Por un mejor futuro alimentario

Por Jorge Williams y Raúl E. Rodríguez

Existen hoy en día, según algunos cálculos, entre uno y cuatro millones de productos en el sector de alimentos y bebidas, cuando hace apenas medio siglo el número era incomparablemente menor. Este ritmo es insostenible. Por un lado, está la amenaza medioambiental; por otro, el sistema de salud colapsa ante el aumento de enfermedades crónicas derivadas de una mala alimentación.

Nuestra cultura, en este sentido, se ha vuelto tóxica: aunque el sistema cumple con mantener vivos a la mayor cantidad posible de personas, lo que tenemos a la mano como alimento resulta cada vez menos confiable para satisfacer de manera adecuada nuestras demandas nutricionales. Por ello, es urgente crear una nueva cultura que recupere sentido y propósito en el acto de comer, que se base en información científica y confiable, vinculada a nuestras necesidades biológicas, y que promueva una mayor conciencia medioambiental y bioética. Esta nueva cultura debe cimentarse en cuatro pilares, que describimos a continuación.

Mejor producción

Un mejor porvenir en cuanto a nuestra alimentación requiere que abandonemos la obsesión por la eficiencia y el crecimiento, y empecemos a pensar en robustez y diversidad. Desde hace décadas, el sistema global de producción de alimentos ha priorizado el rendimiento sobre la variedad y la cantidad sobre la calidad. Por ejemplo, a pesar de que existen alrededor de 70 000 especies de plantas con partes comestibles, la agricultura moderna utiliza únicamente 20 para generar el 90 % de las calorías que consumimos los humanos. En México, el 50 % de nuestras calorías proviene solo del arroz, trigo y maíz. En países como Estados Unidos, una persona promedio obtiene más de la mitad de sus calorías de alimentos ultraprocesados. En nuestro país, ese número oscila entre 30 y 50 %, aproximadamente.

Tal homogeneidad crea una fragilidad sistémica. Necesitamos sistemas capaces de producir una mayor diversidad de alimentos integrales, locales y nutritivos, que emulen a los ecosistemas naturales y favorezcan la diversidad, la redundancia y la resiliencia. Hoy en día, aunque las personas quisieran cumplir con la cuota recomendada de frutas y vegetales, no podrían, porque el sistema no produce suficiente cantidad de estos alimentos. Producir alimentos integrales y proteína animal es muy costoso, tanto económica como medioambientalmente, así que es necesario desarrollar nuevas formas de producción. Alimentar a todos sin agotar los recursos del mañana ni colapsar el sistema de salud es el gran desafío de nuestro tiempo.

Para avanzar en este colosal propósito, primero hay que reconocer que no es algo fácil. La tendencia histórica —y la propia lógica del sistema— ofrecen pocos incentivos para cambiar de dirección. Desde la invención de la agricultura, el primer gran punto de inflexión que redujo la diversidad alimentaria, hemos caminado hacia la uniformidad. Y aunque la enorme variedad de productos disponibles sugiera lo contrario, hoy seguimos en esa ruta: nuestra “diversidad” actual es más aparente que real.

No obstante, en este panorama complejo y abrumador existen burbujas que muestran otros caminos. Uno de los ejemplos más notables son los sistemas agroforestales tradicionales de Indonesia, conocidos como pekarangan. En estos huertos familiares, presentes desde hace siglos en Java, Bali y Sumatra, conviven árboles frutales, especias, legumbres, hortalizas, tubérculos y plantas medicinales en una armonía estable. En uno solo de estos terrenos pueden coexistir más de sesenta especies comestibles, lo que garantiza una dieta variada, resiliencia frente al cambio climático y un uso más eficiente de los recursos. Hoy, este modelo se revitaliza con apoyo científico y tecnológico, aunque únicamente en sus regiones de origen.

Mejor nutrición

La alimentación no depende solo de decisiones individuales; está condicionada por el sistema que moldea estas decisiones: acceso, precio, información, mercadotecnia y cultura. Tres mil millones de personas en el mundo no pueden costear una dieta saludable, mientras los productos ultraprocesados dominan las estanterías de los supermercados y tiendas de conveniencia. Comer bien se ha vuelto un privilegio, cuando debería ser un derecho, razón por la cual resulta necesario rediseñar el entorno alimentario para que lo saludable sea más accesible y conveniente.

Varios estudios muestran que pequeños cambios, como colocar frutas y verduras a la altura de los ojos y alejar los ultraprocesados, aumentan significativamente su consumo. Pero evidentemente no basta con educar al consumidor o reorganizar la alacena en casa si el sistema empuja en sentido contrario. La solución requiere colaboración entre actores: reformular productos, regular la publicidad, mejorar la información y aumentar la inversión en salud preventiva. La nutrición empieza mucho antes del plato: la “zona cero”, como dicen los epidemiólogos, está en los supermercados y en lo que se produce en los campos y empresas.

Además, en este gran objetivo de mejorar la nutrición, es imprescindible tener claro lo que nuestro cuerpo realmente necesita: la nutrición tiene un fundamento biológico que no puede ignorarse. Puede parecer obvio, pero la confusión es frecuente y se hace evidente al observar la existencia de tantas dietas diferentes, todas ellas presentadas como “saludables”. Nuestro organismo requiere una base mínima de nutrientes para funcionar de manera óptima, y muchas prácticas culturales, aunque valiosas, pueden no ser las más adecuadas. La clave está en establecer y comunicar esta base científica para que sobre ella puedan construirse todas las variaciones culturales posibles, de modo que la diversidad alimentaria siga siendo enriquecedora, sin comprometer la salud ni el bienestar.

Mejor medio ambiente

La agricultura regenerativa ofrece una vía concreta para reparar lo que hemos deteriorado: regenera suelos, captura carbono y restaura biodiversidad. En diferentes regiones del mundo, los resultados son prometedores: mayor productividad a largo plazo, mayor capacidad de retención de agua y una reducción significativa en el uso de fertilizantes. No se trata solo de reducir daños, sino de sanar e incluso transformar ecosistemas. Hacer más con menos.

Los desafíos, sin embargo, no terminan en la producción. Un tercio de los alimentos que generamos se desperdicia, especialmente durante la distribución y el consumo. Los supermercados pueden convertirse en epicentros de cambio si priorizan productos frescos, locales y de temporada. Reestructurar las cadenas de suministro y el papel de los diversos actores para mejorar la distribución de alimentos integrales y reducir pérdidas es una de las acciones más urgentes y con mayor impacto.

Crear cadenas de valor sostenibles requiere alinear objetivos e incentivos entre actores y grupos de interés, mejorar las estructuras de producción y distribución, optimizar los flujos de información y fomentar una cultura de colaboración intersectorial. Tal como mencionamos antes, ya existen modelos exitosos que muestran cómo combinar sostenibilidad, diversidad y productividad: las terrazas gudeuljang de Corea del Sur y los sistemas agroforestales tradicionales de Indonesia (pekarangan) demuestran cómo podría potenciarse la producción respetando los ecosistemas y favoreciendo la diversidad alimentaria.

Una vida mejor

Pensar en una vida mejor desde esta perspectiva implica también ser más empáticos con los animales que se crían para nuestro consumo. El sistema actual, además de ilógico y poco diverso, es cruel. Más allá de los costos derivados de la producción de proteína de origen animal, está la cuestión bioética: los animales son parte fundamental del medio ambiente y de la biodiversidad, y merecen un trato justo y digno.

Por supuesto, no podemos negar la naturaleza de la vida: para alimentarnos necesitamos consumir organismos vivos —que estuvieron vivos o productos derivados de ellos—. Sin embargo, hay formas más o menos responsables de hacerlo. Es necesario, y además urgente, que transitemos hacia sistemas que satisfagan nuestras necesidades al mismo tiempo que reduzcan el sufrimiento y fomenten culturas alimentarias menos tóxicas, no solo desde la perspectiva de eficiencia o adaptación, sino también desde una conciencia que reconozca la dignidad de los animales, la salud de los ecosistemas y la interconexión de todas las formas de vida.

Conclusión

Avanzar hacia un futuro alimentario más justo y sostenible exige reaprender a pensar, producir y comer en red, reconociendo que la producción, la nutrición, el medio ambiente y la vida están profundamente interconectados. No se trata solo de generar más alimentos, sino de producirlos de manera diversa, nutritiva y respetuosa con los ecosistemas, garantizando que comer bien sea un derecho accesible y no un privilegio.

Transformar el sistema requiere coordinación entre actores, innovación basada tanto en la ciencia como en la tradición, y la construcción de culturas alimentarias menos tóxicas. Sin olvidar que comer —como señaló Marvin Harris— no es solo una necesidad fisiológica, sino una expresión de cultura, poder y pertenencia: un acto de relación con los demás y con el mundo que habitamos. Desde esta óptica, reaprender a comer con esa conciencia puede ser la palanca que nos conduzca a vivir en mayor equilibrio con el planeta, con los otros y con nosotros mismos.

Jorge Williams es Director fundador de Leadership: Consultoría y capacitación, instructor en el Departamento de Capacitación y Desarrollo de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz y especialista en temas de marketing, economía, comunicación, entre otros.

Wait, y una pareja en la lluvia

Volvía del trabajo, recorriendo el periférico que bordea la ciudad. La llovizna ligera caía, haciendo brillar el pavimento como un espejo difuso y empañando mi parabrisas por momentos. Los cerros que abrazan Zacatecas se perdían entre la neblina, y al fondo, el Centro Histórico se distinguía apenas, con sus torres coloniales apuntando al cielo gris. Todo parecía envuelto en una calma delicada, casi mágica.

En medio de ese paisaje apareció ante mí una pintura singular, una escena casi cinematográfica. En el estéreo sonaba casualmente Wait, de la banda francesa M83, y una pareja joven avanzaba en motocicleta. Ella llevaba casco, él no. Y en ese gesto pequeño y hasta imprudente se escondía algo profundo, que a menudo pasamos de largo: un impulso de protección, una inclinación natural por resguardar a quien se quiere, a quien te importa, incluso cuando ello implica un riesgo… y precisamente por ello. Esa irresponsabilidad medida, esa decisión silenciosa de exponerse para cuidar, para proteger, es algo que, desde tiempos inmemoriales, como un instinto, nos conecta con nuestra historia, con nuestra especie, con la noción misma de lo masculino.

Fue uno de esos momentos en que todo parece encajar, y el mundo recuerda —o nos hace recordar—, aunque sea por un segundo, que la bondad no siempre necesita palabras ni gestos grandiosos, y que la vida, con frecuencia, es como una película, y susurra verdades que pueden ser escuchadas si estamos atentos.

Mientras la pareja se alejaba por la carretera húmeda, comprendí —o recordé, más bien, porque hay cosas que deben recordarse con frecuencia— que la belleza no está en los grandes eventos ni en los monumentos, sino en lo pequeño, en estos instantes cotidianos que nos revelan la esencia de lo humano: la atención al otro, la protección entregada sin condiciones, la interconexión y la armonía que puede revelarse cuando los actos, la música, la lluvia, la velocidad y la ciudad parecen alinearse para recordarnos que algunas cosas, en su simpleza, siguen y siempre estarán bien.

La borrachera de la igualdad

La diferencia es parte de la vida y del universo. No hay que luchar por ser diferente, la diferencia viene sin pedirla. Incluso los gemelos, que tienen el mismo ADN, nacen casi a la misma hora y viven prácticamente las mismas experiencias durante la infancia acaban derivando en personalidades e identidades muy distintas. La diferencia es, de hecho, incontrolable.

Natural y evidentemente, en nuestra especie, los machos y hembras somos distintos. Y no solo nos diferenciamos desde bases comparativas individuales, sino sobre todo generales. No solo nos diferenciamos física y anatómicamente, sino también, y sobre todo, psicológicamente.

Hombres y mujeres actuamos, pensamos y vemos el mundo de formas profundamente distintas, lo cual además de innegable es lógico dado que a lo largo de nuestro devenir histórico y evolutivo hemos enfrentado diferentes retos para nuestra supervivencia. Estos desafíos desiguales, como las micro-diferencias de crianza que viven los gemelos, han derivado en tendencias de constitución distintas. Estas diferencias son nuestro presente, queramos o no.

Tal pareciera que en la actualidad, como medida desesperada ante diversas situaciones penosas y trágicas, hemos decidido fingir que somos iguales. Pero no lo somos. Y en el camino bien puede que el remedio, la alucinación, acabe siendo más dañina que la enfermedad.

En la naturaleza, la diferencia es una especie de seguro contra el futuro, una suerte de diversificación financiera en las apuestas e inversiones de la vida. La igualdad, al contrario, es poner todos los huevos en la misma canasta. Es muy riesgoso. A la natura no le agrada la igualdad porque con un cambio brusco todo puede irse por la borda. Así, la igualdad constitutiva no es un ideal que valga la pena perseguir.

Por ello, reconocer nuestras diferencias en el presente no es tanto una conveniencia como una necesidad. Si no logramos trascender la borrachera de la igualdad y nos reconocemos diferentes, no mejores ni peores, pero sí más aptos y menos aptos, así como más dispuestos y menos dispuestos para ciertas tareas, no podremos construir mejores sociedades ni mejores relaciones.

Negar nuestras diferencias ha sido una salida fácil a problemas complejos, una simpleza, y, al mismo tiempo, una negación del gran potencial que tenemos como especie. La diferencia es parte de la vida, del universo y, por lo tanto, de la condición humana. No hay nada de malo en ello, al contrario.

La posibilidad más segura de las posibilidades

Hoy, como casi todos los días, por la mañana fui a comprar un café. Llegué a la cafetería y me formé a esperar mi turno. No pasaron dos minutos cuando alguien de más o menos mi edad se formó detrás de mí. Luego llegó alguien más, de mi edad o más joven, quien tomó su lugar en la fila.

Estos dos individuos, hombres ambos, que llegaron por separado, se conocían. Se saludaron y empezaron a tener una conversación que inevitablemente escuché, y que derivó en uno de los eventos más reflexivos de mi día. Si estamos atentos a veces la cotidianidad te da regalos como estos. La conversación fue más o menos así:

– ¡Hola!, qué gusto verte, ¿cómo estás? – el primero le dijo al segundo.

– No muy bien, pero aquí andamos – respondió el segundo.

– ¿Por qué amigo? – continuó el primero.

– Estoy un poco enfermo – siguió el segundo.

– ¿Qué tienes? – prosiguió la conversación, esperando quizás una respuesta menos penetrante.

– Tengo cáncer; cáncer de pulmón – remató el segundo, en un tono un tanto despreocupado, como si se tratara de gripe.

Hubo un momento de silencio. No solo entre ellos, sino en la cafetería entera.

La facilidad con la que el hombre comunicó su enfermedad, además de la entereza y calma con que lo hizo me impresionó. Me hizo pensar que a menudo andamos tan hipnotizados por la rutina y la cotidianidad que difícilmente nos pasa por la mente que la enfermedad y la muerte caminan junto a nosotros todos los días; que siempre hay personas a nuestro alrededor que están pasando por épocas aciagas; que la muerte no solo es una posibilidad lejana, sino la posibilidad más segura de las posibilidades, como decía Heidegger.

Me provocó además una espontánea y honesta admiración. El hecho de que alguien pueda ver a la muerte a los ojos, sin miedo, como algo natural, resulta admirable y abrumador, pero también pedagógico. Es un éxito. Una suerte de logro. No es fácil.

Al salir, un poco aturdido, recordé algo que leí en algún libro. No recuerdo cuál. El autor o autora decía que como individuos, el último aprendizaje, y quizás el más importante, que podemos brindar a nuestros seres queridos es precisamente la muestra del bien morir.

Los que somos padres sabemos que cuando los niños alcanzan cierta edad empiezan a preguntar por qué existe la muerte, a dónde van los que han muerto, qué se siente morir y más. Y para responder estos cuestionamientos hacemos uso de distintas ideas, algunas religiosas y otras no tanto, pero todas enfocadas en amortiguar la ansiedad que la conciencia de mortalidad provoca naturalmente no solo en los chiquillos, sino en todos los humanos.

A última cuenta esas palabras son como una aspirina que alivia los síntomas temporal y deficientemente. Dado que los humanos aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que escuchamos, en realidad no podremos mostrar y demostrar a nuestros seres queridos que la muerte no debe ser temida hasta que lo hagamos con el ejemplo, si acaso podemos. La oportunidad llegará. Eso es seguro.

Inquebrantables de Daniel Habif

Honestamente, acostumbro solo reseñar obras que me vuelan el cerebro. Aquellas que para mi juicio se quedan en la medianía o más abajo suelo ignorarlas. No obstante, he caído en la cuenta de que a veces también es necesario opinar sobre aquello que no encaja… o, al menos, no nos encaja en lo personal.

Inquebrantables de Daniel Habif, sinceramente y para mi gusto, es una de esas obras de media tabla para abajo.

Debo decir que aunque no me llamaba la atención decidí leerla debido a que a menudo pierdo referencia sobre lo que se escribe popularmente y creo que resulta necesario, de vez en cuando, evaluar con lupa ese tipo de contenido porque suele influir en muchísima gente…

¿Todo es negativo en Inquebrantables? No. Asegurarlo así evidenciaría debilidad lectora y analítica porque, aceptémoslo, nada es completamente malo ni completamente genial. Estoy convencido de que en todas partes podemos encontrar algo de valor si ponemos la atención suficiente. Sin embargo, también creo que hay veces que esto es más difícil…

Los que nos hemos topado con los videos del autor sabemos que están llenos de emoción, de ritmo, y que son estremecedores y motivantes. Es innegable que Daniel tiene un gran talento para la comunicación, aunque, desde mi óptica, su filosofía adolece de profundidad y contacto con la realidad. Claro, esto puede no ser importante para muchos, y está bien, pero para los que andamos buscando justamente eso, sí lo es.

De Inquebrantables me gustó que incentiva la disciplina, la acción y la constancia; que defiende el ejemplo como parte fundamental de ayudar a otros y que acepta que todo tiene un precio, el mismo que invita a pagar con trabajo, sacrificio y actitud «inquebrantable».

Por otro lado, me parecieron chocantes los acentos excesivos que pone en Dios y en la existencia natural de una esencia, un propósito inherente, que los humanos debemos sencillamente buscar en nuestro interior (no construir o decidir). Ambos elementos los utiliza de una forma muy superficial.

Algo que me parece importante señalar es que el autor promueve sentimientos de culpa y humillación (sin darse cuenta), sobre todo en los desfavorecidos, al señalar que cada uno de nosotros somos la única causa de nuestras realidades. ¿Lo somos? ¿Será que todos decidimos la clase social, la familia, los genes, el país, el sexo o el género que tenemos? ¿Será que el niño que ha nacido en una familia que tiene que pedir dinero en los semáforos para sobrevivir eligió esa vida?

Por supuesto, entiendo que es mejor tener una actitud positiva ante la vida que una negativa. Eso lo concedo sin problema. Sin embargo, creo que no por eso debemos olvidar que una buena actitud es solo una condición necesaria pero, muy a menudo, insuficiente para alcanzar el éxito.

Señalar esta disonancia es relevante porque si no vemos a la realidad directamente a los ojos, en este tema y en otros, con mayor dificultad podremos cambiarla. No se puede extirpar un cáncer sin verlo. No se puede cambiar un mal hábito si no estamos conscientes de su existencia. No se puede cambiar la realidad si pensamos que, en nuestra sociedad, solamente es necesario trabajo y voluntad para «pegarle al gordo»; para alcanzar nuestras metas y sueños.

En términos generales, como una herramienta de motivación la obra puede cumplir, tiene momentos y frases que ciertamente pueden ser motivadoras, pero como una fuente de realidad, de conocimiento sobre cómo funciona la sociedad, y de verdadera filosofía y cosmovisión, no cumple.

Cumplir con esto seguramente no fue la intención del autor. Sin embargo, es importante que los que decidan leerla estén conscientes claramente de esto para que no se confundan y no sobre dimensionen su valor.

Para bien y para mal.

Experimentos de conformidad. Los humanos pensamos colectivamente

En un famoso experimento, el psicólogo estadounidense Solomon Asch demostró que los humanos nos vemos influidos en una medida alucinante por la opinión de los que nos rodean; incluso al punto enfermizo en que podemos llegar a no tomar en cuenta los hechos y la realidad. Asch mostró a un grupo considerable de individuos tres líneas en una tarjeta y les preguntó cuál era más larga. En la sala de investigación, todos eran colaboradores del psicólogo, menos uno: el sujeto estudiado. Este, lógicamente, no tenía conocimiento de esta circunstancia.

La respuesta correcta de la disyuntiva era evidente, no obstante, se les había pedido a los colaboradores que respondieran uno a uno erróneamente, a fin de observar cuál era la reacción del sujeto de prueba. En todas las ocasiones, el sujeto daba la misma respuesta equivocada del grupo. Se dejaba llevar por la corriente e incluso en ocasiones aseguraba haber percibido las cosas tal como las decían los demás.

A estos estudios se los conoce como los experimentos de conformidad. Se han replicado varias veces y han arrojado una y otra vez los mismos resultados. En función de estos se ha estimado que en términos generales esta conducta se debe a nuestra condición biológica de animales sociales, que conlleva una ansia de pertenencia de grupo.

Como lo sugiere el experimento, esta ansia nos resulta de manera natural más intensa que la búsqueda de la verdad o la percepción de la realidad. Es parte de un mecanismo con un gran valor de supervivencia relacionado con el aprendizaje social. En las especies sociales, por ejemplo, las crías que siguen la conducta de sus madres y pares en cuanto a qué comer y qué evitar tienen más probabilidades de sobrevivir, en comparación con las que se aventuran a descubrirlo todo por sí mismas.

Ahora bien, ciertamente esta inclinación hacia el pensamiento de grupo sigue ahorrándonos en estos momentos problemas y energías, pero también es un hecho que resultará prudente considerar que no siempre los modelos y los grupos en los que nos desenvolvemos tendrán la razón. Es imposible. La sabiduría cultural, tradicional o familiar puede, eventualmente, estar equivocada o incluso ser superada por nuevas formas de conocimiento, y por ello debemos estar atentos a cuando las fuerzas de la conformidad entren en juego en nuestros cerebros y nublen nuestros juicios.

Para nuestra suerte no todas son malas noticias, Solomon Asch también descubrió que una sola voz discordante puede cambiar todo el panorama. Cuando una sola persona se ciñe a la verdad, abre la puerta entera al cambio. En este escenario, los sujetos de prueba confían mucho más en la información que les brindan sus sentidos y se muestran más dispuestos a defender su punto de vista.

En términos bastante reales y objetivos, los humanos somos, más que individuos, sujetos colectivos. Para bien y para mal.

Poco Ortodoxa: ¿por qué vale la pena ver la serie de Netflix que versa sobre judaísmo extremo?

Unorthodox es un trabajo recomendable. La mini serie original de Netflix muestra cómo las culturas, aunque son útiles en términos adaptativos, pueden desvincularse demasiado de las realidades, que son siempre cambiantes. En este caso, tal problemática se expresa tomando como punto de partida las tradiciones de la rama más cerrada y extrema del judaísmo, que en pleno siglo XXI sigue reduciendo y controlando abruptamente los roles de las mujeres.

El trabajo refleja la lucha que emerge de la diferencia y la disensión a lo interno de una comunidad. Un tipo de lucha que, vale decir, no es exclusiva de esta cultura ni de este caso (inspirado en hechos reales), sino que aplica a todas las sociedades humanas porque entrama un hecho universal, omnipresente e irremediable, que se resume en una máxima estoica: todo cambia todo el tiempo.

Aunque los humanos nos afanamos en la permanencia y la continuidad, porque naturalmente tememos a lo desconocido, la verdad es que la única constante en la historia es el cambio, que acaba por trastocar todo; incluso a las culturas, que son de cierto modo una forma de resistir las transformaciones y el paso del tiempo.

Como podemos observar en Unorthodox, la lucha de la protagonista contra la tradición y el status quo no es solo externa, sino también, y particularmente, interna. Aquel que resulta diferente en cualquier esfera comunal (o eventualmente decide serlo), tiene que lidiar no solo con la trinchera social, con aquellos individuos que resisten el cambio y defienden lo establecido, sino también con los demonios internos que provoca tal circunstancia… que a menudo son más temibles.

Para mi sorpresa, esta serie no fue una narrativa simple y superficial basada en un feminismo ligero, como, debo confesar, me daba la impresión. Todo lo contrario: me pareció un trabajo bien logrado que desde una perspectiva equilibrada y directa toca tanto la verdadera opresión femenina como la desigualdad que esta ocasiona en el mundo. Esas son conversaciones que vale la pena traer a la mesa.

SOUL, la nueva película de Pixar y Disney

Soul, la nueva película de Pixar y Disney, es una verdadera maravilla. Aunque desde luego entretiene y gusta a los niños, es más bien una obra para todo tipo de público. Me atrevería a decir que es más para grandes que para pequeños, por la profundidad de su trama. Los protagonistas son un músico frustrado de jazz y una alma no nacida, apática, que no le encuentra sentido a vivir. Es una obra maestra que todos deberían ver, entre otras cosas, porque es una prueba fehaciente y evidente de que el paradigma narrativo ha cambiado y lo ha hecho para bien, aunque les incomode a los tradicionalistas y a los que piensan que todo lo que ya pasó siempre es mejor. No…, no es así.

Los héroes y protagonistas acá ya no son siempre blancos, ni siempre hombres, y las mujeres ya no son siempre princesas en busca de marido; ya no existen como tal un destino y un propósito escritos en letras de oro o hierro y tampoco un yo esencial. La esencia del yo ha caído en la narrativa y ahora el nuevo paradigma señala que corresponde a cada quien forjar su destino, crecer y construir su propósito en la vida; ese es el argumento más revolucionario de Soul. El propósito ya no viene dado por las instituciones, ni por algo por el estilo; y tampoco hay que descubrirlo, sino construirlo, crearlo. La relatividad e independencia del propósito ha llegado. Si en estos tiempos se hubiera escrito Cenicienta, bajo estos cánones, lo más seguro es que esta niña habría salido de la pobreza y de la opresión sola, y no por medio de un casamiento. Se habría emancipado o habría creado una empresa, escrito un libro o hecho influencer al compartir su historia con las Naciones Unidas.

Después de ver Soul me di a la tarea de investigar quién había escrito semejante grandiosidad y encontré que los escritores del trabajo fueron Pete Docter, Mike Jones y Kemp Powers; y bueno, los tres son unos genios, pero al ver los trabajos particularmente de Docter entendí a cabalidad por qué Soul es tan buena. Docter fue también guionista de Intensa-mente, Up, Wall-E, Monsters Inc. y Toy Story. Películas que han trascendido las fronteras de la infancia y han conquistado a los adultos también, por la pertinencia de sus tramas. Piense usted en la visión que otorga Wall-E, acerca de un futuro distópico en el que los humanos tenemos que abandonar la Tierra porque ya está completamente deteriorada, pertinente sí o sí; o en Intensa-mente (Inside out) en la que se cuenta la historia de los verdaderos mecanismos electroquímicos que gobiernan nuestra conducta y en la que no hay alma dentro de Riley, sino simples algoritmos, revolucionaria sí o sí. Ambas son joyas y por supuesto, son parte del nuevo paradigma narrativo.

A título personal, quedé encantado con la historia de Soul por las metáforas utilizadas, el simbolismo, el argumento de fondo, el uso de conceptos como el del flujo en la inspiración, “The zone”, por la importancia atinada que le brinda a las pequeñas cosas de la vida, porque acá importa más el camino que el destino y por las referencias filosóficas y existenciales que inundan desde el principio hasta el final la película. Piense usted: vaya que se necesita talento, habilidad y osadía para integrar en una serie de dibujos animados referencias a George Orwell (el famoso escritor de 1984 y de la Rebelión en la granja) la Madre Teresa, Copérnico y hasta de Carl Jung (el famoso psicólogo, discípulo de Freud y autor de El hombre y sus símbolos); para hablar de realidades cuánticas, de la muerte (el gran después) y de planos que se ubican, como ahí se señala: «hipotéticamente», entre lo físico y lo espiritual. Y para, al mismo tiempo, criticar la educación del estado, mencionar a la clase dominante y preguntarse por el sentido de la existencia una y otra vez. Un agasajo impresionante para los que somos introspectivos.

El poder de la creencia; para bien y para mal

Casi al final del intrincado y extraordinario filme de Inception (El Origen, en español), del director de cine Christopher Nolan, el personaje principal, interpretado por Leonardo Di Caprio, dice: «Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La semilla más pequeña de una idea puede crecer. Puede crecer hasta definirte o destruirte…».

Este magnífico trabajo cuenta con unos efectos especiales impresionantes y su trama, aunque resulta algo confusa al principio, es muy entretenida (si el lector no ha tenido la oportunidad de verla, obviamente se la recomiendo; es un filme de 2010). Pero lo que quiero destacar en esta ocasión, no son las cuestiones técnicas o visuales de esta obra, sino su argumento principal, que está construido sobre la frase ya citada. En dicha oración, de una manera sutil y elegante, casi imperceptible, el director nos hace una advertencia: cuidado con lo que piensas.

Lo que piensas puede edificarte, puede contribuir a tu crecimiento personal o profesional, pero también puede estancarte o incluso matarte: es un arma de dos filos. Este es un tema que por supuesto no es nuevo; es filosofía milenaria. Ya decía Marco Aurelio, hace casi dos mil años en tiempos del Imperio Romano: «tu alma o sea tu mente, será del mismo modo que las cosas en que pienses frecuentemente, ni más ni menos, puesto que el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos».

Ahora bien, antes de continuar, una advertencia necesaria. Este tipo de consideraciones suelen malentenderse y sobredimensionarse. Suelen llevarse a los extremos y desde ahí desvirtuarse. Trataré de explicar esto con brevedad: aunque los pensamientos son muy importantes para construir realidades, no son el único factor. No debemos confundirnos. Existen varios factores más, en lo general políticos, sociales, biológicos y culturales. Es importante tener esto en cuenta, entre otras cosas para prevenir grandes decepciones y evitar caer en ingenuidades.

Por supuesto que si deseamos un coche, una casa, ganar más dinero o aprender a hacer algo nuevo, en principio tendremos que pensar en ello y tenerlo en cuenta una y otra vez, con ánimo positivo, pero eso no será suficiente para que el universo… mmm, ¿cómo se dice?, confabule a nuestro favor. No; no nos engañemos. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que no importe. Ojo. La actitud siempre importa. Hay una frase que puede ayudarnos a entender esto de una forma menos fantasiosa y también menos cerrada: el pensamiento es, a menudo, una condición necesaria pero no suficiente.

Dicho esto, quiero compartir con ustedes un ejemplo de cómo es que los pensamientos pueden tener gran poder en nosotros y en nuestras vidas, como sugiere Nolan en Inception y Marco Aurelio en sus Meditaciones. Hace algún tiempo, Wade Davis (etnobotánico) y Regis DeSilva (cardiólogo), investigadores de la Universidad de Harvard, revisaron numerosos casos de muerte y enfermedad por vudúy brujería, que fueron documentados por antropólogos en diversas culturas tradicionales. Encontraron, entre otras cosas, que con frecuencia las “maldiciones” o “embrujos” funcionaban básicamente por una cuestión psicológica, que a última cuenta derivaba en padecimientos reales y a veces en la muerte.

Aparentemente, la mayoría de las veces la preocupación de haber sido “embrujado” (porque se procura que el sujeto esté enterado), se vuelve tan crónica que el sistema simpático nervioso del individuo se descontrola y ocasiona una grave vasoconstricción sanguínea que puede causar una fatal caída de la presión sanguínea. En resumen, Davis y DeSilva sugieren que la mayoría de los casos de muerte por brujería o vudú no son otra cosa sino versiones extremas de infartos ocasionados, más que por el chamán o la bruja, por el mismo sujeto. Por su creencia.

A partir del estudio mencionado, se puede concluir que si la creencia puede curar (hay muchos casos documentados en este sentido), entonces…, también puede matar. Evidentemente pues, la fe (la creencia) tiene un polo positivo y otro negativo; un lado blanco y un lado oscuro. Y por ello, aunque debe reconocerse que no es fácil, parece que nos conviene de vez en cuando analizar nuestros pensamientos más frecuentes y nuestras creencias. Lo bueno es que podemos decidir lo que creemos estimado lector… ¿o no?

Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Antropólogo y Maestro en Humanidades.

Correo: raulniebla9@gmail.com

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Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez

Instagram: @raul_lbd

Referencias de apoyo:

AURELIO, M. (2016). Meditaciones. México: Editores Mexicanos Unidos S.A.

DAVIS, W., y DeSilva, R. (s/f). Psychophysiological death: a cross-cultural and medical appraisal of voodoo death, en Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Third Edition: New York.