Los abusadores no prosperan

Tengo dos hijos varones: uno de diez años y otro de cinco. Naturalmente, compiten todo el tiempo. Compiten al comer, por llegar primero al carro, cuando hacen deporte. En todo momento. Puede que no sea una ley, pero es evidente que su dinámica es muy distinta a la de otros hogares, por ejemplo, aquellos con dos niñas o con un niño y una niña. Tener dos niños es, muchas veces, como vivir en un campo de batalla constante: más frontal, más físico, más intenso.

Hace unos meses empezaron a jugar juntos fútbol en la PlayStation —además de hacerlo en el mundo real—, y como era de esperarse, el mayor casi siempre derrota al menor. Después de quince o veinte minutos de juego, aparecen los llantos y las peleas. El más pequeño protesta: no quiere perder, al menos no siempre. Al mayor esto no le preocupa demasiado.

Es una situación difícil de manejar como padre. Las herramientas necesarias para regular estos momentos no son sencillas de enseñar ni de aprender, especialmente a edades tempranas. Pero son esenciales para sobrevivir —y prosperar— en la compleja red social en la que vivimos.

Hace un tiempo leí sobre los estudios del psicólogo estadounidense Jaak Panksepp, quien investigó el comportamiento de juego en ratones. Lo que descubrió me parece profundamente revelador, sobre todo al observar a mis hijos.

Panksepp notó que, incluso entre ratones, las interacciones de competencia no se tratan solo de fuerza o dominación. Si un ratón es apenas un diez por ciento más grande que otro, tiene casi asegurada la victoria en cualquier enfrentamiento. Sin embargo, como viven en grupos sociales, no pueden darse el lujo de abusar de su ventaja.

Un ratón dominante, si quiere seguir jugando y conviviendo con los demás, debe ceder de vez en cuando. Si gana todas las veces, el otro simplemente deja de jugar. Rechaza las invitaciones, se aleja. La relación se rompe. En cambio, los ratones más inteligentes socialmente se dejan ganar entre un 30 y 40 % de las veces. De ese modo, mantienen tanto la jerarquía como el vínculo, lo que les permite conservar un aliado valioso para el futuro.

Volviendo a casa: en los últimos días, he notado que mi hijo mayor empieza a moderarse un poco. A veces deja que su hermano le anote un gol. A veces simplemente evita golearlo. Puede parecer poco, pero no lo es. Tal vez, como vivió sus primeros años sin hermanos, le ha costado más aprender a compartir el juego. Pero algo está cambiando. Y esa es la clave.

Solo en relación con otros —en escenarios de competencia, de juego, de conflicto— se desarrollan y refinan esas habilidades sutiles y a menudo contradictorias que nos permiten construir relaciones duraderas y avanzar juntos.

Por eso, los abusadores no prosperan. Toda relación requiere ceder, al menos un poco. Aunque uno sea más fuerte. Aunque pueda ganar siempre.

Experimentos de conformidad. Los humanos pensamos colectivamente

En un famoso experimento, el psicólogo estadounidense Solomon Asch demostró que los humanos nos vemos influidos en una medida alucinante por la opinión de los que nos rodean; incluso al punto enfermizo en que podemos llegar a no tomar en cuenta los hechos y la realidad. Asch mostró a un grupo considerable de individuos tres líneas en una tarjeta y les preguntó cuál era más larga. En la sala de investigación, todos eran colaboradores del psicólogo, menos uno: el sujeto estudiado. Este, lógicamente, no tenía conocimiento de esta circunstancia.

La respuesta correcta de la disyuntiva era evidente, no obstante, se les había pedido a los colaboradores que respondieran uno a uno erróneamente, a fin de observar cuál era la reacción del sujeto de prueba. En todas las ocasiones, el sujeto daba la misma respuesta equivocada del grupo. Se dejaba llevar por la corriente e incluso en ocasiones aseguraba haber percibido las cosas tal como las decían los demás.

A estos estudios se los conoce como los experimentos de conformidad. Se han replicado varias veces y han arrojado una y otra vez los mismos resultados. En función de estos se ha estimado que en términos generales esta conducta se debe a nuestra condición biológica de animales sociales, que conlleva una ansia de pertenencia de grupo.

Como lo sugiere el experimento, esta ansia nos resulta de manera natural más intensa que la búsqueda de la verdad o la percepción de la realidad. Es parte de un mecanismo con un gran valor de supervivencia relacionado con el aprendizaje social. En las especies sociales, por ejemplo, las crías que siguen la conducta de sus madres y pares en cuanto a qué comer y qué evitar tienen más probabilidades de sobrevivir, en comparación con las que se aventuran a descubrirlo todo por sí mismas.

Ahora bien, ciertamente esta inclinación hacia el pensamiento de grupo sigue ahorrándonos en estos momentos problemas y energías, pero también es un hecho que resultará prudente considerar que no siempre los modelos y los grupos en los que nos desenvolvemos tendrán la razón. Es imposible. La sabiduría cultural, tradicional o familiar puede, eventualmente, estar equivocada o incluso ser superada por nuevas formas de conocimiento, y por ello debemos estar atentos a cuando las fuerzas de la conformidad entren en juego en nuestros cerebros y nublen nuestros juicios.

Para nuestra suerte no todas son malas noticias, Solomon Asch también descubrió que una sola voz discordante puede cambiar todo el panorama. Cuando una sola persona se ciñe a la verdad, abre la puerta entera al cambio. En este escenario, los sujetos de prueba confían mucho más en la información que les brindan sus sentidos y se muestran más dispuestos a defender su punto de vista.

En términos bastante reales y objetivos, los humanos somos, más que individuos, sujetos colectivos. Para bien y para mal.

¿Qué es la vida?

Hoy 25 de enero de 2021, día del biólogo, recordé una de las ideas que me parecen más interesantes de Richard Dawkins, el famoso autor de «El gen egoísta» y «El relojero ciego». Dawkins afirma que una de las particularidades más esenciales de los organismos vivos es que estos se encuentran inexorable e inevitablemente en lucha con el entorno. Esta lucha tiene por objeto evitar entrar en equilibrio con el medio circundante; evitar fusionarse con lo inanimado.

Explica que si medimos por ejemplo factores como la temperatura, la acidez o el potencial eléctrico en cualquier organismo vivo, desde las bacterias hasta los elefantes y desde los tardígrados a las ballenas, encontraremos que estos son más elevados en comparación con aquellos del medio en que se encuentran. En función de esto, el biólogo sugiere que vivir no es otra cosa sino esa resistencia, corporal y molecular, a entrar en equilibrio con lo inanimado.

Estar vivo es pues esencialmente resistirse a morir. Es una resistencia a equilibrarse con el entorno.

Y, ¿quién no ha sido testigo o ha escuchado de personas que dejan de luchar, de tener expectativas, y en poco tiempo mueren?

Desde este punto de vista la vida es, entonces, lucha y resistencia, como también señalaba Carl G. Jung. Acaso por eso también Sigmund Freud decía que a la par del impulso vital, tenemos un impulso de muerte siempre latente, que con el tiempo se va haciendo más y más fuerte y a menudo termina dominándonos.

Es cierto que, de cualquier modo, todos volveremos a estar en equilibrio con el ambiente, pero parece que en alguna medida depende de nosotros que no sea tan pronto. Para proliferar como seres vivos el mayor tiempo posible, necesitamos movernos continuamente y mantener toda vez metas y objetivos en la vida, sin importar nuestra edad.

Entonces, tanto desde una perspectiva filosófica como biológica, no hay nada más nocivo para lo vivo que la sensación de inutilidad y la falta de expectativas; y por ello, las sanas resistencias físicas y mentales son de las mejores formas para luchar contra «el equilibrio»…, que, como saben, desde el inicio tiene la batalla ganada.

SOUL, la nueva película de Pixar y Disney

Soul, la nueva película de Pixar y Disney, es una verdadera maravilla. Aunque desde luego entretiene y gusta a los niños, es más bien una obra para todo tipo de público. Me atrevería a decir que es más para grandes que para pequeños, por la profundidad de su trama. Los protagonistas son un músico frustrado de jazz y una alma no nacida, apática, que no le encuentra sentido a vivir. Es una obra maestra que todos deberían ver, entre otras cosas, porque es una prueba fehaciente y evidente de que el paradigma narrativo ha cambiado y lo ha hecho para bien, aunque les incomode a los tradicionalistas y a los que piensan que todo lo que ya pasó siempre es mejor. No…, no es así.

Los héroes y protagonistas acá ya no son siempre blancos, ni siempre hombres, y las mujeres ya no son siempre princesas en busca de marido; ya no existen como tal un destino y un propósito escritos en letras de oro o hierro y tampoco un yo esencial. La esencia del yo ha caído en la narrativa y ahora el nuevo paradigma señala que corresponde a cada quien forjar su destino, crecer y construir su propósito en la vida; ese es el argumento más revolucionario de Soul. El propósito ya no viene dado por las instituciones, ni por algo por el estilo; y tampoco hay que descubrirlo, sino construirlo, crearlo. La relatividad e independencia del propósito ha llegado. Si en estos tiempos se hubiera escrito Cenicienta, bajo estos cánones, lo más seguro es que esta niña habría salido de la pobreza y de la opresión sola, y no por medio de un casamiento. Se habría emancipado o habría creado una empresa, escrito un libro o hecho influencer al compartir su historia con las Naciones Unidas.

Después de ver Soul me di a la tarea de investigar quién había escrito semejante grandiosidad y encontré que los escritores del trabajo fueron Pete Docter, Mike Jones y Kemp Powers; y bueno, los tres son unos genios, pero al ver los trabajos particularmente de Docter entendí a cabalidad por qué Soul es tan buena. Docter fue también guionista de Intensa-mente, Up, Wall-E, Monsters Inc. y Toy Story. Películas que han trascendido las fronteras de la infancia y han conquistado a los adultos también, por la pertinencia de sus tramas. Piense usted en la visión que otorga Wall-E, acerca de un futuro distópico en el que los humanos tenemos que abandonar la Tierra porque ya está completamente deteriorada, pertinente sí o sí; o en Intensa-mente (Inside out) en la que se cuenta la historia de los verdaderos mecanismos electroquímicos que gobiernan nuestra conducta y en la que no hay alma dentro de Riley, sino simples algoritmos, revolucionaria sí o sí. Ambas son joyas y por supuesto, son parte del nuevo paradigma narrativo.

A título personal, quedé encantado con la historia de Soul por las metáforas utilizadas, el simbolismo, el argumento de fondo, el uso de conceptos como el del flujo en la inspiración, “The zone”, por la importancia atinada que le brinda a las pequeñas cosas de la vida, porque acá importa más el camino que el destino y por las referencias filosóficas y existenciales que inundan desde el principio hasta el final la película. Piense usted: vaya que se necesita talento, habilidad y osadía para integrar en una serie de dibujos animados referencias a George Orwell (el famoso escritor de 1984 y de la Rebelión en la granja) la Madre Teresa, Copérnico y hasta de Carl Jung (el famoso psicólogo, discípulo de Freud y autor de El hombre y sus símbolos); para hablar de realidades cuánticas, de la muerte (el gran después) y de planos que se ubican, como ahí se señala: «hipotéticamente», entre lo físico y lo espiritual. Y para, al mismo tiempo, criticar la educación del estado, mencionar a la clase dominante y preguntarse por el sentido de la existencia una y otra vez. Un agasajo impresionante para los que somos introspectivos.

Religión, ¿un engaño caduco y medieval?

En esta ocasión tenía planeado compartir con ustedes un tema completamente diferente. Sin embargo, a última hora me percaté de que justo hoy se celebra a San Judas Tadeo y me pareció una ocasión apropiada para abordar algunas particularidades de la religión y de las opiniones encontradas que esta suele provocar.

Sin lugar a dudas, hablar de religión es un tema complicado y espinoso, porque las opiniones normalmente se construyen a partir de visiones un tanto parciales y emocionales, que tienden a polarizarse. Por una parte, se ubican aquellos que viven la devoción y encuentran en la religión (y en el peregrinaje con frecuencia) una forma legítima y útil de fortalecer sus sentimientos de gratitud y esperanza, y por la otra se encuentran aquellos que degradan esta actividad, como si se tratara de algún tipo de engaño caduco y medieval, un residuo de una práctica ancestral sin sentido o utilidad.

Por lo general, cuando coinciden, los primeros no pueden transmitir a los segundos de una manera clara y alejada del misticismo el sentido funcional o utilitario de sus creencias. Muchas veces no lo saben. Esto no es particularmente extraño, ya que es típico de las sociedades que los individuos hagamos cosas sin saber muy bien por qué. Hacemos algunas cosas simplemente porque así lo hacen (o hacían) nuestros padres y nuestros abuelos. Pero esto no implica necesariamente que esas acciones no tengan sentido y/o función; con frecuencia los tienen.

Del mismo modo en que la selección natural selecciona caracteres biológicos en función de su utilidad para la supervivencia y reproducción, parece que algún tipo de «selección cultural» va seleccionando aquello que es útil y contribuye a la adaptación de los individuos al medio social. Nada es por completo arbitrario en las sociedades, ni siquiera las prácticas que así parecen a simple vista, como las peregrinaciones. En términos simples, si suceden es porque todavía desempeñan un papel importante en la vida de las personas.

Es ciertamente indiscutible que a casi todas las religiones se les pueden increpar horrores de muchos tipos, desde asesinatos hasta guerras y genocidios; y desde abusos al individuo hasta abusos sociales. Pero, si queremos ser objetivos, debemos reconocer a la vez que estas han sido también fuerzas fundamentales para el desarrollo y crecimiento de la humanidad.

¿Cómo? En la medida en que las religiones fueron permitiendo, a lo largo de la historia, que cientos y luego miles y luego millones y millones de personas, compartieran ciertas creencias base, fueron contribuyendo a aumentar los niveles de cooperación humana. Y, de la cooperación humana han surgido prácticamente todos los avances de la humanidad.

Resulta lógico pues (y necesario) considerar que, al menos en parte, las religiones han contribuido a todo aquello que ha surgido de nuestros ingentes niveles de cooperación: desde la ciencia y la tecnología contemporánea, hasta los derechos humanos.

Independientemente de las formas, y punto y aparte de los dilemas éticos implicados, las religiones han sido una de las fuerzas unificadoras de la humanidad y, al menos en parte, por ello han sido «seleccionadas culturalmente» y siguen vigentes en muchos lugares.

Las religiones han sobrevivido a los tremendos cambios históricos también porque (independientemente de si sus ideas son consideradas como reales o falsas), resultan bastante útiles para lidiar con las vicisitudes de la vida, particularmente con la ansiedad y el estrés. Las religiones, al brindar a las personas una explicación de las cosas, una convicción de que hay un propósito y una sensación de que hay un creador que está interesado en nosotros, reducen de manera notable las incertidumbres propias de la existencia, como lo sugieren muchos estudios.

Ahora bien, con mucha frecuencia los no creyentes tienden a tildar a los religiosos de ingenuos e infantiles, pero bien harían en considerar las contribuciones de las religiones al desarrollo de la humanidad y las ventajas psicológicas del pensamiento religioso. Por otra parte, con igual frecuencia los creyentes suelen tildar a los no creyentes de incrédulos y pretenciosos, pero bien harían en considerar también que hay muchas formas de lidiar con las vicisitudes de la vida, no solo la propia, y no tratar de imponerla.

Si algo me funciona a mí, no tiene por qué necesariamente funcionarle al vecino. Ya sea usted de los primeros o de los segundos, en ambos casos, la clave es el respeto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Bibliografía

HARARI, Y.  (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

HARRIS, M. (2011). Nuestra especie. Madrid: Alianza editorial.

El poder de la creencia; para bien y para mal

Casi al final del intrincado y extraordinario filme de Inception (El Origen, en español), del director de cine Christopher Nolan, el personaje principal, interpretado por Leonardo Di Caprio, dice: «Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La semilla más pequeña de una idea puede crecer. Puede crecer hasta definirte o destruirte…».

Este magnífico trabajo cuenta con unos efectos especiales impresionantes y su trama, aunque resulta algo confusa al principio, es muy entretenida (si el lector no ha tenido la oportunidad de verla, obviamente se la recomiendo; es un filme de 2010). Pero lo que quiero destacar en esta ocasión, no son las cuestiones técnicas o visuales de esta obra, sino su argumento principal, que está construido sobre la frase ya citada. En dicha oración, de una manera sutil y elegante, casi imperceptible, el director nos hace una advertencia: cuidado con lo que piensas.

Lo que piensas puede edificarte, puede contribuir a tu crecimiento personal o profesional, pero también puede estancarte o incluso matarte: es un arma de dos filos. Este es un tema que por supuesto no es nuevo; es filosofía milenaria. Ya decía Marco Aurelio, hace casi dos mil años en tiempos del Imperio Romano: «tu alma o sea tu mente, será del mismo modo que las cosas en que pienses frecuentemente, ni más ni menos, puesto que el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos».

Ahora bien, antes de continuar, una advertencia necesaria. Este tipo de consideraciones suelen malentenderse y sobredimensionarse. Suelen llevarse a los extremos y desde ahí desvirtuarse. Trataré de explicar esto con brevedad: aunque los pensamientos son muy importantes para construir realidades, no son el único factor. No debemos confundirnos. Existen varios factores más, en lo general políticos, sociales, biológicos y culturales. Es importante tener esto en cuenta, entre otras cosas para prevenir grandes decepciones y evitar caer en ingenuidades.

Por supuesto que si deseamos un coche, una casa, ganar más dinero o aprender a hacer algo nuevo, en principio tendremos que pensar en ello y tenerlo en cuenta una y otra vez, con ánimo positivo, pero eso no será suficiente para que el universo… mmm, ¿cómo se dice?, confabule a nuestro favor. No; no nos engañemos. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que no importe. Ojo. La actitud siempre importa. Hay una frase que puede ayudarnos a entender esto de una forma menos fantasiosa y también menos cerrada: el pensamiento es, a menudo, una condición necesaria pero no suficiente.

Dicho esto, quiero compartir con ustedes un ejemplo de cómo es que los pensamientos pueden tener gran poder en nosotros y en nuestras vidas, como sugiere Nolan en Inception y Marco Aurelio en sus Meditaciones. Hace algún tiempo, Wade Davis (etnobotánico) y Regis DeSilva (cardiólogo), investigadores de la Universidad de Harvard, revisaron numerosos casos de muerte y enfermedad por vudúy brujería, que fueron documentados por antropólogos en diversas culturas tradicionales. Encontraron, entre otras cosas, que con frecuencia las “maldiciones” o “embrujos” funcionaban básicamente por una cuestión psicológica, que a última cuenta derivaba en padecimientos reales y a veces en la muerte.

Aparentemente, la mayoría de las veces la preocupación de haber sido “embrujado” (porque se procura que el sujeto esté enterado), se vuelve tan crónica que el sistema simpático nervioso del individuo se descontrola y ocasiona una grave vasoconstricción sanguínea que puede causar una fatal caída de la presión sanguínea. En resumen, Davis y DeSilva sugieren que la mayoría de los casos de muerte por brujería o vudú no son otra cosa sino versiones extremas de infartos ocasionados, más que por el chamán o la bruja, por el mismo sujeto. Por su creencia.

A partir del estudio mencionado, se puede concluir que si la creencia puede curar (hay muchos casos documentados en este sentido), entonces…, también puede matar. Evidentemente pues, la fe (la creencia) tiene un polo positivo y otro negativo; un lado blanco y un lado oscuro. Y por ello, aunque debe reconocerse que no es fácil, parece que nos conviene de vez en cuando analizar nuestros pensamientos más frecuentes y nuestras creencias. Lo bueno es que podemos decidir lo que creemos estimado lector… ¿o no?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

AURELIO, M. (2016). Meditaciones. México: Editores Mexicanos Unidos S.A.

DAVIS, W., y DeSilva, R. (s/f). Psychophysiological death: a cross-cultural and medical appraisal of voodoo death, en Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Third Edition: New York.

El «timing» importa, pero ¿por qué?

Uno de los varios e interesantes experimentos que realizó el psicólogo Daniel Kahneman, ganador del premio nobel de economía, fue el «experimento del agua fría», que permitió poner en evidencia que los seres humanos no tenemos una voz interior…, sino dos; muchas veces contradictorias. Esto resulta relevante por diferentes y complejos motivos, pero antes de abordar brevemente algunos de ellos, conviene referir el experimento en sí.

Se le pidió a un grupo de personas que participaran en un experimento que constaba de tres partes. En la primera, la más corta, se les pidió a los voluntarios que sumergieran una mano en un recipiente de agua fría y la mantuvieran ahí. Al paso de sesenta segundos, se les solicitaba a estos que sacaran la mano del agua. Luego, en la segunda parte, se les pedía a los mismos voluntarios que sumergieran nuevamente la mano en el agua fría, pero ahora – y sin avisarles –, pasados los mismos sesenta segundos, se añadía un poco de agua caliente por debajo del recipiente y se los dejaba con la mano sumergida más tiempo. Esta última acción pues elevaba la temperatura del agua solo un poco (un grado, aproximadamente) y agregaba otros treinta segundos de mano sumergida. Desde luego, esto seguía siendo molesto, aunque un poco menos. Lo que cambiaba en sí era el final.

En la tercera y última parte del experimento, se les pidió a los voluntarios que eligieran entre repetir el primer ejercicio (60 segundos) o el segundo (90 segundos), y resultó que la gran mayoría (el 80%), contra la lógica, prefirió repetir la parte larga (que recordaban menos dolorosa, por el cambio al final de temperatura); aunque de hecho esta parte incluía completamente la primera y además alargaba la molestia e incomodidad.

De acuerdo al investigador, este experimento permite revelar la existencia de al menos dos «yo» en cada uno de nosotros, a los que se bautizó como el experimentador y el narrador. El experimentador es el que vive el presente y las situaciones justo como son en el momento, es nuestra consciencia constante, y el narrador es el que construye una historia de las experiencias con posterioridad a que hayan sucedido, es decir, es el intérprete de lo vivido. Ahora bien, todos nos hemos sentido contradictorios en algunos momentos, pero lo verdaderamente interesante en este descubrimiento es que la precisión del narrador (el que toma la mayoría de las decisiones importantes en la vida) no es muy buena y con frecuencia no corresponde a la realidad.

Kahneman descubrió que nuestro narrador construye sus historias considerando solo algunos momentos culminantes y el final, y promediando estos. En otras palabras, no considera todo acerca de la experiencia que vivimos, sino que toma atajos, filtra datos, y con base en ello, construye un relato final que se toma por verdad en nuestra mente. Evidentemente, si el final de cualquier experiencia es más agradable, es más probable que nuestro yo narrador considere aquello como algo más positivo (aunque puede ser que no haya sido así). Piense usted, por ejemplo, en el recuerdo que tiene de sus últimas vacaciones. Muy probablemente haya olvidado, no considerado o infradimensionado el incómodo calor, los mosquitos, el malestar estomacal, el retraso del vuelo, los gritos de los niños u otros factores negativos que suelen tener lugar en estas experiencias.

Los pediatras saben muy bien el truco del final placentero para cambiar un tanto la percepción de una experiencia, aunque probablemente no estén conscientes de que es algo derivado de nuestra condición (y cognición) humana. Este descubrimiento permite, entre otras cosas, percatarse de que nuestros sentidos no son perfectos y pone en la mesa la posibilidad (y necesidad) de ejercer cada tanto dudas legítimas con respecto a nuestras propias percepciones y recuerdos. Pone en el radar, además, uno de los elementos que bien pueden ser aprovechados para el ejercicio de cierta manipulación social o de opinión.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo, el famoso y multi citado escritor, en su obra El Príncipe, decía: «El vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas», y recomendaba realizar las acciones impopulares al principio de cualquier gestión (y al mismo tiempo de ser posible), a fin de tener tiempo de cubrir aquellas con acciones positivas posteriores y de finalmente disolverlas en la opinión pública con un final magnífico o estruendoso.

Entonces, en la política y en la vida, el timing (el momento) importa, porque puede modificar la percepción de la realidad y llegar a confundir a nuestros narradores. En vista de esto, habría que estar más atentos a estas circunstancias, que no podemos simplemente evitar porque sencillamente son parte de nosotros, y sospechar tanto de esos cierres grandiosos en la política, como de nuestros recuerdos más vistosos. Lo dejo a su consideración.

Seguimos siendo cazadores–recolectores pero ahora en junglas de asfalto

Del tiempo que nuestra especie ha habitado la Tierra (alrededor de 200,000 años), más del 90% lo hemos hecho como animales relativamente insignificantes. Animales que no generaban mucho más impacto en su entorno del que producían otras especies como los leones o los chimpancés. Hace solo 12,000 años que descubrimos la agricultura (6% de nuestra historia), 8,000 años que establecimos las primeras ciudades (4%), 500 años que empezamos a utilizar combustibles fósiles ingentemente (0.25%), 100 años de utilizar la química para la elaboración de alimentos ultra procesados (0.05%) y 34 años de empezar a modificar genéticamente nuestros alimentos (0.017%). Sabemos más o menos los efectos que han tenido los primeros factores pero no sabemos casi nada de los últimos dos.

Durante aproximadamente el 94% de nuestra existencia, los sapiens fuimos cazadores recolectores, es decir, vivimos exclusivamente de lo que encontrábamos en nuestros entornos: plantas, raíces, nueces y animales. Pero ¿qué tiene esto de importancia?, si las cosas de todas formas siempre cambian. Si antes fuimos cazadores recolectores, hoy somos agricultores industriales, astronautas y oficinistas y ya está… ¿verdad? Pues no es tan fácil.

En el tiempo en el que los humanos hemos deambulado por el mundo, como cualquier otro animal, hemos estado sujetos a la evolución y a las fuerzas de la selección natural. Miles y miles de años de supervivencia y lucha, de caza y recolección, de vida y muerte, no han pasado en vano en nuestros cerebros y genes. Nuestros cuerpos se han ido moldeando y adaptando a las circunstancias que se nos han presentado. Conforme estas cambiaban, nosotros también cambiábamos, pero lentamente. Muy lentamente. ¿Cómo? Principalmente a través de una danse macabre (danza macabra) en la que mueren con mayor frecuencia (o antes de reproducirse) aquellos que resultan menos adaptados a las condiciones dominantes.

La evolución requiere tiempo y por lo general no poco sino mucho. Periodos de tiempo que nuestras mentes ni siquiera dimensionan muy bien. En circunstancias típicas se necesitan generaciones tras generaciones, milenios tras milenios, acaso millones y millones de años de danse macabre para que unos pocos caracteres prevalezcan sobre otros; para que se desarrollen o surjan nuevas adaptaciones o para que se generalicen mutaciones individuales.

Resulta ingenuo pensar que los 188,000 años que nuestros ancestros pasaron como cazadores recolectores, hayan desparecido en nosotros de un momento a otro. Harari, el famoso historiador israelí, precisa con claridad respecto a este asunto que nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora recolectora interactúa con nuestro ambiente post industrial y respalda así la idea de que no hemos dejado atrás por completo estas condiciones, básicamente porque no hemos tenido el tiempo suficiente para adaptarnos completamente a las circunstancias en las que ahora vivimos. En buena medida somos ahora cazadores en junglas de asfalto.

La existencia hoy en día de mega ciudades, del anonimato en la esfera de la comunidad, de estilos de vida más estáticos físicamente y de formas de alimentación menos variadas y más artificiales, contrastan seriamente con la vida de nuestros antepasados, que vivían en grupos pequeños, se conocían por completo unos a otros, recorrían alrededor de 15 kilómetros diarios y se alimentaban de una importante variedad de alimentos (frutas, plantas, tubérculos, insectos, huevos y presas cazadas o de carroña).

Ahora bien, esto no es una apología del pasado ni de los cazadores recolectores. De ninguna manera. Sabemos que nuestros antepasados con frecuencia morían a edades tempranas y en variadas ocasiones la pasaban muy mal. A pesar de lo que suele decirse en algunas esferas (de una manera romántica), los tiempos actuales son más ventajosos que los pasados, principalmente en cuestiones de salud, seguridad y acceso a la información, pero eso no quiere decir que sea inútil voltear a ver nuestra historia; particularmente nuestra historia evolutiva.

El meollo del asunto no es: ¡volvamos a ser cazadores recolectores!, sino reflexionar en torno a si algunos de nuestros problemas actuales, sociales e individuales, no se deben precisamente a que no estamos lo suficientemente conscientes de nuestro pasado y de lo que somos; de lo que son y necesitan nuestros cuerpo y mente: relaciones cercanas, movimiento constante y variedad alimentaria (entre otras cosas).

De cierto, ahora resulta inviable e ingenuo esperar que todas las personas que hay en el mundo (7.7 billones) se conozcan unas a otras. O pretender que cada individuo en la Tierra camine 15 kilómetros al día, buscando comida. No obstante, a partir de estas consideraciones bien podemos poner más atención en lo importante que resultan las relaciones interpersonales y cercanas para nuestra salud mental, lo relevante que resulta una dieta variada para nuestro cuerpo y lo trascendental de recorrer unos cuantos kilómetros a diario; no buscando comida por necesidad como hacían nuestros antepasados, sino a sabiendas de la relevancia técnica que tiene esto para el bienestar de nuestro cuerpo. De una forma o de otra, parece que nos conviene estar conscientes de que seguimos siendo cazadores recolectores y comenzar a satisfacer nuestras necesidades de cazador. ¿Usted lo hace?

Imagen de Nuria B. Tomada de Udare.es

Referencias de apoyo:

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

MORRIS, D. (2014). El zoo humano. México, D.F.: Penguin Random House.

MCCLUNG, E.; Acosta, G.; Terrazas, A. y Cid, A. (2015). La historia humana: del origen a nuestros días. México, D.F.: UNAM – SIGLO XXI.

SAPOLSKY, R. (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. New York: Penguin Press.

¿Es usted un zorro o un erizo?

Aunque no soy muy adepto a las explicaciones binarias, reconozco su utilidad como instrumentos pedagógicos. Las explicaciones con solo dos opciones tienden a convertirse en posturas extremas y simplistas, pero si las tomamos con precaución pueden ayudarnos a tener percepciones más claras sobre algunos temas.

Una explicación de este tipo (mi preferida), acerca de la dinámica de las sociedades humanas y del papel que jugamos los individuos en esta, se basa en la metáfora del zorro y el erizo, que se le atribuye originalmente al griego Arquíloco. En uno de los fragmentos conservados de la obra de este poeta, se puede leer lo siguiente: “Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande”. Isaiah Berlin, un importante politólogo del siglo pasado, se inspiró en esta frase para construir toda una teoría de la historia, centrada en el individuo y la personalidad.

Berlin sostenía que todos podíamos encuadrarnos, de acuerdo a nuestras disposiciones y creencias, en uno de estos dos cajones. Explicaba que la visión de aquellos con personalidad de erizo se asienta en todo caso en una gran y poderosa idea; a veces derivada de la fe, como en San Agustín o Santo Tomás, y a veces de la razón, como en el Marqués de Sade, Marx o Freud. Ideas como la gracia, el pecado, el deseo, las relaciones sociales de producción o el inconsciente, son para los erizos (en cada caso) aquello que brinda sentido al mundo y lo explica sin vacilaciones. De los zorros, por el contrario, decía que su visión era una asentada completamente en la duda. Como ejemplos de zorros, a lo largo de la historia, Berlin cita a Tolstoi y Maistre, cuyo genio, decía, era destructivo, porque solo podían decir con certeza lo que no es.

Disfrazado o explícito, apuntaba Berlin, en todo erizo hay un fanático, y en todo zorro, un escéptico. Sin embargo, para él ni la visión de zorro ni la de erizo son del todo enjuiciables, porque tanto unos como otros contribuyen al avance de las sociedades, desde una trinchera u otra. Por ejemplo, gracias a los erizos se han hecho descubrimientos, conquistas y revoluciones, porque se necesita una gran confianza y certeza para llegar a alcanzar estos logros. Gracias a los zorros se ha mejorado la calidad de vida de las sociedades, porque solo dudando acerca de nuestras ideas podemos vislumbrar la posibilidad de que otros tengan razón, potenciar nuestra empatía y mejorar nuestras herramientas para la convivencia pacífica. La tolerancia y la democracia fueron productos de los zorros; las religiones y los imperios, de los erizos.

Berlin señalaba además que hay campos en los que de manera natural han prevalecido los erizos, como en la política, donde las explicaciones totalizadoras, claras y coherentes son siempre más populares (si no me cree piense en la campaña de algún político exitoso); y otros, en los que los zorros han sido más numerosos, como en las artes y la literatura. Decía, asimismo, que en las ciencias eran más numerosos los erizos, porque una vez que los científicos encontraban su postura, esta se volvía una trinchera casi inamovible.

Berlin reconocía que por alguna misteriosa razón, sufrir y morir resultaba más fácil para los erizos, poseedores de una verdad universal, pero enaltecía la decisión de los zorros de renunciar a esa facilidad y preferir la sombra y el desorden, que se encontraban más en correspondencia con la realidad. A última cuenta, Berlin se reconoce a sí mismo como un zorro porque pensaba que era mucho mejor no fingir que se puede calcular lo incalculable y que era preferible estar consciente de que se comprende lo que sucede como en realidad se hace, a grandes rasgos. Es posible que así sea o no. Lo dejo a su consideración, no sin antes preguntarle ¿es usted un zorro o un erizo?