de Homo sapiens) en haber adquirido naturalmente este virus (después de tigres, leones, visones americanos, leopardos, perros y gatos domésticos), y en la primera especie de primates no humanos en enfermarse de COVID-19. Afortunadamente, de acuerdo a los reportes, parece que los gorilas infectados se están recuperando.

Si a usted todavía le quedaban algunas dudas acerca de la cercanía biológica que tenemos con estas especies, del poder que hemos acumulado y en consecuencia del impacto que generamos en el gran ecosistema global o, incluso, de la existencia del virus SARS-CoV-2, el padecimiento de los gorilas y de los demás animales mencionados sin duda son una prueba de todas estas disyuntivas. Para bien y para mal.

Referencias de apoyo:

CHILDS, C. (2018). Atlas of a Lost World. Travels in Ice Age America. New York: Vintage Books

DALY, N. (publicado el 11 de enero de 2021). Several gorillas test positive for covid-19 at California zoo-first in the world. National Geographic. Consultado el 26 de enero de 2021. https://www.nationalgeographic.com/animals/2021/01/gorillas-san-diego-zoo-positive-coronavirus/

GÓMEZ-LUCIA, E. (publicado el 27 de abril de 2020). Coronavirus y primates, una conexión preocupante. National Geographic. Consultado el 27 de enero de 2021. https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/coronavirus-y-primates-conexion-preocupante_15466

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

KOLBERT, E. (2015). The sixth extinction: an unnatural history. New York: Picador.

¿Qué tenemos en común con las gallinas?

A principios del siglo XX, un niño noruego de diez años al que le fascinaban las gallinas comenzó a tomar detalladas notas sobre la conducta de estas aves. Luego de varios años de observación y estudio, Thorleif Schjelderup-Ebbe descubrió que el comportamiento de las gallinas respondía a ciertos patrones. Con base en el análisis del orden mediante el que estos animales picoteaban su alimento, Thorleif cayó en la cuenta de que estaban organizados a partir de una estructura jerárquica en la que sin duda habían individuos dominantes e individuos dominados.

Cuando creció, Thorleif vertió sus observaciones en su tesis doctoral y se hizo relativamente famoso en el círculo de los estudios animales. Su descubrimiento se conoce comúnmente como el “orden de picoteo” y se utiliza a menudo para señalar, con cierta gracia (y para molestia de muchos egocéntricos y “especiocéntricos”), que pese a que los humanos somos seres muy sofisticados, compartimos algo incluso con las gallinas.

Los humanos, como las gallinas (y muchos animales más), somos seres jerárquicos y estamos modelados por la evolución y la selección natural para vivir y desenvolvernos en las sociedades al amparo del rango y la jerarquía. Lo hacemos no solo en forma consciente, por medio de nuestra ropa, joyas, relojes, teléfonos, autos, casas, etc., sino también inconsciente, a través de nuestro tono de voz y de nuestras posturas y gestos corporales. Con estas señales comunicamos nuestros rangos y percibimos los de los demás.

Por ejemplo, cuando hablamos por teléfono, tendemos a modular nuestra voz y a ajustarla en un tono más agudo si es que hablamos con alguien que ocupa una jerarquía más alta que la propia. ¿Se han escuchado a ustedes mismos hablar por teléfono con diferentes personas? Probablemente hacer esto les resultaría interesante porque con frecuencia no estamos conscientes de los rangos que ocupamos en los diferentes grupos y relaciones.

Los humanos no solo somos sensibles a las jerarquías, y a la comunicación de rango, sino que, para lamento de muchos idealistas y soñadores, sencillamente no podríamos vivir sin ellas porque la armonía de grupo requiere estabilidad y esta última depende toda vez, en nuestro caso, de un orden bien establecido y reconocido. La clarificación de las jerarquías es esencial para alcanzar colaboraciones efectivas en las sociedades y por ello es que las empresas humanas mejor organizadas, como los grandes consorcios (ej. Starbucks), la milicia y los gobiernos, tienen las estructuras jerárquicas mejor definidas.

Una paradoja respecto a lo anterior es que aunque las posiciones dentro de una jerarquía a menudo nacen de la lucha, la estructura jerárquica misma, una vez establecida, elimina la necesidad de más conflicto. Pero no para siempre, porque en la medida en que los individuos van envejeciendo y muriendo, las jerarquías se vuelven inestables, lo que propicia nuevos escenarios de lucha, oportunidades y cambios.

¿Esto quiere decir que no nos queda de otra más que aceptar las jerarquías y las desigualdades que estas conllevan, sencillamente porque son inherentes a nuestra naturaleza? No del todo. Es cierto que son parte indiscutible de nuestra naturaleza (y la de las gallinas), pero también es verdad que en nuestras sociedades las hemos llevado a niveles extremos e inéditos. Con nuestras mega sociedades, de millones y millones de individuos, y nuestras mega ciudades y sistemas económicos, hemos creado mega jerarquías y en consecuencia mega desigualdades. Pero no forzosamente tiene que ser así. El genio humano es tal que bien podríamos utilizarlo para crear y aplicar mejores mecanismos amortiguadores de estas tendencias. Ciertamente esa es la tarea en el siglo XXI.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2005). El mono que llevamos dentro. Barcelona, España: Tusquets editores S.A.

¿Podemos deshacernos del poder y la jerarquía?

En otras ocasiones he compartido con ustedes colaboraciones que llevan en el título la palabra «poder», o que al menos la mencionan en el contenido. “El poder del chisme” y “El poder de la creencia” son dos de ellas pero, aunque a menudo en la cotidianidad de la vida solemos hablar de poder sin mucho empacho, vale la pena aclararse y/o preguntarse qué es esa cosa.

Aunque hay muchos autores cuyo objeto de trabajo es el poder, para mi gusto el francés Michel Foucault aborda esta temática con una mayor amplitud y claridad. Para Foucault, el poder está en todas partes; no solo en la política o en las estructuras clara y evidentemente jerárquicas como escuelas, empresas, milicia o gobierno, sino también en las relaciones de pareja, los grupos de amigos y las familias.

Desde la visión de este filósofo, en toda relación social hay dinámicas de poder porque el poder no es otra cosa que «influencia». En términos simples y concretos, aquel que influye en los demás tiene poder. Si un jefe de línea en una fábrica le ordena a un empleado que haga algo, está ejerciendo un tipo de poder sobre aquel, pero lo mismo sucede cuando un padre le prohíbe hacerse un tatuaje a su hijo o cuando un artista o un «influencer» nos induce, a través de las redes sociales, a comprar cierta marca de calzoncillos. Entonces, si alguien influye en nosotros, tiene poder y si nosotros influimos en alguien, también lo tenemos.

Ahora bien, no debemos confundir poder y autoridad; no son lo mismo. Aunque tienen semejanzas y a veces coinciden en una sola persona, no son de la misma naturaleza. La autoridad es una atribución institucional que se deriva de una relación jerárquica establecida formalmente, por ejemplo, mediante un documento, nombramiento, ley, organigrama o estructura empresarial. Y el poder, a diferencia de la autoridad, no se puede ceder formalmente, atribuir o traspasar; solo se puede conseguir, reconocer y generar.

El poder pues no es en todo caso autoridad y la autoridad no siempre detenta poder. ¿Quién no ha sido testigo de secretarias o auxiliares con bajos rangos de autoridad que detentan un gran poder (influencia) en una organización y de jefes que por más autoridad formal que tengan no consiguen influir (sin mandar) en sus colaboradores?

El poder es pues parte inherente de nosotros; de nuestras vidas cotidianas. No podemos negarlo, ni aniquilarlo de un plumazo. La naturaleza nos ha modelado como animales jerárquicos y por ello sintonizamos y respiramos jerarquías, incluso de forma inconsciente. Aunque en las mega ciudades que hemos formado a menudo existen jerarquías y desigualdades terribles, las primeras no en todo caso son malas. De hecho, cuando estamos conformes con ellas, nos tranquilizan y nos permiten cooperar de forma extraordinaria. Este es uno de los muchos aspectos que compartimos con otros animales como gallinas, elefantes, chimpancés y ranas; pero, a diferencia de estos, nosotros hemos diversificado y llevado nuestras jerarquías a otros niveles de complejidad.

Los humanos, al mismo tiempo que pertenecemos a una familia, con frecuencia formamos parte de un ambiente laboral, una sociedad, una nación, un equipo de futbol, un club de lectura, un grupo de excompañeros y hasta de varios grupos de Facebook. Y en todos estos conjuntos podemos ocupar posiciones distintas. Podemos ser alfas en unos y sotaneros en otros. Podría darse el caso de que ocupemos el número uno en la familia, el cinco en el club de lectura, el siete en el trabajo, el diez con los excompañeros y el número treinta millones en la sociedad, por ejemplo.

Lo anterior tiene varias aristas de interés, pero una particularmente llamativa se deriva del hecho de que los humanos tendemos a valorar más aquellos grupos o relaciones en las que nuestras posiciones son mejores (a veces inconscientemente) y eso puede llegar a influir directamente en las prioridades de vida que tenemos y ponerlas de cabeza.

Entonces, dos cosas. La primera: si usted se siente incómodo con alguna persona o en algún grupo en particular, es probable que se deba a que la jerarquía no esté muy bien definida en esa esfera. La segunda: si usted está pasando más tiempo en Facebook, en el trabajo o con los amigos del futbol, en comparación con la familia, los amigos cercanos o su pareja, a lo mejor valdría la pena preguntarse si esto no tiene que ver con el rango particular que se encuentra ocupando en estas dinámicas.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología,

licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

FOUCAULT, M. (2013). (orig. 1994). El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida. Trad. Horacio Pons. México: Siglo XXI.

Algún día las ratas conquistarán la Tierra

Como saben los que amablemente siguen esta columna, la entrega pasada trató acerca del experimento de las ratas ricas y pobres; de cómo el contexto juega un papel fundamental en el desarrollo físico y de capacidades. En esa colaboración, los resultados derivados de un experimento realizado con ratas sirvieron para poner el acento en un tema sensible en nuestras sociedades, resumido en la idea de que la diferencia social (la desigualdad) se construye en buena medida sobre la base de las distintas experiencias y capitales de los individuos; y, no depende tanto como quisiéramos del mérito y esfuerzo.

Esta entrega también trata sobre ratas, pero ahora desde una perspectiva distinta y con un objetivo también diferente. En resumen, quiero invitar al lector a imaginar un mundo bizarro, un mundo que acaso nunca tenga lugar pero que, de acuerdo a algunos investigadores, es posible. Así considérelo, por favor.

Con certeza algunos hemos escuchado historias acerca de indómitas ratas de alcantarilla que alcanzan el tamaño de un gato adulto pero, ¿se imaginan ratas del tamaño de un dóberman, un toro o un elefante? De acuerdo al profesor Jan Zalasiewicz, de la Universidad de Leicester, esto no solo es posible sino probable, aunque ciertamente no a corto plazo.

La opinión profesional de Zalasiewicz es que un día las ratas (Rattus norvegicus) conquistarán la tierra.  Sustenta su interesante teoría en varios hechos, pero principalmente en que estos animales han seguido a los humanos a cada rincón del mundo. Por ello, se encuentran en una posición ventajosa que les permitiría dominar el mundo si nuestra especie desapareciera de un momento a otro.

Cierto, es probable que también otras especies se vieran favorecidas ante tal escenario y que algunas más perecieran junto a nosotros, como aquellas vinculadas de manera más cercana a nuestra existencia (las domesticadas), pero, en opinión de Zalasiewicz, quien sacaría mayor ventaja de nuestra extinción serían las ratas.

Esta visión sin duda puede parecer descabellada, pero ya han ocurrido situaciones similares a lo largo de la historia evolutiva, en donde la extinción de una o múltiples especies resulta una oportunidad de lujo para otras. En cierto modo nosotros somos ejemplo de esto.

Los mamíferos (de los que somos parte) comenzaron a diversificarse con mayor rapidez y a «tomar el control» del planeta hace 65 millones de años aproximadamente, cuando se extinguieron los dinosaurios. La muerte de los dinosaurios, un evento sin duda funesto desde la perspectiva de la vida, abrió pues un nicho de oportunidad que en buena medida ocuparon (ocupamos…) los mamíferos.

Considere también estimado lector, para el caso, que uno de los primeros mamíferos placentarios conocidos (de hace 160 millones de años) era muy parecido a una rata; no medía más de 11 centímetros y pesaba solo unos cuantos gramos (Juramaia sinensis). Y que este pequeño animal derivó en múltiples especies (obviamente a lo largo de millones de años y a través de complejos y progresivos procesos de selección natural), entre ellas ratones, humanos, chimpancés y elefantes de cinco o seis toneladas.

Zalasiewicz imagina entonces algo surreal pero nada alocado. Vislumbra, con base en la deriva de las fuerzas de la evolución y la selección natural, que si desapareciéramos los humanos algunas ratas se quedarían del mismo tamaño y forma, pero otras podrían encogerse como musarañas o agrandarse como elefantes, dependiendo del eco-espacio en que se encuentren. Y conjetura, además, que incluso podrían surgir entre estas hipotéticas especies futuras, «por curiosidad y para mantener nuestras opciones abiertas, una o dos variedades de roedores grandes y desnudos que vivan en cuevas, adapten rocas como herramientas y vistan las pieles de otros mamíferos». ¿Les suena familiar?

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Referencias de apoyo:

KOLBERT, E. (2015). The sixth extinction: an unnatural history. New York: Picador.

ZALASIEWICZ, J. (2008). The Earth After Us: What Legacy Will Humans Leave in the Rocks? Oxford: Oxford University Press.)

ZHE-XI, L., Chong-Xi, Y., Qing-Jin, M. y Qiang J., A Jurassic eutherian mammal and divergence of marsupials and placentals, Nature 476: 442 – 445. doi:10.1038/nature10291

Ratas ricas y pobres ¿por qué el éxito no solo depende del esfuerzo y la capacidad?

Humanos y ratas compartimos el 90% de material genético. Esto no quiere decir, como se suele señalar ante este tipo de datos, que los humanos provengamos de las ratas. No. Quiere decir que humanos y ratas tenemos un antepasado en común. Según algunas estimaciones, de hace aproximadamente 75 millones de años.

Las similitudes genéticas que los humanos tenemos con las ratas (Rattus norvegicus) son tan importantes que este animal aún se utiliza con frecuencia en laboratorios, para probar y desarrollar nuevos fármacos y para descifrar algunas particularidades biológicas humanas, como los genes que se asocian a ciertas enfermedades o trastornos del comportamiento.

Asentado lo anterior, quiero compartir con ustedes un experimento realizado hace algún tiempo con estos estigmatizados animales. Uno que me parece impresionante y relevante por las implicaciones que tiene para los sistemas sociales humanos porque va en contra de la falsa creencia, publicitada a menudo por «influencers», libros de autoayuda y «coaches» improvisados, de que el éxito depende únicamente de la actitud ante la vida y del trabajo arduo (no es que estos no sean importantes, por supuesto que lo son, pero no son el único factor).

El experimento se conoce comúnmente como el estudio de las ratas «ricas» y «pobres» y fue liderado, a mediados del siglo pasado, por Marian Diamond, una científica estadounidense pionera en el campo de la neurociencia. El estudio demuestra el sensible e indiscutible impacto que tiene la experiencia sobre el desarrollo del cerebro y sobre las capacidades de los individuos.

En resumen, Diamond y su equipo aislaron a dos grupos de ratas en espacios diferenciados. A uno lo colocaron en jaulas provistas de entretenimiento, aparentemente sin carencia alguna (ratas ricas), y a otro, lo aislaron en un espacio con notables privaciones, sin estímulos como escaleras y norias (ratas pobres). De acuerdo a los investigadores, al cabo de unos meses, las ratas del primer grupo desarrollaron conexiones cerebrales más complejas e incluso cerebros más grandes y pesados.

En las pruebas de desempeño, las «ratas ricas» sobrepasaron con un amplio margen a las «ratas pobres» (por ejemplo, en la resolución de laberintos), por lo que se estimó que las diferencias no estaban relacionadas únicamente con el tamaño, sino también con la capacidad. Vale señalar, antes de continuar, que los resultados de este experimento son estadísticos y en ese sentido deben interpretarse, es decir, como tendencias, con sus excepciones y bemoles.

Obviamente, como intuirá el lector, este tipo de experimentos no se pueden realizar o replicar en humanos (por cuestiones éticas), pero no sería descabellado esperar los mismos resultados en nuestra especie, si consideramos que se han desarrollado también estudios similares con primates, que muestran el desarrollo de las mismas diferencias cuando se les somete a experiencias «pobres» y «ricas».

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que si usted tuvo una infancia complicada esté destinado a ser en todo caso menos inteligente que los más afortunados. No. Por supuesto que no. Aunque sí coloca el acento en un tema trascendental: que no todos comenzamos la carrera desde el mismo lugar; y destaca además algo significativo: que los espacios, las vivencias y el ambiente en su dimensión más amplia (todo aquello que nos rodea), pueden derivar en diferencias incluso a nivel biológico e intelectual.

Es importante que estemos más conscientes de esta realidad a fin de ir acortando estas brechas en nuestras sociedades por medios políticos. Y también porque, aunque a todos nos encanta pensar que nuestros logros tienen causa única en el esfuerzo y las capacidades propias, bien haríamos en considerar que en buena medida responden a nuestras circunstancias y no juzgar las realidades de los demás sin entender a profundidad sus contextos.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo, abogado y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Referencias de apoyo:

Diamond, M; Law, F; Rhodes, H; Lindner, B; Rosenzweig, M; Krech, D y Bennett, E. (1966). Increases in cortical depth and glia numbers in rats subjected to enriched environment. J Comp Neurol 128:117-126

Diamond, M. (1988). Enriching heredity. The impact of the environment on the anatomy of the brain. New York: The Free Press.

Aguirre, M. (2004, 1 abril). La rata de alcantarilla sólo se diferencia del ser humano en un 10% de sus genes. ABC SANIDAD. https://www.abc.es/salud/sanidad/abci-rata-alcantarilla-solo-diferencia-humano-10por-ciento-genes-200404010300-962743608250_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F