El poder de la creencia; para bien y para mal

Casi al final del intrincado y extraordinario filme de Inception (El Origen, en español), del director de cine Christopher Nolan, el personaje principal, interpretado por Leonardo Di Caprio, dice: «Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La semilla más pequeña de una idea puede crecer. Puede crecer hasta definirte o destruirte…».

Este magnífico trabajo cuenta con unos efectos especiales impresionantes y su trama, aunque resulta algo confusa al principio, es muy entretenida (si el lector no ha tenido la oportunidad de verla, obviamente se la recomiendo; es un filme de 2010). Pero lo que quiero destacar en esta ocasión, no son las cuestiones técnicas o visuales de esta obra, sino su argumento principal, que está construido sobre la frase ya citada. En dicha oración, de una manera sutil y elegante, casi imperceptible, el director nos hace una advertencia: cuidado con lo que piensas.

Lo que piensas puede edificarte, puede contribuir a tu crecimiento personal o profesional, pero también puede estancarte o incluso matarte: es un arma de dos filos. Este es un tema que por supuesto no es nuevo; es filosofía milenaria. Ya decía Marco Aurelio, hace casi dos mil años en tiempos del Imperio Romano: «tu alma o sea tu mente, será del mismo modo que las cosas en que pienses frecuentemente, ni más ni menos, puesto que el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos».

Ahora bien, antes de continuar, una advertencia necesaria. Este tipo de consideraciones suelen malentenderse y sobredimensionarse. Suelen llevarse a los extremos y desde ahí desvirtuarse. Trataré de explicar esto con brevedad: aunque los pensamientos son muy importantes para construir realidades, no son el único factor. No debemos confundirnos. Existen varios factores más, en lo general políticos, sociales, biológicos y culturales. Es importante tener esto en cuenta, entre otras cosas para prevenir grandes decepciones y evitar caer en ingenuidades.

Por supuesto que si deseamos un coche, una casa, ganar más dinero o aprender a hacer algo nuevo, en principio tendremos que pensar en ello y tenerlo en cuenta una y otra vez, con ánimo positivo, pero eso no será suficiente para que el universo… mmm, ¿cómo se dice?, confabule a nuestro favor. No; no nos engañemos. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que no importe. Ojo. La actitud siempre importa. Hay una frase que puede ayudarnos a entender esto de una forma menos fantasiosa y también menos cerrada: el pensamiento es, a menudo, una condición necesaria pero no suficiente.

Dicho esto, quiero compartir con ustedes un ejemplo de cómo es que los pensamientos pueden tener gran poder en nosotros y en nuestras vidas, como sugiere Nolan en Inception y Marco Aurelio en sus Meditaciones. Hace algún tiempo, Wade Davis (etnobotánico) y Regis DeSilva (cardiólogo), investigadores de la Universidad de Harvard, revisaron numerosos casos de muerte y enfermedad por vudúy brujería, que fueron documentados por antropólogos en diversas culturas tradicionales. Encontraron, entre otras cosas, que con frecuencia las “maldiciones” o “embrujos” funcionaban básicamente por una cuestión psicológica, que a última cuenta derivaba en padecimientos reales y a veces en la muerte.

Aparentemente, la mayoría de las veces la preocupación de haber sido “embrujado” (porque se procura que el sujeto esté enterado), se vuelve tan crónica que el sistema simpático nervioso del individuo se descontrola y ocasiona una grave vasoconstricción sanguínea que puede causar una fatal caída de la presión sanguínea. En resumen, Davis y DeSilva sugieren que la mayoría de los casos de muerte por brujería o vudú no son otra cosa sino versiones extremas de infartos ocasionados, más que por el chamán o la bruja, por el mismo sujeto. Por su creencia.

A partir del estudio mencionado, se puede concluir que si la creencia puede curar (hay muchos casos documentados en este sentido), entonces…, también puede matar. Evidentemente pues, la fe (la creencia) tiene un polo positivo y otro negativo; un lado blanco y un lado oscuro. Y por ello, aunque debe reconocerse que no es fácil, parece que nos conviene de vez en cuando analizar nuestros pensamientos más frecuentes y nuestras creencias. Lo bueno es que podemos decidir lo que creemos estimado lector… ¿o no?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

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Referencias de apoyo:

AURELIO, M. (2016). Meditaciones. México: Editores Mexicanos Unidos S.A.

DAVIS, W., y DeSilva, R. (s/f). Psychophysiological death: a cross-cultural and medical appraisal of voodoo death, en Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Third Edition: New York.

¿Por qué las cebras no tienen úlceras? (Reseña del libro de Robert Sapolsky)


«Why Zebras Don’t Get Ulcers» (Por qué las cebras no tienen úlceras), del neurobiólogo americano Robert M. Sapolsky, es una obra que aborda desde una perspectiva científica e integral, y con una prosa bastante accesible y agradable, una de las condiciones que más nos aquejan a los humanos en estos tiempos post-industriales: el estrés.

El autor comienza asentando que el estrés es un proceso natural que responde a la necesidad de enfrentar circunstancias de peligro, en términos de supervivencia. Tiene todo el sentido evolutivo y su utilidad es, y ha sido, indiscutible.

Compartimos este mecanismo con otros animales, pero nosotros lo activamos en formas mucho más complejas y sutiles, y por ello puede efectivamente llegar a descontrolar nuestra vida.

Cuando una cebra activa una respuesta de estrés, lo hace siempre a causa de un estímulo directo y tangible, por ejemplo, al ver a un león a la distancia acechando. El estrés es pues, en buena medida, la liberación de esas hormonas que preparan o predisponen a la cebra a pelear o correr por su vida (y al león también, derivado del hambre; que también es una amenaza muy real para él).

A causa de lo anterior, en ambos escenarios, se tensan los músculos, la respiración se acelera, el flujo sanguíneo se eleva y se suspenden actividades de largo plazo, como la digestión y el crecimiento. Para el cuerpo tiene sentido posponer esto porque ante este escenario no se sabe en realidad si existe un mañana, por lo que es preciso poner todas las energías disponibles en la situación que apremia.

A diferencia de cebras y leones, los humanos no solo activamos respuestas de estrés ante estos escenarios, sino también (y sobretodo) ante estímulos psicológicos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir impresionantemente que con solo pensar en algo podemos disparar los mismos mecanismos de estrés de leones y cebras.

Esta singularidad nos hace especialmente vulnerables a que el estrés se vuelva crónico y nocivo en nuestra vida, al punto de derivar en el desarrollo de algunas enfermedades, especialmente cardiovasculares y digestivas.

Sapolsky es en todo momento equilibrado y enfatiza que, a diferencia de lo que muchos #coaches de manejo de estrés parecen proponer, no todas las enfermedades se deben al estrés; y, su eficaz gestión tampoco es milagrosa al punto de curar enfermedades como el cáncer. Sin embargo, sostiene que efectivamente un manejo eficaz de este puede contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas.

Como herramientas para el manejo del estrés Sapolsky analiza y sugiere el ejercicio aeróbico y la meditación continua, de las que señala que funcionan, pero hasta cierto punto; porque la duración de sus efectos es solo de algunas pocas horas. También sugiere el apoyo social y las relaciones sanas, así como cultivar una perspectiva flexible de la vida: en pocas palabras mantenernos conscientes de las cosas que podemos controlar y cambiar, y aceptar aquellas que no; cambiando el énfasis entre una y otra idea de acuerdo a las circunstancias.

Finalmente apunta que la efectividad de las técnicas de manejo de estrés depende de la personalidad y las circunstancias de cada quién, por lo que vale la pena probar una y otra, y observar qué es lo que se adapta mejor a nosotros.

¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

No son pocas las formas en las que el pasado puede equipararse al presente de manera útil. Tampoco aquellas en las que se toma como referencia al mundo animal para explicar situaciones humanas cotidianas. Varios investigadores afirman, con atino, que pese a los cambios vertiginosos en nuestras formas de vida, los humanos seguimos haciendo lo mismo que nuestros antepasados hacían hace miles y miles de años. Seguimos, en esencia, luchando por mejorar nuestro rango y papel en los grupos en los que participamos (desde los familiares, los laborales, hasta los de entretenimiento) y buscando maximizar nuestra representatividad genética en las siguientes generaciones (entre otras cosas más).

Cuando un chimpancé de bajo rango pretende mejorar su estatus en su tropa, o incluso convertirse en el macho alfa, empieza por conformar alianzas, utiliza la fuerza con inteligencia, realiza algunos regalos aquí y allá, disimula sus intereses, juega con uno que otro infante y eventualmente desafía a los individuos indicados. Y si nos atenemos a autores como Maquiavelo, Sun Tzu y otros más recientes, como Robert Greene y Frans de Waal, básicamente eso también es lo que hay que hacer para ascender en comunidades humanas complejas como empresas, equipos de futbol, partidos políticos u oficinas de burócratas.

Ahora bien, esta vez quiero compartir con ustedes una de las equiparaciones que he mencionado de inicio. Una que bien puede otorgarnos pistas valiosas acerca de las mejores formas de solucionar o enfrentar algunos de nuestros problemas humanos; y que además refiere a dos elementos muy importantes para nuestra especie: la justicia y la reciprocidad.

Se ha documentado con frecuencia que los individuos de especies que suelen hacer caza cooperativa, como los monos capuchinos, los chimpancés, los humanos y otros, se resisten a enrolarse en las actividades de caza grupal si no se les asegura que la recompensa será proporcional a sus esfuerzos. No es que las jerarquías propias de estos animales se suspendan cuando van a cazar, pero ciertamente conviene a todos que cada uno de los participantes reciban una recompensa que vaya más o menos acorde a su colaboración.

Por ejemplo, imagínese que usted y su tropa de humanos primitivos acaban de cazar a un mamut en las grandes planicies norteñas de lo que hoy es el continente americano (hace 12,000 años aproximadamente). Usted ha arriesgado la vida, atinado varios lanzamientos de flecha e incluso recibido un fuerte golpe de ese lento pero impresionante animal de seis toneladas y más de cinco metros de alto; ha invertido varias horas de su tiempo y perdido algunos dientes en el camino, solo para ser excluido del botín a última cuenta. Con toda certeza, la próxima vez que le inviten a cazar los mismos compañeros se negará rotundamente (a menos que sea masoquista o algo tonto…, por no decir otra cosa).

Si esto después le sucede a otro y a otro individuo, podría llegar el momento en que sea imposible la cacería cooperativa en su tropa, porque dos o tres individuos no podrán cazar un mamut solos. Por eso, incluso al individuo más dominante le conviene que hasta el de más bajo rango obtenga su parte; de otro modo luego ni él podrá comer carne.

Obviamente ninguno de nosotros saldrá el día de mañana a cazar mamuts. No obstante, aunque no parezca tan evidente en principio, en la actualidad a diario tenemos que lidiar con situaciones similares en nuestra vida. Piénselo bien. Cuando colaboramos en el trabajo, en la familia, en el deporte, con los amigos o con la pareja, y hacemos nuestro máximo esfuerzo en una tarea que requiere labor de equipo, siempre esperamos nuestro «pedazo de mamut»; es algo inevitable. Ese pedazo de mamut hoy en día bien puede ser un simple gracias, un reconocimiento o incluso una cantidad monetaria. Puede ser muchas cosas, pero el tema principal es que no recibirlo es el meollo de muchos problemas y serias inconformidades en nuestras sociedades y grupos.

Está en nuestra naturaleza esperar SIEMPRE nuestro pedazo de mamut, básicamente porque así lo hicieron una y otra vez nuestros antepasados y eso contribuyó de manera decisiva a su supervivencia. Somos animales cooperativos, pero inevitablemente esperamos alguna retribución de nuestras participaciones. Por ello, si a usted le toca liderar «la cacería» y repartir «el mamut» (sea cual sea su naturaleza), asegúrese de dividirlo con la mayor justicia posible, porque si no lo hace, lo más seguro es que encuentre resistencia en la próxima «expedición». Por el contrario, si usted se encuentra de repente con la odiosa situación de no haber recibido su parte (lo que lamentablemente es muy frecuente en nuestros días), no se sienta culpable de sus sentimientos; sépase en todo su derecho de negarse a colaborar la próxima vez o incluso de increpar al líder y decirle: ¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

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Bibliografía

DE WAAL, F. (1998). Chimpanzee Politics. Power and sex among Apes. New York: The Johns Hopkins University Press.

COHEN, A. (2003). What the Monkeys Can Teach Humans About Making America Fairer. The New York Times.

El «timing» importa, pero ¿por qué?

Uno de los varios e interesantes experimentos que realizó el psicólogo Daniel Kahneman, ganador del premio nobel de economía, fue el «experimento del agua fría», que permitió poner en evidencia que los seres humanos no tenemos una voz interior…, sino dos; muchas veces contradictorias. Esto resulta relevante por diferentes y complejos motivos, pero antes de abordar brevemente algunos de ellos, conviene referir el experimento en sí.

Se le pidió a un grupo de personas que participaran en un experimento que constaba de tres partes. En la primera, la más corta, se les pidió a los voluntarios que sumergieran una mano en un recipiente de agua fría y la mantuvieran ahí. Al paso de sesenta segundos, se les solicitaba a estos que sacaran la mano del agua. Luego, en la segunda parte, se les pedía a los mismos voluntarios que sumergieran nuevamente la mano en el agua fría, pero ahora – y sin avisarles –, pasados los mismos sesenta segundos, se añadía un poco de agua caliente por debajo del recipiente y se los dejaba con la mano sumergida más tiempo. Esta última acción pues elevaba la temperatura del agua solo un poco (un grado, aproximadamente) y agregaba otros treinta segundos de mano sumergida. Desde luego, esto seguía siendo molesto, aunque un poco menos. Lo que cambiaba en sí era el final.

En la tercera y última parte del experimento, se les pidió a los voluntarios que eligieran entre repetir el primer ejercicio (60 segundos) o el segundo (90 segundos), y resultó que la gran mayoría (el 80%), contra la lógica, prefirió repetir la parte larga (que recordaban menos dolorosa, por el cambio al final de temperatura); aunque de hecho esta parte incluía completamente la primera y además alargaba la molestia e incomodidad.

De acuerdo al investigador, este experimento permite revelar la existencia de al menos dos «yo» en cada uno de nosotros, a los que se bautizó como el experimentador y el narrador. El experimentador es el que vive el presente y las situaciones justo como son en el momento, es nuestra consciencia constante, y el narrador es el que construye una historia de las experiencias con posterioridad a que hayan sucedido, es decir, es el intérprete de lo vivido. Ahora bien, todos nos hemos sentido contradictorios en algunos momentos, pero lo verdaderamente interesante en este descubrimiento es que la precisión del narrador (el que toma la mayoría de las decisiones importantes en la vida) no es muy buena y con frecuencia no corresponde a la realidad.

Kahneman descubrió que nuestro narrador construye sus historias considerando solo algunos momentos culminantes y el final, y promediando estos. En otras palabras, no considera todo acerca de la experiencia que vivimos, sino que toma atajos, filtra datos, y con base en ello, construye un relato final que se toma por verdad en nuestra mente. Evidentemente, si el final de cualquier experiencia es más agradable, es más probable que nuestro yo narrador considere aquello como algo más positivo (aunque puede ser que no haya sido así). Piense usted, por ejemplo, en el recuerdo que tiene de sus últimas vacaciones. Muy probablemente haya olvidado, no considerado o infradimensionado el incómodo calor, los mosquitos, el malestar estomacal, el retraso del vuelo, los gritos de los niños u otros factores negativos que suelen tener lugar en estas experiencias.

Los pediatras saben muy bien el truco del final placentero para cambiar un tanto la percepción de una experiencia, aunque probablemente no estén conscientes de que es algo derivado de nuestra condición (y cognición) humana. Este descubrimiento permite, entre otras cosas, percatarse de que nuestros sentidos no son perfectos y pone en la mesa la posibilidad (y necesidad) de ejercer cada tanto dudas legítimas con respecto a nuestras propias percepciones y recuerdos. Pone en el radar, además, uno de los elementos que bien pueden ser aprovechados para el ejercicio de cierta manipulación social o de opinión.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo, el famoso y multi citado escritor, en su obra El Príncipe, decía: «El vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas», y recomendaba realizar las acciones impopulares al principio de cualquier gestión (y al mismo tiempo de ser posible), a fin de tener tiempo de cubrir aquellas con acciones positivas posteriores y de finalmente disolverlas en la opinión pública con un final magnífico o estruendoso.

Entonces, en la política y en la vida, el timing (el momento) importa, porque puede modificar la percepción de la realidad y llegar a confundir a nuestros narradores. En vista de esto, habría que estar más atentos a estas circunstancias, que no podemos simplemente evitar porque sencillamente son parte de nosotros, y sospechar tanto de esos cierres grandiosos en la política, como de nuestros recuerdos más vistosos. Lo dejo a su consideración.

Seguimos siendo cazadores–recolectores pero ahora en junglas de asfalto

Del tiempo que nuestra especie ha habitado la Tierra (alrededor de 200,000 años), más del 90% lo hemos hecho como animales relativamente insignificantes. Animales que no generaban mucho más impacto en su entorno del que producían otras especies como los leones o los chimpancés. Hace solo 12,000 años que descubrimos la agricultura (6% de nuestra historia), 8,000 años que establecimos las primeras ciudades (4%), 500 años que empezamos a utilizar combustibles fósiles ingentemente (0.25%), 100 años de utilizar la química para la elaboración de alimentos ultra procesados (0.05%) y 34 años de empezar a modificar genéticamente nuestros alimentos (0.017%). Sabemos más o menos los efectos que han tenido los primeros factores pero no sabemos casi nada de los últimos dos.

Durante aproximadamente el 94% de nuestra existencia, los sapiens fuimos cazadores recolectores, es decir, vivimos exclusivamente de lo que encontrábamos en nuestros entornos: plantas, raíces, nueces y animales. Pero ¿qué tiene esto de importancia?, si las cosas de todas formas siempre cambian. Si antes fuimos cazadores recolectores, hoy somos agricultores industriales, astronautas y oficinistas y ya está… ¿verdad? Pues no es tan fácil.

En el tiempo en el que los humanos hemos deambulado por el mundo, como cualquier otro animal, hemos estado sujetos a la evolución y a las fuerzas de la selección natural. Miles y miles de años de supervivencia y lucha, de caza y recolección, de vida y muerte, no han pasado en vano en nuestros cerebros y genes. Nuestros cuerpos se han ido moldeando y adaptando a las circunstancias que se nos han presentado. Conforme estas cambiaban, nosotros también cambiábamos, pero lentamente. Muy lentamente. ¿Cómo? Principalmente a través de una danse macabre (danza macabra) en la que mueren con mayor frecuencia (o antes de reproducirse) aquellos que resultan menos adaptados a las condiciones dominantes.

La evolución requiere tiempo y por lo general no poco sino mucho. Periodos de tiempo que nuestras mentes ni siquiera dimensionan muy bien. En circunstancias típicas se necesitan generaciones tras generaciones, milenios tras milenios, acaso millones y millones de años de danse macabre para que unos pocos caracteres prevalezcan sobre otros; para que se desarrollen o surjan nuevas adaptaciones o para que se generalicen mutaciones individuales.

Resulta ingenuo pensar que los 188,000 años que nuestros ancestros pasaron como cazadores recolectores, hayan desparecido en nosotros de un momento a otro. Harari, el famoso historiador israelí, precisa con claridad respecto a este asunto que nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora recolectora interactúa con nuestro ambiente post industrial y respalda así la idea de que no hemos dejado atrás por completo estas condiciones, básicamente porque no hemos tenido el tiempo suficiente para adaptarnos completamente a las circunstancias en las que ahora vivimos. En buena medida somos ahora cazadores en junglas de asfalto.

La existencia hoy en día de mega ciudades, del anonimato en la esfera de la comunidad, de estilos de vida más estáticos físicamente y de formas de alimentación menos variadas y más artificiales, contrastan seriamente con la vida de nuestros antepasados, que vivían en grupos pequeños, se conocían por completo unos a otros, recorrían alrededor de 15 kilómetros diarios y se alimentaban de una importante variedad de alimentos (frutas, plantas, tubérculos, insectos, huevos y presas cazadas o de carroña).

Ahora bien, esto no es una apología del pasado ni de los cazadores recolectores. De ninguna manera. Sabemos que nuestros antepasados con frecuencia morían a edades tempranas y en variadas ocasiones la pasaban muy mal. A pesar de lo que suele decirse en algunas esferas (de una manera romántica), los tiempos actuales son más ventajosos que los pasados, principalmente en cuestiones de salud, seguridad y acceso a la información, pero eso no quiere decir que sea inútil voltear a ver nuestra historia; particularmente nuestra historia evolutiva.

El meollo del asunto no es: ¡volvamos a ser cazadores recolectores!, sino reflexionar en torno a si algunos de nuestros problemas actuales, sociales e individuales, no se deben precisamente a que no estamos lo suficientemente conscientes de nuestro pasado y de lo que somos; de lo que son y necesitan nuestros cuerpo y mente: relaciones cercanas, movimiento constante y variedad alimentaria (entre otras cosas).

De cierto, ahora resulta inviable e ingenuo esperar que todas las personas que hay en el mundo (7.7 billones) se conozcan unas a otras. O pretender que cada individuo en la Tierra camine 15 kilómetros al día, buscando comida. No obstante, a partir de estas consideraciones bien podemos poner más atención en lo importante que resultan las relaciones interpersonales y cercanas para nuestra salud mental, lo relevante que resulta una dieta variada para nuestro cuerpo y lo trascendental de recorrer unos cuantos kilómetros a diario; no buscando comida por necesidad como hacían nuestros antepasados, sino a sabiendas de la relevancia técnica que tiene esto para el bienestar de nuestro cuerpo. De una forma o de otra, parece que nos conviene estar conscientes de que seguimos siendo cazadores recolectores y comenzar a satisfacer nuestras necesidades de cazador. ¿Usted lo hace?

Imagen de Nuria B. Tomada de Udare.es

Referencias de apoyo:

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

MORRIS, D. (2014). El zoo humano. México, D.F.: Penguin Random House.

MCCLUNG, E.; Acosta, G.; Terrazas, A. y Cid, A. (2015). La historia humana: del origen a nuestros días. México, D.F.: UNAM – SIGLO XXI.

SAPOLSKY, R. (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. New York: Penguin Press.

Cobra Kai y la relatividad de la vida

Con mucha frecuencia olvidamos que todo depende del cristal con que se mire. Cuando opinamos acerca de algo, inevitablemente lo impregnamos de nosotros: de lo que somos y hemos vivido. Nuestra opinión emerge de nuestro yo, de nuestras condiciones biológicas, culturales, educativas y económicas, y en función de ello, es relativa. No puede ser de otro modo porque cada uno de nosotros somos el producto de circunstancias distintas.

Los historiadores saben muy bien que la Historia, como la vida, es relativa. Casi siempre están conscientes de que la mayoría de los relatos históricos han sido contados exclusivamente por los vencedores. Por ello, a menudo tienen que hacer grandes esfuerzos para generar historias complementarias de los pueblos vencidos; de los oprimidos y de los que han sido borrados o malinterpretados por ser considerados malos o villanos. En otras palabras, los historiadores con frecuencia tratan de equilibrar el discurso histórico, sesgado de origen, otorgándole voz a todas las partes involucradas. Esta estrategia no es nueva en esta disciplina, pero vaya que es un tema que apenas está tomando impulso en el cine.

Hace algunos días recordé estas ideas, acerca de la relatividad de la vida y la Historia, cuando me encontraba viendo la nueva serie del universo cinematográfico del Karate Kid, Cobra Kai, en la plataforma de streaming Netflix. Quizás debido a que esta producción, de forma aventurada y provocadora, le apuesta a la relatividad de su historia; a volver a contar la misma narración pero ahora desde otro punto de vista, el de los vencidos, el del grupo del dojo de Karate Cobra Kai. Algo que ciertamente ya se ha visto, por ejemplo en la reciente película del Guasón (The Joker) que hace personaje principal al eterno villano de Batman, pero que no es muy común en la narrativa.

A diferencia de otros universos de ficción, como el de Star Wars o el de Matrix, en el que los malos siempre han sido los malos y los buenos los buenos, acá se le ha dado la vuelta por completo a la moneda y se ha propuesto de inicio que Daniel LaRusso, el protagonista del Karate Kid en 1984, fue un tramposo y que Johnny Lawrence, el antihéroe original, en realidad fue la víctima. Este punto de partida resulta bastante fértil porque permite entrever una historia mucho más compleja, más parecida a la vida real. Cobra Kai coloca al espectador de una manera bastante original en la perspectiva del villano y acentúa, con una base taoísta (yin y yang), que dentro de lo bueno siempre hay algo malo y dentro de lo malo, algo bueno. Niega pues que el mundo sea un lugar de opuestos perfectos, lo cual es enriquecedor.

A partir de este planteamiento, en Cobra Kai se nos arrojan enseñanzas y sugerencias para enfrentar el bullying y para superar las limitaciones de la vida, animándonos a enfrentar aquello que nos hace daño y a superar las adversidades por medio del coraje, un sentimiento infravalorado que bien puede convertirse en una fuerza positiva (sin lugar a dudas, el lado oscuro de la fuerza tiene sus ventajas). Si usted tuvo la oportunidad de ver y gustar de Karate Kid en su momento, permítame decirle que es muy probable que disfrute Cobra Kai. Y, no se extrañe si en el futuro vemos más planteamientos como este en la pantalla, en los que, como en la Historia, se les vaya otorgando a los villanos y vencidos, voz y derecho de réplica. Parece lo justo.

El poder del chisme

El famoso historiador Eric Hobsbawm, apuntaba con agudeza que en las guerras y en la política se demoniza naturalmente al adversario para hacer de él un ser odioso, o al menos despreciable. Sin embargo, es atinado agregar que esta acción no es una estrategia exclusiva de guerras, o de campañas políticas (que en cierto modo también son una especie de guerra, pero simbólica). También es utilizada, y con mucha frecuencia, por las personas en un nivel más básico, al amparo de la cotidianidad de la vida, para atacar, desafiar o desprestigiar las acciones, rangos o creencias de vecinos, amigos, compañeros, colegas o conocidos.

Los Estados y los candidatos políticos utilizan los medios de comunicación y la publicidad para atacar y demonizar al adversario; las personas lo hacen con frecuencia por medio del chisme (aunque ciertamente estas dos formas no son únicas ni por completo excluyentes).

Hablar del chisme como proceso social de interés parece poco serio, pero la verdad es que debe tomarse con justificada seriedad, por el importante papel que desempeña en la vida de las personas y en la estabilidad y dinámica de toda estructura social, independientemente de su tamaño.

El chisme es ubicuo y muy poderoso en nuestras sociedades humanas. Por medio de él, los individuos llegamos a concretar alianzas, definir adversarios comunes y denunciar injusticias. A través de él, podemos estirar los hilos de las jerarquías en las que nos movemos y desenvolvemos. Y ciertamente, podemos generar cambios en las organizaciones.

La importancia del chisme para nuestra especie está respaldada por la teoría del chismorreo, que plantea que la capacidad para chismorrear fue fundamental para el desarrollo y crecimiento de las sociedades humanas a lo largo de la historia. El chisme, desde este punto de vista, fue esencial para alcanzar los niveles complejos de cooperación social que nos caracterizan a los humanos. A través del flujo de información, es posible organizarse en el ámbito social de mejores maneras, porque este permite entrever principalmente en quién se puede confiar y en quién no. Además, y sobretodo, por medio del chismorreo se puede castigar a aquellos que no cumplen con las normas de grupo, explícitas o implícitas, erosionando lo más valioso que tiene toda persona: la reputación.

Según la teoría del chismorreo, para que un grupo de personas funcione y coopere efectivamente, tiene que haber chisme. Esta máxima aplicó tanto a los cazadores recolectores del pleistoceno como a los primeros agricultores humanos. Y se aplica hoy en día, de la misma manera, a nuestros espacios de trabajo, grupos de amigos, clubes, equipos de deportes y más, en los que resulta bastante útil saber no solo quién es honesto y quién no, o quién comparte y quién no, sino también, y particularmente, quién odia a quién, quién se acuesta con quién y quién tiene o no tiene qué. Si usted se encuentra en la cumbre de una organización humana, por pequeña que sea, le conviene en primera instancia estar consciente de que por debajo se habla mucho de su persona, de cada buena y mala acción, de cada omisión y de cada gesto; en segundo lugar, le conviene saber que es hasta cierto punto imposible acabar con esta práctica, porque está enraizada en nuestra naturaleza y porque es un medio de equilibrio de poder esculpido directamente por la selección natural. Ahora que si usted pertenece a alguna organización de este tipo y se encuentra por debajo o en la medianía de la jerarquía, debe saber que el chisme es una herramienta muy poderosa, que bien puede acabar con las exacerbadas injusticias y echar abajo a las dictaduras enanas; aunque, atención: no sin riesgo.

¿La cultura es eso que nos hace humanos?

Durante el último cuarto de siglo, la distancia (teórica) entre cultura y naturaleza se ha venido reduciendo considerablemente. Diversos estudios, realizados con base en la observación y el análisis de las conductas de nuestros parientes primates, han ido tambaleando desde los cimientos la idea de la exclusividad humana de la cultura (cuando se la define como mecanismo de transmisión de información por vías no genéticas y como medio de aprendizaje y adaptación a la vida social). Uno de estos estudios, quizá el más famoso, es el del “lavado de patatas” de los macacos de la isla de Koshima en Japón.

En los años cincuentas, investigadores japoneses observaron por casualidad el surgimiento de lo que se convertiría en una especie de “tradición cultural animal” o proto tradición. Se percataron de que una hembra de macaco, a la que bautizaron como Imo, descubrió la conveniencia de lavar patatas a la orilla del mar, antes de comerlas. Originalmente, los macacos solo las limpiaban o sacudían con las manos, lo que hacía inevitable que tragaran algunos pedazos de tierra y se maltrataran los dientes.

Pudiera parecernos a primera vista un tanto obvia la acción y transmisión del lavado de patatas, pero no lo es. Por una parte, la capacidad de imitación no es cualquier cosa en el mundo animal, es una de la proezas cognitivas más elevadas que existen. No todos los animales tienen la capacidad de imitar al prójimo, pero es un hecho que cuando la desarrollan cumple un papel fundamental para la supervivencia.

Por la otra, el aprendizaje social, particularmente de los primates, tiene su origen en la necesidad de amoldarse a la conducta de los que les rodean y eso mismo hace muy difícil que una eventualidad de este tipo, por conveniente que sea, se abra camino en el fuerte y casi inamovible entramado de hábitos enquistados. Es bien sabido, a raíz de variados estudios etológicos, que en los ambientes sociales las conductas de la mayoría se vuelven con el tiempo “casi leyes”, con poca consideración de la efectividad o conveniencia real de estas.

Volviendo al lavado de patatas, los investigadores observaron que al principio muy pocos individuos prestaron atención al descubrimiento de Imo, que era muy joven en aquel momento. Sin embargo, con el paso del tiempo y siguiendo líneas de parentesco, grupos de edad y amistad, la nueva costumbre se fue esparciendo al punto de que veinticinco años después, todos los individuos de la tropa lavaban sus patatas en el mar antes de comerlas.

La transmisión del lavado de patatas se propagó incluso a pesar de que Imo murió, y aunque los investigadores buscaron, no detectaron la misma actividad en otros grupos. Estas y otras circunstancias respaldaron la nominación de esta práctica como cultural o al menos precultural, porque de otra manera es más difícil explicar el hecho de que dos o más grupos de la misma especie se comporten de manera diferente y que estos cambios conductuales logren atravesar generaciones y trascender iniciadores (justo como en nosotros los humanos).

Ahora bien, aunque a muchos nos incomoda el tema estridente de la cultura animal, porque estamos acostumbrados a entender la cultura principalmente como arte y/o símbolo o porque resulta un rescoldo todavía vigente de nuestra anhelada y defendida unicidad humana, ciertamente si la cultura consiste en la transmisión de costumbres e información a través de medios sociales, como lo afirman el primatólogo holandés Frans De Waal y otros, entonces no cabe duda de que la cultura está muy extendida en la naturaleza. Tanto hay cultura en la naturaleza como hay naturaleza en la cultura.

Foto: Belén de Benito.

Referencias de apoyo:

DE WAAL, F. (2002). El simio y el aprendiz de sushi. Reflexiones de un primatólogo sobre la cultura. México: Paidós.

La irresponsabilidad ocasional de la fe

El pasado domingo al transitar en mi vehículo de Zacatecas a Villanueva, mi pueblo natal, observé la gran cantidad de peregrinos que transitan hacia el templo de San Judas Tadeo. Aquella imagen barroca y sorprendente me impulsó a pensar detenidamente acerca de un tema que es por demás sensible para muchas personas. No es mi intención herir susceptibilidades; sin embargo, creo que es útil reflexionar un poco en torno a esta situación.

Desde la antigüedad, los grupos humanos han recurrido a diversos modos para alcanzar estados psíquicos de trascendencia o conciencia alterada con el objetivo de acercarse un poco más a lo divino. Los rituales repetitivos y extenuantes, incluso ocasionalmente sazonados con el uso de drogas, han sido parte fundamental de las experiencias religiosas de un sinnúmero de pueblos desde siglos y milenios atrás.

Ejemplos de lo anterior son los bailes que se prolongan durante días de los Sioux de América del Norte, las largas horas de himnos y sermones de los Shakers de San Vicente, los cantos y contoneos de los Drviches de Turquía, los rituales de los Huicholes en su camino a Wirikuta, y también en el presente, las peregrinaciones religiosas como las que tienen lugar en este lugar durante el mes de octubre, que aunque parecen de menor intensidad, cumplen cabalmente con el proceso general del ritual.

La antropóloga Erika Bourguignon[1], describe que la finalidad de estas prácticas es alcanzar un estado de esperanza reforzada, un sentimiento de liberación y de euforia. Apunta además que la particularidad de estos procesos de búsqueda es que son personales, pero se alcanzan en un marco grupal que contribuye a generar una atmósfera mística. Posteriormente, estas experiencias se recuerdan con satisfacción, lo que impulsa a su repetición periódica.

La esperanza reforzada que menciona Bourguignon, no parece otra cosa que lo que conocemos como “fe”. Este estado emocional es provocado y exaltado, en este caso, por una actividad extenuante como caminar cuarenta o cincuenta kilómetros, muchas de las veces en un solo día.

Esta especie de retiro que se vive en muchos lugares del país, sin duda contribuye en alguna medida a reducir las tendencias estresantes de la vida, porque la actitud de los peregrinos gira generalmente en torno a sentimientos como el agradecimiento, el optimismo y la esperanza, que comprobado está, tienen beneficios sutiles pero importantes para la salud. Por ejemplo, Goleman[2] menciona, basándose en estudios de pacientes enfermos de cáncer realizados en Estados Unidos de América, que la gente que tiene actitudes positivas es más capaz de resistir estas circunstancias difíciles.

La actividad pues, es justificable en el ámbito psicológico y físico del individuo, al mismo nivel quizás que la meditación, el yoga o el ejercicio aeróbico como formas de controlar o fomentar ciertas emociones. Es probable que al menos en parte, por ello sigan  vigentes en el espectro cultural mexicano.

Ahora bien, no podemos ignorar que este elemento cultural convertido en tradición, roza en la actualidad de manera importante con la temeridad, puesto que se realiza sobre una carretera federal, con mínimos controles de seguridad y con frecuencia por la noche.

Sorprende que aunque se acondicionen espacios a un costado de la carretera, la gente a menudo prefiere transitar sobre ella. Sorprende también la presencia de bebés en brazos, infantes en carriolas, niños y adultos mayores.

De los adultos se entiende la necesidad de emprender dicha travesía, a pesar de conocer el riesgo que existe, pero lo que me parece una verdadera irresponsabilidad ocasional de la fe es arriesgar a los niños en estas odiseas, dado que evidentemente ellos no toman esas decisiones, ni están en condiciones de tomarlas.

Es importante concientizarnos en estos aspectos. No nos vaya pasar lo que pasó hace no mucho en el municipio de Mazapil, donde en un infortunado accidente murieron al menos veinte peregrinos y entre ellos, un niño de cuatro años. ¿Usted cree que él debió en principio estar en esa peregrinación?

Imagen tomada de NTR Zacatecas.

Bibliografía:

[1] En Aldous Huxley et. al, “La Experiencia Mística y los estados de conciencia”, Kairós, Barcelona, España. 1972.

[2] En Daniel Goleman, “La inteligencia emocional”, Vergara, México D.F., 2000.