Seguimos siendo cazadores–recolectores pero ahora en junglas de asfalto

Del tiempo que nuestra especie ha habitado la Tierra (alrededor de 200,000 años), más del 90% lo hemos hecho como animales relativamente insignificantes. Animales que no generaban mucho más impacto en su entorno del que producían otras especies como los leones o los chimpancés. Hace solo 12,000 años que descubrimos la agricultura (6% de nuestra historia), 8,000 años que establecimos las primeras ciudades (4%), 500 años que empezamos a utilizar combustibles fósiles ingentemente (0.25%), 100 años de utilizar la química para la elaboración de alimentos ultra procesados (0.05%) y 34 años de empezar a modificar genéticamente nuestros alimentos (0.017%). Sabemos más o menos los efectos que han tenido los primeros factores pero no sabemos casi nada de los últimos dos.

Durante aproximadamente el 94% de nuestra existencia, los sapiens fuimos cazadores recolectores, es decir, vivimos exclusivamente de lo que encontrábamos en nuestros entornos: plantas, raíces, nueces y animales. Pero ¿qué tiene esto de importancia?, si las cosas de todas formas siempre cambian. Si antes fuimos cazadores recolectores, hoy somos agricultores industriales, astronautas y oficinistas y ya está… ¿verdad? Pues no es tan fácil.

En el tiempo en el que los humanos hemos deambulado por el mundo, como cualquier otro animal, hemos estado sujetos a la evolución y a las fuerzas de la selección natural. Miles y miles de años de supervivencia y lucha, de caza y recolección, de vida y muerte, no han pasado en vano en nuestros cerebros y genes. Nuestros cuerpos se han ido moldeando y adaptando a las circunstancias que se nos han presentado. Conforme estas cambiaban, nosotros también cambiábamos, pero lentamente. Muy lentamente. ¿Cómo? Principalmente a través de una danse macabre (danza macabra) en la que mueren con mayor frecuencia (o antes de reproducirse) aquellos que resultan menos adaptados a las condiciones dominantes.

La evolución requiere tiempo y por lo general no poco sino mucho. Periodos de tiempo que nuestras mentes ni siquiera dimensionan muy bien. En circunstancias típicas se necesitan generaciones tras generaciones, milenios tras milenios, acaso millones y millones de años de danse macabre para que unos pocos caracteres prevalezcan sobre otros; para que se desarrollen o surjan nuevas adaptaciones o para que se generalicen mutaciones individuales.

Resulta ingenuo pensar que los 188,000 años que nuestros ancestros pasaron como cazadores recolectores, hayan desparecido en nosotros de un momento a otro. Harari, el famoso historiador israelí, precisa con claridad respecto a este asunto que nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora recolectora interactúa con nuestro ambiente post industrial y respalda así la idea de que no hemos dejado atrás por completo estas condiciones, básicamente porque no hemos tenido el tiempo suficiente para adaptarnos completamente a las circunstancias en las que ahora vivimos. En buena medida somos ahora cazadores en junglas de asfalto.

La existencia hoy en día de mega ciudades, del anonimato en la esfera de la comunidad, de estilos de vida más estáticos físicamente y de formas de alimentación menos variadas y más artificiales, contrastan seriamente con la vida de nuestros antepasados, que vivían en grupos pequeños, se conocían por completo unos a otros, recorrían alrededor de 15 kilómetros diarios y se alimentaban de una importante variedad de alimentos (frutas, plantas, tubérculos, insectos, huevos y presas cazadas o de carroña).

Ahora bien, esto no es una apología del pasado ni de los cazadores recolectores. De ninguna manera. Sabemos que nuestros antepasados con frecuencia morían a edades tempranas y en variadas ocasiones la pasaban muy mal. A pesar de lo que suele decirse en algunas esferas (de una manera romántica), los tiempos actuales son más ventajosos que los pasados, principalmente en cuestiones de salud, seguridad y acceso a la información, pero eso no quiere decir que sea inútil voltear a ver nuestra historia; particularmente nuestra historia evolutiva.

El meollo del asunto no es: ¡volvamos a ser cazadores recolectores!, sino reflexionar en torno a si algunos de nuestros problemas actuales, sociales e individuales, no se deben precisamente a que no estamos lo suficientemente conscientes de nuestro pasado y de lo que somos; de lo que son y necesitan nuestros cuerpo y mente: relaciones cercanas, movimiento constante y variedad alimentaria (entre otras cosas).

De cierto, ahora resulta inviable e ingenuo esperar que todas las personas que hay en el mundo (7.7 billones) se conozcan unas a otras. O pretender que cada individuo en la Tierra camine 15 kilómetros al día, buscando comida. No obstante, a partir de estas consideraciones bien podemos poner más atención en lo importante que resultan las relaciones interpersonales y cercanas para nuestra salud mental, lo relevante que resulta una dieta variada para nuestro cuerpo y lo trascendental de recorrer unos cuantos kilómetros a diario; no buscando comida por necesidad como hacían nuestros antepasados, sino a sabiendas de la relevancia técnica que tiene esto para el bienestar de nuestro cuerpo. De una forma o de otra, parece que nos conviene estar conscientes de que seguimos siendo cazadores recolectores y comenzar a satisfacer nuestras necesidades de cazador. ¿Usted lo hace?

Imagen de Nuria B. Tomada de Udare.es

Referencias de apoyo:

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

MORRIS, D. (2014). El zoo humano. México, D.F.: Penguin Random House.

MCCLUNG, E.; Acosta, G.; Terrazas, A. y Cid, A. (2015). La historia humana: del origen a nuestros días. México, D.F.: UNAM – SIGLO XXI.

SAPOLSKY, R. (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. New York: Penguin Press.

Coronavirus: una coyuntura crítica

Los humanos estamos enfrentando circunstancias inéditas en varios frentes. La globalización y las eficaces, y cada vez más accesibles, redes de comunicación mundial, permitieron que un virus surgido en una pequeña población de China, a finales del año pasado, se extendiera por todo el orbe en muy poco tiempo.

Como se esperaba, el coronavirus (SARS-CoV-2) no solo ha acabado con la vida de miles de personas y trastocado sistemas de salud enteros alrededor del mundo, ha sacudido también las relaciones sociales, desde las familiares hasta las culturales y desde las lúdicas hasta las laborales. Podemos estar seguros de que estas no regresarán a su estado anterior, incluso una vez que la enfermedad sea controlada o erradicada, pero no podemos estar tan seguros acerca de cómo será la nueva normalidad, particularmente en nuestro país, y de las transformaciones que acarreará.

Aunque esta pandemia cuenta con un componente único y sin referencia en el pasado: su alcance realmente global, la verdad es que eventos como este, que sacuden a las grupos sociales desde los cimientos, no son raros en la historia. Diversas epidemias han trastocado profundamente los equilibrios económicos y políticos de las sociedades humanas, por lo menos desde los tiempos de griegos y romanos. A causa de ello, se les ha considerado como un ejemplo clásico de coyuntura crítica.

Una coyuntura crítica, de acuerdo a los economistas Acemoglu y Robinson, es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que provocan o facilitan cambios de una manera vertiginosa en las sociedades, principalmente políticos y económicos, pero también culturales. Ciertamente, el cambio es una constante en la historia, pero estos eventos lo elevan cada tanto a su máxima potencia.

Es importante señalar que las coyunturas críticas, como la que estamos viviendo ahora mismo, no siempre provocan o facilitan mejoras o avances sociales. Son en realidad armas de doble filo porque también tienen la facultad de inducir giros negativos en las sociedades, principalmente en función de las libertades y desigualdades. Aunque con frecuencia puede parecernos que las cosas no pueden ir a peor, la historia nos ha mostrado que siempre se puede. Como señalaba el filósofo español José Ortega y Gasset: “Todo, todo es posible en la historia. Lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión”.

La famosa peste negra es un caso casi arquetípico de este tipo de coyunturas, para bien y para mal. Durante la década de 1330 en algún lugar de Asia, la bacteria Yersinia pestis, que habitaba en las pulgas pero era transportada por las ratas, comenzó a infectar humanos. En pocos años se extendió por Asia, Europa y el norte de África matando a su paso entre 75 y 200 millones de personas, es decir, alrededor de la cuarta parte de la población de Eurasia de aquel momento. Esta circunstancia provocó una enorme escasez de mano de obra que sacudió por completo los cimientos del orden feudal y animó a los campesinos, en muchos lugares, a exigir que cambiaran las cosas.

Como seguramente sucederá con el coronavirus, a última cuenta, la peste negra no afectó de la misma forma ni en la misma magnitud a todas las ciudades involucradas (ni a todos los sectores), debido a las pequeñas diferencias culturales y económicas que existían entre estas, y también a las políticas. En Inglaterra, aunque hubo serias resistencias por parte del Estado, los sueldos de los campesinos al final de la plaga aumentaron y la población logró conseguir mayores libertades. Por el contrario, en Europa oriental, aunque hubieron también demandas sociales, la peste creo un escenario determinante para que los terratenientes se adueñaran de mayores extensiones de tierra y ejercieran un mayor control sobre los campesinos, erosionando aún más las pequeñas libertades que tenían y generando más pobreza y desigualdad.

Ahora bien, aunque es imposible predecir el futuro, ante este panorama sí que resulta válido preguntarse (no sin pesar por las lamentables pérdidas humanas que la pandemia ha traído y todavía traerá consigo): ¿qué tipo de coyuntura crítica será ultimadamente el coronavirus en México? ¿Será una que contribuya a mejorar un tanto los sistemas de salud y bienestar, reducir las desigualdades estructurales y empoderar más a la población?, o ¿será una que favorezca todavía mayores índices de desigualdad, menores contrapesos en el gobierno, mayor autoritarismo y menores libertades de las personas? No lo sabemos, y lo que vaya sucediendo en otros países no nos asegura el mismo destino. Lo que sí sabemos es que en esta dinámica será muy importante el nivel de involucramiento social y la claridad con que las personas vayan percibiendo lo que está sucediendo allá afuera, por debajo de la demagogia inherente a toda corriente política.

De cierto, tal claridad no puede surgir de visiones exageradamente parciales y unilaterales, sean de izquierda o de derecha. Será necesario que de vez en cuando nos desafiemos a nosotros mismos y le hagamos algún contrapeso a nuestras disposiciones e intereses personales, leyendo y considerando aquello que nos incomoda y que con frecuencia rechazamos de manera automática porque no respalda nuestros juicios o alimenta nuestros prejuicios.

Sin duda tenemos en el horizonte mucho que perder, pero también mucho que ganar. Debemos estar atentos.

Bibliografía:

ACEMOGLU, D. y Robinson, J. (2013) (orig. 2012). Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Ciudad de México: Crítica.

ORTEGA Y GASSET, J. (s/f). Meditaciones del Quijote. ¿Qué es filosofía? La Rebelión de las masas. Madrid: Gredos.

Cobra Kai y la relatividad de la vida

Con mucha frecuencia olvidamos que todo depende del cristal con que se mire. Cuando opinamos acerca de algo, inevitablemente lo impregnamos de nosotros: de lo que somos y hemos vivido. Nuestra opinión emerge de nuestro yo, de nuestras condiciones biológicas, culturales, educativas y económicas, y en función de ello, es relativa. No puede ser de otro modo porque cada uno de nosotros somos el producto de circunstancias distintas.

Los historiadores saben muy bien que la Historia, como la vida, es relativa. Casi siempre están conscientes de que la mayoría de los relatos históricos han sido contados exclusivamente por los vencedores. Por ello, a menudo tienen que hacer grandes esfuerzos para generar historias complementarias de los pueblos vencidos; de los oprimidos y de los que han sido borrados o malinterpretados por ser considerados malos o villanos. En otras palabras, los historiadores con frecuencia tratan de equilibrar el discurso histórico, sesgado de origen, otorgándole voz a todas las partes involucradas. Esta estrategia no es nueva en esta disciplina, pero vaya que es un tema que apenas está tomando impulso en el cine.

Hace algunos días recordé estas ideas, acerca de la relatividad de la vida y la Historia, cuando me encontraba viendo la nueva serie del universo cinematográfico del Karate Kid, Cobra Kai, en la plataforma de streaming Netflix. Quizás debido a que esta producción, de forma aventurada y provocadora, le apuesta a la relatividad de su historia; a volver a contar la misma narración pero ahora desde otro punto de vista, el de los vencidos, el del grupo del dojo de Karate Cobra Kai. Algo que ciertamente ya se ha visto, por ejemplo en la reciente película del Guasón (The Joker) que hace personaje principal al eterno villano de Batman, pero que no es muy común en la narrativa.

A diferencia de otros universos de ficción, como el de Star Wars o el de Matrix, en el que los malos siempre han sido los malos y los buenos los buenos, acá se le ha dado la vuelta por completo a la moneda y se ha propuesto de inicio que Daniel LaRusso, el protagonista del Karate Kid en 1984, fue un tramposo y que Johnny Lawrence, el antihéroe original, en realidad fue la víctima. Este punto de partida resulta bastante fértil porque permite entrever una historia mucho más compleja, más parecida a la vida real. Cobra Kai coloca al espectador de una manera bastante original en la perspectiva del villano y acentúa, con una base taoísta (yin y yang), que dentro de lo bueno siempre hay algo malo y dentro de lo malo, algo bueno. Niega pues que el mundo sea un lugar de opuestos perfectos, lo cual es enriquecedor.

A partir de este planteamiento, en Cobra Kai se nos arrojan enseñanzas y sugerencias para enfrentar el bullying y para superar las limitaciones de la vida, animándonos a enfrentar aquello que nos hace daño y a superar las adversidades por medio del coraje, un sentimiento infravalorado que bien puede convertirse en una fuerza positiva (sin lugar a dudas, el lado oscuro de la fuerza tiene sus ventajas). Si usted tuvo la oportunidad de ver y gustar de Karate Kid en su momento, permítame decirle que es muy probable que disfrute Cobra Kai. Y, no se extrañe si en el futuro vemos más planteamientos como este en la pantalla, en los que, como en la Historia, se les vaya otorgando a los villanos y vencidos, voz y derecho de réplica. Parece lo justo.

El poder del chisme

El famoso historiador Eric Hobsbawm, apuntaba con agudeza que en las guerras y en la política se demoniza naturalmente al adversario para hacer de él un ser odioso, o al menos despreciable. Sin embargo, es atinado agregar que esta acción no es una estrategia exclusiva de guerras, o de campañas políticas (que en cierto modo también son una especie de guerra, pero simbólica). También es utilizada, y con mucha frecuencia, por las personas en un nivel más básico, al amparo de la cotidianidad de la vida, para atacar, desafiar o desprestigiar las acciones, rangos o creencias de vecinos, amigos, compañeros, colegas o conocidos.

Los Estados y los candidatos políticos utilizan los medios de comunicación y la publicidad para atacar y demonizar al adversario; las personas lo hacen con frecuencia por medio del chisme (aunque ciertamente estas dos formas no son únicas ni por completo excluyentes).

Hablar del chisme como proceso social de interés parece poco serio, pero la verdad es que debe tomarse con justificada seriedad, por el importante papel que desempeña en la vida de las personas y en la estabilidad y dinámica de toda estructura social, independientemente de su tamaño.

El chisme es ubicuo y muy poderoso en nuestras sociedades humanas. Por medio de él, los individuos llegamos a concretar alianzas, definir adversarios comunes y denunciar injusticias. A través de él, podemos estirar los hilos de las jerarquías en las que nos movemos y desenvolvemos. Y ciertamente, podemos generar cambios en las organizaciones.

La importancia del chisme para nuestra especie está respaldada por la teoría del chismorreo, que plantea que la capacidad para chismorrear fue fundamental para el desarrollo y crecimiento de las sociedades humanas a lo largo de la historia. El chisme, desde este punto de vista, fue esencial para alcanzar los niveles complejos de cooperación social que nos caracterizan a los humanos. A través del flujo de información, es posible organizarse en el ámbito social de mejores maneras, porque este permite entrever principalmente en quién se puede confiar y en quién no. Además, y sobretodo, por medio del chismorreo se puede castigar a aquellos que no cumplen con las normas de grupo, explícitas o implícitas, erosionando lo más valioso que tiene toda persona: la reputación.

Según la teoría del chismorreo, para que un grupo de personas funcione y coopere efectivamente, tiene que haber chisme. Esta máxima aplicó tanto a los cazadores recolectores del pleistoceno como a los primeros agricultores humanos. Y se aplica hoy en día, de la misma manera, a nuestros espacios de trabajo, grupos de amigos, clubes, equipos de deportes y más, en los que resulta bastante útil saber no solo quién es honesto y quién no, o quién comparte y quién no, sino también, y particularmente, quién odia a quién, quién se acuesta con quién y quién tiene o no tiene qué. Si usted se encuentra en la cumbre de una organización humana, por pequeña que sea, le conviene en primera instancia estar consciente de que por debajo se habla mucho de su persona, de cada buena y mala acción, de cada omisión y de cada gesto; en segundo lugar, le conviene saber que es hasta cierto punto imposible acabar con esta práctica, porque está enraizada en nuestra naturaleza y porque es un medio de equilibrio de poder esculpido directamente por la selección natural. Ahora que si usted pertenece a alguna organización de este tipo y se encuentra por debajo o en la medianía de la jerarquía, debe saber que el chisme es una herramienta muy poderosa, que bien puede acabar con las exacerbadas injusticias y echar abajo a las dictaduras enanas; aunque, atención: no sin riesgo.

¿Es usted un zorro o un erizo?

Aunque no soy muy adepto a las explicaciones binarias, reconozco su utilidad como instrumentos pedagógicos. Las explicaciones con solo dos opciones tienden a convertirse en posturas extremas y simplistas, pero si las tomamos con precaución pueden ayudarnos a tener percepciones más claras sobre algunos temas.

Una explicación de este tipo (mi preferida), acerca de la dinámica de las sociedades humanas y del papel que jugamos los individuos en esta, se basa en la metáfora del zorro y el erizo, que se le atribuye originalmente al griego Arquíloco. En uno de los fragmentos conservados de la obra de este poeta, se puede leer lo siguiente: “Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande”. Isaiah Berlin, un importante politólogo del siglo pasado, se inspiró en esta frase para construir toda una teoría de la historia, centrada en el individuo y la personalidad.

Berlin sostenía que todos podíamos encuadrarnos, de acuerdo a nuestras disposiciones y creencias, en uno de estos dos cajones. Explicaba que la visión de aquellos con personalidad de erizo se asienta en todo caso en una gran y poderosa idea; a veces derivada de la fe, como en San Agustín o Santo Tomás, y a veces de la razón, como en el Marqués de Sade, Marx o Freud. Ideas como la gracia, el pecado, el deseo, las relaciones sociales de producción o el inconsciente, son para los erizos (en cada caso) aquello que brinda sentido al mundo y lo explica sin vacilaciones. De los zorros, por el contrario, decía que su visión era una asentada completamente en la duda. Como ejemplos de zorros, a lo largo de la historia, Berlin cita a Tolstoi y Maistre, cuyo genio, decía, era destructivo, porque solo podían decir con certeza lo que no es.

Disfrazado o explícito, apuntaba Berlin, en todo erizo hay un fanático, y en todo zorro, un escéptico. Sin embargo, para él ni la visión de zorro ni la de erizo son del todo enjuiciables, porque tanto unos como otros contribuyen al avance de las sociedades, desde una trinchera u otra. Por ejemplo, gracias a los erizos se han hecho descubrimientos, conquistas y revoluciones, porque se necesita una gran confianza y certeza para llegar a alcanzar estos logros. Gracias a los zorros se ha mejorado la calidad de vida de las sociedades, porque solo dudando acerca de nuestras ideas podemos vislumbrar la posibilidad de que otros tengan razón, potenciar nuestra empatía y mejorar nuestras herramientas para la convivencia pacífica. La tolerancia y la democracia fueron productos de los zorros; las religiones y los imperios, de los erizos.

Berlin señalaba además que hay campos en los que de manera natural han prevalecido los erizos, como en la política, donde las explicaciones totalizadoras, claras y coherentes son siempre más populares (si no me cree piense en la campaña de algún político exitoso); y otros, en los que los zorros han sido más numerosos, como en las artes y la literatura. Decía, asimismo, que en las ciencias eran más numerosos los erizos, porque una vez que los científicos encontraban su postura, esta se volvía una trinchera casi inamovible.

Berlin reconocía que por alguna misteriosa razón, sufrir y morir resultaba más fácil para los erizos, poseedores de una verdad universal, pero enaltecía la decisión de los zorros de renunciar a esa facilidad y preferir la sombra y el desorden, que se encontraban más en correspondencia con la realidad. A última cuenta, Berlin se reconoce a sí mismo como un zorro porque pensaba que era mucho mejor no fingir que se puede calcular lo incalculable y que era preferible estar consciente de que se comprende lo que sucede como en realidad se hace, a grandes rasgos. Es posible que así sea o no. Lo dejo a su consideración, no sin antes preguntarle ¿es usted un zorro o un erizo?

¿La cultura es eso que nos hace humanos?

Durante el último cuarto de siglo, la distancia (teórica) entre cultura y naturaleza se ha venido reduciendo considerablemente. Diversos estudios, realizados con base en la observación y el análisis de las conductas de nuestros parientes primates, han ido tambaleando desde los cimientos la idea de la exclusividad humana de la cultura (cuando se la define como mecanismo de transmisión de información por vías no genéticas y como medio de aprendizaje y adaptación a la vida social). Uno de estos estudios, quizá el más famoso, es el del “lavado de patatas” de los macacos de la isla de Koshima en Japón.

En los años cincuentas, investigadores japoneses observaron por casualidad el surgimiento de lo que se convertiría en una especie de “tradición cultural animal” o proto tradición. Se percataron de que una hembra de macaco, a la que bautizaron como Imo, descubrió la conveniencia de lavar patatas a la orilla del mar, antes de comerlas. Originalmente, los macacos solo las limpiaban o sacudían con las manos, lo que hacía inevitable que tragaran algunos pedazos de tierra y se maltrataran los dientes.

Pudiera parecernos a primera vista un tanto obvia la acción y transmisión del lavado de patatas, pero no lo es. Por una parte, la capacidad de imitación no es cualquier cosa en el mundo animal, es una de la proezas cognitivas más elevadas que existen. No todos los animales tienen la capacidad de imitar al prójimo, pero es un hecho que cuando la desarrollan cumple un papel fundamental para la supervivencia.

Por la otra, el aprendizaje social, particularmente de los primates, tiene su origen en la necesidad de amoldarse a la conducta de los que les rodean y eso mismo hace muy difícil que una eventualidad de este tipo, por conveniente que sea, se abra camino en el fuerte y casi inamovible entramado de hábitos enquistados. Es bien sabido, a raíz de variados estudios etológicos, que en los ambientes sociales las conductas de la mayoría se vuelven con el tiempo “casi leyes”, con poca consideración de la efectividad o conveniencia real de estas.

Volviendo al lavado de patatas, los investigadores observaron que al principio muy pocos individuos prestaron atención al descubrimiento de Imo, que era muy joven en aquel momento. Sin embargo, con el paso del tiempo y siguiendo líneas de parentesco, grupos de edad y amistad, la nueva costumbre se fue esparciendo al punto de que veinticinco años después, todos los individuos de la tropa lavaban sus patatas en el mar antes de comerlas.

La transmisión del lavado de patatas se propagó incluso a pesar de que Imo murió, y aunque los investigadores buscaron, no detectaron la misma actividad en otros grupos. Estas y otras circunstancias respaldaron la nominación de esta práctica como cultural o al menos precultural, porque de otra manera es más difícil explicar el hecho de que dos o más grupos de la misma especie se comporten de manera diferente y que estos cambios conductuales logren atravesar generaciones y trascender iniciadores (justo como en nosotros los humanos).

Ahora bien, aunque a muchos nos incomoda el tema estridente de la cultura animal, porque estamos acostumbrados a entender la cultura principalmente como arte y/o símbolo o porque resulta un rescoldo todavía vigente de nuestra anhelada y defendida unicidad humana, ciertamente si la cultura consiste en la transmisión de costumbres e información a través de medios sociales, como lo afirman el primatólogo holandés Frans De Waal y otros, entonces no cabe duda de que la cultura está muy extendida en la naturaleza. Tanto hay cultura en la naturaleza como hay naturaleza en la cultura.

Foto: Belén de Benito.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2002). El simio y el aprendiz de sushi. Reflexiones de un primatólogo sobre la cultura. México: Paidós.

El paraíso de Dark

La serie alemana Dark, exclusiva de la plataforma Netflix, ha generado mucho impacto durante las últimas semanas. Recién acabo de ver la temporada final y me ha parecido extraordinaria por varios motivos que quisiera compartir con ustedes. En lo personal, creo que el gran éxito de esta historia no se explica únicamente considerando la calidad de los actores, los magníficos efectos visuales o la genial utilización dramática de algunas de las teorías científicas de mayor actualidad. Se explica también en función de la diversidad y profundidad filosófica de su trama.

Además de los viajes en el tiempo, los agujeros negros y los universos paralelos, la narrativa de la serie integra dilemas e ideas que se pueden identificar claramente en figuras como Freud, Nietzsche y Heidegger; entre otros. Cuestiones como las pulsiones de vida y muerte, la libertad o la voluntad genuina, el eterno retorno y el reconocimiento de la muerte como ancla de la vida, impregnan la estructura de Dark.

En la tercera temporada de la serie, uno cae en la cuenta de que (alerta de spoilers) se han ido configurando básicamente dos equipos, cada uno de ellos con intereses contradictorios. Adán lidera el primero, que tiene el objetivo de “deshacer el nudo”, es decir, de terminar con el ciclo del eterno retorno en el que se encuentran atrapados los personajes (debido a un acto egoísta pero muy humano, cometido por “el relojero”, quien inventa los viajes en el tiempo para traer de vuelta a su familia muerta). Eva lidera el otro equipo, que tiene la intención de perpetuar el ciclo y de que la historia se repita una y otra vez ad infinitum. La batalla es del fin contra la eterna continuidad.

Ahora bien, desde mi punto de vista, independientemente de las connotaciones bíblicas, Adán y Eva, pueden ser interpretados fácilmente como representaciones simbólicas de los instintos de vida y muerte que, según Freud, conviven y luchan en cada uno de nosotros durante nuestra existencia (véase la Teoría de las pulsiones de este autor).

Adán, representa el instinto o pulsión de muerte, lo que se puede entrever en su objetivo pero también en su estado de hartazgo o cansancio que remite a diversas reflexiones que tienen que ver, entre otras cosas, con el sentido de la vida; como las del filósofo Martin Heidegger, quien planteaba que sin la perspectiva de muerte, la vida se volvía necesariamente “inauténtica”, con poco o nulo sentido. Y bien, aunque de hecho la muerte no falta en los universos de los Adanes y Evas, lo cierto es que en estos no es final porque los personajes siempre están vivos en una u otra versión. Esa existencia “inauténtica”, cíclica, sin muerte real, sin voluntad real y sin libertad, que Adán logra percibir y comprender en su propia experiencia, es justamente lo que lo empuja a intentar finalizar el ciclo y en consecuencia, a buscar la muerte final para todos. No obstante, esto no le resulta una tarea fácil porque Eva, que representa el instinto de vida y de permanencia, y también es su alma gemela (otra metáfora de que vida y muerte están entrelazadas), le hace frente y lucha constantemente contra él, contra el impulso de muerte, prefiriendo una y otra vez la existencia inauténtica en vez de la llana inexistencia; de la nada.

Finalmente, aunque Eva logra mantener el ciclo durante un tiempo a través de la resistencia y la lucha, es decir, logra mantener la vida mediante la batalla (Jung definía a la vida exactamente como un campo de batalla), la victoria irremediablemente es de Adán, es decir, de la muerte, como sucede una y otra vez en la vida y en la naturaleza. Como sucederá con todos y cada uno de nosotros.

Vivimos durante un tiempo e inevitablemente después de este, nos guste o no, morimos. Pero, ese desenlace ¿es malo? El argumento de la serie es que no lo es. En la escena final, Hanna, un personaje secundario, tiene un déjà vu y revela lo que sintió al morir en uno de los varios apocalipsis. Dice: de algún modo, el mundo se había terminado. Solo había oscuridad y nunca más volvió la luz. Tuve la extraña sensación de que eso era bueno. Que todo había terminado. Como si estuviera libre de toda carga. Sin deseos. Sin obligaciones. Una oscuridad infinita. Sin ayer. Sin hoy. Sin mañana. Nada… No es de extrañar que el título del capítulo final sea: Paraíso, porque precisamente esta visión de Hanna es la definición de este (en términos de los creadores). El paraíso de Dark es pues la muerte, la oscuridad infinita, la nada.

La irresponsabilidad ocasional de la fe

El pasado domingo al transitar en mi vehículo de Zacatecas a Villanueva, mi pueblo natal, observé la gran cantidad de peregrinos que transitan hacia el templo de San Judas Tadeo. Aquella imagen barroca y sorprendente me impulsó a pensar detenidamente acerca de un tema que es por demás sensible para muchas personas. No es mi intención herir susceptibilidades; sin embargo, creo que es útil reflexionar un poco en torno a esta situación.

Desde la antigüedad, los grupos humanos han recurrido a diversos modos para alcanzar estados psíquicos de trascendencia o conciencia alterada con el objetivo de acercarse un poco más a lo divino. Los rituales repetitivos y extenuantes, incluso ocasionalmente sazonados con el uso de drogas, han sido parte fundamental de las experiencias religiosas de un sinnúmero de pueblos desde siglos y milenios atrás.

Ejemplos de lo anterior son los bailes que se prolongan durante días de los Sioux de América del Norte, las largas horas de himnos y sermones de los Shakers de San Vicente, los cantos y contoneos de los Drviches de Turquía, los rituales de los Huicholes en su camino a Wirikuta, y también en el presente, las peregrinaciones religiosas como las que tienen lugar en este lugar durante el mes de octubre, que aunque parecen de menor intensidad, cumplen cabalmente con el proceso general del ritual.

La antropóloga Erika Bourguignon[1], describe que la finalidad de estas prácticas es alcanzar un estado de esperanza reforzada, un sentimiento de liberación y de euforia. Apunta además que la particularidad de estos procesos de búsqueda es que son personales, pero se alcanzan en un marco grupal que contribuye a generar una atmósfera mística. Posteriormente, estas experiencias se recuerdan con satisfacción, lo que impulsa a su repetición periódica.

La esperanza reforzada que menciona Bourguignon, no parece otra cosa que lo que conocemos como “fe”. Este estado emocional es provocado y exaltado, en este caso, por una actividad extenuante como caminar cuarenta o cincuenta kilómetros, muchas de las veces en un solo día.

Esta especie de retiro que se vive en muchos lugares del país, sin duda contribuye en alguna medida a reducir las tendencias estresantes de la vida, porque la actitud de los peregrinos gira generalmente en torno a sentimientos como el agradecimiento, el optimismo y la esperanza, que comprobado está, tienen beneficios sutiles pero importantes para la salud. Por ejemplo, Goleman[2] menciona, basándose en estudios de pacientes enfermos de cáncer realizados en Estados Unidos de América, que la gente que tiene actitudes positivas es más capaz de resistir estas circunstancias difíciles.

La actividad pues, es justificable en el ámbito psicológico y físico del individuo, al mismo nivel quizás que la meditación, el yoga o el ejercicio aeróbico como formas de controlar o fomentar ciertas emociones. Es probable que al menos en parte, por ello sigan  vigentes en el espectro cultural mexicano.

Ahora bien, no podemos ignorar que este elemento cultural convertido en tradición, roza en la actualidad de manera importante con la temeridad, puesto que se realiza sobre una carretera federal, con mínimos controles de seguridad y con frecuencia por la noche.

Sorprende que aunque se acondicionen espacios a un costado de la carretera, la gente a menudo prefiere transitar sobre ella. Sorprende también la presencia de bebés en brazos, infantes en carriolas, niños y adultos mayores.

De los adultos se entiende la necesidad de emprender dicha travesía, a pesar de conocer el riesgo que existe, pero lo que me parece una verdadera irresponsabilidad ocasional de la fe es arriesgar a los niños en estas odiseas, dado que evidentemente ellos no toman esas decisiones, ni están en condiciones de tomarlas.

Es importante concientizarnos en estos aspectos. No nos vaya pasar lo que pasó hace no mucho en el municipio de Mazapil, donde en un infortunado accidente murieron al menos veinte peregrinos y entre ellos, un niño de cuatro años. ¿Usted cree que él debió en principio estar en esa peregrinación?

Imagen tomada de NTR Zacatecas.

Bibliografía:

[1] En Aldous Huxley et. al, “La Experiencia Mística y los estados de conciencia”, Kairós, Barcelona, España. 1972.

[2] En Daniel Goleman, “La inteligencia emocional”, Vergara, México D.F., 2000.