¿Qué es la vida?

Hoy 25 de enero de 2021, día del biólogo, recordé una de las ideas que me parecen más interesantes de Richard Dawkins, el famoso autor de «El gen egoísta» y «El relojero ciego». Dawkins afirma que una de las particularidades más esenciales de los organismos vivos es que estos se encuentran inexorable e inevitablemente en lucha con el entorno. Esta lucha tiene por objeto evitar entrar en equilibrio con el medio circundante; evitar fusionarse con lo inanimado.

Explica que si medimos por ejemplo factores como la temperatura, la acidez o el potencial eléctrico en cualquier organismo vivo, desde las bacterias hasta los elefantes y desde los tardígrados a las ballenas, encontraremos que estos son más elevados en comparación con aquellos del medio en que se encuentran. En función de esto, el biólogo sugiere que vivir no es otra cosa sino esa resistencia, corporal y molecular, a entrar en equilibrio con lo inanimado.

Estar vivo es pues esencialmente resistirse a morir. Es una resistencia a equilibrarse con el entorno.

Y, ¿quién no ha sido testigo o ha escuchado de personas que dejan de luchar, de tener expectativas, y en poco tiempo mueren?

Desde este punto de vista la vida es, entonces, lucha y resistencia, como también señalaba Carl G. Jung. Acaso por eso también Sigmund Freud decía que a la par del impulso vital, tenemos un impulso de muerte siempre latente, que con el tiempo se va haciendo más y más fuerte y a menudo termina dominándonos.

Es cierto que, de cualquier modo, todos volveremos a estar en equilibrio con el ambiente, pero parece que en alguna medida depende de nosotros que no sea tan pronto. Para proliferar como seres vivos el mayor tiempo posible, necesitamos movernos continuamente y mantener toda vez metas y objetivos en la vida, sin importar nuestra edad.

Entonces, tanto desde una perspectiva filosófica como biológica, no hay nada más nocivo para lo vivo que la sensación de inutilidad y la falta de expectativas; y por ello, las sanas resistencias físicas y mentales son de las mejores formas para luchar contra «el equilibrio»…, que, como saben, desde el inicio tiene la batalla ganada.

Religión, ¿un engaño caduco y medieval?

En esta ocasión tenía planeado compartir con ustedes un tema completamente diferente. Sin embargo, a última hora me percaté de que justo hoy se celebra a San Judas Tadeo y me pareció una ocasión apropiada para abordar algunas particularidades de la religión y de las opiniones encontradas que esta suele provocar.

Sin lugar a dudas, hablar de religión es un tema complicado y espinoso, porque las opiniones normalmente se construyen a partir de visiones un tanto parciales y emocionales, que tienden a polarizarse. Por una parte, se ubican aquellos que viven la devoción y encuentran en la religión (y en el peregrinaje con frecuencia) una forma legítima y útil de fortalecer sus sentimientos de gratitud y esperanza, y por la otra se encuentran aquellos que degradan esta actividad, como si se tratara de algún tipo de engaño caduco y medieval, un residuo de una práctica ancestral sin sentido o utilidad.

Por lo general, cuando coinciden, los primeros no pueden transmitir a los segundos de una manera clara y alejada del misticismo el sentido funcional o utilitario de sus creencias. Muchas veces no lo saben. Esto no es particularmente extraño, ya que es típico de las sociedades que los individuos hagamos cosas sin saber muy bien por qué. Hacemos algunas cosas simplemente porque así lo hacen (o hacían) nuestros padres y nuestros abuelos. Pero esto no implica necesariamente que esas acciones no tengan sentido y/o función; con frecuencia los tienen.

Del mismo modo en que la selección natural selecciona caracteres biológicos en función de su utilidad para la supervivencia y reproducción, parece que algún tipo de «selección cultural» va seleccionando aquello que es útil y contribuye a la adaptación de los individuos al medio social. Nada es por completo arbitrario en las sociedades, ni siquiera las prácticas que así parecen a simple vista, como las peregrinaciones. En términos simples, si suceden es porque todavía desempeñan un papel importante en la vida de las personas.

Es ciertamente indiscutible que a casi todas las religiones se les pueden increpar horrores de muchos tipos, desde asesinatos hasta guerras y genocidios; y desde abusos al individuo hasta abusos sociales. Pero, si queremos ser objetivos, debemos reconocer a la vez que estas han sido también fuerzas fundamentales para el desarrollo y crecimiento de la humanidad.

¿Cómo? En la medida en que las religiones fueron permitiendo, a lo largo de la historia, que cientos y luego miles y luego millones y millones de personas, compartieran ciertas creencias base, fueron contribuyendo a aumentar los niveles de cooperación humana. Y, de la cooperación humana han surgido prácticamente todos los avances de la humanidad.

Resulta lógico pues (y necesario) considerar que, al menos en parte, las religiones han contribuido a todo aquello que ha surgido de nuestros ingentes niveles de cooperación: desde la ciencia y la tecnología contemporánea, hasta los derechos humanos.

Independientemente de las formas, y punto y aparte de los dilemas éticos implicados, las religiones han sido una de las fuerzas unificadoras de la humanidad y, al menos en parte, por ello han sido «seleccionadas culturalmente» y siguen vigentes en muchos lugares.

Las religiones han sobrevivido a los tremendos cambios históricos también porque (independientemente de si sus ideas son consideradas como reales o falsas), resultan bastante útiles para lidiar con las vicisitudes de la vida, particularmente con la ansiedad y el estrés. Las religiones, al brindar a las personas una explicación de las cosas, una convicción de que hay un propósito y una sensación de que hay un creador que está interesado en nosotros, reducen de manera notable las incertidumbres propias de la existencia, como lo sugieren muchos estudios.

Ahora bien, con mucha frecuencia los no creyentes tienden a tildar a los religiosos de ingenuos e infantiles, pero bien harían en considerar las contribuciones de las religiones al desarrollo de la humanidad y las ventajas psicológicas del pensamiento religioso. Por otra parte, con igual frecuencia los creyentes suelen tildar a los no creyentes de incrédulos y pretenciosos, pero bien harían en considerar también que hay muchas formas de lidiar con las vicisitudes de la vida, no solo la propia, y no tratar de imponerla.

Si algo me funciona a mí, no tiene por qué necesariamente funcionarle al vecino. Ya sea usted de los primeros o de los segundos, en ambos casos, la clave es el respeto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Bibliografía

HARARI, Y.  (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

HARRIS, M. (2011). Nuestra especie. Madrid: Alianza editorial.

¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

No son pocas las formas en las que el pasado puede equipararse al presente de manera útil. Tampoco aquellas en las que se toma como referencia al mundo animal para explicar situaciones humanas cotidianas. Varios investigadores afirman, con atino, que pese a los cambios vertiginosos en nuestras formas de vida, los humanos seguimos haciendo lo mismo que nuestros antepasados hacían hace miles y miles de años. Seguimos, en esencia, luchando por mejorar nuestro rango y papel en los grupos en los que participamos (desde los familiares, los laborales, hasta los de entretenimiento) y buscando maximizar nuestra representatividad genética en las siguientes generaciones (entre otras cosas más).

Cuando un chimpancé de bajo rango pretende mejorar su estatus en su tropa, o incluso convertirse en el macho alfa, empieza por conformar alianzas, utiliza la fuerza con inteligencia, realiza algunos regalos aquí y allá, disimula sus intereses, juega con uno que otro infante y eventualmente desafía a los individuos indicados. Y si nos atenemos a autores como Maquiavelo, Sun Tzu y otros más recientes, como Robert Greene y Frans de Waal, básicamente eso también es lo que hay que hacer para ascender en comunidades humanas complejas como empresas, equipos de futbol, partidos políticos u oficinas de burócratas.

Ahora bien, esta vez quiero compartir con ustedes una de las equiparaciones que he mencionado de inicio. Una que bien puede otorgarnos pistas valiosas acerca de las mejores formas de solucionar o enfrentar algunos de nuestros problemas humanos; y que además refiere a dos elementos muy importantes para nuestra especie: la justicia y la reciprocidad.

Se ha documentado con frecuencia que los individuos de especies que suelen hacer caza cooperativa, como los monos capuchinos, los chimpancés, los humanos y otros, se resisten a enrolarse en las actividades de caza grupal si no se les asegura que la recompensa será proporcional a sus esfuerzos. No es que las jerarquías propias de estos animales se suspendan cuando van a cazar, pero ciertamente conviene a todos que cada uno de los participantes reciban una recompensa que vaya más o menos acorde a su colaboración.

Por ejemplo, imagínese que usted y su tropa de humanos primitivos acaban de cazar a un mamut en las grandes planicies norteñas de lo que hoy es el continente americano (hace 12,000 años aproximadamente). Usted ha arriesgado la vida, atinado varios lanzamientos de flecha e incluso recibido un fuerte golpe de ese lento pero impresionante animal de seis toneladas y más de cinco metros de alto; ha invertido varias horas de su tiempo y perdido algunos dientes en el camino, solo para ser excluido del botín a última cuenta. Con toda certeza, la próxima vez que le inviten a cazar los mismos compañeros se negará rotundamente (a menos que sea masoquista o algo tonto…, por no decir otra cosa).

Si esto después le sucede a otro y a otro individuo, podría llegar el momento en que sea imposible la cacería cooperativa en su tropa, porque dos o tres individuos no podrán cazar un mamut solos. Por eso, incluso al individuo más dominante le conviene que hasta el de más bajo rango obtenga su parte; de otro modo luego ni él podrá comer carne.

Obviamente ninguno de nosotros saldrá el día de mañana a cazar mamuts. No obstante, aunque no parezca tan evidente en principio, en la actualidad a diario tenemos que lidiar con situaciones similares en nuestra vida. Piénselo bien. Cuando colaboramos en el trabajo, en la familia, en el deporte, con los amigos o con la pareja, y hacemos nuestro máximo esfuerzo en una tarea que requiere labor de equipo, siempre esperamos nuestro «pedazo de mamut»; es algo inevitable. Ese pedazo de mamut hoy en día bien puede ser un simple gracias, un reconocimiento o incluso una cantidad monetaria. Puede ser muchas cosas, pero el tema principal es que no recibirlo es el meollo de muchos problemas y serias inconformidades en nuestras sociedades y grupos.

Está en nuestra naturaleza esperar SIEMPRE nuestro pedazo de mamut, básicamente porque así lo hicieron una y otra vez nuestros antepasados y eso contribuyó de manera decisiva a su supervivencia. Somos animales cooperativos, pero inevitablemente esperamos alguna retribución de nuestras participaciones. Por ello, si a usted le toca liderar «la cacería» y repartir «el mamut» (sea cual sea su naturaleza), asegúrese de dividirlo con la mayor justicia posible, porque si no lo hace, lo más seguro es que encuentre resistencia en la próxima «expedición». Por el contrario, si usted se encuentra de repente con la odiosa situación de no haber recibido su parte (lo que lamentablemente es muy frecuente en nuestros días), no se sienta culpable de sus sentimientos; sépase en todo su derecho de negarse a colaborar la próxima vez o incluso de increpar al líder y decirle: ¡Oye! ¿Dónde está mi pedazo de mamut?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y maestro en humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Bibliografía

DE WAAL, F. (1998). Chimpanzee Politics. Power and sex among Apes. New York: The Johns Hopkins University Press.

COHEN, A. (2003). What the Monkeys Can Teach Humans About Making America Fairer. The New York Times.

Seguimos siendo cazadores–recolectores pero ahora en junglas de asfalto

Del tiempo que nuestra especie ha habitado la Tierra (alrededor de 200,000 años), más del 90% lo hemos hecho como animales relativamente insignificantes. Animales que no generaban mucho más impacto en su entorno del que producían otras especies como los leones o los chimpancés. Hace solo 12,000 años que descubrimos la agricultura (6% de nuestra historia), 8,000 años que establecimos las primeras ciudades (4%), 500 años que empezamos a utilizar combustibles fósiles ingentemente (0.25%), 100 años de utilizar la química para la elaboración de alimentos ultra procesados (0.05%) y 34 años de empezar a modificar genéticamente nuestros alimentos (0.017%). Sabemos más o menos los efectos que han tenido los primeros factores pero no sabemos casi nada de los últimos dos.

Durante aproximadamente el 94% de nuestra existencia, los sapiens fuimos cazadores recolectores, es decir, vivimos exclusivamente de lo que encontrábamos en nuestros entornos: plantas, raíces, nueces y animales. Pero ¿qué tiene esto de importancia?, si las cosas de todas formas siempre cambian. Si antes fuimos cazadores recolectores, hoy somos agricultores industriales, astronautas y oficinistas y ya está… ¿verdad? Pues no es tan fácil.

En el tiempo en el que los humanos hemos deambulado por el mundo, como cualquier otro animal, hemos estado sujetos a la evolución y a las fuerzas de la selección natural. Miles y miles de años de supervivencia y lucha, de caza y recolección, de vida y muerte, no han pasado en vano en nuestros cerebros y genes. Nuestros cuerpos se han ido moldeando y adaptando a las circunstancias que se nos han presentado. Conforme estas cambiaban, nosotros también cambiábamos, pero lentamente. Muy lentamente. ¿Cómo? Principalmente a través de una danse macabre (danza macabra) en la que mueren con mayor frecuencia (o antes de reproducirse) aquellos que resultan menos adaptados a las condiciones dominantes.

La evolución requiere tiempo y por lo general no poco sino mucho. Periodos de tiempo que nuestras mentes ni siquiera dimensionan muy bien. En circunstancias típicas se necesitan generaciones tras generaciones, milenios tras milenios, acaso millones y millones de años de danse macabre para que unos pocos caracteres prevalezcan sobre otros; para que se desarrollen o surjan nuevas adaptaciones o para que se generalicen mutaciones individuales.

Resulta ingenuo pensar que los 188,000 años que nuestros ancestros pasaron como cazadores recolectores, hayan desparecido en nosotros de un momento a otro. Harari, el famoso historiador israelí, precisa con claridad respecto a este asunto que nuestros hábitos alimentarios, nuestros conflictos y nuestra sexualidad son resultado de la manera en que nuestra mente cazadora recolectora interactúa con nuestro ambiente post industrial y respalda así la idea de que no hemos dejado atrás por completo estas condiciones, básicamente porque no hemos tenido el tiempo suficiente para adaptarnos completamente a las circunstancias en las que ahora vivimos. En buena medida somos ahora cazadores en junglas de asfalto.

La existencia hoy en día de mega ciudades, del anonimato en la esfera de la comunidad, de estilos de vida más estáticos físicamente y de formas de alimentación menos variadas y más artificiales, contrastan seriamente con la vida de nuestros antepasados, que vivían en grupos pequeños, se conocían por completo unos a otros, recorrían alrededor de 15 kilómetros diarios y se alimentaban de una importante variedad de alimentos (frutas, plantas, tubérculos, insectos, huevos y presas cazadas o de carroña).

Ahora bien, esto no es una apología del pasado ni de los cazadores recolectores. De ninguna manera. Sabemos que nuestros antepasados con frecuencia morían a edades tempranas y en variadas ocasiones la pasaban muy mal. A pesar de lo que suele decirse en algunas esferas (de una manera romántica), los tiempos actuales son más ventajosos que los pasados, principalmente en cuestiones de salud, seguridad y acceso a la información, pero eso no quiere decir que sea inútil voltear a ver nuestra historia; particularmente nuestra historia evolutiva.

El meollo del asunto no es: ¡volvamos a ser cazadores recolectores!, sino reflexionar en torno a si algunos de nuestros problemas actuales, sociales e individuales, no se deben precisamente a que no estamos lo suficientemente conscientes de nuestro pasado y de lo que somos; de lo que son y necesitan nuestros cuerpo y mente: relaciones cercanas, movimiento constante y variedad alimentaria (entre otras cosas).

De cierto, ahora resulta inviable e ingenuo esperar que todas las personas que hay en el mundo (7.7 billones) se conozcan unas a otras. O pretender que cada individuo en la Tierra camine 15 kilómetros al día, buscando comida. No obstante, a partir de estas consideraciones bien podemos poner más atención en lo importante que resultan las relaciones interpersonales y cercanas para nuestra salud mental, lo relevante que resulta una dieta variada para nuestro cuerpo y lo trascendental de recorrer unos cuantos kilómetros a diario; no buscando comida por necesidad como hacían nuestros antepasados, sino a sabiendas de la relevancia técnica que tiene esto para el bienestar de nuestro cuerpo. De una forma o de otra, parece que nos conviene estar conscientes de que seguimos siendo cazadores recolectores y comenzar a satisfacer nuestras necesidades de cazador. ¿Usted lo hace?

Imagen de Nuria B. Tomada de Udare.es

Referencias de apoyo:

HARARI, Y. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

MORRIS, D. (2014). El zoo humano. México, D.F.: Penguin Random House.

MCCLUNG, E.; Acosta, G.; Terrazas, A. y Cid, A. (2015). La historia humana: del origen a nuestros días. México, D.F.: UNAM – SIGLO XXI.

SAPOLSKY, R. (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. New York: Penguin Press.

Cobra Kai y la relatividad de la vida

Con mucha frecuencia olvidamos que todo depende del cristal con que se mire. Cuando opinamos acerca de algo, inevitablemente lo impregnamos de nosotros: de lo que somos y hemos vivido. Nuestra opinión emerge de nuestro yo, de nuestras condiciones biológicas, culturales, educativas y económicas, y en función de ello, es relativa. No puede ser de otro modo porque cada uno de nosotros somos el producto de circunstancias distintas.

Los historiadores saben muy bien que la Historia, como la vida, es relativa. Casi siempre están conscientes de que la mayoría de los relatos históricos han sido contados exclusivamente por los vencedores. Por ello, a menudo tienen que hacer grandes esfuerzos para generar historias complementarias de los pueblos vencidos; de los oprimidos y de los que han sido borrados o malinterpretados por ser considerados malos o villanos. En otras palabras, los historiadores con frecuencia tratan de equilibrar el discurso histórico, sesgado de origen, otorgándole voz a todas las partes involucradas. Esta estrategia no es nueva en esta disciplina, pero vaya que es un tema que apenas está tomando impulso en el cine.

Hace algunos días recordé estas ideas, acerca de la relatividad de la vida y la Historia, cuando me encontraba viendo la nueva serie del universo cinematográfico del Karate Kid, Cobra Kai, en la plataforma de streaming Netflix. Quizás debido a que esta producción, de forma aventurada y provocadora, le apuesta a la relatividad de su historia; a volver a contar la misma narración pero ahora desde otro punto de vista, el de los vencidos, el del grupo del dojo de Karate Cobra Kai. Algo que ciertamente ya se ha visto, por ejemplo en la reciente película del Guasón (The Joker) que hace personaje principal al eterno villano de Batman, pero que no es muy común en la narrativa.

A diferencia de otros universos de ficción, como el de Star Wars o el de Matrix, en el que los malos siempre han sido los malos y los buenos los buenos, acá se le ha dado la vuelta por completo a la moneda y se ha propuesto de inicio que Daniel LaRusso, el protagonista del Karate Kid en 1984, fue un tramposo y que Johnny Lawrence, el antihéroe original, en realidad fue la víctima. Este punto de partida resulta bastante fértil porque permite entrever una historia mucho más compleja, más parecida a la vida real. Cobra Kai coloca al espectador de una manera bastante original en la perspectiva del villano y acentúa, con una base taoísta (yin y yang), que dentro de lo bueno siempre hay algo malo y dentro de lo malo, algo bueno. Niega pues que el mundo sea un lugar de opuestos perfectos, lo cual es enriquecedor.

A partir de este planteamiento, en Cobra Kai se nos arrojan enseñanzas y sugerencias para enfrentar el bullying y para superar las limitaciones de la vida, animándonos a enfrentar aquello que nos hace daño y a superar las adversidades por medio del coraje, un sentimiento infravalorado que bien puede convertirse en una fuerza positiva (sin lugar a dudas, el lado oscuro de la fuerza tiene sus ventajas). Si usted tuvo la oportunidad de ver y gustar de Karate Kid en su momento, permítame decirle que es muy probable que disfrute Cobra Kai. Y, no se extrañe si en el futuro vemos más planteamientos como este en la pantalla, en los que, como en la Historia, se les vaya otorgando a los villanos y vencidos, voz y derecho de réplica. Parece lo justo.

¿Es usted un zorro o un erizo?

Aunque no soy muy adepto a las explicaciones binarias, reconozco su utilidad como instrumentos pedagógicos. Las explicaciones con solo dos opciones tienden a convertirse en posturas extremas y simplistas, pero si las tomamos con precaución pueden ayudarnos a tener percepciones más claras sobre algunos temas.

Una explicación de este tipo (mi preferida), acerca de la dinámica de las sociedades humanas y del papel que jugamos los individuos en esta, se basa en la metáfora del zorro y el erizo, que se le atribuye originalmente al griego Arquíloco. En uno de los fragmentos conservados de la obra de este poeta, se puede leer lo siguiente: “Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande”. Isaiah Berlin, un importante politólogo del siglo pasado, se inspiró en esta frase para construir toda una teoría de la historia, centrada en el individuo y la personalidad.

Berlin sostenía que todos podíamos encuadrarnos, de acuerdo a nuestras disposiciones y creencias, en uno de estos dos cajones. Explicaba que la visión de aquellos con personalidad de erizo se asienta en todo caso en una gran y poderosa idea; a veces derivada de la fe, como en San Agustín o Santo Tomás, y a veces de la razón, como en el Marqués de Sade, Marx o Freud. Ideas como la gracia, el pecado, el deseo, las relaciones sociales de producción o el inconsciente, son para los erizos (en cada caso) aquello que brinda sentido al mundo y lo explica sin vacilaciones. De los zorros, por el contrario, decía que su visión era una asentada completamente en la duda. Como ejemplos de zorros, a lo largo de la historia, Berlin cita a Tolstoi y Maistre, cuyo genio, decía, era destructivo, porque solo podían decir con certeza lo que no es.

Disfrazado o explícito, apuntaba Berlin, en todo erizo hay un fanático, y en todo zorro, un escéptico. Sin embargo, para él ni la visión de zorro ni la de erizo son del todo enjuiciables, porque tanto unos como otros contribuyen al avance de las sociedades, desde una trinchera u otra. Por ejemplo, gracias a los erizos se han hecho descubrimientos, conquistas y revoluciones, porque se necesita una gran confianza y certeza para llegar a alcanzar estos logros. Gracias a los zorros se ha mejorado la calidad de vida de las sociedades, porque solo dudando acerca de nuestras ideas podemos vislumbrar la posibilidad de que otros tengan razón, potenciar nuestra empatía y mejorar nuestras herramientas para la convivencia pacífica. La tolerancia y la democracia fueron productos de los zorros; las religiones y los imperios, de los erizos.

Berlin señalaba además que hay campos en los que de manera natural han prevalecido los erizos, como en la política, donde las explicaciones totalizadoras, claras y coherentes son siempre más populares (si no me cree piense en la campaña de algún político exitoso); y otros, en los que los zorros han sido más numerosos, como en las artes y la literatura. Decía, asimismo, que en las ciencias eran más numerosos los erizos, porque una vez que los científicos encontraban su postura, esta se volvía una trinchera casi inamovible.

Berlin reconocía que por alguna misteriosa razón, sufrir y morir resultaba más fácil para los erizos, poseedores de una verdad universal, pero enaltecía la decisión de los zorros de renunciar a esa facilidad y preferir la sombra y el desorden, que se encontraban más en correspondencia con la realidad. A última cuenta, Berlin se reconoce a sí mismo como un zorro porque pensaba que era mucho mejor no fingir que se puede calcular lo incalculable y que era preferible estar consciente de que se comprende lo que sucede como en realidad se hace, a grandes rasgos. Es posible que así sea o no. Lo dejo a su consideración, no sin antes preguntarle ¿es usted un zorro o un erizo?

El paraíso de Dark

La serie alemana Dark, exclusiva de la plataforma Netflix, ha generado mucho impacto durante las últimas semanas. Recién acabo de ver la temporada final y me ha parecido extraordinaria por varios motivos que quisiera compartir con ustedes. En lo personal, creo que el gran éxito de esta historia no se explica únicamente considerando la calidad de los actores, los magníficos efectos visuales o la genial utilización dramática de algunas de las teorías científicas de mayor actualidad. Se explica también en función de la diversidad y profundidad filosófica de su trama.

Además de los viajes en el tiempo, los agujeros negros y los universos paralelos, la narrativa de la serie integra dilemas e ideas que se pueden identificar claramente en figuras como Freud, Nietzsche y Heidegger; entre otros. Cuestiones como las pulsiones de vida y muerte, la libertad o la voluntad genuina, el eterno retorno y el reconocimiento de la muerte como ancla de la vida, impregnan la estructura de Dark.

En la tercera temporada de la serie, uno cae en la cuenta de que (alerta de spoilers) se han ido configurando básicamente dos equipos, cada uno de ellos con intereses contradictorios. Adán lidera el primero, que tiene el objetivo de “deshacer el nudo”, es decir, de terminar con el ciclo del eterno retorno en el que se encuentran atrapados los personajes (debido a un acto egoísta pero muy humano, cometido por “el relojero”, quien inventa los viajes en el tiempo para traer de vuelta a su familia muerta). Eva lidera el otro equipo, que tiene la intención de perpetuar el ciclo y de que la historia se repita una y otra vez ad infinitum. La batalla es del fin contra la eterna continuidad.

Ahora bien, desde mi punto de vista, independientemente de las connotaciones bíblicas, Adán y Eva, pueden ser interpretados fácilmente como representaciones simbólicas de los instintos de vida y muerte que, según Freud, conviven y luchan en cada uno de nosotros durante nuestra existencia (véase la Teoría de las pulsiones de este autor).

Adán, representa el instinto o pulsión de muerte, lo que se puede entrever en su objetivo pero también en su estado de hartazgo o cansancio que remite a diversas reflexiones que tienen que ver, entre otras cosas, con el sentido de la vida; como las del filósofo Martin Heidegger, quien planteaba que sin la perspectiva de muerte, la vida se volvía necesariamente “inauténtica”, con poco o nulo sentido. Y bien, aunque de hecho la muerte no falta en los universos de los Adanes y Evas, lo cierto es que en estos no es final porque los personajes siempre están vivos en una u otra versión. Esa existencia “inauténtica”, cíclica, sin muerte real, sin voluntad real y sin libertad, que Adán logra percibir y comprender en su propia experiencia, es justamente lo que lo empuja a intentar finalizar el ciclo y en consecuencia, a buscar la muerte final para todos. No obstante, esto no le resulta una tarea fácil porque Eva, que representa el instinto de vida y de permanencia, y también es su alma gemela (otra metáfora de que vida y muerte están entrelazadas), le hace frente y lucha constantemente contra él, contra el impulso de muerte, prefiriendo una y otra vez la existencia inauténtica en vez de la llana inexistencia; de la nada.

Finalmente, aunque Eva logra mantener el ciclo durante un tiempo a través de la resistencia y la lucha, es decir, logra mantener la vida mediante la batalla (Jung definía a la vida exactamente como un campo de batalla), la victoria irremediablemente es de Adán, es decir, de la muerte, como sucede una y otra vez en la vida y en la naturaleza. Como sucederá con todos y cada uno de nosotros.

Vivimos durante un tiempo e inevitablemente después de este, nos guste o no, morimos. Pero, ese desenlace ¿es malo? El argumento de la serie es que no lo es. En la escena final, Hanna, un personaje secundario, tiene un déjà vu y revela lo que sintió al morir en uno de los varios apocalipsis. Dice: de algún modo, el mundo se había terminado. Solo había oscuridad y nunca más volvió la luz. Tuve la extraña sensación de que eso era bueno. Que todo había terminado. Como si estuviera libre de toda carga. Sin deseos. Sin obligaciones. Una oscuridad infinita. Sin ayer. Sin hoy. Sin mañana. Nada… No es de extrañar que el título del capítulo final sea: Paraíso, porque precisamente esta visión de Hanna es la definición de este (en términos de los creadores). El paraíso de Dark es pues la muerte, la oscuridad infinita, la nada.