¿Por qué los mejores maratonistas son de Kenia y los mejores velocistas de Jamaica?

(Una explicación genética, ambiental y cultural, según Francis Holway)

En un mundo cada vez más obsesionado con minimizar la importancia —a veces brutal— de la biología y del entorno en el desarrollo de los individuos y de las sociedades, Francis Holway ofrece una bocanada de aire fresco. Explica cómo convergen la biología, las presiones selectivas concretas y la historia para dar forma al rendimiento deportivo de individuos y poblaciones. Especialista en ciencias y fisiología del ejercicio, Holway sostiene que el rendimiento extraordinario de ciertos grupos humanos en disciplinas atléticas específicas no es una casualidad, sino el resultado de largos procesos de selección genética, adaptación ambiental e influencias culturales acumuladas a lo largo del tiempo.

Jamaica: genética, clima y selección histórica

Jamaica, al ser una isla, presenta condiciones particulares que favorecieron procesos específicos de selección genética. En África, por ejemplo, la presencia histórica del mosquito transmisor de la malaria generó una presión evolutiva muy fuerte. Algunas poblaciones desarrollaron una mutación genética en los eritrocitos, que pasaron de tener una forma redonda a una forma de hoz (anemia falciforme). Esta mutación impedía que el parásito de la malaria se reprodujera, lo que daba una ventaja de supervivencia.

Sin embargo, esta adaptación tenía un costo: los glóbulos rojos deformados transportan peor el oxígeno. Como consecuencia, el organismo se adaptó favoreciendo fibras musculares rápidas y explosivas, más eficientes en esfuerzos cortos e intensos que en trabajos prolongados de resistencia.

A esto se suma el entorno tropical. En climas calurosos, resulta ventajoso tener un cuerpo con mayor superficie para disipar el calor: piernas y brazos largos, caderas estrechas y tronco corto. Este biotipo es ideal para la velocidad, el salto y los movimientos explosivos. En términos biomecánicos, es el cuerpo perfecto para el sprint.

La esclavitud y una segunda selección

Con la trata de esclavos hacia América se produjo un cambio drástico de ambiente. El viaje transatlántico duraba cerca de dos meses, bajo condiciones extremas de hacinamiento y deshidratación. Se estima que murió entre el 50 y el 60 % de las personas esclavizadas durante el trayecto. Sobrevivieron, en mayor proporción, quienes tenían una mayor capacidad renal para retener sodio y agua, una ventaja fisiológica clave en condiciones de deshidratación.

Jamaica era uno de los destinos donde los esclavos se pagaban mejor, por lo que allí se realizaba una selección temprana. Posteriormente, dentro de la isla, se produjo una nueva presión selectiva: los individuos más fuertes y con mayor espíritu combativo escapaban de las plantaciones y se refugiaban en zonas montañosas y boscosas de difícil acceso. Estas comunidades, conocidas como maroons, reforzaron ciertos rasgos físicos y conductuales. De acuerdo con esta hipótesis, Usain Bolt y otros grandes velocistas jamaicanos descienden de estas poblaciones.

Kenia y Etiopía: la ventaja de la altitud

En contraste, Kenia y Etiopía se encuentran a altitudes cercanas a los 2,500 metros sobre el nivel del mar. En estas zonas no hay mosquitos transmisores de malaria, por lo que no existió la presión evolutiva que favoreciera la mutación de los eritrocitos. Al contrario, la vida en altura estimula la producción de más glóbulos rojos y una mayor capacidad para transportar oxígeno, lo que representa una ventaja enorme para los deportes de resistencia.

No es casual que cerca del 90 % de las medallas kenianas provengan de una región muy específica: el Valle del Rift, una zona montañosa donde estas adaptaciones se concentran de manera excepcional.

Los pueblos actuales de Kenia y Etiopía han vivido en estas altitudes durante 400 a 500 años, tras desplazarse desde zonas costeras hacia las montañas para escapar de conflictos y persecuciones. A esto se suman factores culturales: una alimentación sencilla, rica en carbohidratos complejos y adecuada para el rendimiento aeróbico, así como una vida cotidiana que implica caminar y correr largas distancias desde edades tempranas.


Conclusión

Desde esta perspectiva, el dominio jamaicano en la velocidad y el de Kenia y Etiopía en las pruebas de fondo no es casual ni misterioso. Es el resultado directo de la convergencia entre genética, entorno, historia y cultura actuando durante generaciones. En ciertos contextos, algunas poblaciones humanas están objetivamente mejor adaptadas para tareas físicas muy específicas. No es una opinión: es biología aplicada.

Lo relevante de este enfoque es que vincula sin tapujos el desarrollo humano con el cambio evolutivo, las presiones selectivas reales que operan sobre distintas poblaciones y el concepto de fitness, entendido como eficacia funcional y no como valor moral. La evolución no produce igualdad de capacidades; produce ajustes diferenciales frente a problemas concretos.

Esta mirada multifactorial tiene sentido porque asume que la realidad biológica y social es desigual por naturaleza. La biología importa. El entorno importa. La historia importa. Y la cultura no compensa esas diferencias: las amplifica, las refina o las desperdicia.

Negar esto es antiempírico. La especie humana no se construyó bajo el principio de equidad, sino bajo el de supervivencia. Y en ese proceso —una verdadera danse macabre— algunas adaptaciones resultan extraordinariamente eficaces en escenarios específicos, mientras otras quedan relegadas. Entenderlo no justifica jerarquías morales, pero sí obliga a aceptar que la adaptación, por definición, no es neutral ni democrática.

Por un mejor futuro alimentario

Por Jorge Williams y Raúl E. Rodríguez

Existen hoy en día, según algunos cálculos, entre uno y cuatro millones de productos en el sector de alimentos y bebidas, cuando hace apenas medio siglo el número era incomparablemente menor. Este ritmo es insostenible. Por un lado, está la amenaza medioambiental; por otro, el sistema de salud colapsa ante el aumento de enfermedades crónicas derivadas de una mala alimentación.

Nuestra cultura, en este sentido, se ha vuelto tóxica: aunque el sistema cumple con mantener vivos a la mayor cantidad posible de personas, lo que tenemos a la mano como alimento resulta cada vez menos confiable para satisfacer de manera adecuada nuestras demandas nutricionales. Por ello, es urgente crear una nueva cultura que recupere sentido y propósito en el acto de comer, que se base en información científica y confiable, vinculada a nuestras necesidades biológicas, y que promueva una mayor conciencia medioambiental y bioética. Esta nueva cultura debe cimentarse en cuatro pilares, que describimos a continuación.

Mejor producción

Un mejor porvenir en cuanto a nuestra alimentación requiere que abandonemos la obsesión por la eficiencia y el crecimiento, y empecemos a pensar en robustez y diversidad. Desde hace décadas, el sistema global de producción de alimentos ha priorizado el rendimiento sobre la variedad y la cantidad sobre la calidad. Por ejemplo, a pesar de que existen alrededor de 70 000 especies de plantas con partes comestibles, la agricultura moderna utiliza únicamente 20 para generar el 90 % de las calorías que consumimos los humanos. En México, el 50 % de nuestras calorías proviene solo del arroz, trigo y maíz. En países como Estados Unidos, una persona promedio obtiene más de la mitad de sus calorías de alimentos ultraprocesados. En nuestro país, ese número oscila entre 30 y 50 %, aproximadamente.

Tal homogeneidad crea una fragilidad sistémica. Necesitamos sistemas capaces de producir una mayor diversidad de alimentos integrales, locales y nutritivos, que emulen a los ecosistemas naturales y favorezcan la diversidad, la redundancia y la resiliencia. Hoy en día, aunque las personas quisieran cumplir con la cuota recomendada de frutas y vegetales, no podrían, porque el sistema no produce suficiente cantidad de estos alimentos. Producir alimentos integrales y proteína animal es muy costoso, tanto económica como medioambientalmente, así que es necesario desarrollar nuevas formas de producción. Alimentar a todos sin agotar los recursos del mañana ni colapsar el sistema de salud es el gran desafío de nuestro tiempo.

Para avanzar en este colosal propósito, primero hay que reconocer que no es algo fácil. La tendencia histórica —y la propia lógica del sistema— ofrecen pocos incentivos para cambiar de dirección. Desde la invención de la agricultura, el primer gran punto de inflexión que redujo la diversidad alimentaria, hemos caminado hacia la uniformidad. Y aunque la enorme variedad de productos disponibles sugiera lo contrario, hoy seguimos en esa ruta: nuestra “diversidad” actual es más aparente que real.

No obstante, en este panorama complejo y abrumador existen burbujas que muestran otros caminos. Uno de los ejemplos más notables son los sistemas agroforestales tradicionales de Indonesia, conocidos como pekarangan. En estos huertos familiares, presentes desde hace siglos en Java, Bali y Sumatra, conviven árboles frutales, especias, legumbres, hortalizas, tubérculos y plantas medicinales en una armonía estable. En uno solo de estos terrenos pueden coexistir más de sesenta especies comestibles, lo que garantiza una dieta variada, resiliencia frente al cambio climático y un uso más eficiente de los recursos. Hoy, este modelo se revitaliza con apoyo científico y tecnológico, aunque únicamente en sus regiones de origen.

Mejor nutrición

La alimentación no depende solo de decisiones individuales; está condicionada por el sistema que moldea estas decisiones: acceso, precio, información, mercadotecnia y cultura. Tres mil millones de personas en el mundo no pueden costear una dieta saludable, mientras los productos ultraprocesados dominan las estanterías de los supermercados y tiendas de conveniencia. Comer bien se ha vuelto un privilegio, cuando debería ser un derecho, razón por la cual resulta necesario rediseñar el entorno alimentario para que lo saludable sea más accesible y conveniente.

Varios estudios muestran que pequeños cambios, como colocar frutas y verduras a la altura de los ojos y alejar los ultraprocesados, aumentan significativamente su consumo. Pero evidentemente no basta con educar al consumidor o reorganizar la alacena en casa si el sistema empuja en sentido contrario. La solución requiere colaboración entre actores: reformular productos, regular la publicidad, mejorar la información y aumentar la inversión en salud preventiva. La nutrición empieza mucho antes del plato: la “zona cero”, como dicen los epidemiólogos, está en los supermercados y en lo que se produce en los campos y empresas.

Además, en este gran objetivo de mejorar la nutrición, es imprescindible tener claro lo que nuestro cuerpo realmente necesita: la nutrición tiene un fundamento biológico que no puede ignorarse. Puede parecer obvio, pero la confusión es frecuente y se hace evidente al observar la existencia de tantas dietas diferentes, todas ellas presentadas como “saludables”. Nuestro organismo requiere una base mínima de nutrientes para funcionar de manera óptima, y muchas prácticas culturales, aunque valiosas, pueden no ser las más adecuadas. La clave está en establecer y comunicar esta base científica para que sobre ella puedan construirse todas las variaciones culturales posibles, de modo que la diversidad alimentaria siga siendo enriquecedora, sin comprometer la salud ni el bienestar.

Mejor medio ambiente

La agricultura regenerativa ofrece una vía concreta para reparar lo que hemos deteriorado: regenera suelos, captura carbono y restaura biodiversidad. En diferentes regiones del mundo, los resultados son prometedores: mayor productividad a largo plazo, mayor capacidad de retención de agua y una reducción significativa en el uso de fertilizantes. No se trata solo de reducir daños, sino de sanar e incluso transformar ecosistemas. Hacer más con menos.

Los desafíos, sin embargo, no terminan en la producción. Un tercio de los alimentos que generamos se desperdicia, especialmente durante la distribución y el consumo. Los supermercados pueden convertirse en epicentros de cambio si priorizan productos frescos, locales y de temporada. Reestructurar las cadenas de suministro y el papel de los diversos actores para mejorar la distribución de alimentos integrales y reducir pérdidas es una de las acciones más urgentes y con mayor impacto.

Crear cadenas de valor sostenibles requiere alinear objetivos e incentivos entre actores y grupos de interés, mejorar las estructuras de producción y distribución, optimizar los flujos de información y fomentar una cultura de colaboración intersectorial. Tal como mencionamos antes, ya existen modelos exitosos que muestran cómo combinar sostenibilidad, diversidad y productividad: las terrazas gudeuljang de Corea del Sur y los sistemas agroforestales tradicionales de Indonesia (pekarangan) demuestran cómo podría potenciarse la producción respetando los ecosistemas y favoreciendo la diversidad alimentaria.

Una vida mejor

Pensar en una vida mejor desde esta perspectiva implica también ser más empáticos con los animales que se crían para nuestro consumo. El sistema actual, además de ilógico y poco diverso, es cruel. Más allá de los costos derivados de la producción de proteína de origen animal, está la cuestión bioética: los animales son parte fundamental del medio ambiente y de la biodiversidad, y merecen un trato justo y digno.

Por supuesto, no podemos negar la naturaleza de la vida: para alimentarnos necesitamos consumir organismos vivos —que estuvieron vivos o productos derivados de ellos—. Sin embargo, hay formas más o menos responsables de hacerlo. Es necesario, y además urgente, que transitemos hacia sistemas que satisfagan nuestras necesidades al mismo tiempo que reduzcan el sufrimiento y fomenten culturas alimentarias menos tóxicas, no solo desde la perspectiva de eficiencia o adaptación, sino también desde una conciencia que reconozca la dignidad de los animales, la salud de los ecosistemas y la interconexión de todas las formas de vida.

Conclusión

Avanzar hacia un futuro alimentario más justo y sostenible exige reaprender a pensar, producir y comer en red, reconociendo que la producción, la nutrición, el medio ambiente y la vida están profundamente interconectados. No se trata solo de generar más alimentos, sino de producirlos de manera diversa, nutritiva y respetuosa con los ecosistemas, garantizando que comer bien sea un derecho accesible y no un privilegio.

Transformar el sistema requiere coordinación entre actores, innovación basada tanto en la ciencia como en la tradición, y la construcción de culturas alimentarias menos tóxicas. Sin olvidar que comer —como señaló Marvin Harris— no es solo una necesidad fisiológica, sino una expresión de cultura, poder y pertenencia: un acto de relación con los demás y con el mundo que habitamos. Desde esta óptica, reaprender a comer con esa conciencia puede ser la palanca que nos conduzca a vivir en mayor equilibrio con el planeta, con los otros y con nosotros mismos.

Jorge Williams es Director fundador de Leadership: Consultoría y capacitación, instructor en el Departamento de Capacitación y Desarrollo de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz y especialista en temas de marketing, economía, comunicación, entre otros.

Wait, y una pareja en la lluvia

Volvía del trabajo, recorriendo el periférico que bordea la ciudad. La llovizna ligera caía, haciendo brillar el pavimento como un espejo difuso y empañando mi parabrisas por momentos. Los cerros que abrazan Zacatecas se perdían entre la neblina, y al fondo, el Centro Histórico se distinguía apenas, con sus torres coloniales apuntando al cielo gris. Todo parecía envuelto en una calma delicada, casi mágica.

En medio de ese paisaje apareció ante mí una pintura singular, una escena casi cinematográfica. En el estéreo sonaba casualmente Wait, de la banda francesa M83, y una pareja joven avanzaba en motocicleta. Ella llevaba casco, él no. Y en ese gesto pequeño y hasta imprudente se escondía algo profundo, que a menudo pasamos de largo: un impulso de protección, una inclinación natural por resguardar a quien se quiere, a quien te importa, incluso cuando ello implica un riesgo… y precisamente por ello. Esa irresponsabilidad medida, esa decisión silenciosa de exponerse para cuidar, para proteger, es algo que, desde tiempos inmemoriales, como un instinto, nos conecta con nuestra historia, con nuestra especie, con la noción misma de lo masculino.

Fue uno de esos momentos en que todo parece encajar, y el mundo recuerda —o nos hace recordar—, aunque sea por un segundo, que la bondad no siempre necesita palabras ni gestos grandiosos, y que la vida, con frecuencia, es como una película, y susurra verdades que pueden ser escuchadas si estamos atentos.

Mientras la pareja se alejaba por la carretera húmeda, comprendí —o recordé, más bien, porque hay cosas que deben recordarse con frecuencia— que la belleza no está en los grandes eventos ni en los monumentos, sino en lo pequeño, en estos instantes cotidianos que nos revelan la esencia de lo humano: la atención al otro, la protección entregada sin condiciones, la interconexión y la armonía que puede revelarse cuando los actos, la música, la lluvia, la velocidad y la ciudad parecen alinearse para recordarnos que algunas cosas, en su simpleza, siguen y siempre estarán bien.

Besos, bacterias y herencia: la ciencia de la química humana

Querido lector, ¿te has preguntado por qué un beso puede sentirse como fuego con una persona y apenas normal con otra? Lo común es pensar que se trata de “besar bien” o “besar mal”. Sin embargo, la ciencia sugiere algo más inquietante: que esa chispa que sentimos (o no) podría estar escrita en nuestros genes… y también en las bacterias que habitan en nosotros.

Hace casi tres décadas, el biólogo suizo Claus Wedekind realizó un experimento que hoy es célebre. Pidió a un grupo de mujeres que olieran camisetas usadas por hombres durante dos noches. El resultado fue sorprendente: la mayoría declaró que les resultaban más atractivos los olores de aquellos varones con genes del sistema inmune —conocidos como MHC o HLA— diferentes a los suyos. La explicación era simple y poderosa: más diversidad genética en la descendencia equivale a mejores defensas contra enfermedades.

Traslademos esta idea al beso. No solo se trata de labios que se encuentran; en esos segundos, nuestro olfato, nuestro gusto y hasta las moléculas presentes en la saliva parecen estar “leyendo” la compatibilidad genética de la otra persona. Investigaciones recientes muestran que en apenas diez segundos de beso se intercambian hasta 80 millones de bacterias. Si el microbioma de la otra persona armoniza con el tuyo, la sensación suele ser de comodidad y conexión. Si no, puede aparecer un rechazo sutil, casi imperceptible, pero real.

Hasta aquí todo parece claro: nos atraen quienes son genéticamente distintos a nosotros. Pero no es tan sencillo.

Otros estudios —y aquí comienza lo curioso— apuntan a lo contrario: que, en algunas especies e incluso en los humanos, la atracción surge cuando hay cierta similitud genética. En aves como los carboneros comunes o los gorriones domésticos, las parejas con un grado moderado de parentesco mostraron más éxito reproductivo que aquellas completamente disímiles. En los humanos, análisis poblacionales han revelado que las parejas suelen compartir más semejanza genética de la que esperaríamos al azar. Dicho de otro modo, no siempre buscamos la diferencia; también nos sentimos atraídos hacia quienes son, en cierto nivel, parecidos a nosotros.

¿Cómo resolver esta aparente contradicción? La hipótesis más aceptada es que el equilibrio se encuentra en un punto intermedio. Una pareja demasiado parecida genéticamente corre el riesgo de transmitir enfermedades hereditarias; una demasiado distinta, en cambio, puede no ser tan “funcional” desde el punto de vista biológico. Lo óptimo estaría, pues, en una similitud moderada, suficiente para garantizar compatibilidad, pero con la dosis de diversidad que mantiene fuerte al sistema inmune de la descendencia.

Así que, estimado lector, la próxima vez que un beso te parezca mágico, quizá no se deba a la técnica o a la práctica, sino a un equilibrio silencioso entre similitud y diferencia genética… y a millones de bacterias que trabajan en las sombras. Dicho en corto: lo que llamamos “química” bien podría ser, en realidad, biología pura.


Instagram: @raul_lbd
Referencias de apoyo:

  • WEDEKIND, C. et al. (1995). “MHC-dependent mate preferences in humans”. Proceedings of the Royal Society B.
  • KORT, R. et al. (2014). “Shaping the oral microbiome through intimate kissing”. Microbiome.
  • PUBMED ID: 28868784. “Mating patterns in great tits and heterozygosity.”
  • BMCECOL EVOL (2014). “House sparrow mate choice and genetic similarity.”

Los abusadores no prosperan

Tengo dos hijos varones: uno de diez años y otro de cinco. Naturalmente, compiten todo el tiempo. Compiten al comer, por llegar primero al carro, cuando hacen deporte. En todo momento. Puede que no sea una ley, pero es evidente que su dinámica es muy distinta a la de otros hogares, por ejemplo, aquellos con dos niñas o con un niño y una niña. Tener dos niños es, muchas veces, como vivir en un campo de batalla constante: más frontal, más físico, más intenso.

Hace unos meses empezaron a jugar juntos fútbol en la PlayStation —además de hacerlo en el mundo real—, y como era de esperarse, el mayor casi siempre derrota al menor. Después de quince o veinte minutos de juego, aparecen los llantos y las peleas. El más pequeño protesta: no quiere perder, al menos no siempre. Al mayor esto no le preocupa demasiado.

Es una situación difícil de manejar como padre. Las herramientas necesarias para regular estos momentos no son sencillas de enseñar ni de aprender, especialmente a edades tempranas. Pero son esenciales para sobrevivir —y prosperar— en la compleja red social en la que vivimos.

Hace un tiempo leí sobre los estudios del psicólogo estadounidense Jaak Panksepp, quien investigó el comportamiento de juego en ratones. Lo que descubrió me parece profundamente revelador, sobre todo al observar a mis hijos.

Panksepp notó que, incluso entre ratones, las interacciones de competencia no se tratan solo de fuerza o dominación. Si un ratón es apenas un diez por ciento más grande que otro, tiene casi asegurada la victoria en cualquier enfrentamiento. Sin embargo, como viven en grupos sociales, no pueden darse el lujo de abusar de su ventaja.

Un ratón dominante, si quiere seguir jugando y conviviendo con los demás, debe ceder de vez en cuando. Si gana todas las veces, el otro simplemente deja de jugar. Rechaza las invitaciones, se aleja. La relación se rompe. En cambio, los ratones más inteligentes socialmente se dejan ganar entre un 30 y 40 % de las veces. De ese modo, mantienen tanto la jerarquía como el vínculo, lo que les permite conservar un aliado valioso para el futuro.

Volviendo a casa: en los últimos días, he notado que mi hijo mayor empieza a moderarse un poco. A veces deja que su hermano le anote un gol. A veces simplemente evita golearlo. Puede parecer poco, pero no lo es. Tal vez, como vivió sus primeros años sin hermanos, le ha costado más aprender a compartir el juego. Pero algo está cambiando. Y esa es la clave.

Solo en relación con otros —en escenarios de competencia, de juego, de conflicto— se desarrollan y refinan esas habilidades sutiles y a menudo contradictorias que nos permiten construir relaciones duraderas y avanzar juntos.

Por eso, los abusadores no prosperan. Toda relación requiere ceder, al menos un poco. Aunque uno sea más fuerte. Aunque pueda ganar siempre.

La borrachera de la igualdad

La diferencia es parte de la vida y del universo. No hay que luchar por ser diferente, la diferencia viene sin pedirla. Incluso los gemelos, que tienen el mismo ADN, nacen casi a la misma hora y viven prácticamente las mismas experiencias durante la infancia acaban derivando en personalidades e identidades muy distintas. La diferencia es, de hecho, incontrolable.

Natural y evidentemente, en nuestra especie, los machos y hembras somos distintos. Y no solo nos diferenciamos desde bases comparativas individuales, sino sobre todo generales. No solo nos diferenciamos física y anatómicamente, sino también, y sobre todo, psicológicamente.

Hombres y mujeres actuamos, pensamos y vemos el mundo de formas profundamente distintas, lo cual además de innegable es lógico dado que a lo largo de nuestro devenir histórico y evolutivo hemos enfrentado diferentes retos para nuestra supervivencia. Estos desafíos desiguales, como las micro-diferencias de crianza que viven los gemelos, han derivado en tendencias de constitución distintas. Estas diferencias son nuestro presente, queramos o no.

Tal pareciera que en la actualidad, como medida desesperada ante diversas situaciones penosas y trágicas, hemos decidido fingir que somos iguales. Pero no lo somos. Y en el camino bien puede que el remedio, la alucinación, acabe siendo más dañina que la enfermedad.

En la naturaleza, la diferencia es una especie de seguro contra el futuro, una suerte de diversificación financiera en las apuestas e inversiones de la vida. La igualdad, al contrario, es poner todos los huevos en la misma canasta. Es muy riesgoso. A la natura no le agrada la igualdad porque con un cambio brusco todo puede irse por la borda. Así, la igualdad constitutiva no es un ideal que valga la pena perseguir.

Por ello, reconocer nuestras diferencias en el presente no es tanto una conveniencia como una necesidad. Si no logramos trascender la borrachera de la igualdad y nos reconocemos diferentes, no mejores ni peores, pero sí más aptos y menos aptos, así como más dispuestos y menos dispuestos para ciertas tareas, no podremos construir mejores sociedades ni mejores relaciones.

Negar nuestras diferencias ha sido una salida fácil a problemas complejos, una simpleza, y, al mismo tiempo, una negación del gran potencial que tenemos como especie. La diferencia es parte de la vida, del universo y, por lo tanto, de la condición humana. No hay nada de malo en ello, al contrario.

La posibilidad más segura de las posibilidades

Hoy, como casi todos los días, por la mañana fui a comprar un café. Llegué a la cafetería y me formé a esperar mi turno. No pasaron dos minutos cuando alguien de más o menos mi edad se formó detrás de mí. Luego llegó alguien más, de mi edad o más joven, quien tomó su lugar en la fila.

Estos dos individuos, hombres ambos, que llegaron por separado, se conocían. Se saludaron y empezaron a tener una conversación que inevitablemente escuché, y que derivó en uno de los eventos más reflexivos de mi día. Si estamos atentos a veces la cotidianidad te da regalos como estos. La conversación fue más o menos así:

– ¡Hola!, qué gusto verte, ¿cómo estás? – el primero le dijo al segundo.

– No muy bien, pero aquí andamos – respondió el segundo.

– ¿Por qué amigo? – continuó el primero.

– Estoy un poco enfermo – siguió el segundo.

– ¿Qué tienes? – prosiguió la conversación, esperando quizás una respuesta menos penetrante.

– Tengo cáncer; cáncer de pulmón – remató el segundo, en un tono un tanto despreocupado, como si se tratara de gripe.

Hubo un momento de silencio. No solo entre ellos, sino en la cafetería entera.

La facilidad con la que el hombre comunicó su enfermedad, además de la entereza y calma con que lo hizo me impresionó. Me hizo pensar que a menudo andamos tan hipnotizados por la rutina y la cotidianidad que difícilmente nos pasa por la mente que la enfermedad y la muerte caminan junto a nosotros todos los días; que siempre hay personas a nuestro alrededor que están pasando por épocas aciagas; que la muerte no solo es una posibilidad lejana, sino la posibilidad más segura de las posibilidades, como decía Heidegger.

Me provocó además una espontánea y honesta admiración. El hecho de que alguien pueda ver a la muerte a los ojos, sin miedo, como algo natural, resulta admirable y abrumador, pero también pedagógico. Es un éxito. Una suerte de logro. No es fácil.

Al salir, un poco aturdido, recordé algo que leí en algún libro. No recuerdo cuál. El autor o autora decía que como individuos, el último aprendizaje, y quizás el más importante, que podemos brindar a nuestros seres queridos es precisamente la muestra del bien morir.

Los que somos padres sabemos que cuando los niños alcanzan cierta edad empiezan a preguntar por qué existe la muerte, a dónde van los que han muerto, qué se siente morir y más. Y para responder estos cuestionamientos hacemos uso de distintas ideas, algunas religiosas y otras no tanto, pero todas enfocadas en amortiguar la ansiedad que la conciencia de mortalidad provoca naturalmente no solo en los chiquillos, sino en todos los humanos.

A última cuenta esas palabras son como una aspirina que alivia los síntomas temporal y deficientemente. Dado que los humanos aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que escuchamos, en realidad no podremos mostrar y demostrar a nuestros seres queridos que la muerte no debe ser temida hasta que lo hagamos con el ejemplo, si acaso podemos. La oportunidad llegará. Eso es seguro.