La posibilidad más segura de las posibilidades

Hoy, como casi todos los días, por la mañana fui a comprar un café. Llegué a la cafetería y me formé a esperar mi turno. No pasaron dos minutos cuando alguien de más o menos mi edad se formó detrás de mí. Luego llegó alguien más, de mi edad o más joven, quien tomó su lugar en la fila.

Estos dos individuos, hombres ambos, que llegaron por separado, se conocían. Se saludaron y empezaron a tener una conversación que inevitablemente escuché, y que derivó en uno de los eventos más reflexivos de mi día. Si estamos atentos a veces la cotidianidad te da regalos como estos. La conversación fue más o menos así:

– ¡Hola!, qué gusto verte, ¿cómo estás? – el primero le dijo al segundo.

– No muy bien, pero aquí andamos – respondió el segundo.

– ¿Por qué amigo? – continuó el primero.

– Estoy un poco enfermo – siguió el segundo.

– ¿Qué tienes? – prosiguió la conversación, esperando quizás una respuesta menos penetrante.

– Tengo cáncer; cáncer de pulmón – remató el segundo, en un tono un tanto despreocupado, como si se tratara de gripe.

Hubo un momento de silencio. No solo entre ellos, sino en la cafetería entera.

La facilidad con la que el hombre comunicó su enfermedad, además de la entereza y calma con que lo hizo me impresionó. Me hizo pensar que a menudo andamos tan hipnotizados por la rutina y la cotidianidad que difícilmente nos pasa por la mente que la enfermedad y la muerte caminan junto a nosotros todos los días; que siempre hay personas a nuestro alrededor que están pasando por épocas aciagas; que la muerte no solo es una posibilidad lejana, sino la posibilidad más segura de las posibilidades, como decía Heidegger.

Me provocó además una espontánea y honesta admiración. El hecho de que alguien pueda ver a la muerte a los ojos, sin miedo, como algo natural, resulta admirable y abrumador, pero también pedagógico. Es un éxito. Una suerte de logro. No es fácil.

Al salir, un poco aturdido, recordé algo que leí en algún libro. No recuerdo cuál. El autor o autora decía que como individuos, el último aprendizaje, y quizás el más importante, que podemos brindar a nuestros seres queridos es precisamente la muestra del bien morir.

Los que somos padres sabemos que cuando los niños alcanzan cierta edad empiezan a preguntar por qué existe la muerte, a dónde van los que han muerto, qué se siente morir y más. Y para responder estos cuestionamientos hacemos uso de distintas ideas, algunas religiosas y otras no tanto, pero todas enfocadas en amortiguar la ansiedad que la conciencia de mortalidad provoca naturalmente no solo en los chiquillos, sino en todos los humanos.

A última cuenta esas palabras son como una aspirina que alivia los síntomas temporal y deficientemente. Dado que los humanos aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que escuchamos, en realidad no podremos mostrar y demostrar a nuestros seres queridos que la muerte no debe ser temida hasta que lo hagamos con el ejemplo, si acaso podemos. La oportunidad llegará. Eso es seguro.