Poco Ortodoxa: ¿por qué vale la pena ver la serie de Netflix que versa sobre judaísmo extremo?

Unorthodox es un trabajo recomendable. La mini serie original de Netflix muestra cómo las culturas, aunque son útiles en términos adaptativos, pueden desvincularse demasiado de las realidades, que son siempre cambiantes. En este caso, tal problemática se expresa tomando como punto de partida las tradiciones de la rama más cerrada y extrema del judaísmo, que en pleno siglo XXI sigue reduciendo y controlando abruptamente los roles de las mujeres.

El trabajo refleja la lucha que emerge de la diferencia y la disensión a lo interno de una comunidad. Un tipo de lucha que, vale decir, no es exclusiva de esta cultura ni de este caso (inspirado en hechos reales), sino que aplica a todas las sociedades humanas porque entrama un hecho universal, omnipresente e irremediable, que se resume en una máxima estoica: todo cambia todo el tiempo.

Aunque los humanos nos afanamos en la permanencia y la continuidad, porque naturalmente tememos a lo desconocido, la verdad es que la única constante en la historia es el cambio, que acaba por trastocar todo; incluso a las culturas, que son de cierto modo una forma de resistir las transformaciones y el paso del tiempo.

Como podemos observar en Unorthodox, la lucha de la protagonista contra la tradición y el status quo no es solo externa, sino también, y particularmente, interna. Aquel que resulta diferente en cualquier esfera comunal (o eventualmente decide serlo), tiene que lidiar no solo con la trinchera social, con aquellos individuos que resisten el cambio y defienden lo establecido, sino también con los demonios internos que provoca tal circunstancia… que a menudo son más temibles.

Para mi sorpresa, esta serie no fue una narrativa simple y superficial basada en un feminismo ligero, como, debo confesar, me daba la impresión. Todo lo contrario: me pareció un trabajo bien logrado que desde una perspectiva equilibrada y directa toca tanto la verdadera opresión femenina como la desigualdad que esta ocasiona en el mundo. Esas son conversaciones que vale la pena traer a la mesa.

Religión, ¿un engaño caduco y medieval?

En esta ocasión tenía planeado compartir con ustedes un tema completamente diferente. Sin embargo, a última hora me percaté de que justo hoy se celebra a San Judas Tadeo y me pareció una ocasión apropiada para abordar algunas particularidades de la religión y de las opiniones encontradas que esta suele provocar.

Sin lugar a dudas, hablar de religión es un tema complicado y espinoso, porque las opiniones normalmente se construyen a partir de visiones un tanto parciales y emocionales, que tienden a polarizarse. Por una parte, se ubican aquellos que viven la devoción y encuentran en la religión (y en el peregrinaje con frecuencia) una forma legítima y útil de fortalecer sus sentimientos de gratitud y esperanza, y por la otra se encuentran aquellos que degradan esta actividad, como si se tratara de algún tipo de engaño caduco y medieval, un residuo de una práctica ancestral sin sentido o utilidad.

Por lo general, cuando coinciden, los primeros no pueden transmitir a los segundos de una manera clara y alejada del misticismo el sentido funcional o utilitario de sus creencias. Muchas veces no lo saben. Esto no es particularmente extraño, ya que es típico de las sociedades que los individuos hagamos cosas sin saber muy bien por qué. Hacemos algunas cosas simplemente porque así lo hacen (o hacían) nuestros padres y nuestros abuelos. Pero esto no implica necesariamente que esas acciones no tengan sentido y/o función; con frecuencia los tienen.

Del mismo modo en que la selección natural selecciona caracteres biológicos en función de su utilidad para la supervivencia y reproducción, parece que algún tipo de «selección cultural» va seleccionando aquello que es útil y contribuye a la adaptación de los individuos al medio social. Nada es por completo arbitrario en las sociedades, ni siquiera las prácticas que así parecen a simple vista, como las peregrinaciones. En términos simples, si suceden es porque todavía desempeñan un papel importante en la vida de las personas.

Es ciertamente indiscutible que a casi todas las religiones se les pueden increpar horrores de muchos tipos, desde asesinatos hasta guerras y genocidios; y desde abusos al individuo hasta abusos sociales. Pero, si queremos ser objetivos, debemos reconocer a la vez que estas han sido también fuerzas fundamentales para el desarrollo y crecimiento de la humanidad.

¿Cómo? En la medida en que las religiones fueron permitiendo, a lo largo de la historia, que cientos y luego miles y luego millones y millones de personas, compartieran ciertas creencias base, fueron contribuyendo a aumentar los niveles de cooperación humana. Y, de la cooperación humana han surgido prácticamente todos los avances de la humanidad.

Resulta lógico pues (y necesario) considerar que, al menos en parte, las religiones han contribuido a todo aquello que ha surgido de nuestros ingentes niveles de cooperación: desde la ciencia y la tecnología contemporánea, hasta los derechos humanos.

Independientemente de las formas, y punto y aparte de los dilemas éticos implicados, las religiones han sido una de las fuerzas unificadoras de la humanidad y, al menos en parte, por ello han sido «seleccionadas culturalmente» y siguen vigentes en muchos lugares.

Las religiones han sobrevivido a los tremendos cambios históricos también porque (independientemente de si sus ideas son consideradas como reales o falsas), resultan bastante útiles para lidiar con las vicisitudes de la vida, particularmente con la ansiedad y el estrés. Las religiones, al brindar a las personas una explicación de las cosas, una convicción de que hay un propósito y una sensación de que hay un creador que está interesado en nosotros, reducen de manera notable las incertidumbres propias de la existencia, como lo sugieren muchos estudios.

Ahora bien, con mucha frecuencia los no creyentes tienden a tildar a los religiosos de ingenuos e infantiles, pero bien harían en considerar las contribuciones de las religiones al desarrollo de la humanidad y las ventajas psicológicas del pensamiento religioso. Por otra parte, con igual frecuencia los creyentes suelen tildar a los no creyentes de incrédulos y pretenciosos, pero bien harían en considerar también que hay muchas formas de lidiar con las vicisitudes de la vida, no solo la propia, y no tratar de imponerla.

Si algo me funciona a mí, no tiene por qué necesariamente funcionarle al vecino. Ya sea usted de los primeros o de los segundos, en ambos casos, la clave es el respeto.

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

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Instagram: @raul_lbd

Bibliografía

HARARI, Y.  (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Barcelona, España: Penguin Random House.

HARRIS, M. (2011). Nuestra especie. Madrid: Alianza editorial.

El poder de la creencia; para bien y para mal

Casi al final del intrincado y extraordinario filme de Inception (El Origen, en español), del director de cine Christopher Nolan, el personaje principal, interpretado por Leonardo Di Caprio, dice: «Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La semilla más pequeña de una idea puede crecer. Puede crecer hasta definirte o destruirte…».

Este magnífico trabajo cuenta con unos efectos especiales impresionantes y su trama, aunque resulta algo confusa al principio, es muy entretenida (si el lector no ha tenido la oportunidad de verla, obviamente se la recomiendo; es un filme de 2010). Pero lo que quiero destacar en esta ocasión, no son las cuestiones técnicas o visuales de esta obra, sino su argumento principal, que está construido sobre la frase ya citada. En dicha oración, de una manera sutil y elegante, casi imperceptible, el director nos hace una advertencia: cuidado con lo que piensas.

Lo que piensas puede edificarte, puede contribuir a tu crecimiento personal o profesional, pero también puede estancarte o incluso matarte: es un arma de dos filos. Este es un tema que por supuesto no es nuevo; es filosofía milenaria. Ya decía Marco Aurelio, hace casi dos mil años en tiempos del Imperio Romano: «tu alma o sea tu mente, será del mismo modo que las cosas en que pienses frecuentemente, ni más ni menos, puesto que el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos».

Ahora bien, antes de continuar, una advertencia necesaria. Este tipo de consideraciones suelen malentenderse y sobredimensionarse. Suelen llevarse a los extremos y desde ahí desvirtuarse. Trataré de explicar esto con brevedad: aunque los pensamientos son muy importantes para construir realidades, no son el único factor. No debemos confundirnos. Existen varios factores más, en lo general políticos, sociales, biológicos y culturales. Es importante tener esto en cuenta, entre otras cosas para prevenir grandes decepciones y evitar caer en ingenuidades.

Por supuesto que si deseamos un coche, una casa, ganar más dinero o aprender a hacer algo nuevo, en principio tendremos que pensar en ello y tenerlo en cuenta una y otra vez, con ánimo positivo, pero eso no será suficiente para que el universo… mmm, ¿cómo se dice?, confabule a nuestro favor. No; no nos engañemos. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que no importe. Ojo. La actitud siempre importa. Hay una frase que puede ayudarnos a entender esto de una forma menos fantasiosa y también menos cerrada: el pensamiento es, a menudo, una condición necesaria pero no suficiente.

Dicho esto, quiero compartir con ustedes un ejemplo de cómo es que los pensamientos pueden tener gran poder en nosotros y en nuestras vidas, como sugiere Nolan en Inception y Marco Aurelio en sus Meditaciones. Hace algún tiempo, Wade Davis (etnobotánico) y Regis DeSilva (cardiólogo), investigadores de la Universidad de Harvard, revisaron numerosos casos de muerte y enfermedad por vudúy brujería, que fueron documentados por antropólogos en diversas culturas tradicionales. Encontraron, entre otras cosas, que con frecuencia las “maldiciones” o “embrujos” funcionaban básicamente por una cuestión psicológica, que a última cuenta derivaba en padecimientos reales y a veces en la muerte.

Aparentemente, la mayoría de las veces la preocupación de haber sido “embrujado” (porque se procura que el sujeto esté enterado), se vuelve tan crónica que el sistema simpático nervioso del individuo se descontrola y ocasiona una grave vasoconstricción sanguínea que puede causar una fatal caída de la presión sanguínea. En resumen, Davis y DeSilva sugieren que la mayoría de los casos de muerte por brujería o vudú no son otra cosa sino versiones extremas de infartos ocasionados, más que por el chamán o la bruja, por el mismo sujeto. Por su creencia.

A partir del estudio mencionado, se puede concluir que si la creencia puede curar (hay muchos casos documentados en este sentido), entonces…, también puede matar. Evidentemente pues, la fe (la creencia) tiene un polo positivo y otro negativo; un lado blanco y un lado oscuro. Y por ello, aunque debe reconocerse que no es fácil, parece que nos conviene de vez en cuando analizar nuestros pensamientos más frecuentes y nuestras creencias. Lo bueno es que podemos decidir lo que creemos estimado lector… ¿o no?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

Twitter: @RodriguezMquez

Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

AURELIO, M. (2016). Meditaciones. México: Editores Mexicanos Unidos S.A.

DAVIS, W., y DeSilva, R. (s/f). Psychophysiological death: a cross-cultural and medical appraisal of voodoo death, en Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Third Edition: New York.

La irresponsabilidad ocasional de la fe

El pasado domingo al transitar en mi vehículo de Zacatecas a Villanueva, mi pueblo natal, observé la gran cantidad de peregrinos que transitan hacia el templo de San Judas Tadeo. Aquella imagen barroca y sorprendente me impulsó a pensar detenidamente acerca de un tema que es por demás sensible para muchas personas. No es mi intención herir susceptibilidades; sin embargo, creo que es útil reflexionar un poco en torno a esta situación.

Desde la antigüedad, los grupos humanos han recurrido a diversos modos para alcanzar estados psíquicos de trascendencia o conciencia alterada con el objetivo de acercarse un poco más a lo divino. Los rituales repetitivos y extenuantes, incluso ocasionalmente sazonados con el uso de drogas, han sido parte fundamental de las experiencias religiosas de un sinnúmero de pueblos desde siglos y milenios atrás.

Ejemplos de lo anterior son los bailes que se prolongan durante días de los Sioux de América del Norte, las largas horas de himnos y sermones de los Shakers de San Vicente, los cantos y contoneos de los Drviches de Turquía, los rituales de los Huicholes en su camino a Wirikuta, y también en el presente, las peregrinaciones religiosas como las que tienen lugar en este lugar durante el mes de octubre, que aunque parecen de menor intensidad, cumplen cabalmente con el proceso general del ritual.

La antropóloga Erika Bourguignon[1], describe que la finalidad de estas prácticas es alcanzar un estado de esperanza reforzada, un sentimiento de liberación y de euforia. Apunta además que la particularidad de estos procesos de búsqueda es que son personales, pero se alcanzan en un marco grupal que contribuye a generar una atmósfera mística. Posteriormente, estas experiencias se recuerdan con satisfacción, lo que impulsa a su repetición periódica.

La esperanza reforzada que menciona Bourguignon, no parece otra cosa que lo que conocemos como “fe”. Este estado emocional es provocado y exaltado, en este caso, por una actividad extenuante como caminar cuarenta o cincuenta kilómetros, muchas de las veces en un solo día.

Esta especie de retiro que se vive en muchos lugares del país, sin duda contribuye en alguna medida a reducir las tendencias estresantes de la vida, porque la actitud de los peregrinos gira generalmente en torno a sentimientos como el agradecimiento, el optimismo y la esperanza, que comprobado está, tienen beneficios sutiles pero importantes para la salud. Por ejemplo, Goleman[2] menciona, basándose en estudios de pacientes enfermos de cáncer realizados en Estados Unidos de América, que la gente que tiene actitudes positivas es más capaz de resistir estas circunstancias difíciles.

La actividad pues, es justificable en el ámbito psicológico y físico del individuo, al mismo nivel quizás que la meditación, el yoga o el ejercicio aeróbico como formas de controlar o fomentar ciertas emociones. Es probable que al menos en parte, por ello sigan  vigentes en el espectro cultural mexicano.

Ahora bien, no podemos ignorar que este elemento cultural convertido en tradición, roza en la actualidad de manera importante con la temeridad, puesto que se realiza sobre una carretera federal, con mínimos controles de seguridad y con frecuencia por la noche.

Sorprende que aunque se acondicionen espacios a un costado de la carretera, la gente a menudo prefiere transitar sobre ella. Sorprende también la presencia de bebés en brazos, infantes en carriolas, niños y adultos mayores.

De los adultos se entiende la necesidad de emprender dicha travesía, a pesar de conocer el riesgo que existe, pero lo que me parece una verdadera irresponsabilidad ocasional de la fe es arriesgar a los niños en estas odiseas, dado que evidentemente ellos no toman esas decisiones, ni están en condiciones de tomarlas.

Es importante concientizarnos en estos aspectos. No nos vaya pasar lo que pasó hace no mucho en el municipio de Mazapil, donde en un infortunado accidente murieron al menos veinte peregrinos y entre ellos, un niño de cuatro años. ¿Usted cree que él debió en principio estar en esa peregrinación?

Imagen tomada de NTR Zacatecas.

Bibliografía:

[1] En Aldous Huxley et. al, “La Experiencia Mística y los estados de conciencia”, Kairós, Barcelona, España. 1972.

[2] En Daniel Goleman, “La inteligencia emocional”, Vergara, México D.F., 2000.