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Unorthodox es un trabajo recomendable. La mini serie original de Netflix muestra cómo las culturas, aunque son útiles en términos adaptativos, pueden desvincularse demasiado de las realidades, que son siempre cambiantes. En este caso, tal problemática se expresa tomando como punto de partida las tradiciones de la rama más cerrada y extrema del judaísmo, que en pleno siglo XXI sigue reduciendo y controlando abruptamente los roles de las mujeres.
El trabajo refleja la lucha que emerge de la diferencia y la disensión a lo interno de una comunidad. Un tipo de lucha que, vale decir, no es exclusiva de esta cultura ni de este caso (inspirado en hechos reales), sino que aplica a todas las sociedades humanas porque entrama un hecho universal, omnipresente e irremediable, que se resume en una máxima estoica: todo cambia todo el tiempo.
Aunque los humanos nos afanamos en la permanencia y la continuidad, porque naturalmente tememos a lo desconocido, la verdad es que la única constante en la historia es el cambio, que acaba por trastocar todo; incluso a las culturas, que son de cierto modo una forma de resistir las transformaciones y el paso del tiempo.
Como podemos observar en Unorthodox, la lucha de la protagonista contra la tradición y el status quo no es solo externa, sino también, y particularmente, interna. Aquel que resulta diferente en cualquier esfera comunal (o eventualmente decide serlo), tiene que lidiar no solo con la trinchera social, con aquellos individuos que resisten el cambio y defienden lo establecido, sino también con los demonios internos que provoca tal circunstancia… que a menudo son más temibles.
Para mi sorpresa, esta serie no fue una narrativa simple y superficial basada en un feminismo ligero, como, debo confesar, me daba la impresión. Todo lo contrario: me pareció un trabajo bien logrado que desde una perspectiva equilibrada y directa toca tanto la verdadera opresión femenina como la desigualdad que esta ocasiona en el mundo. Esas son conversaciones que vale la pena traer a la mesa.

Soul, la nueva película de Pixar y Disney, es una verdadera maravilla. Aunque desde luego entretiene y gusta a los niños, es más bien una obra para todo tipo de público. Me atrevería a decir que es más para grandes que para pequeños, por la profundidad de su trama. Los protagonistas son un músico frustrado de jazz y una alma no nacida, apática, que no le encuentra sentido a vivir. Es una obra maestra que todos deberían ver, entre otras cosas, porque es una prueba fehaciente y evidente de que el paradigma narrativo ha cambiado y lo ha hecho para bien, aunque les incomode a los tradicionalistas y a los que piensan que todo lo que ya pasó siempre es mejor. No…, no es así.
Los héroes y protagonistas acá ya no son siempre blancos, ni siempre hombres, y las mujeres ya no son siempre princesas en busca de marido; ya no existen como tal un destino y un propósito escritos en letras de oro o hierro y tampoco un yo esencial. La esencia del yo ha caído en la narrativa y ahora el nuevo paradigma señala que corresponde a cada quien forjar su destino, crecer y construir su propósito en la vida; ese es el argumento más revolucionario de Soul. El propósito ya no viene dado por las instituciones, ni por algo por el estilo; y tampoco hay que descubrirlo, sino construirlo, crearlo. La relatividad e independencia del propósito ha llegado. Si en estos tiempos se hubiera escrito Cenicienta, bajo estos cánones, lo más seguro es que esta niña habría salido de la pobreza y de la opresión sola, y no por medio de un casamiento. Se habría emancipado o habría creado una empresa, escrito un libro o hecho influencer al compartir su historia con las Naciones Unidas.
Después de ver Soul me di a la tarea de investigar quién había escrito semejante grandiosidad y encontré que los escritores del trabajo fueron Pete Docter, Mike Jones y Kemp Powers; y bueno, los tres son unos genios, pero al ver los trabajos particularmente de Docter entendí a cabalidad por qué Soul es tan buena. Docter fue también guionista de Intensa-mente, Up, Wall-E, Monsters Inc. y Toy Story. Películas que han trascendido las fronteras de la infancia y han conquistado a los adultos también, por la pertinencia de sus tramas. Piense usted en la visión que otorga Wall-E, acerca de un futuro distópico en el que los humanos tenemos que abandonar la Tierra porque ya está completamente deteriorada, pertinente sí o sí; o en Intensa-mente (Inside out) en la que se cuenta la historia de los verdaderos mecanismos electroquímicos que gobiernan nuestra conducta y en la que no hay alma dentro de Riley, sino simples algoritmos, revolucionaria sí o sí. Ambas son joyas y por supuesto, son parte del nuevo paradigma narrativo.
A título personal, quedé encantado con la historia de Soul por las metáforas utilizadas, el simbolismo, el argumento de fondo, el uso de conceptos como el del flujo en la inspiración, “The zone”, por la importancia atinada que le brinda a las pequeñas cosas de la vida, porque acá importa más el camino que el destino y por las referencias filosóficas y existenciales que inundan desde el principio hasta el final la película. Piense usted: vaya que se necesita talento, habilidad y osadía para integrar en una serie de dibujos animados referencias a George Orwell (el famoso escritor de 1984 y de la Rebelión en la granja) la Madre Teresa, Copérnico y hasta de Carl Jung (el famoso psicólogo, discípulo de Freud y autor de El hombre y sus símbolos); para hablar de realidades cuánticas, de la muerte (el gran después) y de planos que se ubican, como ahí se señala: «hipotéticamente», entre lo físico y lo espiritual. Y para, al mismo tiempo, criticar la educación del estado, mencionar a la clase dominante y preguntarse por el sentido de la existencia una y otra vez. Un agasajo impresionante para los que somos introspectivos.

Casi al final del intrincado y extraordinario filme de Inception (El Origen, en español), del director de cine Christopher Nolan, el personaje principal, interpretado por Leonardo Di Caprio, dice: «Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La semilla más pequeña de una idea puede crecer. Puede crecer hasta definirte o destruirte…».
Este magnífico trabajo cuenta con unos efectos especiales impresionantes y su trama, aunque resulta algo confusa al principio, es muy entretenida (si el lector no ha tenido la oportunidad de verla, obviamente se la recomiendo; es un filme de 2010). Pero lo que quiero destacar en esta ocasión, no son las cuestiones técnicas o visuales de esta obra, sino su argumento principal, que está construido sobre la frase ya citada. En dicha oración, de una manera sutil y elegante, casi imperceptible, el director nos hace una advertencia: cuidado con lo que piensas.
Lo que piensas puede edificarte, puede contribuir a tu crecimiento personal o profesional, pero también puede estancarte o incluso matarte: es un arma de dos filos. Este es un tema que por supuesto no es nuevo; es filosofía milenaria. Ya decía Marco Aurelio, hace casi dos mil años en tiempos del Imperio Romano: «tu alma o sea tu mente, será del mismo modo que las cosas en que pienses frecuentemente, ni más ni menos, puesto que el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos».
Ahora bien, antes de continuar, una advertencia necesaria. Este tipo de consideraciones suelen malentenderse y sobredimensionarse. Suelen llevarse a los extremos y desde ahí desvirtuarse. Trataré de explicar esto con brevedad: aunque los pensamientos son muy importantes para construir realidades, no son el único factor. No debemos confundirnos. Existen varios factores más, en lo general políticos, sociales, biológicos y culturales. Es importante tener esto en cuenta, entre otras cosas para prevenir grandes decepciones y evitar caer en ingenuidades.
Por supuesto que si deseamos un coche, una casa, ganar más dinero o aprender a hacer algo nuevo, en principio tendremos que pensar en ello y tenerlo en cuenta una y otra vez, con ánimo positivo, pero eso no será suficiente para que el universo… mmm, ¿cómo se dice?, confabule a nuestro favor. No; no nos engañemos. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que no importe. Ojo. La actitud siempre importa. Hay una frase que puede ayudarnos a entender esto de una forma menos fantasiosa y también menos cerrada: el pensamiento es, a menudo, una condición necesaria pero no suficiente.
Dicho esto, quiero compartir con ustedes un ejemplo de cómo es que los pensamientos pueden tener gran poder en nosotros y en nuestras vidas, como sugiere Nolan en Inception y Marco Aurelio en sus Meditaciones. Hace algún tiempo, Wade Davis (etnobotánico) y Regis DeSilva (cardiólogo), investigadores de la Universidad de Harvard, revisaron numerosos casos de muerte y enfermedad por vudúy brujería, que fueron documentados por antropólogos en diversas culturas tradicionales. Encontraron, entre otras cosas, que con frecuencia las “maldiciones” o “embrujos” funcionaban básicamente por una cuestión psicológica, que a última cuenta derivaba en padecimientos reales y a veces en la muerte.
Aparentemente, la mayoría de las veces la preocupación de haber sido “embrujado” (porque se procura que el sujeto esté enterado), se vuelve tan crónica que el sistema simpático nervioso del individuo se descontrola y ocasiona una grave vasoconstricción sanguínea que puede causar una fatal caída de la presión sanguínea. En resumen, Davis y DeSilva sugieren que la mayoría de los casos de muerte por brujería o vudú no son otra cosa sino versiones extremas de infartos ocasionados, más que por el chamán o la bruja, por el mismo sujeto. Por su creencia.
A partir del estudio mencionado, se puede concluir que si la creencia puede curar (hay muchos casos documentados en este sentido), entonces…, también puede matar. Evidentemente pues, la fe (la creencia) tiene un polo positivo y otro negativo; un lado blanco y un lado oscuro. Y por ello, aunque debe reconocerse que no es fácil, parece que nos conviene de vez en cuando analizar nuestros pensamientos más frecuentes y nuestras creencias. Lo bueno es que podemos decidir lo que creemos estimado lector… ¿o no?
Raúl Eduardo Rodríguez Márquez
Antropólogo y Maestro en Humanidades.
Correo: raulniebla9@gmail.com
Twitter: @RodriguezMquez
Facebook: Raúl Eduardo Rodríguez Márquez
Instagram: @raul_lbd
Referencias de apoyo:
AURELIO, M. (2016). Meditaciones. México: Editores Mexicanos Unidos S.A.
DAVIS, W., y DeSilva, R. (s/f). Psychophysiological death: a cross-cultural and medical appraisal of voodoo death, en Sapolsky, R. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. Third Edition: New York.

Con mucha frecuencia olvidamos que todo depende del cristal con que se mire. Cuando opinamos acerca de algo, inevitablemente lo impregnamos de nosotros: de lo que somos y hemos vivido. Nuestra opinión emerge de nuestro yo, de nuestras condiciones biológicas, culturales, educativas y económicas, y en función de ello, es relativa. No puede ser de otro modo porque cada uno de nosotros somos el producto de circunstancias distintas.
Los historiadores saben muy bien que la Historia, como la vida, es relativa. Casi siempre están conscientes de que la mayoría de los relatos históricos han sido contados exclusivamente por los vencedores. Por ello, a menudo tienen que hacer grandes esfuerzos para generar historias complementarias de los pueblos vencidos; de los oprimidos y de los que han sido borrados o malinterpretados por ser considerados malos o villanos. En otras palabras, los historiadores con frecuencia tratan de equilibrar el discurso histórico, sesgado de origen, otorgándole voz a todas las partes involucradas. Esta estrategia no es nueva en esta disciplina, pero vaya que es un tema que apenas está tomando impulso en el cine.
Hace algunos días recordé estas ideas, acerca de la relatividad de la vida y la Historia, cuando me encontraba viendo la nueva serie del universo cinematográfico del Karate Kid, Cobra Kai, en la plataforma de streaming Netflix. Quizás debido a que esta producción, de forma aventurada y provocadora, le apuesta a la relatividad de su historia; a volver a contar la misma narración pero ahora desde otro punto de vista, el de los vencidos, el del grupo del dojo de Karate Cobra Kai. Algo que ciertamente ya se ha visto, por ejemplo en la reciente película del Guasón (The Joker) que hace personaje principal al eterno villano de Batman, pero que no es muy común en la narrativa.
A diferencia de otros universos de ficción, como el de Star Wars o el de Matrix, en el que los malos siempre han sido los malos y los buenos los buenos, acá se le ha dado la vuelta por completo a la moneda y se ha propuesto de inicio que Daniel LaRusso, el protagonista del Karate Kid en 1984, fue un tramposo y que Johnny Lawrence, el antihéroe original, en realidad fue la víctima. Este punto de partida resulta bastante fértil porque permite entrever una historia mucho más compleja, más parecida a la vida real. Cobra Kai coloca al espectador de una manera bastante original en la perspectiva del villano y acentúa, con una base taoísta (yin y yang), que dentro de lo bueno siempre hay algo malo y dentro de lo malo, algo bueno. Niega pues que el mundo sea un lugar de opuestos perfectos, lo cual es enriquecedor.
A partir de este planteamiento, en Cobra Kai se nos arrojan enseñanzas y sugerencias para enfrentar el bullying y para superar las limitaciones de la vida, animándonos a enfrentar aquello que nos hace daño y a superar las adversidades por medio del coraje, un sentimiento infravalorado que bien puede convertirse en una fuerza positiva (sin lugar a dudas, el lado oscuro de la fuerza tiene sus ventajas). Si usted tuvo la oportunidad de ver y gustar de Karate Kid en su momento, permítame decirle que es muy probable que disfrute Cobra Kai. Y, no se extrañe si en el futuro vemos más planteamientos como este en la pantalla, en los que, como en la Historia, se les vaya otorgando a los villanos y vencidos, voz y derecho de réplica. Parece lo justo.

La serie alemana Dark, exclusiva de la plataforma Netflix, ha generado mucho impacto durante las últimas semanas. Recién acabo de ver la temporada final y me ha parecido extraordinaria por varios motivos que quisiera compartir con ustedes. En lo personal, creo que el gran éxito de esta historia no se explica únicamente considerando la calidad de los actores, los magníficos efectos visuales o la genial utilización dramática de algunas de las teorías científicas de mayor actualidad. Se explica también en función de la diversidad y profundidad filosófica de su trama.
Además de los viajes en el tiempo, los agujeros negros y los universos paralelos, la narrativa de la serie integra dilemas e ideas que se pueden identificar claramente en figuras como Freud, Nietzsche y Heidegger; entre otros. Cuestiones como las pulsiones de vida y muerte, la libertad o la voluntad genuina, el eterno retorno y el reconocimiento de la muerte como ancla de la vida, impregnan la estructura de Dark.
En la tercera temporada de la serie, uno cae en la cuenta de que (alerta de spoilers) se han ido configurando básicamente dos equipos, cada uno de ellos con intereses contradictorios. Adán lidera el primero, que tiene el objetivo de “deshacer el nudo”, es decir, de terminar con el ciclo del eterno retorno en el que se encuentran atrapados los personajes (debido a un acto egoísta pero muy humano, cometido por “el relojero”, quien inventa los viajes en el tiempo para traer de vuelta a su familia muerta). Eva lidera el otro equipo, que tiene la intención de perpetuar el ciclo y de que la historia se repita una y otra vez ad infinitum. La batalla es del fin contra la eterna continuidad.
Ahora bien, desde mi punto de vista, independientemente de las connotaciones bíblicas, Adán y Eva, pueden ser interpretados fácilmente como representaciones simbólicas de los instintos de vida y muerte que, según Freud, conviven y luchan en cada uno de nosotros durante nuestra existencia (véase la Teoría de las pulsiones de este autor).
Adán, representa el instinto o pulsión de muerte, lo que se puede entrever en su objetivo pero también en su estado de hartazgo o cansancio que remite a diversas reflexiones que tienen que ver, entre otras cosas, con el sentido de la vida; como las del filósofo Martin Heidegger, quien planteaba que sin la perspectiva de muerte, la vida se volvía necesariamente “inauténtica”, con poco o nulo sentido. Y bien, aunque de hecho la muerte no falta en los universos de los Adanes y Evas, lo cierto es que en estos no es final porque los personajes siempre están vivos en una u otra versión. Esa existencia “inauténtica”, cíclica, sin muerte real, sin voluntad real y sin libertad, que Adán logra percibir y comprender en su propia experiencia, es justamente lo que lo empuja a intentar finalizar el ciclo y en consecuencia, a buscar la muerte final para todos. No obstante, esto no le resulta una tarea fácil porque Eva, que representa el instinto de vida y de permanencia, y también es su alma gemela (otra metáfora de que vida y muerte están entrelazadas), le hace frente y lucha constantemente contra él, contra el impulso de muerte, prefiriendo una y otra vez la existencia inauténtica en vez de la llana inexistencia; de la nada.
Finalmente, aunque Eva logra mantener el ciclo durante un tiempo a través de la resistencia y la lucha, es decir, logra mantener la vida mediante la batalla (Jung definía a la vida exactamente como un campo de batalla), la victoria irremediablemente es de Adán, es decir, de la muerte, como sucede una y otra vez en la vida y en la naturaleza. Como sucederá con todos y cada uno de nosotros.
Vivimos durante un tiempo e inevitablemente después de este, nos guste o no, morimos. Pero, ese desenlace ¿es malo? El argumento de la serie es que no lo es. En la escena final, Hanna, un personaje secundario, tiene un déjà vu y revela lo que sintió al morir en uno de los varios apocalipsis. Dice: de algún modo, el mundo se había terminado. Solo había oscuridad y nunca más volvió la luz. Tuve la extraña sensación de que eso era bueno. Que todo había terminado. Como si estuviera libre de toda carga. Sin deseos. Sin obligaciones. Una oscuridad infinita. Sin ayer. Sin hoy. Sin mañana. Nada… No es de extrañar que el título del capítulo final sea: Paraíso, porque precisamente esta visión de Hanna es la definición de este (en términos de los creadores). El paraíso de Dark es pues la muerte, la oscuridad infinita, la nada.