Los abusadores no prosperan

Tengo dos hijos varones: uno de diez años y otro de cinco. Naturalmente, compiten todo el tiempo. Compiten al comer, por llegar primero al carro, cuando hacen deporte. En todo momento. Puede que no sea una ley, pero es evidente que su dinámica es muy distinta a la de otros hogares, por ejemplo, aquellos con dos niñas o con un niño y una niña. Tener dos niños es, muchas veces, como vivir en un campo de batalla constante: más frontal, más físico, más intenso.

Hace unos meses empezaron a jugar juntos fútbol en la PlayStation —además de hacerlo en el mundo real—, y como era de esperarse, el mayor casi siempre derrota al menor. Después de quince o veinte minutos de juego, aparecen los llantos y las peleas. El más pequeño protesta: no quiere perder, al menos no siempre. Al mayor esto no le preocupa demasiado.

Es una situación difícil de manejar como padre. Las herramientas necesarias para regular estos momentos no son sencillas de enseñar ni de aprender, especialmente a edades tempranas. Pero son esenciales para sobrevivir —y prosperar— en la compleja red social en la que vivimos.

Hace un tiempo leí sobre los estudios del psicólogo estadounidense Jaak Panksepp, quien investigó el comportamiento de juego en ratones. Lo que descubrió me parece profundamente revelador, sobre todo al observar a mis hijos.

Panksepp notó que, incluso entre ratones, las interacciones de competencia no se tratan solo de fuerza o dominación. Si un ratón es apenas un diez por ciento más grande que otro, tiene casi asegurada la victoria en cualquier enfrentamiento. Sin embargo, como viven en grupos sociales, no pueden darse el lujo de abusar de su ventaja.

Un ratón dominante, si quiere seguir jugando y conviviendo con los demás, debe ceder de vez en cuando. Si gana todas las veces, el otro simplemente deja de jugar. Rechaza las invitaciones, se aleja. La relación se rompe. En cambio, los ratones más inteligentes socialmente se dejan ganar entre un 30 y 40 % de las veces. De ese modo, mantienen tanto la jerarquía como el vínculo, lo que les permite conservar un aliado valioso para el futuro.

Volviendo a casa: en los últimos días, he notado que mi hijo mayor empieza a moderarse un poco. A veces deja que su hermano le anote un gol. A veces simplemente evita golearlo. Puede parecer poco, pero no lo es. Tal vez, como vivió sus primeros años sin hermanos, le ha costado más aprender a compartir el juego. Pero algo está cambiando. Y esa es la clave.

Solo en relación con otros —en escenarios de competencia, de juego, de conflicto— se desarrollan y refinan esas habilidades sutiles y a menudo contradictorias que nos permiten construir relaciones duraderas y avanzar juntos.

Por eso, los abusadores no prosperan. Toda relación requiere ceder, al menos un poco. Aunque uno sea más fuerte. Aunque pueda ganar siempre.

La borrachera de la igualdad

La diferencia es parte de la vida y del universo. No hay que luchar por ser diferente, la diferencia viene sin pedirla. Incluso los gemelos, que tienen el mismo ADN, nacen casi a la misma hora y viven prácticamente las mismas experiencias durante la infancia acaban derivando en personalidades e identidades muy distintas. La diferencia es, de hecho, incontrolable.

Natural y evidentemente, en nuestra especie, los machos y hembras somos distintos. Y no solo nos diferenciamos desde bases comparativas individuales, sino sobre todo generales. No solo nos diferenciamos física y anatómicamente, sino también, y sobre todo, psicológicamente.

Hombres y mujeres actuamos, pensamos y vemos el mundo de formas profundamente distintas, lo cual además de innegable es lógico dado que a lo largo de nuestro devenir histórico y evolutivo hemos enfrentado diferentes retos para nuestra supervivencia. Estos desafíos desiguales, como las micro-diferencias de crianza que viven los gemelos, han derivado en tendencias de constitución distintas. Estas diferencias son nuestro presente, queramos o no.

Tal pareciera que en la actualidad, como medida desesperada ante diversas situaciones penosas y trágicas, hemos decidido fingir que somos iguales. Pero no lo somos. Y en el camino bien puede que el remedio, la alucinación, acabe siendo más dañina que la enfermedad.

En la naturaleza, la diferencia es una especie de seguro contra el futuro, una suerte de diversificación financiera en las apuestas e inversiones de la vida. La igualdad, al contrario, es poner todos los huevos en la misma canasta. Es muy riesgoso. A la natura no le agrada la igualdad porque con un cambio brusco todo puede irse por la borda. Así, la igualdad constitutiva no es un ideal que valga la pena perseguir.

Por ello, reconocer nuestras diferencias en el presente no es tanto una conveniencia como una necesidad. Si no logramos trascender la borrachera de la igualdad y nos reconocemos diferentes, no mejores ni peores, pero sí más aptos y menos aptos, así como más dispuestos y menos dispuestos para ciertas tareas, no podremos construir mejores sociedades ni mejores relaciones.

Negar nuestras diferencias ha sido una salida fácil a problemas complejos, una simpleza, y, al mismo tiempo, una negación del gran potencial que tenemos como especie. La diferencia es parte de la vida, del universo y, por lo tanto, de la condición humana. No hay nada de malo en ello, al contrario.

La posibilidad más segura de las posibilidades

Hoy, como casi todos los días, por la mañana fui a comprar un café. Llegué a la cafetería y me formé a esperar mi turno. No pasaron dos minutos cuando alguien de más o menos mi edad se formó detrás de mí. Luego llegó alguien más, de mi edad o más joven, quien tomó su lugar en la fila.

Estos dos individuos, hombres ambos, que llegaron por separado, se conocían. Se saludaron y empezaron a tener una conversación que inevitablemente escuché, y que derivó en uno de los eventos más reflexivos de mi día. Si estamos atentos a veces la cotidianidad te da regalos como estos. La conversación fue más o menos así:

– ¡Hola!, qué gusto verte, ¿cómo estás? – el primero le dijo al segundo.

– No muy bien, pero aquí andamos – respondió el segundo.

– ¿Por qué amigo? – continuó el primero.

– Estoy un poco enfermo – siguió el segundo.

– ¿Qué tienes? – prosiguió la conversación, esperando quizás una respuesta menos penetrante.

– Tengo cáncer; cáncer de pulmón – remató el segundo, en un tono un tanto despreocupado, como si se tratara de gripe.

Hubo un momento de silencio. No solo entre ellos, sino en la cafetería entera.

La facilidad con la que el hombre comunicó su enfermedad, además de la entereza y calma con que lo hizo me impresionó. Me hizo pensar que a menudo andamos tan hipnotizados por la rutina y la cotidianidad que difícilmente nos pasa por la mente que la enfermedad y la muerte caminan junto a nosotros todos los días; que siempre hay personas a nuestro alrededor que están pasando por épocas aciagas; que la muerte no solo es una posibilidad lejana, sino la posibilidad más segura de las posibilidades, como decía Heidegger.

Me provocó además una espontánea y honesta admiración. El hecho de que alguien pueda ver a la muerte a los ojos, sin miedo, como algo natural, resulta admirable y abrumador, pero también pedagógico. Es un éxito. Una suerte de logro. No es fácil.

Al salir, un poco aturdido, recordé algo que leí en algún libro. No recuerdo cuál. El autor o autora decía que como individuos, el último aprendizaje, y quizás el más importante, que podemos brindar a nuestros seres queridos es precisamente la muestra del bien morir.

Los que somos padres sabemos que cuando los niños alcanzan cierta edad empiezan a preguntar por qué existe la muerte, a dónde van los que han muerto, qué se siente morir y más. Y para responder estos cuestionamientos hacemos uso de distintas ideas, algunas religiosas y otras no tanto, pero todas enfocadas en amortiguar la ansiedad que la conciencia de mortalidad provoca naturalmente no solo en los chiquillos, sino en todos los humanos.

A última cuenta esas palabras son como una aspirina que alivia los síntomas temporal y deficientemente. Dado que los humanos aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que escuchamos, en realidad no podremos mostrar y demostrar a nuestros seres queridos que la muerte no debe ser temida hasta que lo hagamos con el ejemplo, si acaso podemos. La oportunidad llegará. Eso es seguro.

¿Por qué las cebras no tienen úlceras? (Reseña del libro de Robert Sapolsky)


«Why Zebras Don’t Get Ulcers» (Por qué las cebras no tienen úlceras), del neurobiólogo americano Robert M. Sapolsky, es una obra que aborda desde una perspectiva científica e integral, y con una prosa bastante accesible y agradable, una de las condiciones que más nos aquejan a los humanos en estos tiempos post-industriales: el estrés.

El autor comienza asentando que el estrés es un proceso natural que responde a la necesidad de enfrentar circunstancias de peligro, en términos de supervivencia. Tiene todo el sentido evolutivo y su utilidad es, y ha sido, indiscutible.

Compartimos este mecanismo con otros animales, pero nosotros lo activamos en formas mucho más complejas y sutiles, y por ello puede efectivamente llegar a descontrolar nuestra vida.

Cuando una cebra activa una respuesta de estrés, lo hace siempre a causa de un estímulo directo y tangible, por ejemplo, al ver a un león a la distancia acechando. El estrés es pues, en buena medida, la liberación de esas hormonas que preparan o predisponen a la cebra a pelear o correr por su vida (y al león también, derivado del hambre; que también es una amenaza muy real para él).

A causa de lo anterior, en ambos escenarios, se tensan los músculos, la respiración se acelera, el flujo sanguíneo se eleva y se suspenden actividades de largo plazo, como la digestión y el crecimiento. Para el cuerpo tiene sentido posponer esto porque ante este escenario no se sabe en realidad si existe un mañana, por lo que es preciso poner todas las energías disponibles en la situación que apremia.

A diferencia de cebras y leones, los humanos no solo activamos respuestas de estrés ante estos escenarios, sino también (y sobretodo) ante estímulos psicológicos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir impresionantemente que con solo pensar en algo podemos disparar los mismos mecanismos de estrés de leones y cebras.

Esta singularidad nos hace especialmente vulnerables a que el estrés se vuelva crónico y nocivo en nuestra vida, al punto de derivar en el desarrollo de algunas enfermedades, especialmente cardiovasculares y digestivas.

Sapolsky es en todo momento equilibrado y enfatiza que, a diferencia de lo que muchos #coaches de manejo de estrés parecen proponer, no todas las enfermedades se deben al estrés; y, su eficaz gestión tampoco es milagrosa al punto de curar enfermedades como el cáncer. Sin embargo, sostiene que efectivamente un manejo eficaz de este puede contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas.

Como herramientas para el manejo del estrés Sapolsky analiza y sugiere el ejercicio aeróbico y la meditación continua, de las que señala que funcionan, pero hasta cierto punto; porque la duración de sus efectos es solo de algunas pocas horas. También sugiere el apoyo social y las relaciones sanas, así como cultivar una perspectiva flexible de la vida: en pocas palabras mantenernos conscientes de las cosas que podemos controlar y cambiar, y aceptar aquellas que no; cambiando el énfasis entre una y otra idea de acuerdo a las circunstancias.

Finalmente apunta que la efectividad de las técnicas de manejo de estrés depende de la personalidad y las circunstancias de cada quién, por lo que vale la pena probar una y otra, y observar qué es lo que se adapta mejor a nosotros.