
Resulta muy impresionante que Lindsay Clancy, la mujer que no hace mucho asesinó a sus tres hijos durante un ataque supuestamente de psicosis o inmersa en un arranque derivado de una depresión posparto, genere tanta empatía femenina.
Es verdad que no estamos hechos para criar/cuidar niños en soledad, como individuos. Somos una especie social, gregaria, que depende exageradamente de los demás. La sociedad y la familia han desempeñado siempre un papel trascendental en los asuntos humanos, incluyendo el cuidado de las nuevas generaciones.
Criar a un niño es una cosa brutalmente demandante, así que cuando todas esas necesidades y demandas recaen sobre una sola persona resulta entendible que surja un desgaste importante, tanto físico como emocional, e incluso que ocurran descuidos, accidentes, maltratos y abandonos. ¿Pero esto justifica el asesinato?
La conducta de Clancy se ha justificado sobre todo por tres vías. La primera: argumentando que su entorno no estaba a su favor, que no tenía una red sólida que la apoyara; que su marido fue irresponsable con ella; que nadie le ayudaba; que se minimizaron sus sentimientos y emociones; que se ignoraron sus señales de desequilibrio y depresión; que era mucho trabajo. Es dudoso que todas esas condiciones coincidieran todo el tiempo, pero incluso si así hubiera sido, ¿ello justifica el asesinato?
Otro argumento de quienes empatizan con Clancy y hasta la defienden se hace desde la experiencia personal. Las personas se identifican y recuerdan sus propias crisis, sus propias depresiones, y dicen o piensan: por supuesto, yo también sentí coraje cuando tuve a mi hijo, yo también sentí que me había robado mi juventud, yo también sentí poco apoyo de mi pareja, de mi familia, de mis suegros; yo también sentí en ese momento que el imbécil con el que me apareé no merecía que le diera un hijo; yo también sentí ganas de matar a mi cría… Pero incluso si así hubiera sido, ¿ello justifica el asesinato?
Se ha dicho también que la depresión posparto afecta las hormonas de manera tan brutal que los pensamientos destructivos, homicidas y suicidas encuentran cabida en la personalidad. Así, se ha sugerido que las hormonas dictaron la conducta de Clancy, como si fueran un imperio ajeno a ella. Pero incluso si así hubiera sido, ¿ello justifica el asesinato?
Es verdad que el entorno dicta, si no todas, la gran mayoría de nuestras conductas. Las personas que están a nuestro alrededor nos influyen, nuestra pareja nos influye, los hijos nos afectan para bien y para mal, nuestras inclinaciones de personalidad, nuestro ADN, las hormonas —¡claro, no podían faltar!— influyen en nuestra conducta. Nuestros cerebros no son burbujas en el vacío; son sistemas que interactúan y reaccionan con el entorno irremediablemente.
Pero si vamos a empatizar y hasta justificar el caso de Clancy, entonces también deberíamos reaccionar igual ante el caso de Xavier Dupont de Ligonnès, el francés que en 2011 mató a sus cuatro hijos y a su esposa en la ciudad de Nantes (si no han visto el documental, véanlo: es el episodio 3 del volumen 1 de Misterios sin resolver (Unsolved Mysteries), titulado «House of Terror»).
Y, bueno, seguramente habrá quien diga que no es lo mismo, tapándose la boca de indignación. Y, claro, los detalles no son los mismos, y obviamente Xavier es hombre, pero lo cierto es que a fondo sí es una misma estructura de situación. Xavier tomó esa terrible, brutal y cobarde decisión, de acuerdo con las investigaciones, porque atravesaba serios problemas financieros. Las presiones para sostener a su familia en el nivel de vida al que estaban acostumbrados, ya que era descendiente de una antigua familia aristocrática, se volvieron enormes y prefirió acabar con la vida de sus seres queridos que reconocer que no era el hombre exitoso de negocios que aparentaba en sociedad.
Pero ¿se ha mencionado a su red de apoyo? ¿Sus sentimientos y emociones? ¿Los pesos que cargaba? ¿Las señales de estrés, desequilibrio y depresión que mostró antes? ¿Sus hormonas? No, al menos no como con Clancy. Lo que hizo Xavier fue, por supuesto, también injustificable, y eso puede concluirse comprendiendo al mismo tiempo que las presiones a las que estaba sometido pudieron ser muy pesadas, sobre todo en virtud de la relación que existe socialmente entre lo que los hombres tenemos y producimos y nuestro valor como personas.
Los estados mentales problemáticos como los de Clancy y Xavier no surgen de la nada; es verdad. Pero si vamos a abrir tanto la puerta al mundo de la circunstancia, el entorno y la química cerebral, ello nos obliga a hacerlo no solo en algunos casos. Entonces, si un drogadicto roba, viola y hasta asesina porque la droga lo ha impulsado a hacerlo, porque la droga, un agente externo, un ambiente artificial del cuerpo, lo ha impelido a ello, ¿deberíamos empatizar también con él? ¿Justificarlo? Habría que preguntar a las víctimas o a sus familiares qué opinarían de ello.
Y, claro, puede objetarse: pero el drogadicto decidió tomar las drogas. ¿Y Xavier no decidió formar una familia? ¿Y Clancy no decidió tener hijos?