El credencialismo y la tiranía del mérito

Un tema que me llamó mucho la atención de La tiranía del mérito (2020), una obra de Michael J. Sandel que recién terminé de leer y de la que no hace mucho hice una síntesis/reseña (que por cierto pueden encontrar en mi feed de Instagram), es que menciona tajante y claramente que no existe una relación sólida y evidente entre la educación académica, es decir, entre la capacidad de los individuos para sacar buenas calificaciones (hacer tesis y todo ese tipo de cosas que hacemos los que estudiamos carreras y posgrados), y la capacidad para desempeñarse en un puesto de responsabilidad en una democracia; piense en cualquier representante o servidor público: presidentes, diputados, senadores, secretarios, directores, etc.

Sorprende mucho más de lo normal esta idea por su origen, porque el argumento no lo expone alguien sin estudios, como podría pensarse, sino que lo hace precisamente un académico de Harvard; algo ciertamente paradójico…

Sandel defiende la idea de que una mayor representatividad de clases en los gobiernos democráticos mejoraría las dinámicas de los Estados y aminoraría las respuestas sociales extremas que hoy crecen cual espuma en el mundo, como el populismo y el nacionalismo, y que se explican al menos en parte, de acuerdo al autor, por el desempoderamiento progresivo del que las clases trabajadoras sin estudios profesionales han sido objeto durante las últimas décadas.

¿Cómo han sido desplazadas las clases trabajadoras de la participación democrática? A través de la reciente y exagerada importancia que se le ha asignado a las credenciales educativas (licenciaturas, especialidades, maestrías y doctorados) para gobernar o ser parte del gobierno. Un mito que, estima Sandel, no solamente ha sido y está siendo propagado por aquellos que han invertido una importante cantidad de tiempo y dinero en la adquisición de credenciales profesionales, sino también por la misma gente sin estudios, que de alguna forma ha cedido casi completamente a la idea.

Por ejemplo, hace tan solo seis décadas en Estados Unidos una cuarta parte de los senadores y de los representantes de la Cámara habían sido elegidos pese a no tener carrera universitaria, pero a comienzos del nuevo milenio un 95 por ciento de los miembros de la Cámara de Representantes y el cien por ciento de los senadores eran graduados universitarios.

Para Sandel (y otros como Thomas Frank) la idea de que la educación es la solución a todos los males, tan recurrida en México por los actores políticos y por servidores públicos de todos los partidos, es por una parte irresponsable y por la otra estúpida, porque le dice a la gente que problemas tan complejos como la desigualdad son fallos enteramente suyos; y no del sistema. Evade responsabilidades, culpa al individuo y nubla las acciones que podrían contribuir a mejorar el panorama, como la disgregación de las grandes concentraciones de poder económico o el fomento en las sociedades de un sentido más agudo del bien común.

Para respaldar su postura, Sandel compara los gobiernos americanos de John F. Kennedy y Obama, integrados en mayor medida por funcionarios procedentes de las universidades más importantes del mundo (Harvard, Oxford, Yale, etc.), que resultaron ser un desastre (el primero de ellos condujo a Estados Unidos hacia el sinsentido de la guerra de Vietnam y el segundo rescató a los banqueros de Wall Street), con aquellos que se integraron en formas más representativas y menos tecnocráticas, como los gobiernos de Harry Truman y Franklin D. Roosevelt, que lograron avances importantes en términos sociales.

Señala por ejemplo que en el Reino Unido menos del uno por ciento de la población estudia o ha estudiado en Oxford o Cambridge y pese a ello una parte desproporcionada de esa élite ocupa los puestos de gobierno. Dos tercios de los ministros del gabinete de Boris Johnson (en 2019) estudió en institutos privados y la mitad de ellos eran graduados de Oxford o Cambridge. En resumen: los pocos gobiernan a los muchos; los ricos gobiernan a los pobres; los que tienen credenciales gobiernan a los que no tienen credenciales.

Destaca y argumenta que, en vista de los resultados, es evidente que convertir los parlamentos y los congresos en ámbitos casi exclusivos de las clases “acreditadas” no ha servido, como a menudo se piensa y quiere creer, para volver a los países más eficaces, sino solo para volverlos menos representativos y con ello más problemáticos y polarizados.

Pregunta: si queremos que sean ingenieros cualificados los que diseñen puentes y carreteras y que sea un médico especialista el que nos opere de una apendicitis, ¿no nos conviene que nuestros representantes democráticos hayan ido a las mejores universidades o tengan los más altos títulos y honores? Y responde: no necesariamente, porque gobernar requiere de sabiduría práctica y virtud cívica, de las aptitudes necesarias para deliberar sobre el bien común y tratar de hacerlo realidad; y de hecho ninguna de esas capacidades se fomenta particularmente bien en la mayoría de las universidades actuales, ni siquiera en las de mayor renombre.

En una época en la que el sexismo y el racismo están por supuesto mal vistos, el credencialismo se erige como el último de los prejuicios aceptables, nos dice Sandel. El credencialismo resulta al menos igual de nocivo para la democracia que el sexismo y el racismo porque desplaza y desempodera en la misma forma a la mayoría de las personas (a las que no tienen títulos). Por ello, ahora que estamos en campañas políticas, quizás sería bueno dejarse llevar menos por las credenciales educativas y más por el origen y la identificación de clase de los candidatos, a fin de que los espacios de poder sean cada vez más representativos. Puede ser un paso adelante. A su consideración, por supuesto.

Referencia:

SANDEL, M. (2020). La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? Ciudad de México: Debate

Experimentos de conformidad. Los humanos pensamos colectivamente

En un famoso experimento, el psicólogo estadounidense Solomon Asch demostró que los humanos nos vemos influidos en una medida alucinante por la opinión de los que nos rodean; incluso al punto enfermizo en que podemos llegar a no tomar en cuenta los hechos y la realidad. Asch mostró a un grupo considerable de individuos tres líneas en una tarjeta y les preguntó cuál era más larga. En la sala de investigación, todos eran colaboradores del psicólogo, menos uno: el sujeto estudiado. Este, lógicamente, no tenía conocimiento de esta circunstancia.

La respuesta correcta de la disyuntiva era evidente, no obstante, se les había pedido a los colaboradores que respondieran uno a uno erróneamente, a fin de observar cuál era la reacción del sujeto de prueba. En todas las ocasiones, el sujeto daba la misma respuesta equivocada del grupo. Se dejaba llevar por la corriente e incluso en ocasiones aseguraba haber percibido las cosas tal como las decían los demás.

A estos estudios se los conoce como los experimentos de conformidad. Se han replicado varias veces y han arrojado una y otra vez los mismos resultados. En función de estos se ha estimado que en términos generales esta conducta se debe a nuestra condición biológica de animales sociales, que conlleva una ansia de pertenencia de grupo.

Como lo sugiere el experimento, esta ansia nos resulta de manera natural más intensa que la búsqueda de la verdad o la percepción de la realidad. Es parte de un mecanismo con un gran valor de supervivencia relacionado con el aprendizaje social. En las especies sociales, por ejemplo, las crías que siguen la conducta de sus madres y pares en cuanto a qué comer y qué evitar tienen más probabilidades de sobrevivir, en comparación con las que se aventuran a descubrirlo todo por sí mismas.

Ahora bien, ciertamente esta inclinación hacia el pensamiento de grupo sigue ahorrándonos en estos momentos problemas y energías, pero también es un hecho que resultará prudente considerar que no siempre los modelos y los grupos en los que nos desenvolvemos tendrán la razón. Es imposible. La sabiduría cultural, tradicional o familiar puede, eventualmente, estar equivocada o incluso ser superada por nuevas formas de conocimiento, y por ello debemos estar atentos a cuando las fuerzas de la conformidad entren en juego en nuestros cerebros y nublen nuestros juicios.

Para nuestra suerte no todas son malas noticias, Solomon Asch también descubrió que una sola voz discordante puede cambiar todo el panorama. Cuando una sola persona se ciñe a la verdad, abre la puerta entera al cambio. En este escenario, los sujetos de prueba confían mucho más en la información que les brindan sus sentidos y se muestran más dispuestos a defender su punto de vista.

En términos bastante reales y objetivos, los humanos somos, más que individuos, sujetos colectivos. Para bien y para mal.

Antropología de las redes sociales. ¿Cuántos «likes» recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

Desde hace algunos días he invertido algunos momentos de reflexión para equiparar y comparar las dinámicas de las redes sociales con las del mundo real, acaso porque estas últimas son parte de mi formación. Y bueno, el caso es que me he percatado de que, aunque a menudo se diga lo contrario, la verdad es que son muy similares. En las estructuras de ambos mundos se reflejan los mismos procesos: tanto hay estructuras de poder y jerarquías en la vida real como en Facebook, y tanto hay tendencias a la reciprocidad en la familia y en la sociedad como en Instagram y Twitter.

En cierto modo, las redes sociales funcionan como el programa virtual de Saint Junipero, en la famosa serie Black Mirror. Se desarrollan, a pesar de las pretensiones, como llanas extensiones de la vida física y material. Es verdad que las dos esferas tienen sus diferencias, porque evidentemente no andamos por la calle con un letrero que comunique nuestro puntaje, popularidad y jerarquía social o que señale cuántos amigos tenemos (como en otro episodio de Black Mirror: Nosedive), pero tales divergencias son superficiales. En lo general, lo que aplica a la vida real, aplica también en la esfera virtual porque tanto en una como en la otra los actores son los mismos: humanos.

Como saben, nuestra conducta no es del todo extraordinaria; tiene su fundamento en el comportamiento animal, sobre todo mamífero y primate. La gran mayoría de las cosas que hacemos en nuestras sociedades las hacen también otros animales, y casi todas ellas encuentran sentido en las necesidades básicas que compartimos con ellos.

Aunque estamos acostumbrados a vernos a nosotros mismos como el pináculo de la creación, lo cierto es que no somos tan especiales. Tan solo considere, como ejemplos, que los chimpancés hacen herramientas, las gallinas son jerárquicas, las ratas son empáticas, los topillos de la pradera son monógamos, las hormigas cooperan con cientos de individuos y las abejas se comunican eficazmente entre ellas. Considere también que incluso las bacterias y los tardígrados se alimentan y reproducen.

Las jerarquías, el rango, la reciprocidad, la cooperación y las luchas de poder, propias de muchos animales, no son otra cosa sino estrategias que la selección natural ha favorecido y mantenido por su capacidad para organizar efectivamente a los grupos en torno al acceso a la reproducción y alimentación; con efecto en la mejora de las oportunidades de supervivencia colectiva. Dichas dinámicas, queramos o no, se encuentran en nuestras disposiciones porque son parte de nuestra historia evolutiva.

Aunque nuestra plasticidad cultural, nuestra adaptabilidad biológica y nuestra capacidad inmensa para cooperar con extraños, han permitido solapar hasta cierto punto las fuerzas de supervivencia y reproducción, y las dinámicas de poder, rango y jerarquía, la realidad es que sería ingenuo argumentar que estas ya no nos condicionan en absoluto. No nos pueden abandonar sencillamente porque son premisas fundamentales de nuestro tipo de vida y condición.

Es cierto que ahora, al amparo del poder que tienen las culturas para modelar nuestro comportamiento, podemos decidir conscientemente, por ejemplo, no tener hijos (como lo hacen los sacerdotes católicos, los monjes budistas y muchas personas más). Pero no hemos llegado al punto en que podamos reprimir por completo nuestro impulso y medio primario de reproducción: el sexo, cuyas fuerzas encuentran expresión y salida de innumerables maneras; incluso simbólicas e involuntarias.

Entonces, como en la vida real, en las comunidades virtuales se pueden observar relaciones jerárquicas, machos y hembras alfas, negociaciones de rango, comunidades cooperativas y ansiosas luchas de poder. Si estamos atentos, en las redes sociales podemos observar al poder puro en acción, como neta influencia, y a la reciprocidad, como un proceso social de intercambio de acciones, tanto positivas como negativas.

Si así lo deseara, estimado lector, usted mismo podría dilucidar sus dinámicas virtuales o las de alguien más, porque los indicadores en estas esferas son más evidentes que en la realidad. Por ejemplo, desde esta óptica, si quisiéramos darnos una idea de qué tanto poder (influencia) ostenta alguien en alguna red social o comunidad virtual, bastaría con distinguir sus interacciones derivadas de la reciprocidad, de aquellas derivadas de la influencia.

Aunque la reciprocidad conlleva también relaciones de poder, en este rubro tiene sus límites. En primates como nosotros, chimpancés y bonóbos, las relaciones que se fundan en la reciprocidad no pueden sobrepasar más o menos los ciento cincuenta individuos, básicamente porque somos incapaces biológicamente de conocer en forma íntima a una mayor cantidad de sujetos. Pasado ese límite, prácticamente todo lo recibido en forma de interacción virtual, likes y followers por ejemplo, se derivará exclusivamente de una relación unidireccional de poder, de influencia, que ciertamente puede deberse a múltiples factores: admiración, capacitación, entretenimiento, interés o cualquier otro relacionado con la utilidad y relevancia de la imagen, el servicio o el contenido que se proporcione.

Ahora bien, es cierto que no todo mundo está interesado en fomentar relaciones de poder o influencia en las redes sociales. De hecho, hay muchas personas que limitan sus interacciones de manera voluntaria y consciente a su esfera de reciprocidad, pero también es verdad que cada día son más y más los individuos que abren sus redes al mundo entero. Si ese es su caso particular, entonces déjeme preguntarle: ¿cuántos likes recibe usted por reciprocidad y cuántos por poder?

¿Qué tenemos en común con las gallinas?

A principios del siglo XX, un niño noruego de diez años al que le fascinaban las gallinas comenzó a tomar detalladas notas sobre la conducta de estas aves. Luego de varios años de observación y estudio, Thorleif Schjelderup-Ebbe descubrió que el comportamiento de las gallinas respondía a ciertos patrones. Con base en el análisis del orden mediante el que estos animales picoteaban su alimento, Thorleif cayó en la cuenta de que estaban organizados a partir de una estructura jerárquica en la que sin duda habían individuos dominantes e individuos dominados.

Cuando creció, Thorleif vertió sus observaciones en su tesis doctoral y se hizo relativamente famoso en el círculo de los estudios animales. Su descubrimiento se conoce comúnmente como el “orden de picoteo” y se utiliza a menudo para señalar, con cierta gracia (y para molestia de muchos egocéntricos y “especiocéntricos”), que pese a que los humanos somos seres muy sofisticados, compartimos algo incluso con las gallinas.

Los humanos, como las gallinas (y muchos animales más), somos seres jerárquicos y estamos modelados por la evolución y la selección natural para vivir y desenvolvernos en las sociedades al amparo del rango y la jerarquía. Lo hacemos no solo en forma consciente, por medio de nuestra ropa, joyas, relojes, teléfonos, autos, casas, etc., sino también inconsciente, a través de nuestro tono de voz y de nuestras posturas y gestos corporales. Con estas señales comunicamos nuestros rangos y percibimos los de los demás.

Por ejemplo, cuando hablamos por teléfono, tendemos a modular nuestra voz y a ajustarla en un tono más agudo si es que hablamos con alguien que ocupa una jerarquía más alta que la propia. ¿Se han escuchado a ustedes mismos hablar por teléfono con diferentes personas? Probablemente hacer esto les resultaría interesante porque con frecuencia no estamos conscientes de los rangos que ocupamos en los diferentes grupos y relaciones.

Los humanos no solo somos sensibles a las jerarquías, y a la comunicación de rango, sino que, para lamento de muchos idealistas y soñadores, sencillamente no podríamos vivir sin ellas porque la armonía de grupo requiere estabilidad y esta última depende toda vez, en nuestro caso, de un orden bien establecido y reconocido. La clarificación de las jerarquías es esencial para alcanzar colaboraciones efectivas en las sociedades y por ello es que las empresas humanas mejor organizadas, como los grandes consorcios (ej. Starbucks), la milicia y los gobiernos, tienen las estructuras jerárquicas mejor definidas.

Una paradoja respecto a lo anterior es que aunque las posiciones dentro de una jerarquía a menudo nacen de la lucha, la estructura jerárquica misma, una vez establecida, elimina la necesidad de más conflicto. Pero no para siempre, porque en la medida en que los individuos van envejeciendo y muriendo, las jerarquías se vuelven inestables, lo que propicia nuevos escenarios de lucha, oportunidades y cambios.

¿Esto quiere decir que no nos queda de otra más que aceptar las jerarquías y las desigualdades que estas conllevan, sencillamente porque son inherentes a nuestra naturaleza? No del todo. Es cierto que son parte indiscutible de nuestra naturaleza (y la de las gallinas), pero también es verdad que en nuestras sociedades las hemos llevado a niveles extremos e inéditos. Con nuestras mega sociedades, de millones y millones de individuos, y nuestras mega ciudades y sistemas económicos, hemos creado mega jerarquías y en consecuencia mega desigualdades. Pero no forzosamente tiene que ser así. El genio humano es tal que bien podríamos utilizarlo para crear y aplicar mejores mecanismos amortiguadores de estas tendencias. Ciertamente esa es la tarea en el siglo XXI.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2005). El mono que llevamos dentro. Barcelona, España: Tusquets editores S.A.

¿Podemos deshacernos del poder y la jerarquía?

En otras ocasiones he compartido con ustedes colaboraciones que llevan en el título la palabra «poder», o que al menos la mencionan en el contenido. “El poder del chisme” y “El poder de la creencia” son dos de ellas pero, aunque a menudo en la cotidianidad de la vida solemos hablar de poder sin mucho empacho, vale la pena aclararse y/o preguntarse qué es esa cosa.

Aunque hay muchos autores cuyo objeto de trabajo es el poder, para mi gusto el francés Michel Foucault aborda esta temática con una mayor amplitud y claridad. Para Foucault, el poder está en todas partes; no solo en la política o en las estructuras clara y evidentemente jerárquicas como escuelas, empresas, milicia o gobierno, sino también en las relaciones de pareja, los grupos de amigos y las familias.

Desde la visión de este filósofo, en toda relación social hay dinámicas de poder porque el poder no es otra cosa que «influencia». En términos simples y concretos, aquel que influye en los demás tiene poder. Si un jefe de línea en una fábrica le ordena a un empleado que haga algo, está ejerciendo un tipo de poder sobre aquel, pero lo mismo sucede cuando un padre le prohíbe hacerse un tatuaje a su hijo o cuando un artista o un «influencer» nos induce, a través de las redes sociales, a comprar cierta marca de calzoncillos. Entonces, si alguien influye en nosotros, tiene poder y si nosotros influimos en alguien, también lo tenemos.

Ahora bien, no debemos confundir poder y autoridad; no son lo mismo. Aunque tienen semejanzas y a veces coinciden en una sola persona, no son de la misma naturaleza. La autoridad es una atribución institucional que se deriva de una relación jerárquica establecida formalmente, por ejemplo, mediante un documento, nombramiento, ley, organigrama o estructura empresarial. Y el poder, a diferencia de la autoridad, no se puede ceder formalmente, atribuir o traspasar; solo se puede conseguir, reconocer y generar.

El poder pues no es en todo caso autoridad y la autoridad no siempre detenta poder. ¿Quién no ha sido testigo de secretarias o auxiliares con bajos rangos de autoridad que detentan un gran poder (influencia) en una organización y de jefes que por más autoridad formal que tengan no consiguen influir (sin mandar) en sus colaboradores?

El poder es pues parte inherente de nosotros; de nuestras vidas cotidianas. No podemos negarlo, ni aniquilarlo de un plumazo. La naturaleza nos ha modelado como animales jerárquicos y por ello sintonizamos y respiramos jerarquías, incluso de forma inconsciente. Aunque en las mega ciudades que hemos formado a menudo existen jerarquías y desigualdades terribles, las primeras no en todo caso son malas. De hecho, cuando estamos conformes con ellas, nos tranquilizan y nos permiten cooperar de forma extraordinaria. Este es uno de los muchos aspectos que compartimos con otros animales como gallinas, elefantes, chimpancés y ranas; pero, a diferencia de estos, nosotros hemos diversificado y llevado nuestras jerarquías a otros niveles de complejidad.

Los humanos, al mismo tiempo que pertenecemos a una familia, con frecuencia formamos parte de un ambiente laboral, una sociedad, una nación, un equipo de futbol, un club de lectura, un grupo de excompañeros y hasta de varios grupos de Facebook. Y en todos estos conjuntos podemos ocupar posiciones distintas. Podemos ser alfas en unos y sotaneros en otros. Podría darse el caso de que ocupemos el número uno en la familia, el cinco en el club de lectura, el siete en el trabajo, el diez con los excompañeros y el número treinta millones en la sociedad, por ejemplo.

Lo anterior tiene varias aristas de interés, pero una particularmente llamativa se deriva del hecho de que los humanos tendemos a valorar más aquellos grupos o relaciones en las que nuestras posiciones son mejores (a veces inconscientemente) y eso puede llegar a influir directamente en las prioridades de vida que tenemos y ponerlas de cabeza.

Entonces, dos cosas. La primera: si usted se siente incómodo con alguna persona o en algún grupo en particular, es probable que se deba a que la jerarquía no esté muy bien definida en esa esfera. La segunda: si usted está pasando más tiempo en Facebook, en el trabajo o con los amigos del futbol, en comparación con la familia, los amigos cercanos o su pareja, a lo mejor valdría la pena preguntarse si esto no tiene que ver con el rango particular que se encuentra ocupando en estas dinámicas.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología,

licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

FOUCAULT, M. (2013). (orig. 1994). El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida. Trad. Horacio Pons. México: Siglo XXI.

El trabajo NO todo lo vence

El descuido y desparpajo con el que, en recientes fechas, un diputado de Nuevo León trató de construir una historia de lucha, esfuerzo y mérito alrededor de su experiencia de vida rodeada de facilidades, permitió que se arrojara luz directa sobre uno de los temas que desde hace algunas semanas he venido señalando en esta columna: que no vivimos, ni de cerca, en sociedades meritocráticas, y que nuestras realidades todavía dependen en gran medida de nuestros contextos e historias particulares.

Con sus salvedades, en nuestro querido México, lo más probable es que si nuestro progenitor es o fue albañil, nosotros también lo seamos; si fue maestro, que nos convirtamos en maestros y si fue un empresario que manejaba millones de dólares en la Bolsa de Valores, que también sigamos los mismos pasos (o algunos medianamente equivalentes). Así lo han sugerido sociólogos como Pierre Bourdieu y J.C. Passeron (2018), así como una importante cantidad de datos duros como aquellos que se derivan del Índice de Movilidad Social, que soporta, entre otras cosas, que en nuestro país, uno de cada dos mexicanos que nace en la pobreza, se queda en la pobreza toda su vida, y que por lo tanto el nivel socioeconómico del hogar donde se nace determina en buena medida el nivel futuro de la vida, independientemente del esfuerzo (Delajara et.al., 2018). 

¿Usted podría creer que alguien como el citado diputado de Nuevo León, con esa cultura y con esa reducida sensibilidad social, podría haber llegado adonde lo ha hecho solo por sus capacidades propias? Por lo burdo y superficial de su tentativa, que ocasionó justo el efecto contrario de lo que pretendía, lo dudo. Pero, es necesario matizar esta visión para ampliarla y que resulte útil más allá de alimentar memes e inspirar reflexiones parcas como esta. La realidad es que con frecuencia estos actos sí funcionan y los aceptamos casi automáticamente. Abundan en nuestras sociedades aquellos que se manejan bajo la bandera del esfuerzo (mucho más en campañas políticas), y en realidad deben su éxito o posición casi por entero al entorno del cual provienen.

Prácticamente todos deseamos que nuestros logros se valoren más en función de nuestras capacidades y esfuerzos, y menos en función de nuestras facilidades y contextos, y lamentablemente eso nos hace susceptibles de aceptar sin mucho empacho dicha perspectiva en otros individuos; pero ni los ricos son ricos solo por sus capacidades, ni los pobres son pobres porque no trabajen o no deseen ser ricos.

El caso del citado diputado es relevante pues, no solo porque deja en ridículo a este personaje que aspira a la candidatura a gobernador de su estado, lo que resulta positivo a sabiendas de la poca sensibilidad y percepción que tiene sobre la realidad del país, sino también, y principalmente, porque refleja y pone en la mira de muchos una idea que se debe combatir, ahora más que nunca.

Un pensamiento que lastimosamente se encuentra encallado en la mente de una gran cantidad de personas; no solo de aquellos, como el diputado, que pertenecen a las clases altas, sino también de individuos de clases medias y bajas que, a menudo sin quererlo, legitiman y aceptan las extremas diferencias sociales como precio pagado por la necesidad de sentir que sus logros personales son también solo propios. Este pensamiento se encuentra paradójica y sorpresivamente implícito en una frase que es bastante importante y simbólica para los zacatecanos: Labor Vincit Omnia (el trabajo todo lo vence).

Y bueno, aunque se entiende completamente el sentido y la utilidad de pensar y fomentar esta idea, a fin de alentar la esperanza, construir una necesaria cultura de trabajo y combatir la apatía y depresión asociadas a los niveles de existencia más penosos, la verdad es que si nos atenemos a la realidad y deseamos ser más objetivos y menos románticos, habrá que aceptar que, al menos en estos momentos (y para la mayoría de los mexicanos), el trabajo NO todo lo vence. Reconocerlo bien puede ser el inicio de cambios que tiendan hacia el sentido opuesto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo con especialidad en arqueología, licenciado en derecho y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo

BOURDIEU, P. y Passeron, J.C. (2018). La reproducción. Argentina: Siglo Veintiuno Editores

DELAJARA, M.; De la Torre, R.; Díaz-Infante, E. y Vélez, R. (2018). El México del 2018. Movilidad social para el bienestar. México: Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY)

Ratas ricas y pobres ¿por qué el éxito no solo depende del esfuerzo y la capacidad?

Humanos y ratas compartimos el 90% de material genético. Esto no quiere decir, como se suele señalar ante este tipo de datos, que los humanos provengamos de las ratas. No. Quiere decir que humanos y ratas tenemos un antepasado en común. Según algunas estimaciones, de hace aproximadamente 75 millones de años.

Las similitudes genéticas que los humanos tenemos con las ratas (Rattus norvegicus) son tan importantes que este animal aún se utiliza con frecuencia en laboratorios, para probar y desarrollar nuevos fármacos y para descifrar algunas particularidades biológicas humanas, como los genes que se asocian a ciertas enfermedades o trastornos del comportamiento.

Asentado lo anterior, quiero compartir con ustedes un experimento realizado hace algún tiempo con estos estigmatizados animales. Uno que me parece impresionante y relevante por las implicaciones que tiene para los sistemas sociales humanos porque va en contra de la falsa creencia, publicitada a menudo por «influencers», libros de autoayuda y «coaches» improvisados, de que el éxito depende únicamente de la actitud ante la vida y del trabajo arduo (no es que estos no sean importantes, por supuesto que lo son, pero no son el único factor).

El experimento se conoce comúnmente como el estudio de las ratas «ricas» y «pobres» y fue liderado, a mediados del siglo pasado, por Marian Diamond, una científica estadounidense pionera en el campo de la neurociencia. El estudio demuestra el sensible e indiscutible impacto que tiene la experiencia sobre el desarrollo del cerebro y sobre las capacidades de los individuos.

En resumen, Diamond y su equipo aislaron a dos grupos de ratas en espacios diferenciados. A uno lo colocaron en jaulas provistas de entretenimiento, aparentemente sin carencia alguna (ratas ricas), y a otro, lo aislaron en un espacio con notables privaciones, sin estímulos como escaleras y norias (ratas pobres). De acuerdo a los investigadores, al cabo de unos meses, las ratas del primer grupo desarrollaron conexiones cerebrales más complejas e incluso cerebros más grandes y pesados.

En las pruebas de desempeño, las «ratas ricas» sobrepasaron con un amplio margen a las «ratas pobres» (por ejemplo, en la resolución de laberintos), por lo que se estimó que las diferencias no estaban relacionadas únicamente con el tamaño, sino también con la capacidad. Vale señalar, antes de continuar, que los resultados de este experimento son estadísticos y en ese sentido deben interpretarse, es decir, como tendencias, con sus excepciones y bemoles.

Obviamente, como intuirá el lector, este tipo de experimentos no se pueden realizar o replicar en humanos (por cuestiones éticas), pero no sería descabellado esperar los mismos resultados en nuestra especie, si consideramos que se han desarrollado también estudios similares con primates, que muestran el desarrollo de las mismas diferencias cuando se les somete a experiencias «pobres» y «ricas».

Ahora bien, lo anterior no quiere decir que si usted tuvo una infancia complicada esté destinado a ser en todo caso menos inteligente que los más afortunados. No. Por supuesto que no. Aunque sí coloca el acento en un tema trascendental: que no todos comenzamos la carrera desde el mismo lugar; y destaca además algo significativo: que los espacios, las vivencias y el ambiente en su dimensión más amplia (todo aquello que nos rodea), pueden derivar en diferencias incluso a nivel biológico e intelectual.

Es importante que estemos más conscientes de esta realidad a fin de ir acortando estas brechas en nuestras sociedades por medios políticos. Y también porque, aunque a todos nos encanta pensar que nuestros logros tienen causa única en el esfuerzo y las capacidades propias, bien haríamos en considerar que en buena medida responden a nuestras circunstancias y no juzgar las realidades de los demás sin entender a profundidad sus contextos.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo, abogado y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

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Referencias de apoyo:

Diamond, M; Law, F; Rhodes, H; Lindner, B; Rosenzweig, M; Krech, D y Bennett, E. (1966). Increases in cortical depth and glia numbers in rats subjected to enriched environment. J Comp Neurol 128:117-126

Diamond, M. (1988). Enriching heredity. The impact of the environment on the anatomy of the brain. New York: The Free Press.

Aguirre, M. (2004, 1 abril). La rata de alcantarilla sólo se diferencia del ser humano en un 10% de sus genes. ABC SANIDAD. https://www.abc.es/salud/sanidad/abci-rata-alcantarilla-solo-diferencia-humano-10por-ciento-genes-200404010300-962743608250_noticia.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

No son pocas las formas en las que el pasado puede equipararse al presente de manera útil. Tampoco aquellas en las que se toma como referencia al mundo animal para explicar situaciones humanas cotidianas. Varios investigadores afirman, con atino, que pese a los cambios vertiginosos en nuestras formas de vida, los humanos seguimos haciendo lo mismo que nuestros antepasados hacían hace miles y miles de años. Seguimos, en esencia, luchando por mejorar nuestro rango y papel en los grupos en los que participamos (desde los familiares, los laborales, hasta los de entretenimiento) y buscando maximizar nuestra representatividad genética en las siguientes generaciones (entre otras cosas más).

Cuando un chimpancé de bajo rango pretende mejorar su estatus en su tropa, o incluso convertirse en el macho alfa, empieza por conformar alianzas, utiliza la fuerza con inteligencia, realiza algunos regalos aquí y allá, disimula sus intereses, juega con uno que otro infante y eventualmente desafía a los individuos indicados. Y si nos atenemos a autores como Maquiavelo, Sun Tzu y otros más recientes, como Robert Greene y Frans de Waal, básicamente eso también es lo que hay que hacer para ascender en comunidades humanas complejas como empresas, equipos de futbol, partidos políticos u oficinas de burócratas.

Ahora bien, esta vez quiero compartir con ustedes una de las equiparaciones que he mencionado de inicio. Una que bien puede otorgarnos pistas valiosas acerca de las mejores formas de solucionar o enfrentar algunos de nuestros problemas humanos; y que además refiere a dos elementos muy importantes para nuestra especie: la justicia y la reciprocidad.

Se ha documentado con frecuencia que los individuos de especies que suelen hacer caza cooperativa, como los monos capuchinos, los chimpancés, los humanos y otros, se resisten a enrolarse en las actividades de caza grupal si no se les asegura que la recompensa será proporcional a sus esfuerzos. No es que las jerarquías propias de estos animales se suspendan cuando van a cazar, pero ciertamente conviene a todos que cada uno de los participantes reciban una recompensa que vaya más o menos acorde a su colaboración.

Por ejemplo, imagínese que usted y su tropa de humanos primitivos acaban de cazar a un mamut en las grandes planicies norteñas de lo que hoy es el continente americano (hace 12,000 años aproximadamente). Usted ha arriesgado la vida, atinado varios lanzamientos de flecha e incluso recibido un fuerte golpe de ese lento pero impresionante animal de seis toneladas y más de cinco metros de alto; ha invertido varias horas de su tiempo y perdido algunos dientes en el camino, solo para ser excluido del botín a última cuenta. Con toda certeza, la próxima vez que le inviten a cazar los mismos compañeros se negará rotundamente (a menos que sea masoquista o algo tonto…, por no decir otra cosa).

Si esto después le sucede a otro y a otro individuo, podría llegar el momento en que sea imposible la cacería cooperativa en su tropa, porque dos o tres individuos no podrán cazar un mamut solos. Por eso, incluso al individuo más dominante le conviene que hasta el de más bajo rango obtenga su parte; de otro modo luego ni él podrá comer carne.

Obviamente ninguno de nosotros saldrá el día de mañana a cazar mamuts. No obstante, aunque no parezca tan evidente en principio, en la actualidad a diario tenemos que lidiar con situaciones similares en nuestra vida. Piénselo bien. Cuando colaboramos en el trabajo, en la familia, en el deporte, con los amigos o con la pareja, y hacemos nuestro máximo esfuerzo en una tarea que requiere labor de equipo, siempre esperamos nuestro «pedazo de mamut»; es algo inevitable. Ese pedazo de mamut hoy en día bien puede ser un simple gracias, un reconocimiento o incluso una cantidad monetaria. Puede ser muchas cosas, pero el tema principal es que no recibirlo es el meollo de muchos problemas y serias inconformidades en nuestras sociedades y grupos.

Está en nuestra naturaleza esperar SIEMPRE nuestro pedazo de mamut, básicamente porque así lo hicieron una y otra vez nuestros antepasados y eso contribuyó de manera decisiva a su supervivencia. Somos animales cooperativos, pero inevitablemente esperamos alguna retribución de nuestras participaciones. Por ello, si a usted le toca liderar «la cacería» y repartir «el mamut» (sea cual sea su naturaleza), asegúrese de dividirlo con la mayor justicia posible, porque si no lo hace, lo más seguro es que encuentre resistencia en la próxima «expedición». Por el contrario, si usted se encuentra de repente con la odiosa situación de no haber recibido su parte (lo que lamentablemente es muy frecuente en nuestros días), no se sienta culpable de sus sentimientos; sépase en todo su derecho de negarse a colaborar la próxima vez o incluso de increpar al líder y decirle: ¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Bibliografía

DE WAAL, F. (1998). Chimpanzee Politics. Power and sex among Apes. New York: The Johns Hopkins University Press.

COHEN, A. (2003). What the Monkeys Can Teach Humans About Making America Fairer. The New York Times.

Seguimos siendo cazadores–recolectores pero ahora en junglas de asfalto

Del tiempo que nuestra especie ha habitado la Tierra (alrededor de 200,000 años), más del 90% lo hemos hecho como animales relativamente insignificantes. Animales que no generaban mucho más impacto en su entorno del que producían otras especies como los leones o los chimpancés. Hace solo 12,000 años que descubrimos la agricultura (6% de nuestra historia), 8,000 años que establecimos las primeras ciudades (4%), 500 años que empezamos a utilizar combustibles fósiles ingentemente (0.25%), 100 años de utilizar la química para la elaboración de alimentos ultra procesados (0.05%) y 34 años de empezar a modificar genéticamente nuestros alimentos (0.017%). Sabemos más o menos los efectos que han tenido los primeros factores pero no sabemos casi nada de los últimos dos.

Durante aproximadamente el 94% de nuestra existencia, los sapiens fuimos cazadores recolectores, es decir, vivimos exclusivamente de lo que encontrábamos en nuestros entornos: plantas, raíces, nueces y animales. Pero ¿qué tiene esto de importancia?, si las cosas de todas formas siempre cambian. Si antes fuimos cazadores recolectores, hoy somos agricultores industriales, astronautas y oficinistas y ya está… ¿verdad? Pues no es tan fácil.

En el tiempo en el que los humanos hemos deambulado por el mundo, como cualquier otro animal, hemos estado sujetos a la evolución y a las fuerzas de la selección natural. Miles y miles de años de supervivencia y lucha, de caza y recolección, de vida y muerte, no han pasado en vano en nuestros cerebros y genes. Nuestros cuerpos se han ido moldeando y adaptando a las circunstancias que se nos han presentado. Conforme estas cambiaban, nosotros también cambiábamos, pero lentamente. Muy lentamente. ¿Cómo? Principalmente a través de una danse macabre (danza macabra) en la que mueren con mayor frecuencia (o antes de reproducirse) aquellos que resultan menos adaptados a las condiciones dominantes.

La evolución requiere tiempo y por lo general no poco sino mucho. Periodos de tiempo que nuestras mentes ni siquiera dimensionan muy bien. En circunstancias típicas se necesitan generaciones tras generaciones, milenios tras milenios, acaso millones y millones de años de danse macabre para que unos pocos caracteres prevalezcan sobre otros; para que se desarrollen o surjan nuevas adaptaciones o para que se generalicen mutaciones individuales.

Resulta ingenuo pensar que los 188,000 años que nuestros ancestros pasaron como cazadores recolectores, hayan desparecido en nosotros de un momento a otro. Harari, el famoso historiador israelí, precisa con claridad respecto a este asunto que nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora recolectora interactúa con nuestro ambiente post industrial y respalda así la idea de que no hemos dejado atrás por completo estas condiciones, básicamente porque no hemos tenido el tiempo suficiente para adaptarnos completamente a las circunstancias en las que ahora vivimos. En buena medida somos ahora cazadores en junglas de asfalto.

La existencia hoy en día de mega ciudades, del anonimato en la esfera de la comunidad, de estilos de vida más estáticos físicamente y de formas de alimentación menos variadas y más artificiales, contrastan seriamente con la vida de nuestros antepasados, que vivían en grupos pequeños, se conocían por completo unos a otros, recorrían alrededor de 15 kilómetros diarios y se alimentaban de una importante variedad de alimentos (frutas, plantas, tubérculos, insectos, huevos y presas cazadas o de carroña).

Ahora bien, esto no es una apología del pasado ni de los cazadores recolectores. De ninguna manera. Sabemos que nuestros antepasados con frecuencia morían a edades tempranas y en variadas ocasiones la pasaban muy mal. A pesar de lo que suele decirse en algunas esferas (de una manera romántica), los tiempos actuales son más ventajosos que los pasados, principalmente en cuestiones de salud, seguridad y acceso a la información, pero eso no quiere decir que sea inútil voltear a ver nuestra historia; particularmente nuestra historia evolutiva.

El meollo del asunto no es: ¡volvamos a ser cazadores recolectores!, sino reflexionar en torno a si algunos de nuestros problemas actuales, sociales e individuales, no se deben precisamente a que no estamos lo suficientemente conscientes de nuestro pasado y de lo que somos; de lo que son y necesitan nuestros cuerpo y mente: relaciones cercanas, movimiento constante y variedad alimentaria (entre otras cosas).

De cierto, ahora resulta inviable e ingenuo esperar que todas las personas que hay en el mundo (7.7 billones) se conozcan unas a otras. O pretender que cada individuo en la Tierra camine 15 kilómetros al día, buscando comida. No obstante, a partir de estas consideraciones bien podemos poner más atención en lo importante que resultan las relaciones interpersonales y cercanas para nuestra salud mental, lo relevante que resulta una dieta variada para nuestro cuerpo y lo trascendental de recorrer unos cuantos kilómetros a diario; no buscando comida por necesidad como hacían nuestros antepasados, sino a sabiendas de la relevancia técnica que tiene esto para el bienestar de nuestro cuerpo. De una forma o de otra, parece que nos conviene estar conscientes de que seguimos siendo cazadores recolectores y comenzar a satisfacer nuestras necesidades de cazador. ¿Usted lo hace?

Imagen de Nuria B. Tomada de Udare.es

Referencias de apoyo:

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

MORRIS, D. (2014). El zoo humano. México, D.F.: Penguin Random House.

MCCLUNG, E.; Acosta, G.; Terrazas, A. y Cid, A. (2015). La historia humana: del origen a nuestros días. México, D.F.: UNAM – SIGLO XXI.

SAPOLSKY, R. (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. New York: Penguin Press.

Coronavirus: una coyuntura crítica

Los humanos estamos enfrentando circunstancias inéditas en varios frentes. La globalización y las eficaces, y cada vez más accesibles, redes de comunicación mundial, permitieron que un virus surgido en una pequeña población de China, a finales del año pasado, se extendiera por todo el orbe en muy poco tiempo.

Como se esperaba, el coronavirus (SARS-CoV-2) no solo ha acabado con la vida de miles de personas y trastocado sistemas de salud enteros alrededor del mundo, ha sacudido también las relaciones sociales, desde las familiares hasta las culturales y desde las lúdicas hasta las laborales. Podemos estar seguros de que estas no regresarán a su estado anterior, incluso una vez que la enfermedad sea controlada o erradicada, pero no podemos estar tan seguros acerca de cómo será la nueva normalidad, particularmente en nuestro país, y de las transformaciones que acarreará.

Aunque esta pandemia cuenta con un componente único y sin referencia en el pasado: su alcance realmente global, la verdad es que eventos como este, que sacuden a las grupos sociales desde los cimientos, no son raros en la historia. Diversas epidemias han trastocado profundamente los equilibrios económicos y políticos de las sociedades humanas, por lo menos desde los tiempos de griegos y romanos. A causa de ello, se les ha considerado como un ejemplo clásico de coyuntura crítica.

Una coyuntura crítica, de acuerdo a los economistas Acemoglu y Robinson, es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que provocan o facilitan cambios de una manera vertiginosa en las sociedades, principalmente políticos y económicos, pero también culturales. Ciertamente, el cambio es una constante en la historia, pero estos eventos lo elevan cada tanto a su máxima potencia.

Es importante señalar que las coyunturas críticas, como la que estamos viviendo ahora mismo, no siempre provocan o facilitan mejoras o avances sociales. Son en realidad armas de doble filo porque también tienen la facultad de inducir giros negativos en las sociedades, principalmente en función de las libertades y desigualdades. Aunque con frecuencia puede parecernos que las cosas no pueden ir a peor, la historia nos ha mostrado que siempre se puede. Como señalaba el filósofo español José Ortega y Gasset: “Todo, todo es posible en la historia. Lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión”.

La famosa peste negra es un caso casi arquetípico de este tipo de coyunturas, para bien y para mal. Durante la década de 1330 en algún lugar de Asia, la bacteria Yersinia pestis, que habitaba en las pulgas pero era transportada por las ratas, comenzó a infectar humanos. En pocos años se extendió por Asia, Europa y el norte de África matando a su paso entre 75 y 200 millones de personas, es decir, alrededor de la cuarta parte de la población de Eurasia de aquel momento. Esta circunstancia provocó una enorme escasez de mano de obra que sacudió por completo los cimientos del orden feudal y animó a los campesinos, en muchos lugares, a exigir que cambiaran las cosas.

Como seguramente sucederá con el coronavirus, a última cuenta, la peste negra no afectó de la misma forma ni en la misma magnitud a todas las ciudades involucradas (ni a todos los sectores), debido a las pequeñas diferencias culturales y económicas que existían entre estas, y también a las políticas. En Inglaterra, aunque hubo serias resistencias por parte del Estado, los sueldos de los campesinos al final de la plaga aumentaron y la población logró conseguir mayores libertades. Por el contrario, en Europa oriental, aunque hubieron también demandas sociales, la peste creo un escenario determinante para que los terratenientes se adueñaran de mayores extensiones de tierra y ejercieran un mayor control sobre los campesinos, erosionando aún más las pequeñas libertades que tenían y generando más pobreza y desigualdad.

Ahora bien, aunque es imposible predecir el futuro, ante este panorama sí que resulta válido preguntarse (no sin pesar por las lamentables pérdidas humanas que la pandemia ha traído y todavía traerá consigo): ¿qué tipo de coyuntura crítica será ultimadamente el coronavirus en México? ¿Será una que contribuya a mejorar un tanto los sistemas de salud y bienestar, reducir las desigualdades estructurales y empoderar más a la población?, o ¿será una que favorezca todavía mayores índices de desigualdad, menores contrapesos en el gobierno, mayor autoritarismo y menores libertades de las personas? No lo sabemos, y lo que vaya sucediendo en otros países no nos asegura el mismo destino. Lo que sí sabemos es que en esta dinámica será muy importante el nivel de involucramiento social y la claridad con que las personas vayan percibiendo lo que está sucediendo allá afuera, por debajo de la demagogia inherente a toda corriente política.

De cierto, tal claridad no puede surgir de visiones exageradamente parciales y unilaterales, sean de izquierda o de derecha. Será necesario que de vez en cuando nos desafiemos a nosotros mismos y le hagamos algún contrapeso a nuestras disposiciones e intereses personales, leyendo y considerando aquello que nos incomoda y que con frecuencia rechazamos de manera automática porque no respalda nuestros juicios o alimenta nuestros prejuicios.

Sin duda tenemos en el horizonte mucho que perder, pero también mucho que ganar. Debemos estar atentos.

Bibliografía:

ACEMOGLU, D. y Robinson, J. (2013) (orig. 2012). Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Ciudad de México: Crítica.

ORTEGA Y GASSET, J. (s/f). Meditaciones del Quijote. ¿Qué es filosofía? La Rebelión de las masas. Madrid: Gredos.