Besos, bacterias y herencia: la ciencia de la química humana

Querido lector, ¿te has preguntado por qué un beso puede sentirse como fuego con una persona y apenas normal con otra? Lo común es pensar que se trata de “besar bien” o “besar mal”. Sin embargo, la ciencia sugiere algo más inquietante: que esa chispa que sentimos (o no) podría estar escrita en nuestros genes… y también en las bacterias que habitan en nosotros.

Hace casi tres décadas, el biólogo suizo Claus Wedekind realizó un experimento que hoy es célebre. Pidió a un grupo de mujeres que olieran camisetas usadas por hombres durante dos noches. El resultado fue sorprendente: la mayoría declaró que les resultaban más atractivos los olores de aquellos varones con genes del sistema inmune —conocidos como MHC o HLA— diferentes a los suyos. La explicación era simple y poderosa: más diversidad genética en la descendencia equivale a mejores defensas contra enfermedades.

Traslademos esta idea al beso. No solo se trata de labios que se encuentran; en esos segundos, nuestro olfato, nuestro gusto y hasta las moléculas presentes en la saliva parecen estar “leyendo” la compatibilidad genética de la otra persona. Investigaciones recientes muestran que en apenas diez segundos de beso se intercambian hasta 80 millones de bacterias. Si el microbioma de la otra persona armoniza con el tuyo, la sensación suele ser de comodidad y conexión. Si no, puede aparecer un rechazo sutil, casi imperceptible, pero real.

Hasta aquí todo parece claro: nos atraen quienes son genéticamente distintos a nosotros. Pero no es tan sencillo.

Otros estudios —y aquí comienza lo curioso— apuntan a lo contrario: que, en algunas especies e incluso en los humanos, la atracción surge cuando hay cierta similitud genética. En aves como los carboneros comunes o los gorriones domésticos, las parejas con un grado moderado de parentesco mostraron más éxito reproductivo que aquellas completamente disímiles. En los humanos, análisis poblacionales han revelado que las parejas suelen compartir más semejanza genética de la que esperaríamos al azar. Dicho de otro modo, no siempre buscamos la diferencia; también nos sentimos atraídos hacia quienes son, en cierto nivel, parecidos a nosotros.

¿Cómo resolver esta aparente contradicción? La hipótesis más aceptada es que el equilibrio se encuentra en un punto intermedio. Una pareja demasiado parecida genéticamente corre el riesgo de transmitir enfermedades hereditarias; una demasiado distinta, en cambio, puede no ser tan “funcional” desde el punto de vista biológico. Lo óptimo estaría, pues, en una similitud moderada, suficiente para garantizar compatibilidad, pero con la dosis de diversidad que mantiene fuerte al sistema inmune de la descendencia.

Así que, estimado lector, la próxima vez que un beso te parezca mágico, quizá no se deba a la técnica o a la práctica, sino a un equilibrio silencioso entre similitud y diferencia genética… y a millones de bacterias que trabajan en las sombras. Dicho en corto: lo que llamamos “química” bien podría ser, en realidad, biología pura.


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Referencias de apoyo:

  • WEDEKIND, C. et al. (1995). “MHC-dependent mate preferences in humans”. Proceedings of the Royal Society B.
  • KORT, R. et al. (2014). “Shaping the oral microbiome through intimate kissing”. Microbiome.
  • PUBMED ID: 28868784. “Mating patterns in great tits and heterozygosity.”
  • BMCECOL EVOL (2014). “House sparrow mate choice and genetic similarity.”